José Ángel Leyva
Vi y escuché por primera vez a Juan Manuel Roca en la Casa de Poesía Silva. Días antes, yo había leído por primera ocasión ante un público colombiano, atento, entregado, generoso. Él llegó a leer acompañado de un grupo de muchachos con quienes había compartido unos aguardientes.
María Mercedes Carranza, directora del recinto, hizo la presentación del poeta. Antes de empezar sus textos, Juan Manuel habló de una realidad virulenta que asolaba a su país, una guerrilla que recurría al terror para combatir el terror de los paramilitares y los embates de la milicia colombiana. Tres ejércitos, descritos, por cierto, de manera magistral por el narrador colombiano Evelio Rosero en su novela titulada, justamente, Los ejércitos. En mayor o en menor medida, cada brazo armado practica la crueldad como estandarte de la felicidad y la justicia; el miedo como recurso de persuasión entre los más débiles y desamparados. Junto a todo ello la descomposición social, la frustración, la desesperanza entreverada con la guerra del narco y la inseguridad pública. El hermano de la poeta María Mercedes Carranza estaba secuestrado por la guerrilla y se temía que ya estuviese muerto, como tiempo después aconteció. Roca destacaba el uso de eufemismos para justificar lo injustificable, para nombrar de otra manera el horror. Las FARC empleaban términos como "pesca milagrosa" para "retener", es decir, secuestrar a las personas que viajaban por carretera. Podía darse el caso de que entre los elegidos de modo aleatorio, gente del pueblo, hubiese alguien que no sería canjeable por prisioneros de guerra, sino considerado como botín para exigir rescate. Los campesinos expulsados por los militares, paramilitares y narcos, eran llamados desplazados. En esa suerte de poética de la destrucción emparentada con la "Madre de todas las batallas", "Tormenta en el desierto" o "bombardeo inteligente" practicado a escala mundial. De esa realidad ajena a la mía hablaba el poeta Roca, una situación donde los alzados en almas cambiaban los términos, contra la violencia: la fuerza de la poesía.

Allí descubrí uno de sus primeros peldaños, luego inicié un reconocimiento de una compleja escalera que va de lo hondo a lo alto, de lo inmenso a lo breve. Desde ese momento, me parece, hallé un alma alzada en sus propias batallas, comunidades enteras asiladas en sus versos. Juan Manuel es uno de esos hermanos con quienes uno conversa de un mismo país, de una misma nación, pero sobre todo, de un camino que se diversifica y se interroga. No hay certezas, hay deseos.
La congruencia de Roca no se descubre en la obviedad del drama, en el sentimentalismo íntimo o en el de su entorno. Su poesía está desprovista de evidencias y proclamas; por el contrario, se nutre del misterio que hay en el corazón de las cosas, en el enigma de la luz meridiana que nos pasa de noche, en el vacío de los imperativos categóricos, en el despojo del ser por el tener. No hay lecciones ni enseñanzas, no hay denuncias ni señalamientos. Hay una visión o visiones urdidas en la paradoja, en la ironía, más no en la desesperanza. El brillo de la inteligencia no es un reflector obsceno, apenas una tenue luz que hiende sombras y sugiere sueños. No obstante, en sus versos se respira un ánimo de justicia, de claridad en los significados, de impulso orgánico que no sólo pretende un discurso inteligente, conceptual, conciso, sino además que transmita el movimiento animal de su andadura. Por algo el chileno Gonzalo Rojas lo presenta en Cantar de lejanía, la antología publicada por el Fondo de Cultura Económica (2005), como “un poeta pura sangre”, que “hace diana hasta cuando respira”, para dejar en claro que la palabra de Roca es certera, veloz, vital. Confirma lo que sus lectores y amigos sabemos, su congruencia está en el paisaje y los sentidos, entre la idea y la palabra, entre la expresión y el suceso, entre el ojo y la imagen.

Son recurrentes en la obra poética de Roca la ceguera, la noche, las señales, el anonimato, la inexistencia, la identidad, los ángeles o mensajeros, la muerte y los fantasmas, los aparecidos, lo invisible, la pintura, los sonidos, el misterio, y esa memoria en el doblez del verbo de monólogos y cantos. Por allí pasan los romanos, cuya marcha en el tiempo se entrevera con la de corceles y jinetes detenidos en sus gestos, con tiranos y demagogos estampados en las ruinas.

Y en ese espejo es que hemos comenzado a vernos, no en la “Canción del que fabrica los espejos”, sino en el poema que titula “Panfletos”: “Es hora de despertar al país de los idiotas: la noche petardea en las comisarías, resuena en este panfleto escrito contra lobos y canarios. / Es hora de despertar dulces idiotas /(…) / En mi sueño era de ver nuevamente la Comuna humeante y hombres presurosos repartiendo boletines de otros sueños, Comuneros del país de la guadua, levantiscos hombres de piel enamorada.”
Para un hermano, que no es Caín ni es Abel, para un hermano que admira lo que el otro hace, es siempre motivo de alegría los reconocimientos que se le hagan. Con Juan Manuel Roca comparto el amor por México y Colombia, pero sobre todo me hermana la lealtad a la palabra, la correspondencia entre la realidad y otros mundos posibles. Roca es un poeta que nos hace volver los ojos a Latinoamérica como a nosotros mismos, para no olvidarnos de esa cultura que este colombiano, tan mexicano como cualquiera de nosotros, nos comparte y nos revela. La cultura, esa enorme herencia que debemos defender, proteger, cultivar, para que los desaparecidos y los invisibles tengan nombre e identidad, para que a nadie avergüence la pertenencia a una nación sin corruptelas e injusticias, desigualdades, y para que este país, este luminoso país, no sea más el país de los idiotas.
