Fragmento de la más reciente novela del autor chilemex, profesor universitario y con una importante trayectoria en la edición de revistas culturales, más una reseña de Mariano Hernández, quién se pregunta ¿se trata de una obra policíaca, de viajes, de ciencia ficción o de una narrativa de otro planeta?

Los infinitos rostros de La esperanza…

Acerca de La esperanza ya no es la misma muchacha, de Manuel S. Garrido

Mariano Hernández

Entre los muchos libros y los diversos autores con los que dialoga ─a veces muy visiblemente, otras de manera soterrada─ la nueva novela del escritor chileno Manuel S. Garrido, La esperanza ya no es la misma muchacha, el nombre de Ricardo Piglia me parece una referencia ineludible. Ciertas preocupaciones, obsesiones, diría yo, señalan una fina correspondencia entre la novela de Garrido y la obra pigliana. En La ciudad ausente, por ejemplo, para citar uno de sus trabajos más emblemáticos, Piglia nos presenta una máquina, la máquina de Macedonio: un dispositivo que produce relatos. Relatos que se enfrentan al poder político que busca imponer su verdad única. Con todo, la máquina de Macedonio, máquina de resistencia al fin, no funciona como una entidad monológica y privativa: no es ella la propietaria de los relatos. Por el contrario, la constitución del sentido está siempre del lado de los receptores, los ciudadanos, los personajes-lectores que expanden y transfiguran las posibilidades interpretativas de las historias que se narran; son los habitantes de la ciudad quienes los transforman, los hacen circular y finalmente los incorporan a su existencia. Alguna vez le preguntaron a Piglia: ¿cómo te gustaría que se te leyera, que se lean tus libros? Tal cual se leen. No hay más que eso. Cada uno es dueño de leer lo que quiere en un texto. Bastante represión hay en la sociedad ─respondió Piglia─. Lo traigo a cuento porque de forma análoga cada uno puede leer, también a su manera, La esperanza ya no es la misma muchacha. De hecho, éste sería para mí uno de los grandes méritos de la obra de Garrido: una novela que es también muchas novelas, y que por lo mismo invita a  leerla de múltiples maneras. A continuación trazo brevemente algunas de esas perspectivas con las que pensé e imaginé esta historia y sus posibles sentidos y significados.

En primer lugar, leí La esperanza ya no es la misma muchacha como una pesquisa, como una investigación, podría decir casi como una novela policial. Hay un detective: Dru, la poeta. Quizá por eso, por ser poeta, le es dado ver a fondo las irregularidades de esta lógica social donde ahora el delito es la moneda corriente. También hay un crimen en el centro de la historia. Muertes simbólicas y otras reales, descarnadas y feroces. Episodios de enorme violencia, que por momentos llegan a ser narrados de una forma enigmática, irónica, metafórica, y a la vez brutal y sin concesiones, como el hecho mismo que se cuenta. El punto clave es que, si se lee como novela policial, ¿quién sería el criminal? ¿Camargo, el profesor que ha desaparecido misteriosamente, el profesor y a quien todos buscan? ¿El sistema social, que mata nuestras esperanzas? Quien sabe si al final los criminales resultemos ser todos, sordos y ciegos ante un mundo que se pudre y se desmorona sin remedio.

También leí la novela como un viaje, el viaje de los personajes —sobre todo alumnos y exalumnos— en busca de Camargo. Un viaje geográfico, porque partimos de México y vamos a la Patagonia o, como se dice en la novela, partimos del infierno, aquí, y vamos hacia el fin del mundo allá. Un viaje también interno, donde los personajes parecen buscarse a sí mismos, lo que han y hemos perdido: la imaginación, la literatura, el erotismo. Búsqueda con los ojos cerrados, motivo recurrente en la novela, como símbolo de esa introspección que hacen a menudo aquellos personajes. Se trata asimismo de un viaje temporal porque nos topamos con alumnos de Camargo de distintas épocas, quienes recuerdan sus clases, los momentos que vivieron con él en la Facultad, los temas, los autores y sus obras, la desazón y el desencanto. Encontramos también a Arteaga, amigo de la adolescencia, quien rememora sus épocas en el internado en la Escuela Normal de Santiago.

