Ocho poemas del libro (de próxima publicación en Colección Umbrales, Sello Editorial Universidad de Concepción, Chile) Una señal del cielo, del poeta mexicano José Javier Villarreal.
José Javier Villarreal
8 Poemas de
Una señal del cielo
(de próxima publicación en Colección Umbrales, Sello Editorial Universidad de Concepción, Chile)
LA PIEDRA ESTÁ AHÍ,
no podemos fingir, sabemos que la piedra es famosa;
se le han escrito numerosos y magníficos poemas,
artistas de renombre han declarado que se ponen a su servicio
en el momento que toman el cincel y el martillo.
Hay amantes que recogen una piedra para dársela a su amado.
¿Por qué esa piedra y no otra?, ¿por el color, la forma?
No lo sabemos, la piedra tampoco lo sabe;
sin embargo, esa piedra ya no es cualquier piedra,
no sirve para hacer un poema, tampoco una escultura;
por lo general ese tipo de piedra es pequeña y cabe en la palma de la mano,
se puede guardar en el pantalón o en la camisa,
se puede llevar a todas partes, incluso se puede llegar a perder;
un buen día la buscas y ya no está,
jamás la vuelves a ver,
no la sientes, no pesa en tu mano, no te lastima al tacto
ni siquiera recuerdas cómo era, qué color tenía,
si era negra o dorada, porosa o lisa;
realmente no te acuerdas de la piedra.
Sin embargo, su ausencia te inquieta,
no te deja dormir, ver la televisión,
concentrarte en tus deberes.
Adamastor, el personaje de Camões, se convirtió en piedra,
en los sesenta un súper héroe era de piedra,
en los setenta un famoso pugilista era conocido como Manos de Piedra.
Las piedras siempre han estado ahí; de hecho, una leyenda griega
cuenta de una pareja que arrojaba piedras y el mundo se iba poblando;
desde esa perspectiva todos somos de piedra
o venimos de la piedra.
Cristo fue sepultado tras una piedra, pero unos ángeles bajaron,
quitaron la piedra y él pudo salir de su sepulcro,
pero esto sólo le ha sucedido a él a lo largo de la historia,
no hay otro caso que se le asemeje;
nadie, hasta la fecha, que no sea él ha podido resucitar.
No cabe duda que las piedras tienen su peso y significación;
quizá por eso los amantes, entre tantas cosas que regalan,
regalen piedras, pequeñas piedras que caben en la palma de la mano,
en el bolsillo del pantalón o de la camisa;
piedras que se pueden perder,
pero cuyo peso va aumentando día con día
y es tan grave perderlas como conservarlas.
Está la historia de ese amante que cargaba su piedra,
que subía hasta lo más alto
con la intención de deshacerse de ella,
pero había algo sordo y oscuro, algo que no podía explicar,
algo que lo hacía bajar corriendo y, con un ahogo que lo sofocaba,
buscar su piedra en ese mar de piedras, buscarla con tal cuidado y ansiedad
que lo hacían siempre encontrarla;
y ya que la tenía consigo, que la podía tomar entre sus manos,
crecía ese sentimiento, esa furia, que lo hacía escalar de nuevo
con la intención de deshacerse de ella, de arrojarla desde lo más alto;
pero una vez que la oía caer, que sentía el peso de su ausencia,
corría, con un dolor en el pecho, a ese mar de piedras donde habría siempre de encontrarla,
donde siempre habría de reconocerla.
Los musulmanes, una vez en la vida, van a la Meca;
para dicho viaje se preparan como es debido,
hacen sus oraciones de rigor, comen determinados alimentos,
se abstienen de ciertas cosas, y otras las hacen con mayor cuidado.
Dan vueltas y más vueltas alrededor de una gran piedra;
quizá se trate de la nostalgia por aquella pequeña piedra
que un día tuvimos entre las manos y que es fecha que no nos resignamos
a haber perdido.
HABLEMOS DE AQUELLO QUE NO CONOCEMOS.
De esos paisajes de la Australia Central,
de la forma tan curiosa del pájaro dodo,
del muérdago que cuelga de los marcos de las ventanas,
de las amplias calles de San Petersburgo,
del famoso Valle de Issa que sólo algunos conocen,
de los riachuelos y cascadas de Sierra Leona,
de los puentes de Holanda.
Comencemos hablando de aquello que no conocemos:
de los Alpes, de los Apalaches, del Lago Elefante en Nuevo México,
de esos parques que flotan en alguna parte,
de los estacionamientos donde nunca hemos aparcado el auto,
de esas puertas que jamás hemos traspasado.
