Vincenzo Guarracino ha organizado la muestra poética de estos tres poetas italianos, traducida por Ana Mª Pinedo López al español.

EL CANTO DEL UMBRAL

Tres experiencias poéticas: Lucetta Frisa, Giorgio Larocchi y Omar Pirrera

A cargo de Vincenzo Guarracino

Traducción al español de Ana Mª Pinedo López

Tres textos ubicados en el “umbral”: resumen de experiencias diversas, aunadas por una única pietas y que se sitúan en una idéntica discriminación entre un aquí y un allá; “umbrales unen y separan”, nostalgia y dolor de la vida por un lado, y el después de la conmoción y la añoranza por otro.

Es el canto lo que exorciza su peso, con la fuerza de la poesía, gracias a tres voces significativas, en diverso nivel, del panorama poético italiano contemporáneo: en el primer caso, Porta Rosa, para despojarla de todo sufrimiento e imperfección en una “aurora provisional” que “es más bella que  la oscuridad” como sólo la poesía sabe realizar, proyectándola en una dimensión mítica sobre el teatro de una antigua y fundamentada grandeza. En el segundo y el tercer casos para liberarla de toda angustia y miedo en una escena bien concretamente determinada, en su doméstica cotidianeidad, Entorno y dentro del sufrimiento, y en su dramática historicidad, Morir con el sol.

Son figuras llamadas a “recuperar la luz” más allá de su existencia y que aceptan hacerlo a través de la voz del poeta, un conmovido Orfeo postmoderno; sombras que se interrogan como en una apasionada anamnesis sobre las razones mismas de la vida a partir de las últimas palabras del otro, de la persona amada y perdida, palabras que, en la protección del recuerdo,  surgen con valor absoluto, fantasmas que rechazan rendirse a una muerte sin calidad y se obstinan en mirar el sol de una vida que no tolera el frío del olvido y la insignificancia, proclamándolo con voz alta y digna, incluso en la expresión del proprio dolor. Es esto lo que representan la mujer del poemita en Porta Rosa, el Yo que se dirige a Roberta, la mujer desaparecida, de Entorno y dentro del sufrimiento del poemita de Giorgio Larocchi y el protagonista del monólogo en el laico oratorio de Morir con el sol de Omar Pirrera.

El resultado es un canto que se mueve entre lo elegiaco y lo parenético, entre el recuerdo y la exhortación moral, más o menos explícita., Más que gratificante y energético el hecho aparece, en virtud de su fuerza, urgente y tocante, sobre todo porque dos de estas figuras nos tocan muy de cerca; la del primer poema ambientado bajo la mirada de la majestuosa Porta Rosa de Elea, el tercer poema que evoca una figura grandiosa y heróica de la historia, no sólo del Cilento, el canónigo Antonio María de Luca, mártir de los movimientos cilentanos de 1828, situándose en la misma escena geográfica y en un contesto paisajístico y moral que tiene todavía necesidad urgente de mitos.

LUCETTA FRISA

PUERTA ROSA

                                                                                  a Vincenzo Guarracino

 La que habla en el poema de Lucetta Frisa es una mujer sencilla: una “sombra” que reaparece desde el “más allá” de las tinieblas y de la nuerte en un intento de “recuperar la luz”, con el único auxilio del canto de un poeta que la reclama desde su Erebo prestándole voz y consistencia.

“Busco mi casa”, explica ansiosamente, casi queriendo justificarse por su intrepidez. “Mi casa estaba a los pies de una calle en cuesta y en la cima había una puerta grande de piedra”. Sabe donde estaba y lo arduo que era vivir allí, a la vista de un emblema de luz y armonía, la Puerta (aquella “que divide el día y la noche”, según Parménides)

Pero ha pasado demasiado tiempo, demasiadas estaciones humanas han reducido definitivamente todo a un “infinito infierno” de “casas destruídas” y le es imposible encontrarla y reconocerla.

Y, en semejante paisaje de ruinas, se pregunta por el sentido de su búsqueda y por la necesidad que la empuja, a ella que es una “muerta”, a buscar todavía una morada convertida en “fango entre fango”.

