El notable poeta colombiano, miembro del nadaísmo, y autor de un libro señero: Los poemas de la ofensa, su primera obra poética conocida, es entrevistado por el multifacético Róbinson Quintero Ossa.
EL PRIMER LIBRO DEL POETA
Conversación con Jaime Jaramillo Escobar y Los poemas de la ofensa
–Fragmentos de un libro inédito–
Robinson Quintero Ossa
En marzo de 2008 publiqué en el libro 13 entrevistas a 13 poemas colombianos [y una conversación imaginaria], con el título “Una palabra que sea tan honda como el pez en el agua”, un diálogo con el poema “Ruego a Nzamé” y con quien habla por “Ruego a Nzamé”, Jaime Jaramillo Escobar. En 2014 visité de nuevo al poeta con una intención más ambiciosa: entrevistar, no a un poema sino a un libro, Los poemas de la ofensa, que ganó en 1967 el Concurso Nadaísmo de Poesía Cassius Clay (“El que más duro pega”). Quería que la conversación del escritor, casi siempre llena de acertijos y paradojas, rigurosamente tocada por el humor y la ironía, mientras dialogaba sobre la creación de su primer poemario, meditara sobre los asuntos técnicos, maníacos, metodológicos y biográficos que intervienen en la composición de un libro. Por fortuna, el autor de Método fácil y rápido para ser poeta (obra que desestima el uso de cualquier método en la enseñanza de la creación), aceptó charlar sobre el tema. La pieza final es el siguiente breviario de lecciones, con enunciados estéticos y pedagógicos, claro y servicial para creadores y estudiosos de la creación, útil por igual para los menesteres de la vida, que el escritor colombiano compone mientras revisita la escritura de su libro inicial. Con ustedes, bienvenidos lectores, El primer libro del poeta.
R. Q. O.
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–Poeta Jaime Jaramillo Escobar: quisiera en principio conocer su comentario sobre la desmesura de algunos poetas que reúnen en una colección de versos su obra completa. Libros he visto en que su autor manda en tacada un centenar de textos sin que la proporción llame la atención a la desproporción. Sobre este asunto, recuerdo el ejemplo del poeta peruano Carlos Oquendo de Amat (1905-1936) con su libro Cinco metros de poemas (1927). El breve número de textos no supuso cortedad de imaginación.
–Depende de lo que se entienda por poema. Poetas famosos lo han sido por un breve libro. En poesía no es importante la cantidad. De la extensa obra de Pablo Neruda es poco lo que decanta el tiempo. El metro que mide la poesía no consta de centímetros. Que cada quien hagan su libro como pueda. No se escriben libros de poesía. Se escriben poemas sueltos, independientes unos de otros. Después, si se da la oportunidad, tal vez se reúnan en un volumen.
“Rubén Darío –escribe Isaac Felipe Azofeifa– iba escribiendo sus poemas según el humor de cada día. Luego publicaba una colección”.
Excepción: los libros que constan de un solo poema épico.
–¿Se puede hablar entonces de una tensión ideal, de una intensidad que mantenga en relación las partes del libro hasta su hechura final?
–En poesía y en artes cada caso es único. Un libro de poemas puede o no tener unidad temática, o sus partes estar o no ligadas de un modo o de otro. En síntesis: No se puede decir cómo debe ser un libro de poemas.
–Se dice que un poeta escribe, no con lápiz, sino con tijera. Buena advertencia para tantos escritores que sufren de incontinencia o sin miedo a la palabra. Distinguir el poema bueno del no tan bueno y del malogrado, al momento de seleccionar los textos que componen un libro, es tarea delicada: el poeta se hace trampa. Sobre estilógrafos y tijeras le ruego su respuesta: ¿recuerda cuántos textos componían el primer borrador de Los poemas de la ofensa (si hubo un primer borrador) y cuántos terminaron por publicarse?
–No hubo un primer borrador. Los textos se publicaron como salieron de la mano, pues algunos fueron sueños transcritos al amanecer. Para componer poesías no necesito estar despierto. Jotamario Arbeláez dejó escrito que el autor de Los poemas de la ofensa había compuesto un libro revelado, y que después se había pasado varios años corrigiendo la revelación. Ignoro quién le reveló eso a él. En la actualidad escribo en la computadora, y cuando pongo punto final es punto final. Quede claro que para llegar a eso se requiere cierta práctica.