Sé que todo esto no me llevará a nada ni me hará conocer lo que no conozco,
que es una trampa y que el tiempo sigue su marcha;
sé que no vale la pena inventar un poema cuando hay tan poco por descubrir;
sin embargo, sé que en alguna parte,
en un punto que hasta ahora no me dice nada,
habrás de aparecer, yo sabré de ti, y el mundo,
ese gran mundo que no conozco, se me ha de revelar
con tu presencia.
PODRÍA HACER EL EXPERIMENTO QUE UN ENSAYISTA POLACO PROPONE:
hacerme pasar por un poeta danés.
En ese caso, ya siéndolo, tendría que desconocer mi pasaporte, mi visa y mi credencial
de elector,
o al menos fingir que estos documentos, tan importantes,
también sufrieran una transformación.
Mi pasaporte dejaría de ser verde y tendría, forzosamente, una corona;
mi visa se me escurriría como agua entre los dedos
en el estacionamiento de un gran centro comercial
un día que hiciera mucho calor;
esto ocurriría en alguna ciudad fronteriza de Texas.
Mi credencial de elector ya no me serviría para ejercer mi voto;
un tedio inesperado, pero implacable, caería sobre mí
y ya no me interesarían las elecciones del primero de julio,
obviamente, porque el país dejaría de ser el mío.
Este es el punto que me interesa destacar de todo esto.
Al convertirme en un poeta danés un reino aparecería y otro se borraría.
Las tortugas seguirían, aparentemente, siendo tortugas:
animales verdes, pequeños y frágiles, con patitas y colita
y un caparazón que más bien parece un adorno que un escudo anti motines,
de esos que usan los policías tanto en Dinamarca como en México.
Los perros continuarían ladrando como siempre, pero yo los escucharía de otra manera;
ese es el punto: el mundo estaría aquí, seguiría aquí,
pero yo lo percibiría de otra manera,
serían otros los colores, los aromas, los sabores;
las texturas guardarían otra relación con la yema de mis dedos,
mis oídos se ofuscarían ante la confusión de vocablos daneses y castellanos.
No sabría cómo conducirme, cuándo hablar o callar,
estrechar una mano o saludar a la distancia.
Creo que los daneses no saludan de beso, tampoco se abrazan al encontrarse o despedirse
(esto en realidad no lo sé, pero se ha de esclarecer con el paso del tiempo);
mientras tanto sigo con la incomodidad del fingimiento,
con ese saco demasiado grande de pretender ser lo que no soy
o hacer de cuenta.
El mundo que deberá seguir siendo el mismo ya no lo será.
Las tortugas sólo fueron un ejemplo, pero ¿y todo lo demás?
Supongamos que llego a casa en taxi, porque se dice que hay poetas daneses
que no saben manejar,
que nunca han tenido la necesidad de aprender;
no es porque sean flojos o faltos de reflejos; se debe al excelente sistema de transporte
que ellos poseen
y nosotros no (aún no me he transformado del todo).
Llego a casa y no me reconoces, esperas a uno y llega otro
(aquí la relación con la Odisea es tan obvia, pero algo así sucedería);
¿dejarías de amarme y, poco a poco, te enamorarías del poeta danés?
¿Yo mismo sabría cómo comportarme? También se dice que los daneses duermen
en camas separadas.
¿Las diferencias culturales serían un obstáculo o una seducción?
Ahora recuerdo que tuve una amiga que se casó con un danés,
jamás volví a saber de ella, se fue a Dinamarca;
quizá yo tendría también que irme a Dinamarca y aprender árabe o turco,
irme a esos países donde los pasaportes se extravían,
las visas son tan estimadas y los ciudadanos se plantean seriamente, y con algo de temor,
sus comicios presidenciales.
El mundo sería el mismo, pero no me sabría igual.
Lo que más me preocupa –de todo este ejercicio propuesto por el ensayista polaco-
es que llegaras a enamorarte del poeta danés.
DEFINAMOS LAS COSAS:
estoy triste, muy triste
y mi tristeza se me sube al cuello de la camisa
y hace que ésta me quede grande,
tan grande que desaparezco en su interior.
Pero mi tristeza no desaparece,
no se va a contemplar a los ángeles a la orilla del estanque,
no saca a pasear a mi perra por las plazas de mi colonia;
no, tampoco toma mi auto y decide desaparecer por un rato,
poner el celular en buzón
y ser ilocalizable por horas y horas.
Mi tristeza es tímida y no se va con cualquiera,
no se inscribe en cursos que puedan distraer su atención,
no planea viajes de fin de semana
que rompan la monotonía de sus días.
Creo que ni siquiera ha contemplado la posibilidad de tomar una terapia.