“Busco mi casa”, como símbolo de una recuperación de “luz”, ella insiste, casi como si casa y luz fueran la misma cosa.  Quizás ella que “no espera señales de lo alto ni de lo bajo” busca afectos, trazas de su pasado. O, quizás, ser reconocida o reconocer, sentir un lugar, ese lugar, como el suyo propio, del que ella tiene necesidad; nesidad de reconocerse en aquello y mirarlo como el espacio familiar de su experiencia más allá del tiempo, cosa imposible. A los humanos no nos es dado mirar el cielo sino solamente para ilusionarse, para “adivinar figuras en las nubes altas”, sin aspirar a más, no concibiendo otra perspectiva sino la de devolverse al “polvo”.

Lucetta Frisa es una poetesa que tiene una larga historia; una poetesa cuya escritura interroga la vida desde siempre, construyendo verdaderas y propias partituras dramáticas, historias de una inquieta búsqueda de luz en las que se conjugan pensamiento y memoria con un lenguaje de moderación clásica.

He venido de muerta a recuperar la luz

esparcida fuera de mí mientras estaba enterrada.

No me despojo de ella antes de volver a la oscuridad

como un traje efímero sino que quiero retenerla

sobre mi piel vacía para el dios complaciente

que me ha dejado marchar. Yo no espero

señales desde lo alto o desde abajo. Me ha bastado

verme volver sobre la cuádriga elegante

con los caballos negros de paso lento una danza

silenciosa pero sin el cortejo de los parientes

en lágrimas y los carros con mi ajuar:

todo esto está pintado para quien resta.

El descenso en los musgos de la noche

no fue al final tan oscuro sabíamos

que un destino de fuego nos esperaba si

-como decían- lo otro habría sido

el revés de este mundo, sus apariencias

todas invertidas aunque acariciadas

por las manos de los dioses.

He venido aquí traspasando las paredes

de la tumba de noche no sabía

que la voz de nosotros los muertos puede doblegar los muros

hacernos volver atrás donde queremos.

He perdido los caballos por el camino, dejado

la barca atada a una ola quieta

caminado descalza por la playa de Ascea

oído los gallos cantar no sé si para conducirme

aquí o llevarme de nuevo a la tumba, he visto nacer el alba

el imperceptible agitarse del cielo oh por fin

también el cielo ha vuelto y también el viento

que agita ante mis ojos mi velo negro os diré

que esta aurora temporal es más bella

que la otra infernal – premio inapropiado a nosotros humanos.

Yo busco mi casa. Sé que está en Elea pero ¿donde?

Hundida en el centro de la tierra, mancha de fango

entre el fango en el infinito infierno de las cosas destruidas;

¿debo pensarla bajo mis pies mirar

el terreno como espejo que me devuelve

las imágenes profundas hasta mí hasta la garganta

que sofoca mientras el corazón se rasga de nostalgia?

¿O debo sólo mirar el cielo adivinar

figuras en las nubes altas –y respirar- no desear más?

Ahora entorno no veo a nadie. Piedras

que fueron humanas moradas templos habitados

por lo dioses donde los filósofos sonsacaban en los números

sus secretos congregando mendigantes

de verdad y en las escaleras el gran Asclepio

curaba los males de los peregrinos haciendo milagros.

Ya no hay agua. Los pozos secos los puertos enarenados.

Piedras y piedras y la hierba fresca entre ellas, viva. Cielo y viento.

Mi casa estaba a los pies de una calle en cuesta

y encima una puerta grande de piedra donde pasaban

mulas mercaderes plegarias armas caballos guerreros

mujeres que subían con prisa con la espalda corva como

perros, ayudando a los hombres a guiar los carros y de noche

engañaban a los centinelas para huir perderse en la otra parte.

Eran siervos de los ojos bajos, sacerdotisas, prostitutas.

Quizás les esperaba una nave.

En esta luz de mediodía todas las sombras

se ocultan a ras de tierra y los vivos no ven nada.

No es la hora de preguntar o responder. Rendidos, se calla.

Yo estaba en el umbral. Los umbrales unen y separan.

Me gustaba el interior de las habitaciones su protectora

calma aunque me gustaba la luz la gente las voces.

