En torno a Un huésped en el jardín dormido, del colombiano Horacio Benavides, escribe el puertorriqueño Cortés Cabán, quien nos dice: «Hasta los seres más humildes y elementales convierten en atracción y belleza aquello que a la mirada del lector indiferente parecía feo o antipoético.»
Un huésped en el jardín dormido, de Horacio Benavides
por David Cortés Cabán
La poesía del poeta colombiano Horacio Benavides (1949) nos acerca a un mundo que fragmenta diferentes contextos de la realidad. Por un lado, los seres y criaturas que lo pueblan y, por otro, los sentimientos de amor y soledad, el paso del tiempo y de la muerte que nos advierte de nuestra propia finitud. Todo lo que siente el poeta fija sus raíces no solo en la realidad circundante, sino también en las cosas que resaltan el fluir del tiempo y de la vida en la imagen provocadora de un lenguaje conciso y novedoso. De ahí la precisa y justa palabra que abre una puerta hacia un paisaje cuyos seres se funden en un mismo impulso lírico y humano, amoroso y solidario a la vez.
Un huésped en el jardín dormido1, es una antología que consta de ciento veintiséis textos subdivididos en ocho apartados. Los epígrafes que les anteceden, si en verdad no añaden a la calidad e inquietud que permea cada poema, expresan la naturaleza de esas lecturas que han dado vigor a la existencia y hondura espiritual que contribuye a formar el mundo interior del poeta.
El título (Un huésped en el jardín dormido), un poema del apartado final del libro, tiende ya un puente hacia la visión que sugiere ese zorro que “Camina rozando / la hierba…” y “Pinta de otoño / las hojas / del menguado jardín”. Es decir, lo que representa en este jardín el huésped que en él recrea sus sentimientos personales, y lo que él mismo busca salvar de la indiferencia o de la apasionada y compleja experiencia cotidiana. Por eso hasta los seres más humildes y elementales convierten en atracción y belleza aquello que a la mirada del lector indiferente parecía feo o antipoético:
El cerdo entra en el poema
como una ofensa
pero nadie sabe
que el cerdo también reza
Al final del verano
cuando las golondrinas
arrastran el paracaídas
de la lluvia
el cerdo se sale de sí:
da vueltas salta grita
aplaude al universo
(“El cerdo”)2
La escena nos sorprende y la impresión que nos causa nos lleva a la meditación. Rara vez un poeta ha colocado un cerdo en un poema. Un elemento ajeno a los formalismos estéticos, y que en la mirada del hablante poético adquiere un sentido de armonía y sensibilidad frente a la naturaleza. En esto estriba la virtud del poema y el impacto que produce en el lector la manifestación jubilosa del cerdo: “da vueltas salta grita / aplaude al universo”. La lluvia, anunciada en el errático vuelo de las golondrinas, saca al cerdo de su estado de ensimismamiento produciendo en él una suerte de euforia emocional.
Ahora bien, el cerdo no aparece al margen de la vida y los seres con quienes comparte el mundo. Su presencia aquí se convierte en tema central del poema. Y lo que realmente importa no es lo que pensamos o dejemos de pensar de él, sino sus acciones. Lo que celebra el cerdo en armonioso júbilo con la lluvia. Pero, ¿qué clase de universo celebra? ¿Y qué es lo que motiva esa celebración? La respuesta no es un misterio, y la podemos intuir en lo que exactamente está ocurriendo: ha finalizado el verano y las golondrinas inauguran la caída de la lluvia que presagia la llegada del otoño. Esto ya es un motivo para celebrar esa temporada de calor que se aleja. El verano ha llegado a su fin y la nueva estación de otoño proporciona un sentido celebratorio del universo. Pero esto no es todo. El poeta ha dotado al cerdo de una pasión humana que choca con el concepto que tenemos de su inteligencia y belleza. Esto se nos advierte al principio del texto: “El cerdo entra en el poema / como una ofensa…” Pero ciertamente esta ofensa es la que enternece la existencia del cerdo rodeándola de una aurora más humana al reflejar en él una criatura cuya vida es semejante a la de cualquier otro ser del universo.