El anacoreta Kisén –dice la Historia– escribió mil poemas y arrojó 999 al río, considerando sólo uno como digno de preservarse.
–De pronto el poeta Kisén se equivocó. Usted indica en distintas declaraciones que el veredicto final sobre el poema lo da el lector. ¿Quién puede ahora demostrar que los 999 textos descartados eran en realidad tan malos? Y otra pregunta: ¿No cree que la voluntad creativa, el trabajo consciente, puede conducir a una inspiración impredecible? Cuando la palabra no viene al encuentro, hay que ir en pos de ella.
–Ese poeta Kisén estaba en su derecho. Además, se trata de una fábula. La inspiración no resulta de un arduo trabajo. Depende de hacia dónde esté orientada la antena, y cual sea su capacidad receptora. Por tanto, no es necesario salir de caza.
–Los poemas nacen, pero también, aunque raras veces, se hacen, decía Denise Levertov en El poeta en el mundo (1973)
–Se hacen, si hay con qué. En primer lugar debe encontrarse el tema. Luego, asegurarse de tener la suficiente información. Dejar fermentar todo en una olla de barro robada a una bruja, batir con cuchara de palo, y vaciar en el molde elegido. Dejar enfriar hasta el fin de año.
–Quisiera conocer sus comentarios sobre el entorno que le rodeó mientras escribía Los poemas de la ofensa, y si éste fue propiciado. Me impresiona, por ejemplo, la noticia que retrata a Marcel Proust como un escritor maníaco que sólo podía escribir si estaba solo y en absoluto silencio, para lo cual cubría con láminas de corcho las paredes de su habitación. ¿Exagerado el señor Proust? ¿Usted, por igual, lo es?
–No hubo esas preferencias que enumeras. He preferido vivir siempre solo para no tener la tentación de culpar a otros por lo que yo no pueda hacer.
La soledad es indispensable para el artista. No se puede reflexionar delante de otras personas porque la concentración les hará creer que ese hombre entró en estupor catatónico y se asustarán. Pensar es un acto solitario. Se requiere ser muy desvergonzado para reflexionar en público. No obstante, con el tiempo, eso también se aprende.
“Hay poca gente digna de que por ella se cambie la soledad”, expresó el maestro Fernando González.
–Me dice que no tuvo preferencias de lugar, tiempo y modo para escribir Los poemas de la ofensa, y agrega que es un desvergonzado quien reflexiona en público. Pero imagino que tuvo compulsiones parecidas a las del poeta Charles Baudelaire. Baudelaire decía –quizás figuradamente– que llevaba a cuestas sus poemas en los paseos, al baño, a los restaurantes, hasta a la casa de la amante.
–Pobre Baudelaire, con sus poemas a cuestas. Pero en fin, cada uno con su fardo. No me gusta cargar con nada. Eso estorba el paso. Libro publicado, libro olvidado. Componer por acaso algunos libros nada significa. Simple accidente.
–También me responde –citando a Fernando González– que “hay poca gente digna de que por ella se cambie la soledad”: consejo de oro para un poeta. Pero dígame, ¿cuál es esa poca gente digna por la cual usted le da una vuelta a su soledad?
–“Gente digna” son los amigos. La amistad merece respeto.
–Insisto en el tema de la soledad. Uno de sus amigos dignos, Gonzalo Arango, dijo de usted en el reportaje “X-504: un artista con placa de carro”: “No hace de la soledad un mérito, ninguna ostentación, ni siquiera una desgracia. En él es lo más espontáneo de su naturaleza. Su soledad es natural como un terremoto, simple como el huracán y la guerra. La acepta sin desgarramientos, sin el peso de un castigo o de una cruz. No es un valor del alma, sino una fuerza del instinto”. Mucho poeta vive en conflicto con su soledad: piensa en ocasiones que es un beneficio, en otras que es una tragedia.
–Depende del carácter de cada quién. Para mí es una vocación y una condición necesaria, tanto para leer como para escribir. No sólo se requiere la soledad, sino también el silencio, porque cualquier lectura que se haga con seriedad es un estudio. Sin embargo, se pueden compartir lecturas si se cuenta con el interlocutor apropiado, y se aprende a escribir haciendo abstracción de personas presentes. No obstante, leer y escribir son esencialmente vicios solitarios.
