El poeta puertorriqueño, Cortés Cabán, se encarga ahora de revisar el libro Poemas de entrecasa, del colombiano Miguel Méndez Camacho, de quien reconoce una poesía inteligente en su sencillez y entrañable sustancia.
Cuando fuimos brevemente inmortales: 1
Poemas de entrecasa, de Miguel Méndez Camacho
David Cortés Cabán
Compartimos los cuerpos
que era lo único que teníamos
M.M.C.
Cuando la lectura de un poema nos conmueve no es posible quedarse callado ante aquello que nos provoca una profunda inquietud de espíritu, como ocurre, por ejemplo, con los Poemas de entrecasa del poeta colombiano Miguel Méndez Camacho (Cúcuta, 1942).2 Las 27 composiciones del libro, y los cinco apartados, se complementan para revelarnos una visión del amor como conocimiento e indagación del ser, como reflexión del pasado y jubilosa percepción de la vida en la plenitud del amor que la sostiene. Y asimismo, de un lenguaje que encarna el concepto de la familia, los amigos de la infancia, la admiración de Pablo Neruda y el Che Guevara en un imaginario de múltiples sentimientos que proyectan una emocionada visión del pasado (“El tiempo como una canción”, “Escrito en la espalda de un árbol”, “Kampeones”) y ordena, frente al presente, todo aquello que tuvo una presencia feliz en la vida del poeta y de una voz que insiste en contrarrestar las huellas del tiempo.
El poeta Omar Ortiz ha hecho un oportuno y acertado señalamiento en el prólogo de esta nueva edición de Poemas de entrecasa. Un juicio que pone en perspectiva la poesía y la postura intelectual y ética de este autor: “La poesía de Méndez Camacho emociona por su despojo de pretensiones, por la forma en que nos convence de que su obra es carente de artificio, cuando el truco es precisamente trabajar la piedra preciosa para que la luz que la distingue, que la embellece, parezca propia de su naturaleza y no de la paciencia y el talento de quien la talla”. 3 De ahí que esa inteligente y aparente sencillez que notamos en la desnudez de este lenguaje es la que hace de Méndez Camacho un poeta tan singular. Es decir, uno de esos raros poetas que una vez leído sus versos quisiéramos recordarlos toda la vida en feliz comunión con la auténtica y soñada pasión que nos vincula a su mundo.
¿Pero, qué es en fin lo que viene a quedarse en el lector que entra al mundo lírico de Méndez Camacho? ¿Un rumor de lugares por los que nunca transitamos, las insinuaciones del primer amor, el recuerdo de una mujer deseada, la fugacidad de un paisaje, la visión de una playa solitaria, la deslumbrante juventud, el impreciso gesto del amor, la memoria del hogar y la infancia? En realidad cada uno de estos motivos trae una visión diferente, un camino de sucesos y sentimientos que en el transcurrir de la lectura van dejando una honda impresión. Un horizonte que se abre a las expectativas de lo que ignoramos o esperamos encontrar, y que parece ofrecer una respuesta a las pasiones que se arraigan en el corazón y buscan revelar desde la distancia o la soledad aquello que sigue siendo una etapa inolvidable en la vida del poeta.
Los Poemas de entrecasa contienen un mundo cargado de añoranzas. Un mundo que concreta una visión que persiste mediante un lenguaje de íntimas revelaciones. Momentos que reflejan los motivos de quienes al calor del amor y la vida buscan definir su existencia. Sin duda, motivos que condicionan la memoria y el tiempo en consonancia con un lenguaje que rescata del olvido unas experiencias que contienen distintos matices en la palabra poética.
El primer poema, “El mundo es verde y sin embargo no hay ninguna esperanza”, ya supone una particular visión del entorno y de lo que allí acontece. Un pasado que sin traicionar la conciencia del hablante proyecta la impresión de aquella juventud marcada por el amor. O bien de una poesía que busca comunicarnos la realidad de la vida y del amor frente a ese mundo verde y sin esperanza, en un lenguaje cuyo contenido trasciende la posible verdad que evocan estos textos.
Si es cierto que el criminal regresa
al lugar de sus culpas
tú deberías haber regresado
al parque infantil donde hacíamos el amor
los domingos hacia el atardecer
Y deberías frecuentar también
el bar de nuestras citas
con sus rincones de oscuridad indispensable
Y el pequeño teatro de barrio
donde vimos aquellas películas de Gary Cooper
de donde siempre salías con los ojos lluviosos
no sé si por la tristeza cursi del final
o por la torpeza de mis manos
en la tibieza de tus muslos
Si es cierto aquello
no habré perdido la fe de encontrarte
en los mismos lugares
donde hicimos del amor
un crimen perfecto.