Ante la mirada del poeta, el cerdo no debería estar marginado del mundo poético. Su presencia en la tierra también conserva (como el ruiseñor de Keats o la rana de Bashô) un encanto que despierta una tierna emoción: “…pero nadie sabe / que el cerdo también reza”. Este verso aporta un dato fundamental para comprender el doble sentido que transforma la vida del cerdo. Por un lado, la connotación religiosa de ese rezo y, por otro, el sentido natural de ese aplauso que exalta su presencia en el universo.
Las criaturas que configuran el mundo poético de Horacio Benavides protagonizan una realidad que apenas algunos lectores podemos percibir en su total dimensión. Por eso la mirada del poeta tiende a recoger lo que acontece en el orden invisible del universo, y lo que promete también ofrecer una nueva visión del signo indeleble de su poesía: seres cuya presencia prodigiosa ha dejado una inquietud profunda, una imagen que alguna vez llamó nuestra atención y afanosamente buscamos comprender. Por eso, la existencia de los seres que habitan estos versos, la soledad o el silencio que impacta sus vidas va recordándonos que el universo es más profundo y enigmático de lo que imaginamos: caballos a galope perdidos por ciudades nocturnas, peces traspasados por el fulgor invisible de la muerte, lagartijas desamparadas frente al esplendor de un horizonte solamente soñado por el poeta; gatos, hormigas, garzas, tortugas, bueyes, rinocerontes todos en la armoniosa continuidad de un orden que manifiesta la experiencia de una realidad que es conocimiento y solidaridad en todo el universo:
Miren que esfuerzos hace
por ser natural
parpadeen y verán
es un monstruo
salido del sueño
Podría ser un poeta
por lo feo
y lo escaso de semejantes
pero no se queja
Tal vez un día
fue un rey
y algún pecado paga
en este círculo de barro.
(“Rinoceronte”)
Pero también Un huésped en el jardín dormido está impregnado de la visión lejana de las cosas, del conocimiento de aquello que quedó como suspendido en la remota órbita del tiempo. Es decir, lo que transcurre en el alma frente al irremediable acontecer de la muerte o la vida misma incapaz de regresar por aquellos caminos que un día trazaron la huella del amor y la nostalgia que anuncia el paisaje de estos versos:
Ah si el alma
pudiera despedirse
amistosamente del cuerpo
Si le dejara dormido
y saliera en puntillas
como una madre que se aleja
Ah si el alma olvidara
mutuas ofensas
viejos rencores…
(“19”)
Tendríamos que situarnos en la escena misma del pensamiento que refleja las carencias de la vida para que el cuerpo retenga la esencia de las cosas en desvelado ensimismamiento. La sensación que siente el cuerpo en la quietud de lo sagrado, lo que provoca en el alma un sostenido diálogo con el mundo. Así Horacio Benavides ha venido señalando en su obra poética los espacios y los seres, el alma y el cuerpo, el amor y la realidad del mundo que lo rodea como si todo estuviera traspasado de una leve nostalgia. Como si la esencia de lo que somos fluyera oculta en cada expresión del universo, o en la callada emoción que nos arrastra en las corrientes de un océano relampagueante y diverso. Y es que el poeta habla como si viajara hacia el cuerpo de la amada para revelarnos la emoción que se complace en el placer del tacto amoroso:
Ha vuelto en la noche
tu mano
Si había forma serena
entre el bullicio de las cosas
esa era tu mano
Si es hermoso el cuello de la paloma
que brilla y se pierde en la penumbra
más hermosa era tu mano
Tu mano digo
y hace nido en la noche
un arrullo de torcazas
(“Como una paloma en el cono de luz”)
Este sentimiento se desprende de la conciencia que busca retener la imagen de la amada para instalarse en la vida del poeta. Pero una imagen que deja entrever los matices que fijan la ausencia y las duras relaciones de la vida, ésas que revisten la poesía de una profunda añoranza. De ahí la imagen amorosa se convierte en silencio y búsqueda, en conciencia de una pasión que surge como ilusión y desamparo del ser. Lo que podemos ya imaginar como la pasión secreta que estremece la vida del hablante frente a la evocación amorosa en el tiempo. Por eso utilizará un lenguaje directo y sincero para expresar sus emociones y revivir, aunque sea pasajeramente, el sentido de un amor que se desvanece.
