José Ángel Leyva
Camino a Jerez nuestro guía, el videoasta y abogado Abel García enciende el reproductor de sonido de su auto y nos invita a escuchar a Juan Rulfo en un disco de Voz viva de México. El efecto oral de Talpa nos hunde en el paisaje llano de Zacatecas donde los pastizales dorados se imponen sobre el suelo rojo.



Jorge evoca en la carretera los años cuando salió de Argentina en 1976 y llegó a México donde conoció a grandes intelectuales y escritores que vivían aquí sus respectivos exilios o simplemente su extranjeridad; un gobierno que abría sus puertas a la inteligencia foránea pero reprimía y perseguía a sus opositores. Fueron sus amigos Luis Cardoza y Aragón, Tito Monterroso, Roberto Bolaño, Miguel Donoso Pareja, Saúl Ibargoyen, Otto Raúl González, Carlos Illescas, Emilio Adolfo Westaphalen; pero también conoció y estrechó lazos con mexicanos como José Emilio Pacheco, Juan Bañuelos, Renato Leduc, Juan de la Cabada, Eduardo Lizalde.
En 1973, Boccanera militaba en un grupo cultural y político que se autodenominaba Ladrillo; para entonces había publicado un poemario que revela algunas de sus constantes líricas: Los espantapájaros suicidas. Como al resto de sus compañeros un hecho, más que anécdota, marcó su trayectoria y dejó una marca en la memoria. Boccanera había contactado a Juan Gelman, para entonces poeta reconocido y perseguido por sus acciones políticas, y lo invitó a su tertulia. Esa tarde cayó una tormenta y los muchachos concluyeron que su invitado no llegaría, primero por los riesgos que implicaba y segundo porque nadie de su importancia iba a desafiar el temporal. Para su sorpresa, Gelman apareció en medio de la lluvia y les brindó una conversación sobre poesía y la situación política en Argentina. Poco tiempo después, Boccanera publicaría Contraseña, libro con el que obtuvo el premio Casa de las Américas, 1976, y casi de manera simultánea Noticias de una mujer cualquiera. Ese mismo año El Golpe Militar lo obligó a abandonar su país. Ser joven y pensar era un delito.

Marimba es una antología (Edit- Colihue, Buenos Aires, 2006) que da cuenta de la andadura poética de Boccanera, no sólo por la selección, también por los textos que la presentan de Juan Gelman y Lautaro Ortiz. “Nada de lo humano le es ajeno y claro”, sentencia Gelman. Lautaro advierte en la obra boccaneriana “un fiel reportaje de la realidad, poseedora de una dramática propia”. Uno encuentra poemas que lo mueven de raíz en libros como Música de Fagot y piernas de Victoria, Sordomuda, Polvo para morder y Bestias en un hotel de paso. La visión de Boccanera comienza desde aquel espejo del abuelo peluquero donde la muerte esparcía sus estrellas de talco; la conversación y las tijeras recortaban y estilizaban el tiempo y por ese espejo atestado de gente pasan sus personajes Silvia Plath, Ana Frank, la domadora de leones, la mujer del prójimo. Palma Real, 2009 (Premio Casa de América de Poesía Americana) es un golpe de timón en esas atmósferas: la naturaleza, la selva, la verdura sufren un proceso de abstracción y de interiorización que evocan cierto orientalismo de su Poemas del tamaño de una naranja (1979) y una paleta cercana al Aduanero Roeusseau. El oficio, la generosidad verbal, la amorosa destilación de los significados se vierten en este poemario que viene a confirmar las búsquedas y la errancia certera de Boccanera en Costa Rica, en México, en Argentina, en su pertenencia a la lengua española.
Una versión abreviada de este texto apareció en La Jornada Semanal.
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