(13)
La relación entre el título y el asunto del poema refleja una naturaleza amorosa que actúa en función de lo que describe, o lo que ese mundo significa como experiencia diferenciadora del ser. Si el verdor de ese mundo está asociado al concepto del amor, entonces no tiene por que desfallecer la esperanza del hablante si ésta en realidad impregna su vida. Sin embargo, lo que el poema pone de relieve se intuye en lo que sugiere el título como planteamiento de un mundo sin esperanzas, o en el concepto que ese mundo verde nos comunica como desencanto o felicidad. Es decir, lo que nos revela su propio reino en la continuidad de la palabra y en el modo en que ese paisaje visual describe el amor. El amor no como presencia real, sino como imagen temporal, como presencia nebulosa que se levanta sobre un presente de añoranzas y secreta realidad. Lo que verdaderamente sucedió o pudo suceder a un yo que anhela revivir el pasado en el que se apoya la memoria, lugares y situaciones donde acontecen las vivencias y la dinámica de un amor que se yergue sobre su misma naturaleza para recordarnos su presencia.
En “La Babel Habitada” (14,15) el poeta recordará el escenario de aquellas pasiones frente a su actual realidad. La visión imperecedera de esas experiencias resaltan lo significativo de la historia amorosa que marca la temporalidad de la vida. Las cosas que quedaron suspendidas, al parecer, en un tiempo en donde el yo regresa al pasado, allí donde se destaca la profundidad, pero también los fugaces instantes de esa pasión: “Debes sospechar de esa historia amorosa / que recuerdas fielmente / incluso en sus detalles más triviales”. Y otra vez: “Debes desconfiar de tu memoria sobornable / de la confusión de tus sentidos / de la Babel de tu pasado”.
Tal como lo dicta el poema, todo lo invade esa visión amorosa frente a una memoria que reconoce en esos recuerdos la sustitución de una mentira entrañable. Y de un sentimiento que se mueve por el deseo de regresar al cuerpo soñado, como si el lenguaje mismo fuera capaz de engendrar la posibilidad y la certeza de ese amor sobre la base de esa historia que ha sobornado su presente inmediato, es decir, la zona por donde se despliegan las circunstancias que le dieron vida: “Y la mentira te fue comprometiendo / con la curiosidad de los amigos / para que ella surgiera”. Los versos de las estrofas que siguen complementan el cuadro de esa invención poética:
Y sin querer lograste
una hazaña amorosa,
conmovedora hasta las lágrimas,
con una mujer inconfundible
de risa y ademanes estrictamente suyos
y unos senos pequeños que decías acariciar
en los asuntos que gastaban su ternura de grill
precediendo su entrega –con lujuria de hotel–
al final de una cita imaginaria
Al parecer, la abstracción del amor presenta en esa aparente verdad la descripción del cuerpo anhelado pero no poseído. Un cuerpo que se mantiene allí por la fuerza misma de la palabra que lo anuncia como “una hazaña amorosa”, como una conquista. Y en efecto, esa hazaña amorosa inventa un ser “inconfundible” que se define solo en función del impulso y la emoción que lo configura en el texto: “Concluida tu relación de intimidades / a la historia sólo le faltaba / que tú la creyeras, para que fuera más hermosa”, dice el hablante. Por eso lo esencial de ese momento es el modo en que se van señalando los rasgos de una mujer cuya peculiar hermosura resume el ideal físico y sentimental del yo lírico. Pero, para que esa descripción concluya como una plena realidad, tendríamos que imaginar esa mujer inconfundible como un ser real, liberada ya del lenguaje que la constriñe y aprisiona. Sin embargo, sabemos que la configuración de ese sentimiento está sometido también a la Babel de un mundo consumado por las palabras. Y por la estructura de un pensamiento acusado por la desconfianza de la “memoria”, y por la intención del hablante de reconocerse frente a un ser cuya evidencia creemos poco probable. Reconocemos que en ese ámbito de íntimas revelaciones, en esa cita imaginaria, recreará el poeta la vaporosa realidad de un cuerpo sin que sepamos exactamente cuándo o en qué lugar del mundo el sujeto lírico colmará el vacío de esa relación.
Y en eso estás, ahora
escribiendo el poema que ella habrá de leer
en el sitio del mundo donde espera
que tú la rescates
para amarla
como sólo ella sabe que tú puedes hacerlo.
El poema “La buenasuerte” (16,17) responde a una lectura de irónicas y nostálgicas revelaciones. Una lectura que al parecer conforta al hablante poético, pero en el fondo comprendemos que lo que dice la gitana no es más que una mentira piadosa. Una lectura de fingidas implicaciones que levantan sobre el ilusorio porvenir la dudosa presencia de un cuerpo amado. Un cuerpo amoroso cuyos contornos evocan las palabras, pero difuso aun en la memoria y el tiempo. Por eso, la buenasuerte proyecta una visión irónica de la realidad. Irónica por lo que el hablante mismo busca reclamarle a la vida y por lo que traza la dinámica del texto mediante la lectura que hace la gitana. Lo que dice la gitana llevará al hablante, en un acto de mutua complicidad, a fabular también la corporeidad de ese cuerpo y lo que representa su evocación en el tiempo:
La gitana sonríe profetizando
tus amables asuntos venideros,
pero tú que sabías
que sólo lo pasado es predecible
te sorprendes tristísimo
porque en algún momento de su largo monólogo
ella sin darse cuenta
ha esculcado en otros días mejores
y ha tropezado con un recuerdo grato
que creías olvidado para siempre
Si como expresa el hablante, sólo lo pasado es predecible, entonces la lectura de la gitana, como sabemos, muestra un acto que en definitiva no prueba ni asegura nada al poeta. Lo que proclama su lectura no será más que la ilusoria visión que sustenta el frágil tejido de las palabras en la historia de esos momentos que regresan a la memoria. Lo que ilusoriamente entra en en lenguaje poético para concretar una idea, un sentimiento ya disuelto en la nada. Un sentimiento que por fuerza de la memoria busca apaciguar la inquietud que provoca la angustia o la nostalgia del hablante, y que en la voz de la gitana anticipa una salida a la tensión de ese recuerdo amoroso:
A ella, la inolvidable-olvidada
que regresa a vivir el tiempo justo
que gasta la gitana en recitar tu buenasuerte.