Podemos pensar que una búsqueda apunta siempre hacia el futuro, que se busca algo ahora para encontrarlo en el futuro; sin embargo, la búsqueda de Camargo está basada en los recuerdos: se indaga en su pasado, y en su devenir. Se trata de una construcción, o reconstrucción, a partir de los relatos de los otros, una búsqueda múltiple, parcial y desfasada; incierta también, porque nunca podemos estar seguros de que los personajes estén contando la verdad, o al menos toda la verdad. La trama, justamente, como un entramado de historias. Distintas versiones, distintas verdades, sobre Camargo. Me pregunto si no sería ése justamente el camino para encontrarlo.

Habría otra posible lectura, una alternativa distinta, si bien triste, desoladora. Un nexo oculto con Solaris, la gran novela de Lem, el escritor polaco. Nadie busca a Camargo. Se trata de una lectura durísima, que retrataría fielmente a la humanidad bajo las condiciones de nuestro tiempo. Nadie lo busca, pero él, en la soledad de la Patagonia, recuerda a sus alumnos y a sus antiguos amigos, y los imagina preocupados, buscándolo: un hombre que no quiere ser olvidado. En este caso se leería la novela casi como un monólogo. Y toda la historia como una invención esquizofrénica de Camargo para paliar algún sentimiento de culpabilidad o, mejor aún, para buscar entender su existencia y el devenir final de la misma. Una invención esquizofrénica como camino; como camino desde el mal hacia el bien, a fin de darle una forma y sentido a la existencia, a través de la imaginación y la voluntad. La literatura como salvación.

Ya que mencioné Solaris, habría una posible lectura de La esperanza ya no es la misma muchacha como una suerte de ficción distópica. Existen, desde luego, ciertos cuadros, ciertas acotaciones, por ejemplo, cuando Camargo les dice a sus alumnos “…mi vida y mi historia ya no coinciden con la vida y la historia de ustedes…”, o en otro momento leemos sobre Arteaga, el amigo de Camargo: “Claramente pertenecía a otro planeta”, y aunque, claro, dichas afirmaciones son metafóricas bien podemos pensar ahora en cierta conexión con La máquina del tiempo, de Wells. Pues, en La esperanza ya no es la misma muchacha, personajes como Arteaga y Camargo parecen haber viajado en el tiempo, hacia un futuro que no terminan de entender; hacia otra civilización ─la nuestra, la de hoy─ con una manera distinta de hacer uso del tiempo y del lenguaje.

Eso es ahora nuestro mundo. Una distopía, donde la aceleración vertiginosa provoca un cruce desmedido de generaciones que ya no pueden comunicarse porque no hablan el mismo idioma. La generación de Camargo, por un lado, la generación de sus alumnos, por otro. Una confluencia inquietante en los personajes, confluencia tanto de existencias como de inexistencias. O bien la concepción de multiverso, aprovechando para la ficción una de las teorías más importantes e inquietantes de la cosmología y de la física cuántica moderna, pues habría en la obra de Garrido una concatenación errática de universos, un ramillete de universos infinitos. Cito: “digo que el suyo anda por un lado y el nuestro por el otro”. Universos con lógicas y paradigmas distintos e irreconciliables.