Has vuelto
Tu boca ha madurado
en el hilo invisible
del verano
Dunas barridas por el viento
y el deseo de posar los labios
en los pliegues de arena
Aromas de flores
no vistas
Acaricio tus manos
e igual que entonces
me inclino al vacío
(“Donde estuvo el sueño”)
Ciertamente el poeta canta las cosas que ama, sus preocupaciones y sentimientos frente a su propia transitoriedad. Y ese amor, abstracto o real, se alzará en sus versos como un paisaje inasible donde parece buscar aquello que existió un instante y ahora es solo un signo indefinido: Camino a tu lado / aferrado a tu irrealidad / que se me escapa (“Tan real como un sueño”). Quizás por eso nos lleva por distintos caminos que se entrecruzan y adquieren diferentes tonalidades y contrastes. Así cada verso fundirá la íntima experiencia de su mundo poético, y el de una vida que fue una vez iluminada por el amor. Sin embargo, el presente y el pasado harán de la sustancia del amor una evocación muchas veces abstracta y huidiza, revelada momentáneamente en el esplendor de una visión fugaz:
Déjame oírte
cuando no me dices nada
Tu boca canta
lo que calla
Tu cuerpo desnudo
narra lo invisible
Déjame tocarte
sin tocarte
(“Dices lo que no dices”)
El vacío aparecerá también como una experiencia fundida en la incomunicación. Pero no en la incomunicación que encubre la ausencia, sino en la que busca expresar lo vivido, lo imaginado que nace del silencio mismo de esa revelación. Lo que se dice en voz baja para intentar recobrar lo perdido aunque la realidad ya no responda a un amor cuya dimensión espacio temporal se ha convertido, por fuerza de la escritura, en un camino por donde el poeta ya no puede volver a transitar: Perdona / las pocas palabras de ayer / y este atropello del silencio (“Tanto hemos cambiado”). Y es que el silencio conlleva un sentimiento de resignación frente a las inquietudes del amor y las ilusiones de la vida:
Duerme
viejo corazón
Duerme
rey destronado
vociferante
y loco
Irreconocible
sobre la cubierta
de esta nave
en la que alientas
como un niño
Hasta aquí llegamos
amigo de tantas penas
juntas
Mañana
cuando el sol despierte
uno será tu camino
otro el mío
(“Mientras el corazón duerme”)
Pero recogerse en el silencio y en el distanciamiento de ese cuerpo permite al poeta imaginarlo en la plenitud de la palabra, ésa que se convierte en reflejo de sus propios actos. Como dice Bachelard: “La poesía es uno de los destinos de la palabra” 3, y en ella hallamos los rasgos que sutilmente perfilan el fondo de esa imagen amorosa sentida o soñada por el poeta: Cierro los ojos / y vuelvo a contemplar / la luz de cobre del crepúsculo / de tus senos…, dice en “Las palabras que no pude pronunciar”. Y en otros versos: Me da sombra la palabra / que no dijo tu boca / el perfume de la rosa / que no vi (“Meditación frente al Tajo”). Este sentimiento personal se corresponde, en cierto modo, con la impresión que obtenemos al leer los siguientes versos:
Un gesto te aleja
una palabra te borra
Sin embargo el ciego corazón
tiene su propia carta
la contempla y canta
Qué bella estás aquí a mi lado
acércate
que nuestras bocas unan
lo que los dioses separaron
Pero sobrevuelas ya
mariposa
el árbol que tiembla
(“¿La mano de quién tomo cuando tomo tu mano?”)