No olvidemos que en la memoria es que se desciende al pasado, y donde se fragua el deseo y el sentido de aquellas experiencias auténticas o fundadas para satisfacer la necesidad del hablante. Esto nos hace pensar en la intensidad de ese mundo y en el modo en que opera sobre el hablante poético. Lo que esa memoria nos propone como revelación de una experiencia traspasada por un sentimiento de nostalgia y soledad, lo que aporta el pasado en el tránsito de esa experiencia y lo que esos recuerdos representan en la vida del poeta.
En el poema “Escuchando la voz de Alicia Francis” (18,19) sentimos el ritmo de la música y la voz embriagadora de la cantante. Las tres primeras estrofas preparan el escenario: la música del disco, la voz de Alicia Francis y la metamorfosis de los objetos en la libre melodía que llena la habitación. En ese lugar de privilegiados instantes los objetos adquieren otro sentido en la intimidad de ese momento destinado a ser ya otra cosa: “El movimiento de la mano / que coloca la aguja sobre el disco / se convierte de golpe / en un pase de magia”. Ciertamente, en un toque de magia que estalla luminosamente penetrando la naturaleza de las cosas, mudando y trascendiendo lo que ocurre en la habitación como una escena surrealista:
La música destruye los objetos
y los muebles no son,
desaparecen lámparas y cuadros,
la alfombra cambia hilos por arena,
crecen palmeras sobre las paredes
y el mar difícilmente azul,
se empieza a desbordar
por las ventanas
¿Qué ha ocurrido? Hemos estado observando una impresión que se sale de la realidad para conducirnos a un escenario fuera de lo común. Luego hemos acompañado al yo poético a una playa donde se manifiesta otra percepción de la vida. Una especie de rapto que nos transporta a otro paisaje. Detengámonos a contemplarlo:
Cierro entonces los ojos
y sentado en la arena de la isla
bebo un vaso de whisky
mientras cantas una vieja canción
al ritmo del muchacho que toca la trompeta
(…)
Hemos estado allí y ¿qué hemos comprendido? La doble relación de espacios se complementan para que la música siga vibrando en una sucesión de melodías infinitas. La sensualidad de un cuerpo acariciado por las olas nos posee de un goce inefable. Entonces vemos al hablante fascinado por la imagen sensual de la desconocida. ¿Alicia Francis que llega a la memoria? Todo lo anterior es factible en ese sueño embriagador, pues el sujeto amante sigue allí, en el fluir del tiempo, mirando lo que el rumor del mar le transmite:
Hace sol en la playa
y las palmeras en trance de postal
mecen un mar que lame pieles ávidas,
mientras sigo soñando con la desconocida
que religiosamente deseé, todos los días,
cuando se desnudaba para entregarse al mar.
La impresión irónica de una película romántica sirve de fondo en “Largometraje” (20,21) para subrayar la idea de que en la vida “no hay grandes ni pequeños amores”, pues asociar las escenas de Hollywood con las pasiones reales de la vida es un error de quienes no alcanzan a ver la autenticidad de una y de la otra. Las escenas hollywoodenses, aunque pueden causar alguna conmoción en nuestra sensibilidad, nunca podrán igualar las del cuerpo que posee al amante y se sabe igualmente poseído por el amor. Por eso, la divergencia de realidades que asoman en el poema nacen de la confusa percepción de quienes creen justificar la grandeza del amor por lo que ven en una pantalla de cine. El amor allí presentado, aunque intente imprimir un sello real a la vida y sus pasiones, nada en verdad podrá revelar de la secreta y profunda intimidad del amor. El tono general del poema bastará para darnos una idea de la ironía que presenta:
Creías que los grandes amores
son los que “cambian el curso de la Historia”
como esas superproducciones, a todo color,
del señor y la sierva
o del alto militar norteamericano
con la enfermera japonesa,
donde el amor se reduce
a largas escenas de desfallecimientos,
entre suspiros y lágrimas
de música de fondo
Nada podría ser más frívolo que el sentido que encarnan estos versos frente a la verdadera esencia del amor. Lo que dicen transluce ironía y humor, e introducen un concepto absurdo del amor que captamos en la plasticidad y la frialdad de esas acciones:
Y todo es del tamaño de la pantalla gigante
incluso las escenas de alcoba
trasformadas en un bosque propicio
donde la cámara elude los cuerpos
cuando las caricias se prolongan,
(…)
Tratamos de imaginar esa escena amorosa y sabemos que nada reviste en ella un sentido de verdadera pasión. El amor se ha reducido allí a un acto mecánico y descolorido de la vida que nada dice de su grandeza y vitalidad. Por eso, la muchacha desconocida del poema tendrá que comprender que en la vida “no hay grandes ni pequeños amores”, sino una pasión poderosa que justifica en cuerpo y alma la grata sustancia del amor verdadero:
Ahora te ríes de esta ingenua tristeza
de tus días de niña,
porque ya descubriste
que no hay grandes ni pequeños amores
sino una costumbre de cuerpos
que justifica el alma.