Planteo finalmente una lectura que podría llamar «novela de la celda» o «novela de la trampa», pensando en Kundera. Me atengo a las ilustraciones que acompañan la obra, ilustraciones del pintor Juan Sebastián Barberá, en las que encontramos siempre unas escaleras. No sabemos adónde llevan las escaleras. ¿Vías de escape? Difícil saberlo. Quizá los personajes, o quizá nosotros mismos, podríamos intentar escapar de nuestra realidad errática y violenta a través de ellas, aunque sospecho que lo que encontraremos será otro abismo, uno quizá más oscuro y desconocido. ¿Es que en realidad existe una salida? Me parece que hay una cita clave en la novela, cita que condensa perfectamente la situación de Camargo: “Encerrado, tapiado, amurallado. Como el ajedrecista que ha llegado a un límite”. Estas palabras me trajeron a la mente una posición en ajedrez llamada zugzwang, término que proviene de la lengua alemana. Un jugador está en zugzwang cuando cualquiera de sus movimientos, cualquiera, lo llevará irremediablemente a una posición peor que aquella en la que se encuentra. El jugador forzosamente debe mover, pero a sabiendas de que todas las alternativas son adversas. ¿Sería mejor rendirse? Evaluar cuál de las opciones es la menos mala parecería la solución más obvia, pero nunca resulta tan fácil. Tal vez esta posición de ajedrez nos define, hasta ella nos ha traído esta larga partida jugada por la humanidad contra sí misma.

Esta perspectiva de lectura de La esperanza ya no es la misma muchacha, como novela de la celda o de la trampa, como la he llamado, nos enfrentaría de lleno con esa situación sin escape. Todo un síntoma de nuestro tiempo: personajes y lectores buscando no ya una salida, por demás inexistente, sino intentando sólo sobrevivir en las distintas celdas en que cada uno puede llegar a estar atrapado. Una frase más, que también se usa para describir a Camargo, nos develaría lo intrincado de la realidad que nos presenta la novela: “Como un lector que lee al revés, no tanto para saber cómo vivir, sino para saber cómo quiere morir.” Frase que bien podría estar en El último lector, de Piglia. Una especie de antibovarismo o contrabovarismo. Pensar en una madame Bovary del siglo XXI, ya de entrada insatisfecha con su existencia; donde los libros ya no le muestran otra vida a la cual aspirar, y por tanto buscaría más bien leer en ellos cómo quisiera morir. Quien sabe si esta decisión, resolver uno mismo cómo quiere morir, es acaso el último reducto de libertad que nos queda.

Termino recordando que me ha interesado proceder como los relatos de la máquina de Macedonio, buscando transfigurar la historia central y las demás historias de esta importante novela de Garrido. He buscado expandirla, imaginarla, y sobre todo leerla como si me hablara personalmente, y así incorporarla a mi propia existencia. Cada uno de los lectores podrá hacer lo mismo, y acaso cada uno pueda encontrar una esperanza distinta, la suya propia.

Fragmento de la novela La esperanza ya no es la misma muchacha, del escritor chileno (radicado en México) Manuel S. Garrido.

Publicada recientemente por Editorial Cordillera.

PARTE 7. SALIR O NO SALIR DE MÉXICO

Recuerda cuando llegó a México, a mediados de los setenta [feo decir los setenta del siglo pasado], cuando sus estudiantes llegaban todos con el sello de la esperanza marcado en la frente; él mismo por cierto, a pesar de la derrota en Chile, seguía siendo devoto de Bloch. Más devoto que nunca, y su vida cruzada por un sinfín de sueños soñados des- pierto con un cigarrillo en la boca. Los jóvenes, apenas más mozos que él, y él apenas con 32. Y entre tanto, vivas como una brújula en la memoria las batallas de los años precedentes. La del 68, gloriosa, la más grande, la más emblemática, junto a una cauda de principios, valores, autores, canciones, poetas, y por encima de todo, anhelos de transformación social y política. Sí, porque en esos años de luchas, persecuciones, dogmas y libros prohibidos, las protestas se cantaban y bailaban en las calles. Raro, ¿no?