Sé que allí abajo Porta Rosa se teñía de rosa

para quien subía al alba y de rosa al ocaso

para quien volvía al norte. Separaba y unía

las horas de luz y oscuridad junto a nosotros, los vivos.

Se abría a la izquierda sobre el espacio azul

ilimitado del mar a la derecha sobre aquel verde de los campos.

Ahora que estoy aquí volveré a hacer aquel camino desmontado y después superada la cima por última vez sentiré

sobre los hombros el peso doloroso del paisaje

con mi casa muerta y algo

como una cuchilla me desgarrará cuerpo y espíritu.

Oiré a mi madre llamarme por mi nombre y estaré

indecisa entre quedarme aquí llorando sin lágrimas

o volver sola al reino de la oscuridad.

La luz -ésta- ¿podrá socorrerme? Su respiro

ha atravesado las palabras de los sabios. Siento

su fuego ligero quemar mi velo negro. Yo sé

que ella da justa sepultura a los divididos, a los atormentados.

Me abandono para siempre a sus ruinas.

                                                              Velia, Septiembre 2007.

Porta Rosa es la puerta griega –todavía intacta- que domina desde lo alto de la colina las ruinas de la antigua ciudad de Elea (Velia) donde nació la escuela eleática de la que fueron maestros Parménides y Zenón. Quien habla en primera persona es una saliente del sepulcro que he visto pintada en una tumba del museo de Paestum.  

Nota biográfica

Lucetta Frisa nació y vive en Genova. Es poeta, traductora y lectora en voz alta. Entre sus más recientes libros de poesia: La follia dei morti (La locura de los muertos),(Campanotto,1993) Notte alta (Noche alta),(Book,1997), L’altra (La otra)(Manni,2000) y Se fossimo immortali (Si fuésemos inmortales)(Joker,2002). Ha traducido a Emily Dickinson, Henri Michaux y dos libros de Bernard Noël (Artaud e Paule,2005 y L’ombra del doppio, 2007), ambos para  I libri dell’Arca, edizioni Joker, editorial que dirige ella misma junto a Marco Ercolani. Redactora de La Clessidra, colabora con La mosca di Milano y tiene varias revistas come Pagine, Poesia, Italian Poetry Review, Convergenze e l’Immaginazione y tiene diversos blogs literarios.

Sus textos en las antologias: Il pensiero dominante (El pensamiento dominante) (a cargo de Davide Rondoni y Franco Loi, Garzanti,2001) Trent’anni di novecento (Treinta años de novecientos) de Alberto Bertoni Book,2005) Parliamo dei fiori (Hablamos de flores), (a cargo de Vincenzo Guarracino, Zanetto,2005), Altramarea a cargo de Angelo Tonelli (Campanotto,2006) La poesia erotica contemporanea (La poesía erótica contemporánea), (Atì,2006) y Voci di Liguria (Voces de Liguria) (a cargo de Roberto Bertoni, Manni,2007).

En pareja con Ercolani, escribe historias immaginarias y no, como Nodi del cuore (Nudos del corazón) (Greco&Greco,2000) y Anime strane (Almas extrañas) (ibidem, 2006). Con sus relatos para niños colabora, con Popotus, anejo para niños del periódico Avvenire. Entre los diversos reconocimientos, los más recientes son el Lerici-Pea, 2005 y Angeli nel cielo del Cilento, 2007, ambos por el Inedito de poesia.

Traducciones de sus libros en inglés, francés y español están en via de pubblicación.

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GIORGIO LAROCCHI

ENTORNO AL SUFRIMIENTO Y DENTRO DE ÉL.

                                          A Roberta.

¿Como se puede permanecer fiel a una persona amada más allá de la muerte? ¿Cuanto de ella permanece, como huella destinada a durar, y cuanto, en cambio, se pierde en la cotidiana rutina que todo endulza y cancela?