El tema del tiempo generará también una actitud hacia la vida que traducirá en profundo lirismo las vivencias del pasado. Lo permanente y lejano convertido en un continuo diálogo con el presente. Un presente que nos comunica algo íntimo y concreto de la vida frente a un modo diferente de sentir el pasado. Todo con la naturalidad y ternura que Méndez Camacho sabe imprimirle al lenguaje. Por eso su poesía halla en cualquier lector sensible una carga emocional y un trasfondo lírico con los que todos podemos identificarnos.
Lo que toca hondo, lo equilibrado y sutil está en esa forma de vivir la vida y de expresarla en sus íntimas manifestaciones. Sentir el amor con toda la emoción y seducción que pueda ofrecer, pero sin doblegarse al dramatismo ni a las impurezas que tienden a dominar el espíritu. En este contexto los Poemas de entrecasa nos revelan la concepción del amor en una poesía de profundos matices, ya mostrándonos la nostalgia del cuerpo y sus placeres, ya la sabiduría de la vida, ya la inocencia y sus consecuencias. Todo lo que pasa sobre la rotunda verdad del amor:
Hubo días distintos
hechos a la medida
de nuestro deseo de estar juntos
Tan generosamente breves
como una canción
que no recordamos haber aprendido
Y hubo noches también irrepetibles
iniciadas antes de toda oscuridad
y concluidas
mucho después del alba
Era que bastaba una caricia
para que el tiempo ya no fuera
esta mentira que nos vive.
(“El tiempo como una canción”, 25)
Para recobrar la huella nostálgica del amor tendrá el poeta que apoyarse en las experiencias que el tiempo no ha borrado. Reconstruir un mundo con las posibilidades de un lenguaje que ilumine todo aquello que da acceso al pasado, y sentir la certidumbre de que el tiempo no ha despojado el amor que habrá de sostenerlo. Esto lo dirá el hablante volcando sobre sí mismo la intensidad de aquellas experiencias: “Era que bastaba una caricia / para que el tiempo ya no fuera / esta mentira que nos vive”. Y también lo dirá en un poema ya emblemático en la poesía colombiana: “Escrito en la espalda de un árbol” (26). Claro que lo que fija la profundidad del poema es el recuerdo del amor usado allí como un elemento clave para proyectar la hondura de este sentimiento. Y cobrará una dimensión metafísica en el poema, pues tallar un nombre o palabras románticas en un árbol son acciones guiadas casi siempre por el deseo de ese amor deslumbrante que buscan eternizar los enamorados.
No recuerdo si el árbol daba frutos
o sombra,
sólo sé que dio pájaros
Que era el centro del patio y
de la infancia
Que en la madera fácil
tallé tu nombre encima
de un corazón deforme
Y no recuerdo más:
tanto subió tu nombre con el árbol
que pudiste escaparte
en la primera cosecha que dio pájaros.
Lo que dice el poema parece disolverse en la transparencia del lenguaje, y en los recuerdos que alzan vuelo en la imagen que los contiene. Y esto ciertamente es una de las características de esta poesía: su capacidad de concreción en la naturaleza de un erotismo traspasado de nostálgicas resonancias. Cualquier recuerdo le permitirá al hablante lírico imaginar un modo de recuperar algún cuerpo que fije esa añoranza. Es decir, un cuerpo que salve las distancias y le permita revivir la certeza del amor, pero un cuerpo que sea también objeto de sus deseos y fantasías:
Podemos inventar un paraíso artificial
en los lugares más insospechados
Sólo se necesita:
una mujer que ha sido deseada,
un poco de oscuridad,
una lujuria más fuerte que el pudor
y la certeza de dar
un poco más de lo que se recibe.