Mi tristeza es callada, ensimismada y predecible,
gusta de pasear por los mismos lugares,
de salir o entrar a determinadas horas,
de seguir una rutina,
de vestirse con los mismos tonos,
de tomar los mismos alimentos,
de beber el mismo tequila
aunque haya mejores y más baratos.
Tiene una dieta particular,
pero a veces se olvida de comer,
de ciertas fechas aunque depende de su agenda
y de un estricto horario de trabajo.
Mi tristeza va y viene, por lo general se siente más cuando viene;
sabe atajos y gusta de ir en línea recta,
sabe dónde estacionar el auto, dónde comprar su refresco
y en qué determinado lugar tomar el sol.
Mi tristeza es friolenta, yo no;
por eso siempre me pide que apague el clima
o la deje envolverse entre las sábanas;
después se queda quieta, tendida de espaldas con los ojos cerrados,
no habla, no se mueve, sólo suspira;
yo la veo también en silencio, luego veo el techo,
la lámpara, y cierro los ojos.
Mi tristeza tiene gran poder sobre mí,
me he dado cuenta que dependo de ella,
que siempre está conmigo
cuando me baño, me seco, o me lavo los dientes;
a veces logro escaparme en algún sueño,
pero esto es sólo momentáneo,
ocurre muy pocas veces y por tiempos muy breves.
Ahora mi tristeza –como ya señalé- se ha instalado en el cuello de mi camisa,
ésta se ha vuelto tan grande
que me he perdido en su interior.
Mi tristeza es como un gato;
un gato que no se ve.
Mi tristeza es el ronroneo que escucho cuando apago el clima,
toco las sábanas,
veo el techo, la lámpara,
abro los ojos.
HABRÁ QUE VER A LO LEJOS
para encontrarnos de nuevo.
MIS PIES no son los pies de Jesucristo,
no caminaron sobre la superficie de las aguas,
no fueron lavados por María Magdalena.
Mis pies no son los pies de Jesucristo,
no quedaron grabados en una trágica y dolorosa imagen.
Pero mis pies (que no son los pies de Jesucristo)
fueron besados por tus labios.
ESTOY VIENDO UNA SILLA
pero pensando en un perro.
Pareciera que afuera el viento se hubiese calmado
ahora que estoy viendo una silla
pero pensando en un perro.
Las asociaciones se me dan con cierta facilidad,
incluso al escribirlas logro imprimirles
cierto metro melódico
que las hace pasar como versos;
hay que tener cuidado –lo dijo Paz,
recordando a Villaurrutia-
de no confundir la inspiración con el facilismo
ahora que estoy viendo una silla
pero pensando en un perro.
El problema que me presentan siempre
las asociaciones
viene después
cuando tengo que interpretarlas;
es entonces cuando dejo de pensar en un perro
y sólo veo una silla -una silla-
donde tú no estás.
ES EL TENEDOR lo que más se distingue sobre la mesa,
el espejo en el cuarto de baño,
el baño con su pasta, su cepillo y sus toallas.
No hay relación entre el tenedor
y el baño oscuro, viejo y cansado
ni siquiera están cerca ni siquiera en el mismo piso.
Yo leo sobre la cama una extensa novela,
por la ventana se filtra el sol.
Es el tenedor el cubierto que domina a un lado del plato,
el espejo lo que más sobresale en el baño,
la temperatura constante, yo sobre la cama,
el piso abajo y el techo arriba.
La novela ha quedado sobre la cama,
no se involucra.
No hay una clara razón para escribirte esto
que en realidad es tan poco:
el tenedor sobre la mesa, la luz del día, el baño,
la cama que me sostiene, el piso abajo y el techo arriba;
no hay que olvidar que la temperatura se ha mantenido constante,
que hablé contigo, y estabas triste;
no hay que olvidar ni un solo detalle
de esta naturaleza que no habremos de colgar en cuarto alguno.
José Javier Villarreal (Tijuana, Baja California, 1959). Poeta, ensayista, traductor y editor. Ha publicado: Campo Alaska (poesía, 2012), Las penas del guardador de rebaños. Tras la huella del Polifemo (ensayo, 2013), Los materiales de la tierra. Ferreira Gullar –antología- (traducción, 2015), Darío. La crónica de un adelantado (edición, 2017), entre otros. Produce y locuciona el programa de radio: “Aventuras sigilosas”. Ha obtenido el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes, el Premio de Ensayo Ángela Figuera-Círculo Gonzalo de Berceo, el Premio Nacional de Poesía Alfonso Reyes, el World Cultural Council y el Barbón de Oro. Actualmente es Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte (FONCA-CONACULTA). Sello Universitario, de la Universidad de Concepción, en su Colección Umbrales, publicará su libro de poemas Una señal del cielo.