El poema de Giorgio Larocchi parece responder a estas preguntas, concretándose en una apasionada anamnesis de las razones mismas de la vida a partir de las últimas palabras de la mujer amada y perdida, aquellas que en la proyección del recuerdo asumen un valor absoluto y paradigmático. Palabras aparentemente casuales y marginales pero tales que dan el sentido de un entendimiento conmovedor que va más allá de la “locura de palabras”, más allá de lo dicho y de lo que se puede decir, para tocar las razones profundas del sentimiento, aquello por lo que dos personas han elegido misteriosamente compartir todo, lo bueno y lo malo, de la vida.

He aquí que el recuerdo de una vida, de toda la vida de Roberta, se condensa para Larocchi en la última recomendación en el escenario del fin, “Acuérdate de tomar las medicinas”, trasladándose con ocasión de una reelaboración del luto, de un re-pensar toda la existencia, a través del medicamento de la ternura y de la deriva del sentimiento de sí mismo y de las cosas, ante la perspectiva de “otras auroras” y otras “primaveras”.

En el hilo de una escritura elegiaca, toma así cuerpo un diálogo consigo mismo más que con la mujer amada; un diálogo con sus propios pensamientos, en la señal de la pietas, del amor dado y recibido que descubre las razones de la voluntad de continuar, apoyándose en los recursos de la memoria, del recuerdo de una tarea y de un proyecto común, no obstante la tasa de sufrimiento que comporta.

Restauradora, y al tiempo reparadora, la memoria da, así, vida a un relato capaz de conmover por su fuerza estilística y moral, confirmándose sobre una esencial verdad que, allí donde exista impulso de auténtica necesidad, la escritura puede revelarse, tanto para el autor como para el lector, como un bálsamo, como un recurso de esperanza.

“Acuérdate de tomar las medicinas”

tu última recomendación

justo a tiempo de poner remedio

remedio al hielo de la vejez

para evitarme un largo sufrimiento

incluso después de la muerte  seguro

Con aquella sonrisa me lo

dijiste, leal, tranquilizadora desde la cama

donde estabas ya herida, bramando de dolor

triste en el ofrecerme la reflexión

el inmenso tropel de las necesarias palabras

Y la pasión en la angustia advertía

casi un grito, un coagulo de sufrimiento

en el fervor sin límites de la verdad

Tú para mí has sido mi vida

desde los primeros besos rápidos en el portal

al primer grito de placer en el sofá

a la explosión de nuestro amor vivo.

Luego algún detrito  alejarse solo un poco

y desearse con nuevos ímpetus  deseo

de afecto siempre mayor en la última estación

con los ojos mirándote  el olor a sudor

y la boca dispuesta a pronunciar frases sólo dulces

para envejecer juntos en una noche

Aire húmedo   respiro del mar

delirio de agua insistente

trae a la memoria destellos que se alejan

enviando un resplandor tenaz, vivo

hasta hacer nacer el día.

Sonido como de lluvia

sobre las hojas   sin fin

como si el sufrimiento prolongase

la experiencia que lleva al final

Luz nocturna en las paredes

limpia pensamientos atribulados.

Estancia cerrada  llena  sin

promesas   ni indicios de esperanza

y yo comienzo a desconfiar.

El alma se trasparenta   se desliza en el sueño

se afana a la espera de acontecimientos

suspendida   helándose   hasta la confusión.

Y nosotros esperando

un prado pleno de luz

con el murmullo de los senderos

frases insistentes sobre el mismo tema

y sin embargo solo el invierno

con la nieve cayendo

leve  y el sufrimiento al acecho.

Entre un instante y otro

un gemido imperceptible  constante

desorienta y hiere

en el camino de este mío

febrero tremendo que gira entorno

cuando desde la calle una figura

afectuosa se aleja   sin perderte de vista.

Morfina  sueño  solución última

descanso de la realidad para viajar

por caminos desconocidos hasta el final

doloroso pero también feliz.

Remordimientos afloran inquietos

mientras siento susurros

palabras agolparse en los labios

entre sobresaltos  siseos tristes

y remuevo la incertidumbre

el hollín del invierno

que llega   cuando retorna el sabor

el deseo de caminar a tu lado.

Hablar del dolor

merodearle de cerca   desorientado

creyendo estar en plena

luz   en el centro del paisaje

y sin embargo estar sólo en un punto

irreconocible   en el temblor ante la nada

advirtiendo sólo angustia sin posibilidad

de defenderme   confuso entre las ramas

con el tormento a oprimir.