(“Para alcanzar el paraíso”, 27)
El lenguaje resiste todo acto material que se interponga entre el amor y la vida. Y es evidente que así sea para que las cosas materiales no puedan entrar en la órbita del amor: “Compartimos los cuerpos / que era lo único que teníamos” (28), declaran estos versos. De este modo, lo que ocurra en esa relación justificará el deseo de la carne, pero también justificará una conciencia amorosa que no pone lazos a los amantes para que la completa libertad del amor se refleje como un ritual en el poema. Un ritual erótico que conlleva una nueva percepción del cuerpo para que su presencia se manifieste y se convierta en una exploración de sus mismas exigencias. Para que cada palabra sea un testimonio de esa realidad arrebatadora que hace del amor y la poesía una simbiosis reflejada en las insinuaciones del tacto y la mirada:
(…)
Primero tu mano que suelta los cabellos
para oscurecer la habitación
y el movimiento de tus dedos
—con precisión de cirujano—
que desatan la prenda
para que los senos se liberen
y muestren
el lugar más hermoso de tu piel
(“Poema que te hace más frágil”, 29)
La dicha depende totalmente de esa relación que envuelve los sentidos y se enseñorea del cuerpo cuando parece no existir otra posibilidad para acceder al amor sino desde una aparente oscuridad.
Mira qué simple es:
cierro los ojos pronunciado tu nombre
y basta entonces a
l
a
r
g
a
r
la mano
para tocar tu cuerpo.
(“Ceremonia para la oscuridad”, 30)
La sensación que nos comunica el poema es una forma de sortear los inconvenientes que puedan entorpecer el amor. Esto lo notamos en la voz que logra recuperar el contacto físico de ese cuerpo. Por eso la palabra alargar trazará aquí una línea simbólica sobre el texto venciendo lo que podría dañar esa intensidad amorosa. Es decir, toda la configuración de esa “ceremonia”, que objetiva la relación entre el cuerpo y la palabra, pero sintiéndolo físicamente en el poema y el tacto que explora los contornos de ese cuerpo. Así la imagen del cuerpo será siempre una experiencia amorosa adscrita al lenguaje. Bastará esto para comprender que es en la escritura donde irónicamente el cuerpo podrá adquirir una realidad corpórea vadeando así el gran trecho entre la acción y la realidad del poema. Por otro lado, ese pronunciar tu nombre acabará siendo un compromiso donde el poeta buscará vanamente lo imposible. Comprendemos entonces que el cuerpo no revelado en el poema, es sólo la llama que imaginariamente enciende el deseo. Esto lo reconocerá con humildad el poeta mismo al referirse a la poesía como una experiencia innecesaria para justificar el amor: “hay que reconocer, humildemente, / que bastó con vivirlos”:
En últimas resulta
que los buenos poemas, los mejores,
nunca fueron escritos
Y no podía ser de otra manera:
hay que reconocer, humildemente,
que bastó con vivirlos
Lo demás es caer en tentaciones
de buscar el ahogado aguas arriba
en la pobre memoria.
(“Hicimos el poema que no pude escribirte”, 31)
Poemas de entrecasa nos comunica con el entorno familiar, sensaciones que evocan el pasado, lo que quedó en la distancia. Como si cada texto recobrara emocionadamente lo que el tiempo no ha podido borrar de la memoria. No por el afán de resistir el tiempo, sino para contemplar en él las voces que retornan una y otra vez creando un camino de intensa emoción y riqueza espiritual. Como si la profundidad humana de esa memoria se abriera para revelar la amorosa dedicación de la madre en la plenitud de la palabra:
Mi madre nunca tiene en los poemas
un lugar muy exacto
Siempre está dando vueltas
Huyendo y regresando
Aquí y allá de la vigilia al alba,
limpiando
y remendando mis palabras
como si fuera oficio de al casa.
(“Lucrecia”, 35)
La imagen de la madre revelará tiernos momentos que pasan por la memoria del poeta como una secuencia de hondas reflexiones. Su presencia se dará en la disposición de aquel mundo lleno de faenas y cotidiana realidad. Por encima de los rigores de la vida, la madre se identificará con el proceso creativo y literario del hijo. Y en las bondades de su trascendente realidad será un testigo fiel de gran aliento en el ámbito de ese lenguaje conmovedor. Así será también en la construcción que ilumina la interioridad del poeta en la mirada y la imagen del abuelo: “Mi abuelo no sabrá / que lo hice descender de su caballo / para montarlo aquí, sobre palabras / que nunca le gustaron” (36), dice en el poema que lleva como nombre, “Jesús”. En la emoción de ese sentir el alma irá en recogimiento espiritual hacia el encuentro del abuelo fundiendo su presencia en el lenguaje.
