Teresa Amy
UN VIAJE A LA POESÍA
Alfredo Fressia
Teresa Amy vino al mundo en Montevideo, Uruguay, el 15 de octubre de1950. Su vida fue un viaje hecho de letras, palabras, versos. Detuvo su viaje, por voluntad propia, el 30 de enero de 2017 en su ciudad natal. Fue profesora de idiomas (Español y Francés), pero trabajó también con otras formas del lenguaje, como en su función de correctora de la Cámara de Senadores. En los años noventas utilizó el espacio de un año sabático para estudiar checo en la Universidad Karlová, de Praga. Fue traductora de poesía. A esta altura es célebre su traducción del checo Jan Skácel, aparecida en México en 2002 (La más larga de las noches, en colaboración con Alfredo Infanzón, Editorial Ácrono) y enriquecida después por una historia personal de esa misma traducción (Un huésped en casa, memorias de una traducción, Yaugurú, Montevideo, 2013). En 2003 la misma casa mexicana editó su traducción de Lamento por Belgrado, del poeta serbio Milos Černianski, realizada en colaboración con Lazar Manojlović.
Tradujo también poetas de Macedonia como Vlada Urosevic (Salón de la luna), Blaje Koneski (de quien versionó sus poemas sobre Marko Krale) y una selección de una veintena de autores (aún inédita) titulada Como un hilo llamado tiempo. En cuanto a su traducción de la antología 20 del XX: Poetas checos, lista y entregada a las ediciones de la Universidad Autónoma de Nuevo León desde 2013, me informan ahora desde Monterrey que justamente su libro está entrando a prensa en estos días de febrero 2017, cuando la autora ya no podrá conocerlo. Desencuentros como ese también constituyeron el viaje existencial de Teresa.
Sobran las señales de su pasión por las letras. Por ejemplo, en el libro que dedicó a su misma traducción de Jan Skácel, Teresa habla de su amor por el lenguaje y sus signos, y cuenta que aprovechó el ocio provocado por cierta enfermedad para aprender la caligrafía árabe. Pero ante todo y sobre todo, y también junto a todo, Teresa fue poeta. No existe prueba más definitiva de que la suya fue una vida interrogada por el verbo y su enigma.
Teresa, siempre discreta, fue realizando sin prisa, en su casa del Prado y después en su departamento de la calle Ciudadela, siempre en Montevideo, una obra poética sólida, integrada hasta ahora, mientras todos esperamos poemas póstumos, por los siguientes títulos: “Corazón de roble: (Vintén editor, 1995), Retratos del merodeador y otros poemas (Vintén editor, 1999), Cuaderno de las islas (Ediciones del Mirador, 2003), Cortejo mínimo (Artefato, 2005), Jade (Yaugurú, 2011, Premio Anual del MEC), Brilla: 20 poemas para Marco (Yaugurú, 2014). Se trata de una obra publicada en la madurez, pensada y cohesiva, por eso mismo ineludible en la historia de la poesía uruguaya y latinoamericana, y original en el sentido que, enfrentado a casi cualquiera de sus poemas, el lector reconoce inmediatamente la autoría. Hay un tono que es Teresa, hay una elegancia sólo suya, y que, pienso yo, se destina a cubrir por pudor la angustia que merodea en sus versos.
Frecuentemente la poeta recurre a una estética de tradición “soberbia” (el adjetivo es suyo), que es también un “coro/ entre hilos dorados”, la luz del bordeaux, un posible poema judaico-portugués del s. XVI, el barco donde las mujeres “rozan sus sedas en la borda” y beben vino chambré. Y esa estética prestigiosa, a veces paralizada, queda siempre acosada por el principio de la destrucción, o su inminencia, objeto de un “merodeo” alrededor del fin (o el fin del siglo, y la muerte) que se edifica sobre el reiterado cristal roto, los balcones vertiginosos, esos abismos, pretiles que atraviesan sus poemarios, como una tentación.
Teresa viajó mucho, desde siempre, muchas veces junto a su esposo, el también poeta Roberto López Belloso, periodista especializado en temas internacionales. Usaba poco el e-mail pero doy testimonio de que sus amigos recibíamos, siempre de sorpresa, tarjetas postales que venían de sus lugares recurrentes: Europa Central, los Balcanes, las islas del Egeo, Turquía.