También la docencia guardaba un claro sentido de formación y li- beración, cuando la docencia no enfrentaba todavía una caída tan brutal de los referentes éticos y estéticos, que lo llevarían a acuñar la noción de docencia preventiva. Desde allá, con esos ojos viejos veía a la novela y al héroe, batallando con la mira puesta en la búsqueda de valores auténticos. Después ya no, más bien lo vería entrampado, pasmado ante la inesperada insensatez de la inteligencia humana. Lo primero con Lukács parado y esperanzado aun entre las dos guerras mirando hacia el siglo XiX, cuando parecía posible encontrar valores auténticos en un mundo sólo degradado. Lo segundo con Kundera, parado igual que Lukács, pero en los sesenta, mirando lo que iba ya del siglo XX, tras los bombazos atómicos de Hiroshima y Nagasaki y el devenir Gulag, totalitario, de la revolución y la modernidad. El mundo convertido en una trampa. Todo un universo la docencia y su fondo de emancipación y rebeldía, emancipación e inteligencia pre- ventiva. A eso había venido al mundo. A trabajar la piel humana ele- mental, a tallar por dentro la piel tersa y joven de las generaciones que van y vienen como el viento. Y nada de que mucha lectura entris- tece o seca el seso, pues en ese momento de la historia, los jóvenes aún estaban vivos, más vivos que nunca, incurablemente vivos, cuan- do todo en aquel tiempo olía a aurora, a asamblea, cuando ningún estudiante alzaba el brazo o paraba el dedo simplemente para hablar sino para pedir la palabra, y ya con ella en los labios la escupía vibran- te para exigir el realismo de lo imposible o la imaginación al poder o para cruzar el socialismo con el surrealismo o para citar a Marx. Sí, al Marx del Manifiesto. A Marx de la mano de Breton, el del otro Manifies- to. O de plano para disentir de tamaña estupidez, dado que la libera- ción de la imaginación no era igual —no podía ser igual— que la liberación de los pueblos. Y de pronto, sin embargo, inesperadamente, el miedo unido a la esperanza y al progreso. El último tipo de tragedia. La irrupción irrefrenable de algo anómalo en la vida de las sociedades y en el alma de la gente. Ya no degradación, sino descomposición y colapso. ¿Y la docencia? Ah, la docencia, más preventiva que nunca. Urgentemente preventiva.

Fue entonces cuando estrenó en México su divisa eterna: que en- señaba para cuando estuvieran parados en la esquina de Copilco y Universidad esperando el camión. Que enseñaba para la vida y lo ines- perado de la vida. No para morir ahogados entre las páginas de un libro, menos todavía encerrados entre las cuatro paredes del aula, tragando bibliografía.

La última vez que lo dijo fue para él inolvidable. Porque inolvidable fue esa mañana de perros cuando una chica de Iberoamericana le dijo con toda frialdad —con intensidad pero con una frialdad inquietante, aunque según ella con toda franqueza— que la idea no aplicaba. Ya no, dijo. Y él se la quedó viendo sorprendido. Encendió un cigarrillo y tras dos bocanadas de humo lo aplastó contra el piso.

En esa esquina ahora reina la muerte, dijo la chica. Con decirle que hasta el camión suspendió la ruta. Creí que lo sabía.

Camargo negaba y ella suspiró sin emoción o con una emoción extraña, negando y apretando los labios.

Dejó de pasar, maestro. Dejó de pasar después que un comando con tipos armados lo secuestró con varios compañeros adentro. ¡Si hasta salió en la tele! ¿No supo de la bodega donde aparecieron sus cuerpos, todos mutilados?

La chica, hasta ese instante invisible en la clase, sentada en la fila de atrás y hasta cierto punto solitaria, donde hilaba su propio silencio, salió de pronto de su entramado invisible y con dos o tres frases lo paralizó por completo. Camargo dio dos pasos a un lado apoyándose ligeramente en el escritorio. Miró a la chica y se mesó nerviosamente la barbilla. Pensaba en lo que era capaz de esconder el silencio de una joven. Tal vez eso, pero no. En ese trance no se trataba de lo invisible ni de lo visible del silencio, aunque pronto percibió que un cambio profundo aparecía en su entorno y entonces ladeó un poco la cabeza para ver a la chica desde otro ángulo, con la nariz más puntiaguda o quién sabe. El caso es que la posibilidad de sentir miedo se acercaba hasta él como no lo había experimentado desde hacía mucho tiempo. Cuarenta años por lo menos, cuando las calles en Chile perdían su inocencia y nadie ya cantaba ni bailaba sobre el pavimento… si bien uno que otro cantó y bailó entonces con una mueca o con una sonrisa opaca, ensangrentada, en el rostro.