En estos textos se siente la realidad de la vida impregnada de experiencias que se resisten a abandonar al poeta, y de un pasado de evocaciones y experiencias que nos descubren siempre una dimensión profunda del ser como si la palabra devolviera a la vida ese emocionado paisaje de la infancia al que ya no podemos regresar. Sin embargo, la vida seguirá su curso pero no por las enturbiadas aguas del olvido o la indiferencia. Por eso aparecerán en estos poemas las voces que reflejan la vida interior del hablante en la contemplación que hace accesible los valores que dan un sentido auténtico a la existencia. De ahí que las relaciones familiares continúen siendo afectivas aun después de que el destino marque un camino distinto a la vida por donde transita el poeta. Así lo sentirá el yo lírico frente a una imagen que parece resistir el tiempo y urgir allí la noble realidad de la vida familiar: “Sucede que de tanta amistad ya no sabemos / si mi padre soy yo, / porque ignoramos / quién tiene más edad y / menos muerte encima” (38), afirman estos versos. Y en esta expresión de ternura se funde un inventario de rasgos humanos que fijan la consistencia de esa naturaleza que reviste la presencia del padre de un profundo cariño. En él asumirá el poeta también su fortaleza y su muerte:
Treinta años de amistad y
mucha vida que nos hemos dado:
él su nariz, su nombre,
un ademán prestado de su infancia,
un gesto que copié de su tristeza y
su vejez que me estará esperando
[…]
(“Miguel”, 38)
Los poemas “Paula”, “Rosana” y “Rosaema” serán motivos también para evocar instantes que nos descubren entrañables situaciones de la vida. Son poemas que inspiran un sentimiento de ternura familiar, instantes y recuerdos donde la persistencia de la realidad concluye como pintada de nostálgicas connotaciones. Sentimientos que intensifican en el poema no una abstracción de la realidad, sino una realidad que retiene la dinámica familiar y los seres que se elevan sobre una categoría poética donde la claridad del amor proyecta una imagen fiel de la vida: “Con Rosana no hemos podido hablar / No dice nada / Y ha vivido tanto como nosotros / o quizás más / por que un día en la vida es suficiente / para tener historias por contar / Lo digo yo que cuento sueños / o mejor / que vivo menos de lo que quisiera” (39), dice en estos versos. Y en el siguiente poema, donde la conciencia genera una imagen que justifica los rasgos expresivos de esa temporalidad: “Bastaría su nombre con mayúsculas / en la mitad de un verso o de una página / para que el poema se lograra” (40). Así de sencillo y profundo. Y es que la poesía está hecha de instantes secretos, de instantes que implican una conciencia de la emoción que se eterniza en el poema fijando allí sus límites y persistencia. Esto lo comprueba el poeta al regresar a aquella realidad de la que no ha renunciado su corazón. Y lo expresa reflexivamente en la tranquila aceptación de todo lo que ha vivido, entregado a una poesía condicionada por una gran disposición del amor hacia la familia y los amigos. Todo en un lenguaje impregnado por la evocación profunda de la inolvidable juventud, la vitalidad de los amigos, las voces que llegan para encontrarse una vez más en el poema “Kampeones (pp. 43-44)”: 4
En la revista del colegio
una fotografía de veinte años atrás
donde estamos posando sudorosos
después de la victoria.
Todos tenemos un aire de grandeza
que hemos ido gastando:
el gallego Tomás, el pecoso Pedroza
el maracucho Antonio
que hizo un gol memorable
y ahora tiene una casa
de citas en Valencia.
El tatareto Vega
que era puntero izquierdo
y ahora juega a político
por el ala derecha.
Siboney el negrito centro-medio y
Juan Ramón “pocillo”
(porque tenía una oreja, solamente).
Al respaldo con mi letra de entonces
una larga leyenda que comienza:
Campeones (con K)…
el nombre, los apodos del equipo,
los golpes y su hazaña
con fecha y hora de esa tarde de marzo
cuando fuimos brevemente inmortales.
Y luego el reino de la infancia: el recuerdo de la niñez cubriendo un paisaje de imágenes que se entrecruzan y superponen para que todo sea posible. Para que la sutil evocación del pasado vuelva sustentado por una realidad donde intuimos el esplendor de la vida aun no amenazada por la soledad o las engañosas apariencias del mundo. Para que en la rica expresión de la niñez acontezca la luminosidad que fija el leve paso sobre la grata libertad de la infancia, y el inefable tesoro de un camino por donde ya no se ha de regresar. Como ocurre en el siguiente poema para suavizar el duro acontecer de la vida en el tiempo que no volverá. Así lo dice el poeta:
El camino más corto de regreso a la infancia
son los primeros juegos
La cacería de pájaros
y el regreso a la casa con las piezas cobradas
en altas varas de bambú
para que nadie ignorara la hazaña
ni pudiera eludir el encuentro
con nuestra más reciente alegría.
Luego las citas en el río
y el baño interminable acompañado
por las conversaciones
robadas al diálogo de adultos
las primeras bromas obscenas
la confesión de algunas experiencias.
En agosto el desafío de cometas
—a quien vuele más alto
a quien llegue más lejos—
Los combates a golpes de puño
—historia de nuestras primeras cobardías—
y en las noches propicias
el hallazgo de unos senos pequeños
bajo la blusa de una colegiala
en la esquina del barrio
donde fuimos aprendices de dioses.