Aún siento la voz

sus pensamientos gritados

y quisiera estar a su lado

pero un estremecimiento venenoso

aleja   apaga la mente

y desespero   después espero de nuevo

con la ilusión de renovar la estación.

Giro entorno al blanco

intuyendo sólo pena

entre desesperación y otras cosas

en este febrero cruel

para Roberta y para mí

que siempre nos hemos preguntado

qué habría sucedido

en los caminos que frecuentábamos

y hemos quedado quizás desorientados

de la predecible desazón del sufrir.

Ahora un sueño blanco

hiela los huesos y yo estoy

contigo  cerca  fundido

y te beso   te beso   te beso.

Sólo ahora puedo entender

lo que he perdido

esta noche

y a flote me mantengo al verte

presa de la morfina

en el quebrantarse del frío

que te ha hecho criatura

aún más bella.

Siempre entorno niños

en tu vida   felices

unidos y amados intensamente

acompañados   conducidos de la mano

sin huir jamás de la dulzura.

Hoy hombres   lloran el adios

llevan flores a la mesa

de casa y lágrimas por el final.

En la tarde casi invernal

de sol se ilumina el prado.

Tu rostro sin vigor

es en la cama siempre más tierno

y yo siempre más solo

en el caer de las ilusiones.

Ahora entro  salgo  cerca de ti

juntos estamos en el jardín

esperando al fuego del ocaso

el último desayuno en la hierba.

Serás siempre para mí

todo mi tiempo

un soplo de heridas y de amor

la serena quietud de una noche

antes de la rendición a la vida.

Para el último saludo

sólo amigos  alumnos  la hermana

y mar abierto sobre tu estela.

Después el espacio de la espera

la paz  las voces muy cerca.

El camino ha terminado.

Una luz radiante te abraza..

Despeguemos juntos en el punto

del adios   juntos en este día

presa del verde de las ondas

en una frágil fuga.

Siempre resplandecerá el cielo

encantado  tierno  profundo

en la plenitud de la noche que vendrá

a traernos todavía las heridas

de la última caricia tierna.

Esta distancia aparente

no es lejana   es presencia

continua   pasión gastada por y para ti

pasión vivida entre nosotros.

Es renacimiento del amor sentido

sed de labios entreabiertos

encenderse feliz de aire fresco

en tu voz   sombra de primavera

capturada a lazo como estrella.

Estoy preparado.  Rápido.  Vamos.

Otras auroras nos esperan

nuevos renaceres y frenesíes incontrolables.

Nota biografica

Giorgio Larocchi, poeta y pintor, nació en Muggiò (Milano) en1929 y murió en Arcore en octubre de 2007.

Como pintor, se inició en los años 50 en el ámbito informal, compartiendo después las experiencias de la llamada “Nuova Figurazione” milanesa. Numerosas han sido las exposiciones personales, en Italia y fuera de Italia, realizadas en galerias privadasa y espacios pubblicos.

Como poeta ha publicado los relatos Rammendi e nidi (Remiendos y nidos), (Book Editore, Castel Maggiore 1990), Ogni movimento disturba (Todo movimiento perturba), (Lythos, Como 1995), L’intervallo tra un pensiero e l’altro (El intervalo entre un pensamiento y otro), (Signum, Bollate 2000), Aprile del ’45 (Abril del 45), (alla chiara fonte, Lugano 2005), Esercizi di melanconia (Ejercicios de melancolía), (Book Editore, Castel Maggiore 2006), Attorno e dentro la sofferenza. A Roberta (Entorno y dentro del sufrimiento. A Roberta), (alla chiara fonte, Lugano 2007).

En 1995 fue premiado en el Concorso Internazionale “Ada Negri”, en Lodi, con un texto dedicado a Ezra Pound.

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OMAR PIRRERA

MORIR CON EL SOL

“No tiene sentido la vida callada, / exprimida, absorta y enlatada / que el mundo nos propina”, decía en un antuguo texto, Simulación (incluído en Cosmos y poesía, 1980), Omar Pirrera.