Cuarenta años después, también en México las calles dejaban de ser sinónimo de vida y el aula pasaba a convertirse en una suerte de refugio. Un refugio contra la muerte violenta. Y le pareció triste, irónico mejor dicho, que el aula pudiera verse como refugio. Camargo no salía de su asombro cuando la chica retomó la palabra y como si hubiera leído su pensamiento le dijo que lo verdaderamente cómico era otra cosa: que a pesar de todo ella lo siguiera sin faltar. Cuando lo dijo, Camargo asintió bajando la vista y miró sus notas alzando los lentes hasta la frente. Y sí, no registraba ausencias.

Es cómico, repitió ella con tono casi reflexivo. Porque vea, casi nada de su clase o muy poco en realidad nos sirve cuando estamos allá, parados, como dice usted, esperando el camión. En esa esquina donde ahora reinan los Zardos. Porque allá ahora dominan losZardos, maestro. Allá no se habla de mundos posibles. Para nada. El juego es otro. Tampoco hay tiempo para ver hacia atrás. Cero. Cero. Nada de Historia ni de historias. Como le digo, el juego es otro. Haga de cuenta que el mundo se fue o se lo llevaron para otro lado. Con todo y gente, con todo y fierros y tablas y adoquines y mesas y valores, con todo y gente. ¿Me entiende? Todo se lo llevaron y quedamos nosotros. Sólo nosotros…

De pronto, la chica tosió. Se tapó la boca con la mano y volvió a toser con un chasquido seco en el pecho.

Aquí ya no queda nadie. Salvo la muerte. ¿Por cuánto tiempo? No mucho, supongo. Como le digo, nadie. Nadie vivo. Sólo nosotros. En- tonces ni para qué. Para qué la muerte si ya no queda nadie, sólo no- sotros, nadie más, un poco con la mente en la esquina y otro poco con el corazón en la Facultad. Confundidos, me parece a mí.

Obviamente, Camargo no estaba preparado para una cosa así. El día anterior lo había pasado en su laberinto, leyendo a Márai en El último encuentro, y todo el día, se podría decir, gozó la exactitud de su prosa de relojero y el inquebrantable y a la vez inquietante empeño de esos hombres ya maduros, Konrád y el general, de hurgar y hurgar en lo más recóndito del alma. La tentación avasalladora del secreto. La pasión enfermiza por la verdad. Así que, cuando ingresó al salón de clase esa mañana, una mañana que a la postre sería una mañana de perros, traía en la mente aquel pequeño castillo de caza situado al pie de los Cárpatos y la soberana sombra de Kriztina, orgullosa de la salvaje y noble calidad de su corazón. Esa mezcla que es como un veneno. Camargo entonces comenzó a sentirse desfasado y su mente empezó de pronto a saltar de un lado a otro, fuera de su eje, presa, ahora sí, de una locura irrefrenable. Desfasado es decir poco, pues esa palabra no iba al fondo de lo que comenzaba a deshilarse en ese ins- tante. La cosa mostraba tintes más profundos. Y para él, acaso defi- nitivos.

Yo decidí venir a sus clases, continuó la chica, abandonando el tono reflexivo y adoptando uno más despreocupado, a instancias de una amiga, una amiga que por cierto guarda buenos recuerdos de usted. Hace unos años tomó el curso, sólo que ahora trabaja como camarera en un hotel de lujo en el Centro Histórico. Dice que no lo olvida y que a menudo regresa a sus apuntes de clase. «Tómalo», me dijo, animán- dome a entrar a su clase. «Seguro te va a pasar lo que a mí.» Y se echó a reír al ver que yo me reí. «No seas boba», dijo, «no me refiero a que acabarás como yo, empleada en el hotel, sino a que entras, llegas al salón y resulta que la literatura no brota de los libros. Es curioso, por- que todo aquello que es literatura no está en la literatura. Aunque lo más excitante viene después. En mi caso vino cuando en la clase de Teoría Camargo explicó a Williams Burroughs y el instante helado. El instante cuando ves lo que tienes en la punta del tenedor. ¡Dios, eso que estás a punto de tragarte! Camargo hablaba como si estuviera en un escenario, y a nosotros, claro, nos mataba de risa. Después ya no. ‘El instante helado en que ves la mierda que te vas a tragar.’ ¡La mierda pro- gramada en la televisión! Y ve lo que son las cosas. Ahora nos la traga- mos toda y hasta pedimos repetición.»