Su poesía da cuenta de un ser que amó el mundo y sus objetos, pero no los acumuló (como en las residencias nerudianas, esas que sobreviven entre el museo y la metonimia inútil) sino que –hablamos de la poeta Teresa- convertía a esos objetos amados en palabras y, más exactamente, en poesía. Es admirable, en esta poeta, quien no era artista plástica, la capacidad de describir como en un flash la playa de una isla griega, o el palacio sumergido de aquella cisterna estambulita de Justiniano, con su Medusa invertida para que al mirarla no nos paralice. Teresa contempla e imagina. Teresa y su mirada activa. Un prosaico traslado en ómnibus hacia su amada Estambul puede llevarnos a ver “como un animal plateado el ómnibus/ sobre la cinta gris (…)” de la carretera e imaginar el vértigo de la muerte por atropellamiento.
Es que Teresa trabajaba la poesía obsesivamente, hasta llegar a la sonoridad y la forma que la satisficieran. Ella misma lo dice en la entrevista que le realizara el poeta Eduardo Nogareda en su programa El Truco de la Serpiente, de Emisora del Sur, de Montevideo, el 18 de febrero del 2014. Habla de sus traducciones, pero todo lo que dice se aplica su trabajo poético: “Yo trabajo las traducciones muchísimo, muchísimo…, las veo, las reveo, las peleo, las interrogo, me interpelan, estoy en un ir y venir con ellas, permanente, me acompañan, las hostigo”. Leyendo su poesía, ocurre lo que ella no dice en la entrevista: a saber, que los lectores no reconocemos, no “vemos” ese trabajo, como si el poema hubiera nacido exactamente como se nos presenta. Talento, se llama eso, y es un don.
Resulta imposible, efectivamente, no admirar su destreza con el idioma, las sabias interrupciones del flujo sintáctico, o la capacidad de crear una narración con una sucesión de grupos nominales, como en su poema “Inventario mediterráneo”, una economía de lenguaje sólo comparable al célebre “Le message” de Jacques Prévert. En Teresa el “día de jazmines” mediterráneos acaba en el “paso en falso que desata la ruina”.
La poeta Marosa di Giorgio, en el prefacio de Retratos del merodeador… releva esas joyas en las que se detiene la mirada de Teresa, para agregar, hilando muy fino: “Mas tras ella, está el Insomnio; hay que mirarlo ahí, las alas tiesas, abiertas. Echando tenue sal, esa sal nacarada y fúnebre.” Estos días, desde que recibimos la noticia de su muerte, releo los poemas de Teresa y me doy cuenta de que nunca había reparado en la casi omnipresencia de la muerte en sus versos. O la había reparado distraídamente, como si la muerte fuera sólo una sombra fugaz recorriendo sus poemas. Ahora, cuando Teresa llegó a destino y se adueñó también de su muerte, cómo no sentir el peso del fin en poemas como este que casi cierra su libro de 1999 y que me permito compartir, entero, con el lector:
Tarde en la ciudad invernal
hoy no me consuela el zorro
detrás de la vidriera No me consuelan
sus rastros rojos en la nieve Hoy
no me consuela su pelambre Ayer vi
los zorros de ónix claro y pensé abrirme
con ellos la garganta para dejar correr
hasta mis pies hasta la nieve tibia
y consolarme Pensé abrigarme entre
la nieve roja con su pelo pero estaba
detrás de la vidriera con sus
ojos brillantes No me consuela atrapado con
sus ojos su pelambre
el zorro Así que
le di un golpe a la vidriera con los zorros
de ónix para abrirme con ellos la garganta y dejar correr con
la pelambre entre la nieve tibia y roja tocar
los rastros rojos antes de que los borre
la tormenta y
rescatar al zorro de los ojos brillantes
para consolarme
Después de un reciente viaje al Sudeste asiático Teresa estaba escribiendo justamente un Cuaderno del Sudeste. Por otro lado, sus ediciones fueron todas como suelen ser las ediciones de poesía en Uruguay, casi artesanales, de tiradas pequeñas. Muy cuidadas, en su caso, pero a esta altura difíciles de ser encontradas en librerías. De manera que ahora, cuando del viaje de Teresa nos resta su literatura, la poesía que la explicó siempre, sería el momento oportuno para homenajearla con una reunión de sus poemas completos. Y que nos llegara de sorpresa a sus lectores, como las tarjetas postales que enviaba. Será su última, definitiva postal al corazón de roble de la poesía latinoamericana.