(“Los juegos”, 46)
La infancia no será un puente movedizo, sino un gran tesoro de infinitas luces. Un paisaje por donde se recobra la pureza del mundo cuando el exaltado corazón se abre a las primeras aventuras amorosas. Ciertamente la infancia triunfando sobre la desolación o el olvido, fijando en cada instante de la vida la exploración fugaz del mundo. Todas esas realidades con las que cualquier muchacho de barrio podría identificarse se alzan en luminosa añoranza tras ese pasado que potencia la emoción que encontramos en el poema. Y asimismo, la calidez de una mirada que se detiene ante la figura del Ché para dejar constancia de aquella juventud marcada por el triunfo de la amistad en consistencia fiel con el amor o la ilusión que el amor mismo le exige a veces a la vida:
I
No sé si alguna vez estuvimos
en el mismo lugar
Si ocupamos una misma mujer
Si intercambiamos signos de saludo
en oscuros corredores de hotel
Pero ahora descubro que tuvimos
una larga amistad
Que siempre fuiste la “cara conocida”
de rasgo inconfundible,
el “compañero de aventuras”
con su nombre olvidado
en la punta de la lengua
y sus lentas hazañas escondidas
en algún callejón de la memoria
II
Acaso no eras
(antes de usar la barba y los combates)
El Hopalong Cassidy de mi barrio?
El cowboy invencible?
El que golpea más duro
y dispara más rápido?
El vencedor empedernido?
Acaso no eras
el vaquero triunfante
de la primera cinta de bandidos
donde todos soñamos el papel principal
con una muerte aparatosa?
III
Esto lo digo porque tú no sabías
de esta larga amistad
Porque eras nuestro Hopalong Cassidy,
nuestro Joe Paloka, nuestro Zorro Veloz
y ya no queda nadie
que repita el ademán de darse entero,
sino en aquellas películas
donde tuve la sensación de haberte visto,
antes de que usaras la muerte
en una escena
que no estaba incluida en el libreto.
(“Ernesto “Ché” Guevara, viejo amigo”, 47-48)
El concepto sobre el que se estructura el poema es sin dudas ese sendero accesible a los profundos valores humanos que definen la amistad. El poema presenta personajes del cine americano o de la radio (Hopalong Cassidy, Zorro Veloz) que alguna vez nos hicieron sentir una especie de ilusión salvadora del mundo. Pero el lenguaje y lo que apreciamos es la voz de un hablante que proclama el don de la amistad con un sentido mucho más profundo. Ciertamente la relación que asume el poeta alberga el reconocimiento y la grandeza de esa visión del Ché fiel al sacrificio combativo por un ideal. Los últimos versos resumirán ese horizonte impredecible del destino donde la vida adquiere una realidad inmaterial que sólo puede surgir de la fe y el amor que todo lo entregan, pues no hay límites para quienes se detienen a recibir la luz como una ofrenda jubilosa. Por eso, en el imaginario de esa aventura poética el poeta será el amigo inseparable del Ché, del héroe que puede combatir inspirado en la concreta realidad de un mundo que necesita ser transformado. Su imagen llegará hacia nosotros sobre el fondo imaginario de una pantalla de cine que proyecta a ese héroe que pasa inadvertido hacia la grandeza de su muerte: “…y ya no queda nadie / que repita el ademán de darse entero, / sino en aquellas películas / donde tuve la sensación de haberte visto, / antes de que usaras la muerte / en una escena / que no estaba incluida en el libreto”. Sobre este contexto gravitará el yo lírico acompañado de la presencia imaginaria del Ché, el “viejo amigo” que al final del poema enfrenta a la muerte.
También otro poema (“Ernesto”, 55), traerá la presencia del Ché en el eco heroico de su personalidad para responder al desgarrado sentimiento de un hablante que como ante un espejo revela sus debilidades, su solemne realidad:
Ché: no me culpes a mí
por incumplir la cita de los montes
Juro que quise ir
pero no tuve el valor suficiente
Me dio pavor la selva
la puntería del hambre,
los mosquitos
y los boinas verdes
Me dio miedo
cambiar tecla por gatillo,
máquina por fusil,
sueños por revolución
Ché: no me culpes a mí
Soy un cobarde
Juro que quise ir.
El poema deja al descubierto la existencia de un ser enfrentado consigo mismo, traspasado por la angustiosa acusación de aquel ideal que exigía una entrega total, un desprendimiento que asumiera un mayor sacrificio: la consistencia de una fe capaz de intervenir directamente en las luchas por una sociedad diferente. El poema refleja la problemática existencial de ese yo y el sentimiento que lo angustia: “Me dio pavor la selva / los mosquitos / y los boinas verdes…” Pero ¿no hablará acaso el poeta por los demás, por aquellas vidas cuya realidad exigía una entrega mucho más estremecedora que la que se fragmenta en el texto? Vale aquí la franqueza que permite cuestionarnos los límites y márgenes de nuestra propia actitud, el ideal y la penosa sensación de aquello que una vez queríamos realizar y temimos practicar. Una realidad sobre la que gravitan las situaciones que determinan el sentido profundo de la vida y la razón por la que tal vez hubiéramos elegido otro camino. Frente a esa penosa situación el lenguaje del poema no se desviará del pensamiento que define el momento de esa afirmación: “Ché: no me culpes a mí / Soy un cobarde / Juro que quise ir”. Sobre el fondo inquietante de esas palabras recae el sentimiento de impotencia del hablante, la fallada entrega a aquel ideal que pudo haber fijado otra dirección a la vida. Y es que el lenguaje está lleno de matices dolorosos. Traza el destino y la poesía (tecla/máquina de escribir) que entrelazan la vida a un enfrentamiento de ideales: por un lado la presencia arrolladora del Che, y por otro, la fuerza conmovedora de la escritura. Hay, pues, que imaginar el instante que funde la imagen del hablante en la dolorosa revelación de ese final: “Juro que quise ir”.