Cuando mi amiga dijo eso, añadió enseguida que no dormía y yo apreté los ojos, pero ella, además de cerrar los suyos, abrió así la boca y soltó una carcajada. «La bronca, claro, viene después, cuando te cae el veinte, porque el tipo ese, Camargo, es una pesadilla; de verdad te rompe la burbuja en que vives, la burbuja de todo, de la literatura, la burbuja fresca de tu vida como estudiante. Al principio la lleva suave, pero cuando menos lo esperas te da con todo para despertarte, unos buenos puñetazos en la jeta, y claro, no te gusta. ¡A quién le va a gustar que le rompan la jeta! Y no acabas de sentarte y viene una cachetada. Todavía no te repones y ya tienes el puño en un ojo. Con el tiempo le agarras la onda y sabes hasta qué lado de la cara poner. Cuando termina, un cierto alivio te dice que has despertado y que volverte a dormir sería muy estúpido de tu parte.»

A raíz de eso tomé su curso. ¿Me entiende?
No. No entiendo. ¿Qué debo entender?, dijo Camargo.
¿Qué debe entender?
La chica jugó con su boca para un lado y para otro. Perdóneme. No

será agradable. La verdad, la verdad, no quiero despertar. Créame, maestro. Bastante tengo ya con los mulazos de El Nagual allá afuera. Para serle franca, lo que busco es dormir. Por eso entro con usted. No sé si me explico. ¡Sus palabras, maestro! Mis palabras ¿qué? Me hacen olvidar, ¿sabe? Olvidar qué, dirá usted. Olvidarme de mí. Olvidar que me han saqueado, que me han robado. Olvidar que yo he perdido o que yo entregué el alma. Es como un sueño. Una pesadilla, más bien.

¡Vándalos!, dijo usted uno de esos días, tal vez no se acuerda. ¿Y qué había ocurrido? Nada. Que un grupo de muchachos desalmados, verdaderamente desalmados, paralizó el centro del DF y rompió todo a su paso. Entonces usted se lanzó duro y sacó un librito de Sábato y se lanzó duro porque la destrucción no representaba forma alguna de resistencia, y habló de degradación y degradación hasta que se cansó. ¡Caray! Y duro con que la resistencia de los sesenta no fue como la de ahora. Nada más que nosotros somos la degradación aquí y ahora, y lo nuestro, por donde se la mire, ni siquiera podría llamarse resistencia, porque no lo es. Así como la esperanza de ayer tampoco es la de hoy. Y por eso lo nuestro, ahora sí, es lo que es, destrucción y destruc- ción, destrucción a lo bestia, empezando por aquí, dijo, y se tocó el corazón, luego la frente, luego la mollera. ¿Huir? Huir ya no es opción.