RECUADRO
Más allá de las letras
Teresa Amy ingresó como funcionaria de la Cámara de Senadores en 1971, al regreso de su experiencia como brigadista voluntaria en el Chile de Allende. Destituida a raíz del Golpe de Estado de 1973, Amy se afilió al Partido Comunista en la clandestinidad. En ese período hizo una pasantía en los Archivos Nacionales de Francia, fue traductora de francés para organismos internacionales y trabajó en el equipo de Monseñor Luis del Castillo. Recuperada la democracia fue repuesta en su cargo del que, ya en los últimos años, estaba jubilada.
Palabras en la Estudiantina
I
a Eduardo Faget, in memoriam
– ¿baila? –
y adelantás el cuerpo
para que no me niegue
tensa percibo
olor a brea mezclado con perfume
un cuello de camisa clara, mangas cortas
vestido a lo paisano, pienso,
y Xandre que había dicho
arrastrando con un dejo de envidia:
«la gente de zapatos blancos
baila bien»
miro la llama de la vela, arriba
en la capilla cavada en la pared
no es momento de pensar, pienso,
quién habrá ofrecido ese conjuro
para atraer qué sed
(esta noche voy a preguntarle
a Eduardo);
ponés las manos impacientes
en la mesa,
me levanto y estiro la falda
en la cadera:
en cuanto a vos
no te mimetices nunca,
me gustan a muerte tus zapatos.
Postal
» y tú ? «
Único texto (de la tarjeta)
Me cuestiono – a veces ando
cuestionando –
me – que no dice » y vos ? «
y que la diferencia
está en dos copas
de vino:…………………..uno para la noche, chambré,
otro picante (y pálido); en dos
guantes:……………….uno en la mano que me
obliga la nuca,………………………….y
otro que me alisa el vello
de la cruz; en
dos niñas:……………..una que salta a la cuerda (cuando
paso), otra que se chupa
la mano en silencio. Y me mira. En
el reverso, un brazo desnudo entra
en los pliegues de un sillón. Sin remitente. Razón
de más para no contestar –
te.
Hacia Estambul
Lanzado por la carretera
corre desde Mármaris al norte
como un animal plateado el ómnibus
sobre la cinta gris que evoluciona
entre campos resecos montes con
fortaleza abandonda
bases militares y ciudades
alejadas
corre lanzado sobre la carretera
que huye hacia atrás sin capillas
que lo flanqueen
sin que aparezcan con velas
encendidas marcando
que allí murieron
yo no sé (bajo este sol violento)
si se estrellara
o simplemente rodara sin control
como un trompo borracho
qué pasaría con los muertos
no me pondrían en una capillita
ardiente
junto a la carretera
yo no sé qué hacen con sus muertos
de noche
cuando topan una oveja rota
un caballo o un hombre encandilado
los ómnibus plateados
(en su interior en silencio un funcionario
vuelca colonia en el hueco de las manos
muchas veces muchas veces
como el azogue de esas muertes)
los ómnibus plateados
lanzados sobre la cinta oscura de
la carretera como de tul petrificado
hacia los intestinos de Estambul.
El monasterio de San Kaneo
No es el itinerario al monasterio de tejas heladas
que te propongo, al circular, compacto, rojo, pétreo,
en la avanzada del lago, al pie del bosque,
cercado por terrazas de granito rodeada por el agua,
al que se sube por la Vía Sacra que bordea Santa Sofía
y San Kliment, al que se llega después de caminar sobre
el barrio de Kaneo. Sino a mí misma, a que lo mires
por detrás de mi pantalla de éxtasis, que te preserves de
mi propia presencia fantasmal, de mi catástrofe mortal
que no dejes el alma ajena
para mirar desde adentro los rojos nevados de Kaneo,
los verdes nevados del bosque, los azules del agua:
si no dejas el alma ajena en la tarde de ventisca
de lenguas grises de agua sobre el paseo marítimo
verás los dos rostros oscuros que
me persiguieron y la mancha de miedo
salobre sobre la fotografía
mi apariencia tristísima de visitante de un invierno.