–Los ritmos de escritura de los poetas son variados. Rimbaud, por ejemplo, dijo lo que tuvo por decir a los 17 años de edad y después calló, mientras Whitman y Baudelaire, después de varias tentativas, alzaron su voz, públicamente, rondando los 37. Todo es relativo, hasta lo relativo, dice un viejo adagio. Alguien puede pensar que hay una edad conveniente para que el poeta lleve a imprenta su colección de letras.
–No hay esa edad conveniente, excepto en el servicio militar y las reglamentaciones corporativas. ¿Era conveniente que Mozart escribiese sinfonías a los seis años?
Componer versos no es una profesión. El poeta es un ser arisco. Por tanto, marginal. Ignora para dónde corre.
La mejor edad para escribir es a los ochenta años, porque a esa edad se alcanza algo de lucidez. Es muy escaso el poeta que pretenda reeditar su primer libro.
–“Un poeta es realmente importante a los 70 años, ¡a los 70 años de haber muerto! ¡Tenga paciencia!”, solía decir mi padre desde que supo que escribía versos. ¿Qué puede sumarle a un poeta sobre la paciencia en la creación literaria?
–La paciencia es necesaria en todo. Paciencia o impaciencia son incontrolables. Un ejecutivo impaciente es capaz de destrozar una oficina sin que nadie pueda detenerlo, sólo por cualquier falta involuntaria de un asustado subalterno.
–¿Y qué puede sumarle a ese poeta sobre ese otro asunto mortal: la inmortalidad?
La inmortalidad me da risa. Sólo a un joven se le puede ocurrir ser inmortal.
–Se ríe usted por parejo con el autor de la frase que dice: “Un poeta en la historia es divino, pero en el cuarto de al lado es un chiste”.
–Un poeta no es algo extraordinario, que merezca atención especial. Es un individuo como cualquiera, que escribe unas cosas. Ningún misterio. Seamos realistas.
–Gonzalo Arango lo perfiló a usted tal cual, como a un individuo cualquiera. Escribió: “Es el más raro de todos los nadaístas, pues trabaja ocho horas al día, cobra quincena, le paga impuestos al Estado religiosamente; tiene cédula, libreta militar, un certificado falso de buena conducta y los otros papeles de identidad. Nunca lo han metido en la cárcel porque es muy metódico y ordenado; por fuera no tiene cara de sospechoso, ni de apache, ni siquiera de nadaísta, pues se hace motilar todos los sábados, paga el arriendo (también religiosamente) el último día de mes y hasta comete la decencia de girar cheques con fondos”. Usted es un alma de Dios, según el profeta del nadaísmo. Muy por el contrario, muchos poetas se presentan ante sus prójimos como seres excepcionales, raros, de modales insólitos.
–Es natural en los jóvenes el deseo de hacerse notar. Los nadaístas fueron expertos en eso. El adulto ríe con curiosidad y tolerancia, y después el muchacho también ríe. Así ha sido y así es. Y todo termina en una gran carcajada antes del eterno silencio.
–Su frase: “Un poeta es un individuo como cualquiera”, me puso a pensar en otra respuesta que dio usted a Gonzalo Arango: “No tengo ningún interés en hacer hijos; es mi acto de protesta contra la humanidad”. Muchos poetas se asustan ante el hecho de gestar primero hijos que obra. Emile Ciorán sugirió en sus escritos que tener un hijo era como tener un vacío. ¿Conviene a un artista, para cultivar por entero su arte, no traer descendencia al mundo?
–Conviene, porque es necesario estar desligado de compromisos que interfieran con la actividad intelectual, pero no es indispensable para todos. Muchos escribieron obras maestras en adversas condiciones. Adversas condiciones son, por ejemplo, el matrimonio. A un individuo nervioso hasta el silencio lo asusta. No me dejo asustar. Si viene alguien a asustarme, el susto se lo lleva él.
–Se acepta con frecuencia que dar un título afortunado a un libro de poemas es tarea más ardua que componer todo el conjunto. Eso, de seguro, pasa en ocasiones. Sucede también lo contrario: hay quien tiene un bello nombre para un grupo de poemas no tan afortunados. Me gustaría saber si Los poemas de la ofensa tuvieron otros títulos tentativos antes de nombrarse como tal.