Usted lo dijo, lo recuerdo: la esperanza de ayer tenía rostro de mujer, ¡cómo era linda la esperanza!, pero sobre todo era nuestra. ¿Y ahora, maestro? Mejor no conteste. Déjeme decirlo a mi manera: ¿qué rostro tiene ahora la esperanza? ¿Ahora que dejó de ser nuestra, ahora que cambió de bando, y dejó de ser bella? ¿Huir? No es opción. Destruir sí, para estar a tono, ¿no cree usted? Destruir todo, todo lo que ya no es nuestro y jamás será nuestro, ¿me entiende? Somos la realidad, la maldita realidad, maestro, los empujados con brutalidad a las simas más profundas. ¡Carajo, qué frase, qué jodida poesía es esta! Seguro lo ha leído: Toda canción que repita la palabra esperanza más de tres veces pro- voca náuseas. Y usted duro y dale con Lipovetsky y la seducción de las cosas, y nosotros al revés, metidos hasta adentro en la repulsión. O sea nada es nuestro ahora, ni lo será. Ni la ciudad ni el país ni nosotros, nada. ¡Nuestra vida dejó de ser nuestra! ¡Vándalos, caray, maestro! Pero yo no dije vándalos, dije neolíticos… Sí, es Cierto, ¡neolíticos! Es cierto, somos los de las piedras. De las piedras salvajes, de las piedras en bruto. Cierto. Lo más pulimentado que tenemos son los adoquines del Zócalo. ¡Pum! La droga, o sea el viaje y la pedrea son ahora nuestro lenguaje. Y súmele la mierda que nos dan a diario. ¿O de dónde cree usted que lo nuestro es el goce de la repulsión?

Nos robaron todo. Sí, pero sus palabras son un bálsamo. ¿Será por eso que me siento embalsamada en sus clases? Por favor no se ría. ¿No somos cadáveres corriendo tras la Historia? Y sus palabras ¿no son un bálsamo, una cura de la descomposición? ¿Cree usted que debería decir mejor putrefacción? ¡Ah, sus palabras! Ni siquiera son un enigma, pero tienen un poder mágico: me hacen olvidar. Como un sueño. Su clase es como un sueño. Poesía que disfruto en silencio allá atrás. Tan lírica que relaja, créame. Seguro lo recuerda:«Kafka visto por Kundera: Kafka crea una imagen poética de un mundo apoético». ¡Mundo apoético, ja! Qué suave, ¿verdad? O esto:«La gran revolución de la vanguardia consiste en haber entrado como un huracán y haber descuartizado la rígida cajita de cartón del realismo crítico. ¡Zas!, con un solo golpe hizo que la ficción entrara para siempre en la realidad, Kafka, Musil, Joyce, Gombrowicz, Borges y bla, bla, bla». La ficción ha entrado en la realidad. ¡Ja! Piglia ¿verdad? El gran Piglia y su máquina de contar historias. Las historias que no pueden contar los cadáveres, o sea nosotros, vaciados y sin habla, nosotros ya no, sino la máquina, la mac, esperanza última, la esperanza mierda, la esperanza cyborg, después de nuestra muerte, amén. ¡Ah, pero cómo relaja oírlo! Y entonces de plano me digo qué caso tiene tragarme sus historias si ya la Historia nos tragó a nosotros. Y, sin embargo, me hacen falta sus clases, ¡me hace tanta falta relajarme! Pero no me sirven, perdóneme. Sus clases. Allá, en la esquina de Copilco y Universidad, de verdad no me sirven. Perdóneme. Y a pesar de todo, vea cómo recuerdo cada palabra suya en el salón: La mansión había comen- zado a revivir en las últimas horas, como un mecanismo al que le hubiesen dado cuerda. Revivían los muebles, los sillones y los sofás a los que habían quitado las telas protectoras, y también los retratos de las paredes, los candelabros de hierro, los objetos decorativos de las vitrinas y de la repisa de la chimenea. Al lado de la chimenea había troncos para el fuego porque de madrugada el aire se llenaba de frío.

¡Te acuerdas de todo!
¿No es irónico, maestro?
¿Has puesto la mesa con los platos de porcelana francesa? ¿Qué servirás a

los invitados? Sopa y trucha. Gallina de Guinea y helado flambeado.

¡Recuerdas todo!

Todo. Tengo todo registrado. Lo triste es que si alguna vez esas imágenes formaron parte de mi vida, como ilusiones, si usted quiere, ahora quisiera olvidarlas. Machacarlas y olvidarlas. No me entiende, ¿verdad? Me han roto el alma. Son imágenes vacías para mí. O a lo mejor no son imágenes, menos aún imágenes vacías, porque vea, las siento como una estocada en mi triste vida. Me hieren los platos de porcelana francesa, la sopa, la trucha, la gallina de Guinea y el helado flambeado. Ahora sí me entiende, ¿verdad?