Tarde en la ciudad invernal
hoy no me consuela el zorro
detrás de la vidriera No me consuelan
sus rastros rojos en la nieve Hoy
no me consuela su pelambre Ayer vi
los zorros de ónix claro y pensé abrirme
con ellos la garganta para dejar correr
hasta mis pies hasta la nieve tibia
y consolarme Pensé abrigarme entre
la nieve roja con su pelo pero estaba
detrás de la vidriera con sus
ojos brillantes No me consuela atrapado con
sus ojos su pelambre
el zorro Así que
le di un golpe a la vidriera con los zorros
de ónix para abrirme con ellos la garganta y dejar correr con
la pelambre entre la nieve tibia y roja tocar
los rastros rojos antes de que los borre
la tormenta y
rescatar al zorro de los ojos brillantes
para consolarme
Pensando en la Palabra de Srbo Ivanovski
y si tú me encerraras adentro de una caja
como a una joya
adentro de la piedra
y un centelleo, un fuego, una luz pálida
me iluminara el cuello, la garganta
como en un tierno crimen tu podrías
mirarme
como a una bañista desnuda entre la hierba
como un lugar de miel entre las rocas
como un pequeño dolor que te corta el aliento.
Calle Montague
una noche cualquiera
una noche de lluvia
un hombre regresa a su refugio
/pasajero sin fronteras/
las palabras escritas
las palabras amadas
las palabras que matan
aquellas que seducen
aquellas que desvelan
las lleva en su carpeta
en la ventana de una casa
una imagen apenas perfilada:
una virgen su pelo como manto
las manos unidas estrechadas
apenas perceptible en sus tonos tiziano
a su lado la ilumina una vela
bellísima apenas puedo verla
percibe mi ansiedad:
el vidrio está empañado
yo pasé por esa casa
la noche que una nostalgia me azotaba
el pasajero también se detiene, la contempla
como sino de su estrella
al llegar al refugio sólo piensa en la imagen
empieza su poema:
“Una noche al volver a mi rúa Aurora”
Saudade de Knossos
a Alfredo Fressia
el rey Minos mandó pintar los frescos del príncipe y de
la rosa moderna, rosa magenta, rojo cereza
marfil japonés de María, Blue moon, Altissimo,
Masquerade, Bucaneer amarilla, Parade,
Hansa, Souvenir de Léonie, ramilletes de Cécile Brünner,
Viennot sombreada : Híbridas de Té, aprovechan
las mutaciones con un tallo muy largo, trepadoras antiguas,
costeras, cortesanas, achatadas, heredadas rosas antiguas
de robusta floración damasco aparecen a raíz desnuda,
los vientos fuertes les quiebran las ramas, los deseos,
en la arena gruesa se descomponen, en los conos,
injertos y trasplantes, se ve un pedazo de pie (silvestre)
En la Biblioteca del Emperador (entre seiscientos libros
sobre rosas), sobre la representación de la rosa, en
la estación de variedades de la Malmaison
también está la rosa putrefacta de la herida
la rosa de Hiroshima
la bella rosa audaz, ilícita y estéril amada del poeta
2 re-creaciones de Teoría, de Wallace Stevens
I
Soy lo que me rodea. El bosque, manchas oscuras, husos, a través del rectángulo abierto en un muro de piedras. El lila de la noche atrás de todo. El zumbido de una flecha desde un caballo en comba por el aire a lo hondo del bosque. Es como lo rodeo. Los pasos callados por la alfombra. Una mirada en el sentido de su puerta. Un vestíbulo negro. La alpaca del collar, en óvalo deslizado en la madera a seis pasos. El lado izquierdo de mi cuerpo al levantar el brazo corriendo los altos cortinados de su lecho.
Estos son retratos del merodeador. Del que es lo que acecha.
II
Entonces te voy a mostrar unos retratos. Estoy en mi cuarto, percibo con fuerza la lámpara, las vetas de la puerta del armario, los verdes que surgen de pronto del bordeaux de la colcha, el montón blanco de papeles a tres cuartas, una corbata todavía anudada, un zapato negro como un barco manchado hacia un rincón, el cono esmerilado del licor; de pronto: un vaso. Tal vez una de mis manos. Sólo una. Sé que comprendes esto: lo contrario es cuando llegas y está el sombrero con tul en la mesita al lado de la puerta, tu par de guantes suaves, el llavero con emblema brillante. De esos procesos, a ti y a mí nos separa un vestíbulo negro. Y luego nos reencuentra el alto lecho en el que somos «los protegidos por cortinados».
Son sólo ejemplos para no irse.