–Me preguntas cosas tan viejas y tan insignificantes que me sorprenden y no tengo respuesta. El libro se escribió en Medellín, Cali, Bogotá y Barranquilla. Su título, inicialmente provisional, quedó definido en Barranquilla. Ofensa significa afrenta, agravio, injuria, ultraje. Resumen de la historia de Colombia durante dos siglos. Cuando se me habla del libro no sé realmente qué contestar porque lo siento tan lejano que ya no es mío. Será de sus lectores.
–A propósito de “Los poemas de la envidia”, Ciclo III de Los poemas de la ofensa: ¿qué puede comentarle a un poeta sobre las envidias literarias y sobre otras canalladas de gremio?
–Envidias y canalladas las hay en todo, por todas partes, y en ocasiones con graves consecuencias, entre artistas como en cualquier otro oficio. No hay defensa posible, por más que te apartes de grupos y aunque te escondas bien escondido. Ellos actúan a mansalva y sobre seguro y se te pueden presentar batiendo sus alas de ángel. No tienes por qué sospechar nada. Cuando no les es posible actuar en forma subrepticia se te presentan de frente, con el famoso beso de Judas.
–Le sumo otra inquietud: ¿Por qué en Los poemas de la ofensa, el ciclo de “Los poemas de la envidia” son los textos del amor?
–El amor en su acepción popular es una cosa. Yo tengo otra idea.
–Para el poeta llega un momento en que debe decidir entre su entrega principal a la musa o a la novia. Rubén Darío –me parece que fue Rubén Darío, o tal vez Vargas Vila– advirtió: “El mimo de las mujeres espanta a la musa de la poesía”.
–Mi médico dice que el amor es bueno para el corazón, pero muy malo para la cabeza. Amor no es lo que se recibe, sino lo que se da.
–Escoger entre varias opciones el título de un libro, sin que este sea estridente o en exceso largo, u oscuro hasta lo hermético, o falso de sentido, es muchas veces tarea que confunde. Poemas urbanos (1963), primer libro de Mario Rivero, tuvo un título tentativo: “Un cero grita bajo mis zapatos”. Usted alguna vez reveló que Poemas de la ofensa tuvo como chapa opcional “Los poemas de la envidia”. ¿Qué otros razonamientos tiene sobre la titulación?
–Depende de los contenidos, las intenciones y los cálculos editoriales, así como de la habilidad para titular. Es costumbre lógica, mas no ineludible, que exista correspondencia entre el título de una obra y su contenido, pero también hay libros que no preanuncian su temática.
–¿Qué nombres de obras de poesía pondría como ejemplos de acierto en la titulación?
Antología Esencial, de Vicente Aleixandre, porque excluye el resto.
La divina comedia, porque el adjetivo lo pusieron sus lectores.
Odas, de Anacreonte, porque no se necesitaron más de cuatro letras.
Poema de Mío Cid, porque inaugura una literatura.
Romancero, porque una sola palabra define todo.
Poesía Completa, de José Manuel Arango, porque es un cierre y lo puso el editor.
Canto Llano, de Fernando Arbeláez, porque define lo que es.
Antología Arbitraria, de Jotamario Arbeláez, porque toda antología es arbitraria.
Morada al Sur, de Aurelio Arturo, por su plural significado de evocación.
Gaspar de la noche, por su poder de sugerencia.
La Cifra, de Borges, siempre tan exacto.
León hambriento el mar, de Verano Brisas, por su carga significativa y totalizadora.
–Me encanta al oído la cadencia musical del poema “Mamá-negra”, que abre Los poemas de la ofensa. Cuando leo el texto, en mis talleres de sensibilidad literaria con niños, estos viajan con su historia, sin que se distraigan, llevados por su fraseo y rica melodía hasta su nota final. “Las palabras tienen una música propia, tan dulce como la del violín o la del laúd. ¡Las simples palabras!”, dejó escrito Oscar Wilde. Le pregunto: ¿cuidó, conscientemente, elementos melódicos y armónicos al momento de escribir Los poemas de la ofensa?
–Cada poema nace con su propia voz. Desde el primer verso se fijan ritmo y cadencia. Ramón del Valle-Inclán dice: “El verbo de los poetas, como el de los santos, no requiere descifrarse por gramática. Su esencia es el milagro musical”.