Nunca imaginó Camargo que le ocurriría algo así. Y aunque no tenía del todo claro qué había sucedido, algo le decía que la cosa iba más allá de ese largo minuto. Fiel a la forma como discurría su mente, se preguntaba por el proceso. ¿Qué había sucedido y cómo había llegado a ese punto? Se sentó y permaneció frente a la chica sin decir palabra, ni un murmullo, apenas un suspiro. ¿El final? ¿Cómo iba a pensar que llegaría tan pronto? No lo sabía o no se atrevía a pensarlo. Sabía, eso sí, que si se ponía de pie corría el riesgo de trastabillar. Podía sentirlo en la debilidad de sus piernas y su boca reseca. La sensación primaria de que había alguien en su salón de clase, o peor: que había llegado al- guien capaz de clavarle un cuchillo de punta y arrancarlo de cuajo, no sabía si del mundo o de dónde. Del mundo, y cerró los ojos. Estaba viejo, estaba fuera. Viejo sí, su boca carcomida por el tiempo lo decía claro. Fuera, no estaba seguro. Fuera y a la vez herido, sorprendido tras el golpe. De pronto quiso preguntarse qué clase de criatura era la chica, pero se detuvo. Había sido tan demoledor el golpe que no se atrevió a ir más lejos y preguntarse también qué clase de criatura era él en ese instante. Él para ella, por supuesto. Cosa de segundos duró el impacto. De pronto, sin que supiera cómo, empezaron a esfu- marse sus emociones y comenzó a ver más claro. La chica, al cabo de dos o tres generaciones, encarnaba una nueva clase de criatura. Lla- marla bárbara le pareció lo justo, pero enseguida lo consideró un ex- ceso de su parte; no obstante, fue la primera idea que vino a su men- te. Tan bárbara que podía clavarle un cuchillo de punta y arrancar- lo del mundo. Sí, pero entonces ¿qué o quién era él? En ese trance lo había puesto. Apretó los ojos, y como se sintió mareado, súbitamente los abrió. Sin emociones ni sentimientos que lo perturbaran, al menos eso deseaba, se incorporó, miró a la chica y en su lugar vio la palabra responsabilidad. Curioso, porque desnudo de sentimientos la palabra responsabilidad acudía hasta él para taparle la vergüenza.

No está de más advertir que la herida primero sangró por otro lado. ¿Por dónde? Por el amor propio. Después de todo, si —como decía la chica— era un lírico, y a esa altura un lírico cansado o en desuso, lo cierto es que se tuvo como un lírico en su reino. Y su reino era el aula. Justo donde la chica, en un acto de valor y franqueza salvaje, le había clavado eso que Camargo sintió como un cuchillo en la carne. Mejor dicho, como si con un cuchillo de punta hubiera escarbado dentro de él, arrancándole una a una las palabras. Después confesaría que lo vivió como si hubiera entrado en él. «Como si hubiera entrado en mí», dijo. «Como si con un cuchillo de punta me hubiera escarbado hasta quitarme una a una las palabras, dejándome vacío. ¿Y hay algo que pueda hacer un hombre al que han despojado, al que le han extirpado una a una las palabras, más aún: las palabras con las que paso a paso ha construido su existencia, las palabras en que cree?»

Hasta entonces no se había percatado de la situación con todas sus implicaciones. Que había llegado a un límite no le cupo duda. Pero no quiso ir más lejos. Eso vino después, cuando lo invadió la imagen del mundo abriéndose paso como un extraño y poderoso animal. Eso que ligeramente sale en la prensa todos los días. No ya el canto, sino los aullidos provenientes del corazón apeñuscado de la chica. Lejos de ’68, nada de esto podía formularse con la elegancia de la teoría o la ele- gancia de la academia, o sea como un cambio de paradigmas. Pero eso era, un cambio de paradigmas, toda vez que había cambiado la mane- ra de pensar del mundo. Y al mismo tiempo era cruel, en tanto había transformado a generaciones, y sus efectos habían cambiado al mismísimo Dios Padre.