Explicación
una isla es una sombra única, una tierra inaudita,
una toma en primer plano de película americana
un terreno de gitanos sin tiempo
una cueva,
la duna con el lobo muerto
el jardín de Cerniansky en Londres
la Villa Cleóbulo de Durrell detrás del cementerio turco
el consultorio de Freud con almohadones de terciopelo
su sala de espera
Lou-Andreas al atardecer en el vagón de un tren
la Casa de los Aduaneros y la angustia de Montale
la habitación 303 del Hotel Gellért en Budapest
el balcón sobre el puerto de Poros
la noche de Theodorakis en el Herodes Atico
el viejo cuarto del seiscientos uno
la sala en penumbra en el campo y la araña en el rincón
el acuario de Dubrovnik
una conversación sobre poesía
una poesía
la angustia de la traducción de una poesía
la isla de Egina
su mirada
una cueva en la isla de Jersey
una batalla en los Balcanes
un anillo en el fondo del lago de Ohrid
un guía tamil tras los rastrojos
la sombra en un cuenco de laca
el milagro del jade turbio
la obsesión del amante del norte
la habitación de Emma y León en el Hotel de Boulogne
un barco en la calle del horizonte
la calle Montague
un fado de Misia
un abanico japonés cerrado
el soldado en su monasterio
un poeta muerto por la espalda,
un canto de duelo,
el tiro de gracia
un acorde de bajo
un galpón con conejitos colgados de las vigas
la sangre en las heridas
el aria de una ópera,
una altura terrible
un salto ciego en la piscina
una iglesia bizantina
al caer la tarde el olor de los cerezos
el aura de tus sienes
el balido de una cabra en la nieve
una llaga viva,
el broche de mi madre una medusa perlada
el espejismo de una estrella en la arena
un castigo en secreto
un amor en secreto, un secreto:
la mirada de un cuadro de mi padre
Villa Cleóbulo
decorados marinos /pliegues/
el mercurio del día
sobre el jardín sonoro
deliciosos cerezos crecen junto a la sombra de la mesa
copas de cristal opacas /no rubí, ni esmeralda, mucho menos
diamante/: cenagoso espesor
de lo turbio del jade
incendiada tiniebla en la opacidad de la sombra interior
de casa japonesa
escribes tu diario en la isla
al otro lado del cementerio turco el mar destella en la roca
prisma de luz incandescente /¿es también contra ti?/
cenagoso espesor de tu copa dañada compartida
al confín del imperio:
escribe de la judía pálida /mesalina
marfileña/
de su ordalía de anémonas escribe en tu jardín
también contra nosotros:
tu pura soledad lo vela todo
Praga de noche
Entonces era invierno: como un espejo y su azogue
la nieve de la calle refleja en amalgama el cielo de la ciudad vieja
el monumento al monje quemado en la hoguera cobija
palomas voraces, los vendedores de castañas asadas y de obleas
sombras pertinaces.
Tyn, la gótica nocturna, despliega sus escudos escamados
de hierro al aire de la Stare Mesto.
Hacen su danza rígida los muñecos del reloj astronómico
incluida la Muerte. Muriéndome un poco camino
con mis botas y mis guantes de piel.
Me miran las constelaciones y
las estatuas de piedra del puente antiguo.
Tengo frío y hoy, por así decir, me hieren los cantos
agudos de las esquinas, las líneas como cuerdas de laúd
de las ventanas, los faroles menguantes de las calles:
como si se despidiera la ciudad, o estuviera demasiado ausente.
La miro con pasión: en contraste es dorada, y eso hace una diferencia
para los ejércitos de la noche.
Hoy no vale el té de hybiscos de la kavarna de costumbre:
si una nube navaja afila sobre uno, el rojo del té desaparece:
cúpula, caverna, sola de inútil regocijo.
El parque de Libeñ
huellas de pasos en la nieve del patio
pero eso será todo
ha sido un día de opalina y la tarde cayó
como caen las tardes como patos heridos en
el aire dos tres o cinco disparos que desgarran
y los hombres ya se dan por satisfechos
la nieve refleja el parque en la cuesta de la casa
quien anduvo al acecho vendrá a buscar el
rescoldo caliente la mesa recién puesta
la cama
ésta es tu mesa tu rescoldo tu cama
tú tan cansado del hombre
del mundo
tan amante del mundo tan
ferviente disparas como los cazadores
vuelas la tarde desgarras
como los cazadores la tarde
cae opalescente y roja
Isla de Jersey
(a Yaşar Oğuzcan)
en la ciudad vieja de Rodas te busqué
luego en el jardín de Durrell
luego en una calle de Rangoon
luego en el hotel del león de piedra
luego en el mercado de Hvar
pero en la isla de Jersey te esperé
en mis oídos el rumor de la orilla del mar:
eras como cuchillos afilados en mi tiniebla
eras un cuerpo lejano
quizás eras un puñado de cal en mi garganta
me dabas tanta sed
ni el agua del mar, ni de los viejos ríos recorridos
me saciaban
encontré pescadores que me enseñaron sus artes
y dormí con ellos
estaba recelosa
estaba abatida
tenía miedo
era yo hasta mis huesos
me transformé en una cueva junto a la casa de mi abuelo
y en la marea
los pulpos y mi zorro no pudieron consolarme
En el hotel de Xania
Una lámpara nocturna, una noche iluminada con su claridad constante
para alumbrar el libro de San Juan.