–Cita esclarecedora. Para el poeta que escribe su libro, ¿qué puede comentar, ya no sobre el milagro musical de la palabra, sino sobre el milagro musical del silencio?
–Los silencios en poesía tienen la misma función que en la música. Se escribe con letras y sílabas, o sea sonidos. La poesía, en el mal llamado verso libre, escoge las palabras no sólo en función del significado, sino también por el sonido, sin que se pierda o cambie el sentido. Escribir un poema tiene el mismo procedimiento por el cual se compone la música. Cada letra un sonido.
–El poeta Gonzalo Rojas decía que la música del poema se compone, no verso a verso, sino sílaba a sílaba, y añadía que él no escribía poemas sino silabeos.
–A fin de ilustrar eso, leamos un poema típico de Gonzalo Rojas. En este caso, esa lectura vale más que cualquier explicación:
NINGUNOS
Ningunos niños matarán ningunos pájaros, ningunos errores
errarán, ningunos cocodrilos
cocodrilearán a no ser que el juego
sea otro y Matta, Roberto
Matta que lo inventó, busque en el aire a
su hijito muerto por si lo halla a unos tres metros
del suelo elevándose:
yéndose de esta gravedad.
Ningunas nubes nublarán ningunas estrellas, ningunas
lluvias lloverán cuchillos, paciencias
ningunas mujeres pacienciarán
en vano, con tal
que llegue esa carta piensa Hilda y el sello
diga Santiago, con tal que esa carta
sea de Santiago, y
el que la firme sea Alejandro y
diga: Aparecí. Firmado: Alejandro
Rodríguez; siempre y cuando
se aclare todo y ningunas
muertes sean muertes, ningunas
Cármenes sean sino Cármenes, alondras en
vuelo hacia sus Alejandros, mi Dios, y
los únicos ningunos de este juego cruel sean ellos, ¡ellos
por lo que escribo esto con mi
sintaxis de niño contra el maleficio: los
mutilados, los
desaparecidos!
–Stéphane Mallarmé, en “Sobre la evolución literaria” (1891), escribe: “Siempre soñé con un libro arquitectónico y premeditado; no con un florilegio de inspiraciones azarosas, por más extraordinarias que sean”. Discutía así sobre la ausencia de una línea emocional y argumentativa en las obras de poemas de su tiempo. De evoluciones e involuciones le requiero: ¿considera que el libro de un poeta debe tratar una obsesión dominante?
–La inspiración no puede ser programada ni reglamentada ni nada. Aparece de súbito por procedimientos inconscientes. Como no todo el mundo sabe qué es la inspiración, puesto que no la ha sentido, cada uno la imagina a su manera. La coherencia es una virtud natural. Dice el diccionario que obsesión es posesión del demonio, o idea fija que se apodera del espíritu independientemente de la voluntad, y a la cual se vuelve sin cesar. La coherencia no va con la obsesión. Es antagonismo. La obsesión te daña la vida y la coherencia también. Hay quienes se obsesionan con la idea juvenil de ser escritores importantes. Y se amargan la vida con eso. Respeto mucho a Mallarmé, pero no se le puede desconocer el derecho a equivocarse.
Existe el libro estructural de poemas, que es redactado, no escrito. Redactar y escribir son cosas diferentes. Se redacta una carta. Se escribe un poema. Sin inspiración no hay poema: hay un escrito. El concepto de poesía se ha extraviado en la actualidad, convertido en “texto” que aspira a la condición de poema para complacer a su dueño, que por lo general maneja hilos publicitarios y otros intríngulis de cálculo avanzado.
–En el poema “Problemas de la estética contemporánea”, de Los poemas de la ofensa, dice usted: Entonces apareció el diablo y me dijo: te lo daría todo si postrado me adoraras. Sobre las tentaciones, para el poeta que “se obsesiona con la idea juvenil de ser un escritor importante”, ¿qué puede decir?
–Esa obsesión es indispensable para llegar a algo. Impulsa la voluntad, abre caminos. Quien nace con la aptitud necesaria para un objetivo implícito en su naturaleza sabe de antemano que su esfuerzo dará el resultado que su inconsciente le augura.