No conocemos la criatura que motiva este sentimiento, sin embargo sentimos cómo la realidad se transforma mediante los gestos que cristalizan esta visión poética. Ciertamente el cuerpo no será una completa abstracción, sino la experiencia amorosa que sobrevive en la mariposa que sobrevuela ya (…) el árbol que tiembla. Y no será aquí posible separar el “ciego corazón” que aún conserva la certeza de ese amor que perdura a través del tiempo. Puede haber otras explicaciones, y sin duda las hay, para aprehender el total sentido del texto, pero la idea que proyecta el lenguaje habrá que intuirla en el contexto espacio-temporal de ese sentimiento amoroso. Esos tiempos que se polarizan en el poema proyectan el pasado de quien ha aprendido a convivir con la soledad o el vacío. Pero un vacío que alcanza siempre a descubrir una nueva inquietud, un anhelo que nos revela una especie de historia amorosa que, sin embargo, parece no realizarse plenamente en la vida del hablante. Como si la imagen misma de ese amor, alimentado por la esperanza, fuera consumido por el desasosiego de esos recuerdos. Por ello, lo que nombra aquí el poeta estará dado en función de lo que aparece distante o perdido en el tiempo, y que retorna una y otra vez como un sueño indefinido:
Cuando llegaste
ya habías partido
Boca que se próxima
y besa en el recuerdo
Froté mis manos
al sol de un sueño
Bebí ausencia
(“Todo lugar para el desencuentro”)
No podrá el poeta desprenderse fácilmente de la pasión que ha impregnado su vida, pues el amor continuará alimentando las razones y motivos de su escritura, como esas historias que el yo lírico busca definir en el poema “Tu saludo como despedida”: En algún lugar / de mi adolescencia / en alguna calle / en la que mis pasos se repiten / te vi por primera vez / desconocida. O como la que en los versos siguientes cuestiona la pérdida del ser amado: Te pregunto / ¿hacia dónde puede ir un hombre / con el horizonte a sus espaldas? (“Como quien se despide muchas veces”).
Pero la mirada de Horacio Benavides captura distintas visiones de la realidad: temas y situaciones que reflejan un mundo cuya naturaleza humana trasciende para revelarnos una compleja realidad. La vida cotidiana sumida en un ámbito de incertidumbres y problemas sociales. Un mundo lleno de connotaciones y vivencias que transfieren la imagen de la infancia hasta el horizonte de la adultez, marcando en cada paso escenas impregnadas de profundos contrastes humanos como los que percibimos en la sección Conversación a oscuras cuyos textos, traspasados por una experiencia dolorosa, enfatizan la angustiosa realidad de la vida:
SE QUEDÓ quieto el niño
cuando vio a sus tíos y a sus primos
regados por el suelo,
se quedó congelado Jair
Ve niño levántate
que eres un hombrecito,
lo animábamos,
pero no había razón que lo levantara
Ándale que cogemos camino
y no te vamos a llevar cargado
Alma de Dios levántate
que ya vuelven los que nos mataron
(Poema 5to de la sección “Conversación a oscuras”) 4
Los poemas que se agrupan en Conversación a oscuras se apartan de los primeros apartados del libro para subrayar un pensamiento centrado en la dura condición del ser humano. El subtítulo es de por sí revelador por el sentimiento que caracteriza estas composiciones. Son poemas donde la incertidumbre cotidiana, las vicisitudes y angustias del afanoso vivir enfrentan la violencia que se alza como una ola de maldad contra la inocencia de la vida:
HAN CESADO los gritos de dolor
y de espanto
y la noche desciende
sobre los muertos huérfanos
Cierro tus ojos
beso tu frente,
los asesinos duermen borrachos
sobre las mesas de las cantinas
Aléjate por el sueño, hijo
y no vuelvas la mirada
a este tierra maldita
(Pág., 7)