Una soledad inconcebible esta noche, un cerrojo, un cortejo inesperado,
la persiana cerrada sin permitirme ver el mar, los barcos desde lejos
donde sonará como en casa, la música atrapada
mientras imagino que caiga despacio el atardecer en el Trópico.
Levanto la cortina: me iluminan de lejos las luces de la borda.
En la mesa dos cuencos: arroz hindú, fruta, pescado.
Dos copas de vino, tallado
del cristal, una más alta que la otra, bosque de bambú
donde estarse perdido por un tiempo, crisol solar de la casa,
núcleo, fuego encendido, esfera. Metales que funden,
dos peces saltan juntos en la red, noche arremolinada.
Una pareja en una habitación
por una noche deslumbran el faro
los barcos de la borda encendida
Dos estrellas fugaces, espejismos
de esa hora, contraluz de línea oblicua.
Sombra de mi soledad, se termina una época,
no temas alma mía ya nunca estarás sola:
caigo abajo y profundo
Nocturnos en el campo
II
eran las tardes pálidas como las glicinas
las tardes de resolana al resguardo en nuestra sala
las tardes de leer tirados en la baldosa fresca
las tardes de juegos con piedritas en la mano
tardes de la cruz de sal en el patio del aljibe
tardes la tarde de la araña en el rincón
después al anochecer volvían los hombres del trabajo
los caballos sudados bañados cepillados
las mujeres miraban fotos sepia en la sala del armario
oscuro con el viejo vaso de cristal de Dubrovnik
tardes también de sol y arroyo:
de esconderse nadar y matar en el monte
eran los veranos después inolvidables
amargamente alejados hacia atrás
sarta de madreperlas las tardes elegidas
en el cuarto de baldosas aire de jade turbio
yo la araña la vi ya cerca de mi mano
Cortejo mínimo
II
llevaban su cortejo
en las tardes y en las noches nunca
al alba que enloquece las almas
que transforma la brea roja en sangre
que apasiona los nardos nunca
al alba que prohíbe el sesgo
llamado cuerpo
la navaja llamada beso blanco:
llevaban su cortejo casi a solas
con las copas del marrasquino del
viejo armario del vaso de Dubrovnik
y el caminar en el monte
ella obsesionada en su deseo
él sosteniéndola /leve penacho de roble en primavera/
ella creía en un corazón ardiente
creía especial el amor de un corazón ardiente
daría cualquier cosa por un poco de corazón ardiente
como a una alhucema él la sostenía
llevaban su cortejo de vestido de seda
/la saluda desde lejos desde
la carretera roja/
(promesa de corazón ardiente):
sería un refugio de mirada efímera
sería como el comienzo de una llama
Sueño
tu contorno de terciopelo crudo
empieza su vigilia de vampiro
a las dos de la mañana
en una paila de agua bendita
me santiguo, posesión de mí
me rodeo de alabastro de colores fuertes
tecali, lo llaman, para protegerme
me roza la piel rojiza de un pagel
pienso en una canción
como una forma de desobediencia
la tarareo para alejarte:
sin embargo regresas por la noche
como un hábito apresurado
o un indicio absurdo
sólo pienso con tristeza en burlarte
en recordarte mi orfandad
de la bóveda nocturna
en evitar que me desangres
aluvión
deseo irresistible de despertar con madre
que me contenga
de soñar
con madre para siempre
Una película del Este
fue altísima,
un torbellino sostenido de escorpiones
al centro debatiéndose y débil ya
por la succión en los muslos las piernas
formidables cazadores ajustaban las ligas como
a través de un tul petrificado pasaban
las imágenes ¿sería para siempre?
¿sólo esa noche? ¿la doble condición de casa y sangre?
¿muda? No había cañaveral hacia abajo ni
piedras firmes ni agua bendecida:
un estertor se disolvía y escapaba cada vez más fuerte
desde donde veía con tanta sed la copa: la medida del duelo
el hilo de un reflejo que iba penetrando
sin importar ya nada ya lejos sin remedio