–Usted ha sido jurado de concursos de poesía. Quien ha ejercido como tal sabe que leyendo los originales es recurrente encontrar, en buena cantidad, algunas de las siguientes taras: sentimentalismo, provincianismo, patriotismo, politicismo, mesianismo, etc. Cunden, en especial entre los poetas inéditos, versos enternecedores, cuadritos parroquiales, ímpetus nacionalistas, consignas y arengas políticas, pasajes y personajes bíblicos. Quisiera su opinión sobre estos ismos emocionales, costumbristas, ideológicos y religiosos.
–Sin sentimiento no puede haber poesía, y corresponde al sentimiento exagerar.
El provincianismo es lo propio de la poesía. Todos los clásicos lo son. La desmesura de pretender escribir el poema universal es ridícula.
El patriotismo es un sentimiento arcaico, retrógrado. Los únicos que tienen patria son los que saben para qué la tienen. Ellos se ríen de los que salen a las calles a gritar con una banderita en la mano.
La poesía política es la más efímera de todas, ya se dijo.
Una cosa es la poesía mística. El “discurso religioso” es otra cosa. La mística poco tiene que ver con la religión. Las religiones son negocio turbio. Vergüenza de la humanidad fueron las Cruzadas y la Inquisición. En cada esquina tenemos ahora un “centro espiritual” que vende la salvación eterna con descuento. El amor más interesado e hipócrita es el amor a Dios. La naturaleza del místico es la pureza misma. Bendito San Juan de la Cruz, cómo lo hicieron sufrir los monjes envidiosos.
–Llegamos de nuevo a la palabra “envidia” y su complejo sentido. Valga su mención para preguntarle sobre el celo y recelo literarios, habitual entre poetas. ¿Qué puede comentar a un escritor sobre la rivalidad literaria?
–De rivalidades poco sé, porque nunca he estado en ese ajetreo. Entiendo que es algo inherente a hombres, animales y plantas. Impulso de sobresalir para asegurar sobrevivencia. Con méritos, está bien. Es natural. Con violencia, no. No es civilizado. Civilización en Colombia es palabra extraña, pero deberíamos empezar a aprender y practicar. Cuanto antes, mejor.
–Reiterada es la queja de que “la poesía no sirve para nada”, de que “la poesía no es útil”, de que “la poesía no salva”, de que “la poesía ha muerto”: el desencanto total. Juan Calzadilla, por ejemplo, anota sobre esta desilusión, así: “El poeta actúa convencido de que morirá / primero que su obra. / Por eso se esmera tanto en maquillarla. / La trata como si ya vislumbrara en ella / su propio cadáver”. ¿Para qué escribir poemas, entonces?
–Pues no escribas. Quién te obliga. La poesía no puede detenerse a pensar porque no es el ensayo. Sale como un chorro incontenible disparado por la inconsciencia. Después, cuando el texto se enfría, entonces sí puedes pulir un poco, no mucho, para que no pierda fuerza. Lo relamido es débil.
Por último: No hay que poner demasiados requisitos para escribir. Esa es la retórica. Nadie puede aprender con tantas exigencias. Y no hay que ser demasiado crítico con los jóvenes que empiezan a expresarse por escrito, porque se desestimulan y con eso no se saca nada. Sin libertad no hay vida. Sin vida no hay arte. Sin arte la vida pierde sentido.
Desde luego que se requieren conocimientos previos básicos, como en todo, pero quienes han hecho obra novedosa es porque se han salido de los moldes.
Que escribir sea un placer, no un trabajo.
EL CUERPO
¡Qué farsa!
J. P. Sartre
He aquí, de esto se habla.
El cuerpo nos goza y lo sufrimos.
Lujo de la Naturaleza, pagamos por él nuestra alma.
Esclavo de los dioses, el hombre es un ser aterrado,
y sólo en el usufructo de su cuerpo deposita su aspiranza.
Su cabeza añadida luce su conversación como un pavo real,
y sentado en un tapete de luna su lengua salta delante de sí como una serpiente encantada.
Orgullo del alma, el cuerpo es regocijo y alimento,
y baila ante los dioses como el árbol frente a la tormenta.
El cuerpo toca otro cuerpo y no percibe sino otredad.
«Rosa», decimos, y la rosa es un mito del alma,
porque la carne del cuerpo no se reconoce sino a sí misma.
El cuerpo, Devorador, todo hecho para devorar,
el alma de este cuerpo no puede ser sino también devoradora.
Somos un surtidor, con nuestros brazos que se agitan y nuestra boca llena de agua.