En el poema homenaje a Pablo Neruda, el tono de familiaridad no descarta el sentido de esa ironía que se enseñorea del lenguaje. Ironía y humor que matizan lo que dicen las palabras haciéndolas menos creíbles de la realidad allí exaltada, es decir, de esas cosas en apariencia insignificantes que en la mirada de Neruda adquieren grandeza poética. La relación entre lo que pensamos y lo que sugiere el lenguaje del texto siempre irá más allá del sentido mismo de las palabras. Y lo que las palabras quieren hacernos entender es que la naturaleza de esa creación desmesurada sólo es posible en la voluntad de un poeta magistral como Pablo Neruda:
Don Pablo
Señor, Doctor, Don, Excelentísimo
Master, Míster, Monsieur, Su Señoría
Don Neftalí, Don Pablo, Don Neruda.
Conste que no me burlo:
Es el respeto disfrazado de risa
Pero no lo soporto
No le permito tamaña humillación
Tan grave ofensa como escribirle un verso
a la cebolla
y hacerlo bien
Yo en cambio soy tan torpe en el oficio
que no puedo coser más de tres versos
para decirle a la mujer que vivo
esas cosas hermosas que Ud. malgasta
en congrios, alcachofas, perros muertos,
insectos y cebollas.
Maldito Ud. Don Pablo,
que utiliza palabras
y las deja inservibles.
(56)
Todo el poema gira en torno a la figura de Pablo Neruda y la inquietud de esa energía creadora que, al parecer, sin el menor esfuerzo, nombra las cosas supuestamente menos poéticas rescatándolas de la indiferencia. Presiento que en esta apreciación se centra el extraordinario homenaje que el poeta colombiano Miguel Méndez Camacho le ofrece a Neruda. Por lo demás, la manera en que lo refiere logra ese grado de humor que particulariza y ahonda en la expresión con la habilidad de quien maneja el lenguaje como un gran poeta: “Conste que no me burlo: / Es el respeto disfrazado de risa / Pero no lo soporto / No le permito tamaña humillación / Tan grave ofensa como escribirle un verso / a la cebolla / y hacerlo bien”. Este significativo homenaje nos comunica la profunda apreciación de la obra del poeta chileno. En esos mismos versos, sin ninguna pretensión de eternidad, Méndez Camacho proyecta su propia dimensión creativa (“Yo en cambio soy tan torpe en el oficio”), llevándola al término de una rotunda exageración, pues quienes se hayan detenido como yo en los Poemas de entrecasa comprenderán la disyuntiva de esa expresión frente a la realidad de quien escribe, pues entre los más significativos autores de la gran poesía hispanoamericana tenemos que colocar también el nombre de Miguel Méndez Camacho.
Los Poemas de entrecasa muestran una poesía de corte intimista y existencial, una poesía que desde la proximidad de un mundo personal nos revela el matiz de las cosas que entran a la vida, pasando por el amor o la bondad familiar o las circunstancias que fijan las profundas pasiones de cada ser humano. No la exclusiva realidad de uno, sino la de muchos que reclaman en el paisaje del amor las ilusiones de la lejana juventud, y las consignas de algún ideal perdido sobre el fondo lírico de todo aquello con lo que tiene que ver la poesía. Pero sobre todo, de la vida misma que ejemplifica la formidable sustancia de esta poesía para que todos los que entren en ella no vacilen en hacer suya la voz que aquí los une.
New York
Otoño, 2017
- Último verso del poema “Kampeones”, pp. 43-44. ↩
- Miguel Méndez Camacho, Poemas de entrecasa, 2da Ed., Bogota, Colección de Cuadernos Poesía letra a letra, 2017. Prólogo del poeta Omar Ortiz. La primera edición del libro fue realizada por la Colección Casa de Cultura de Cúcuta en abril de 1971). Es oportuno también señalar otros libros del autor: Los golpes ciegos (1968), Instrucciones para la nostalgia (1984); y selecciones de poemas en Desencantos y cantos (2003), La primera cosecha que dio pájaros (2004), Antología (2006). Sus crónicas, reportajes y columnas periodísticas aparecen reunidas en Papeles (1978) y La alegría de escribir (2003). También tiene publicado Perfil y palote (1983), ensayos; y la novela Malena (2003). En el género biográfico, Pelé: de la fabela a la gloria (2004), ya en versión actualizada, publicada en México en la colección “Cien mejores biografías”, bajo el título: Pelé: pero sigo siendo el rey (2014). ↩
- “Hablar en secreto”, pp. 7-9. ↩
- Campeones con “K” para enfatizar no solo la escritura fonética de la palabra, sino para diferenciar y llamar la atención sobre el profundo sentido de esa palabra que entra en juego con el destino de aquellos jóvenes en la deslumbrante oleada de los años que no volverán. ↩