Y aunque el lenguaje de este apartado abra las puertas a un mundo marcado por la injusticia, también podemos intuir la visión de quien presiente un futuro diferente: una voluntad esperanzadora de la vida que propone o anuncia una sostenida nota de confianza en los jóvenes, en las nuevas generaciones que vendrán a disipar las sombras del mal, revelando su sensibilidad y fortaleza en la luz de un nuevo amanecer:
VENDRÁ EL MAR y nos lavará la pena
tendremos sol y agua templada
y las olas golpearán
nuestras espaldas jóvenes
La noche surgirá con sus dos cielos,
el pescador azul
levantará en el horizonte
su pez de oro
Y apagada la lámpara
oiremos bramar al monstruo oscuro
y sentiremos miedo
y volveremos a ser niños
Y pasado el tiempo
entraremos serenamente
en la noche verdadera
Y tendremos día de nuevo
la espuma nos besará los pies
y correremos por la playa retozando
con la alegría asesando en nosotros,
y nos echaremos bajo el sol
brillantes y robustos como leones marinos
Las palabras echan raíces nuevas en el corazón, y ahondan registrando los sentimientos que agrupan el sentido metafísico y existencial de los seres que rodean al hablante: lo que fue hermoso y tuvo una presencia, el reino espiritual y jubiloso de la infancia, la juventud proyectada sobre un horizonte de tiernas y nostálgicas insinuaciones, la imagen inasible de los seres que amamos vistos en el paisaje de su transitoriedad. Todo lo humilde y grandioso de la vida proyectado en la exaltación armoniosa del universo es lo que nos muestra Un huésped en el jardín dormido.
Al final del libro, la mirada del poeta volverá otra vez a la ventana y desde el ámbito recóndito de la casa contemplará el paisaje abstracto y real que lo habita. El paisaje conmovedor de quien pasea por el jardín, y en el vasto horizonte sus versos: Abre las ventanas / y airea nuestra casa / la hermana desconocida… (“Una hoja cruza la ventana»).
En la honda nostalgia de las cosas desvanecidas en el tiempo asoma la conciencia de quien ha arriesgado todo para poseer por un momento el paisaje que se escapa, como esa Bella muchacha / de la que sólo oímos / sus pasos. Todo en callada emoción. Todo en el movimiento de cada criatura, de cada ser que forma la plena armonía de lo que somos y no somos frente al paisaje que traza sus leves giros en la frescura de un cielo / que no acaba de pasar (“Lecho seco”). Pero, ¿para qué más explicaciones? Hemos estado contemplando por largas horas la naturaleza de este libro y al huésped que cruza por el silencioso jardín. Hemos estado observando cómo se abre su corazón frente al paisaje, y no podemos escapar de su natural horizonte. Quiero decir, de las palabras que se derraman silenciosamente sobre un mundo de profundas revelaciones como quien cruza el jardín dormido y,
Enciende y apaga
la hojarasca
en tanto se aleja
por el sendero.
(“Un huésped en el jardín dormido”)
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Verano, 2017, Nueva York
- Horacio Benavides, Un huésped en el jardín dormido, Frailejón editores, 2015. El libro es una elegante y sobria edición artesanal encuadernada por Pilar Villegas e ilustrada por Daniel Gómez. El tiraje consta de 500 ejemplares enumerados y firmados por el autor. La edición que utilizo para esta reseña está señalada con el número 16. ↩
- Advertimos al lector que, como una variante particular en la escritura de este libro, el poeta ha prescindido de la puntuación y demás signos auxiliares del lenguaje. ↩
- Gaston Bachelard, La poética de la ensoñación, México, Fondo de Cultura Económica, 1982. Primera edición electrónica, 2013. En Kindle Fire, pág., 15. ↩
- Los poemas de “Una conversación a oscuras” prescinden de títulos y numeraciones. Los motivos que componen su estructura proyectan un pensamiento que refleja la impotencia y orfandad del ser frente a las injusticias sociales, el sufrimiento y la muerte. Son poemas que encarnan las luchas de la vida dentro de una profunda ternura humana. ↩