Tenemos lo que tiene la nube, he aquí esta adivinanza, por eso la tierra nos absorbe.
Rebelión de la materia, el cuerpo se avolcana, se incendia, impone hermosura,
y no queremos ser sólo cuerpo.
Pero yo aconsejo: hazte amigo del sepulturero.
YAIRO CONTRA MI INGLE
Mi cuchillo debajo de mi vestido, su vaina contra mi ingle.
Las flores de tu jardín temblaban en sus tallos.
Miré tus ojos junto a la reja. Dijiste: –»Me vas a matar».
Te precipitas sobre el timbre.
Se enciende la luz detrás de los cristales.
Te escondes en tu alcoba.
Mi cuchillo piensa: El amor y la muerte duermen juntos a los quince años.
Tu sangre corriendo por mis manos entre el pulgar y el índice.
Resurges mágicamente cuando el relámpago acuchilla el firmamento.
Hoy eres un presidiario, pero yo compuse un libro de amor en honor a tu adolescencia.
«El libro de Yairo» fue quemado y el humo subió derecho al Cielo
pues era el sacrificio del puro Abel a su perverso dios.
En las noches de invierno te veo correr por la hierba húmeda, descalzo.
Hace diez años yo era un charco de amor en el invierno.
Tú chapoteando en las charcas en octubre.
Muchachos desnudos jugaban pelota en el campo de hierba mojada.
Tú preferías correr y mirar por los corredores.
¡Ay mi cuchillo!
El poeta dice:
Si de un amor queda un poema está muy bien:
eso indica que nos conmovió;
pero si no queda nada tanto mejor:
eso indica que no nos dejamos conmover.
Ay, pero él es tan sólo un poeta; no un amante.
LA BÚSQUEDA
El enamorado busca su amor aún allí en donde sabe que no está,
como el aventurero busca su tesoro aún allí en donde no se encuentra,
y así como el hombre busca a Dios en toda parte y lugar sin hallarlo nunca,
aun apostado esperando en los huecos de la esquina de la sala, por donde salen los ratones,
y muere con la sonrisa del que no encontró nada pero buscó mucho,
hasta morirse.
Así yo he venido hoy domingo y te espero sentado en un pedazo de sol.
Días y noches de búsqueda por los más ignorados lugares,
preguntando en altas casas desde cuyos umbrales se divisa a lo lejos la ciudad entre la bruma,
con el objeto de obtener un dato, una pista para seguir tu rastro y dar con el lugar de tu paradero,
oh tú, por quien el pastor daría sus noventa y nueve ovejas restantes.
Aquí pongo a secar al sol los paños de mi angustia más íntima.
Buscadora de ausentes mi soledad quiere comerse su propio amargo vientre.
Y hoy domingo busco en tu nombre antiguo y en tus ojos asiáticos el tiempo,
mientras los siglos pasados me levantan, con peligro de Dios, en brazo inmenso.
Pero tus bellos ojos no aparecen… y me voy a cansar.
EL DESEO
Hoy tengo deseo de encontrarte en la calle,
y que nos sentemos en un café a hablar largamente de las cosas pequeñas de la vida,
a recordar de cuando tú fuiste soldado,
o de cuando yo era joven y salíamos a recorrer juntos
la ciudad, y en las afueras, sobre la yerba, nos echábamos
a mirar cómo el atardecer nos iba rodeando.
Entonces escuchábamos nuestra sangre cautelosamente y nos estábamos callados.
Luego emprendíamos el regreso y tú te despedías siempre en la misma esquina
hasta el día siguiente,
con esa despreocupación que uno quisiera tener toda la vida,
pero que sólo se da en la juventud,
cuando se duerme tranquilo en cualquier parte sin un pan entre el bolsillo,
y se tienen creencias y confianzas
así en el mundo como en uno mismo.
Y quiero además aún hablarte,
pues tú tienes dieciocho años y podríamos divertirnos esta noche con cerveza y música,
y después yo seguir viviendo como si nada…
o asistir a la oficina y trabajar diez o doce horas,
mientras la Muerte me espera en el guardarropa para ponerme mi abrigo negro
a la salida,
yo buscando la puerta de emergencia,
la escalera de incendios que conduce al infierno,
todas las salidas custodiadas por desconocidos.
Pero hoy no podré encontrarte porque tú vives en otra ciudad.
Mientras la tarde transcurre
evocaré el muro en cuyo saliente nos sentábamos
a decir las últimas palabras cada noche,
o cuando fuimos a un espectáculo de lucha libre y al salir comprendí que te amaba,
y en fin, tantas otras cosas que suceden…
EL REY DARÍO
Darío era pequeño,
con un gran billete de $ 1OO entre el bolsillo,
y poseía algunos de los más bellos potros brillantes de la ciudad,
sobre los que se sentía tan grande como su billete de $ 1OO.
Darío poseía un anillo, reloj y cadena de oro
(la cadena brillando sobre su pecho),
pero Darío no ofendía a sus amigos, simplemente se mostraba entre ellos,
todo constelado y adorable con su pequeña estatura,
como una estatuilla modelada y adornada por la perfección del arte antiguo,
con sus quince años bien formados y su agilidad propia y natural.
Yo en mi retiro de las montañas, cuando me alejaba del Liceo,
me pasaba todo el invierno recordándolo entre sus ademanes de oro,
como un icono en su santuario,
rodeado de todos sus compañeros que lo amaban,
y entre quienes él repartía sus sonrisas como monedas.
Después transcurrió un lustro durante el cual no lo volví a ver más,
pero en mi memoria seguía conservando sus quince años
y sus pantalones ajustados cuando me daba la mano para despedirnos,
su mano de corazón bajo los ceibos y los almendros del parque.
Mas luego lo volví a ver,
perdida la infantil vanidad,
haciendo su carrera de hombre,
elemental como un potro desbocado.
Poco después, en un camino,
una alambrada de cuchillos detuvo su carrera
por una mujer.
El pavor del puñal entrando veloz en su pecho como el rayo de Jehová en el becerro de oro
que había profanado la virginidad de una hija de Israel.
Amigos,
La noche y yo medimos nuestras varas de espanto.
Amigos,
Dios es una estridente carcajada seguida de un profundo silencio.
PROBLEMAS DE LA ESTÉTICA CONTEMPORÁNEA
La magnitud de la humanidad pesa sobre cada uno de nosotros, y sentimos profundamente a los antípodas pateando sobre nuestro corazón.
De modo que no es extraño que andemos como unos cristos abofeteados en busca de una cruz para apoyarnos.
Habiendo subido a lo alto de una colina una noche, ante mí se extendía la ciudad como una piel de tigre.
Y en el licor de las copas cintilaban las lucecillas de tres almas.
La última era la mía, alma siempre sobrante y solitaria.
Por el aire volaban dentelladas y entonces apareció el Diablo y me dijo: –»Te lo daría todo si postrado me adoraras».
Ser el dueño del mundo es lo mismo que no tener nada, pues el error existe en todo y siempre nos engañan.
Mis jeans y mi chaqueta no se pueden cambiar por un edificio de cinco pisos ni por un puesto en las oficinas del Gobierno.
Prefiero andar derrotado por los alrededores de talleres de mecánica y cobertizos de carros.
Allí todos tratan de poner en sus vidas las mejores cosas que pueden, y así recogen una flor, una novia y un espejo.
Este esfuerzo colectivo me enternece y de pronto, sin darme cuenta, le sonrío a la gente como un perro.
Una mañana andaba un hombre desnudo por las calles de la ciudad.
La policía lo metió a la cárcel pocas horas después, como a todo hombre que intenta ser feliz.
Porque todo lo que no está dentro de la Ley está fuera de ella.
Y dentro de la Ley no puede haber un hombre desnudo porque la Ley es hecha por los representantes de los propietarios de las fábricas de tejidos.
Como tampoco puede haber un hombre con hambre, porque el hambre del pobre es resbalosa.
A la puerta de un pequeño restaurante donde entré un día se paró un hombre hirsuto que después de mirar se fue diciendo:
–»¿Conque comiendo, eh? ¡Me alegro, me alegro!»
Y su risa cayó sobre la sopa como una araña negra.
El fabricante de rosquillas puede al menos comérselas, pero el que sólo sabe hacer poemas, ¿qué comerá?
Si una pregunta no tiene respuesta lo mejor es cambiar de pregunta y de problema.
Para eso hay petulantes que nos dicen:
–»¡Dedícate a la estética!».
Cali, 1963 09