Para quien conozca su poesía y la haya seguido en los años de su impracticable recorrido, es a partir de sus pruebas más antiguas, documentadas en Desierto y poesía (1976) y posteriormente en poesías religiosas Más allá de mí mismo (1991), donde está la constatación de donde va individuado el estímulo secreto de su vocación por la palabra: en esta afirmación que sabe de rabia y de no resignada moralidad e impulsividad.

No tiene sentido la vida “callada”: es como decir que, para quien tenga auténticos valores morales y culturales,  el silencio, la automutilación de la palabra, es una culpa y una condena insoporttables.

Hablar para ser uno mismo, para comunicar a una comunidad de espíritus fraternos la propia visión de las cosas y del mundo, para despertar o construir un sentir civil, una empatía de valores y de intenciones: esto es lo que Pirrera ha perseguido en sus muchos años de aventura y “resistencia”en la escritura.

En éste su solitario recorrido, de leopardiano “malpensante”, no podía no entrecruzar una figura fuerte, el espíritu fraterno de un auténtico “genius loci” del Cilento en el que él vive desde hace medio siglo, o sea, el canónigo Antonio Maria de Luca, mártir de los movimientos chilentanos de 1828. Omar se identifica con él prestándole su voz y sus sentimientos, en la convicción de no traicionar de hecho tensiones e intenciones en el acto de pronunciar su propio juicio sobre un mundo que se comprende cada vez menos, y mucho menos se comparte, a pesar de obstinarse en amarlo.

Así nació este poema, Morir con el sol; de la necesidad de hacer vivir en el presente un mensaje, aunque históricamente fechado, de heróica dignidad, en la forma del verso, de la voluntad de no rendirse a la muerte y mirar el sol, diciéndolo por medio de una palabra que se  hace a la medida compuesta de un oratorio sagrado, de una representación, esto es, en grado de refundir los géneros (lírico, épico, dramátic) con las características de lo sagrado.

MORIR CON EL SOL

Muchísimos años de silencio

en la noche obscura del tiempo

han transcurrido ya

desde cuando quise,

con un acto temerario de protesta,

dar pan y dignidad a un pueblo

que ahora vive sólo de pan.

Muchísimos años debían transcurrir

en el gran cauce de la Historia,

inmovil de mi martirio.

Muchísimos años de silencio y de torpor,

antes que un alma,

venida de lejos,

pudiese por fin ponerme voz y cara

en esta tierra que ya no reconozco.

Y tú

Querrías hacerme decir en poesía

Quién sabe qué.

Pero para ser Poeta hoy,

sería preciso ser hijo de madre virgen,

tener un padre putativo,

vivir sólo una vida humilde,

exiliarse en el desierto,

llevarlo dentro, revivirlo,

poblarlo de un gran lleno

que dentro de ti ha nacido,

revertirlo luego en los demás,

en aquellos pocos que te estarán entorno

y estarán escuchando,

una noche,

al lado de un fuego verdadero,

recogidos como tantos,

sin embargo pocos viandantes

en busca de un fuego verdadero

encendido por casualidad

en el corazón de otros viandantes.

Sí, sólo así,

hijo de madre virgen,

podrías desencantar

a esta insignificante humanidad,

esta absurda humanidad que te circunda,

que ya no cree en las palabras,

que en una noche,

-entorno a un fuego verdadero-

extraviados y ebrios

un poco todos en un desierto,

podrías –incauto- hablar.

¡Y sin embargo escribes!

En efecto porque

¡no eres hijo de madre virgen!

no te reconocen

siquiera como uno de los tantos hijos de Dios:

no puedes ser Poeta.

Hoy el poeta

el literato-poeta,

se atrinchera

en esenciales turbamientos de palabra,

se esconde detrás de una fría batuta;

no tiene ya el valor de llorar,

de desvelar su tormento,

de gritar su Amor:

no tiene ya

un modo misterioso para revelar;

no tiene ya un ideal para contraponer

y para imponer.

Hoy el poeta no sabe

que esos pocos viandantes

querrían descansar

al lado de un fuego verdadero,

al lado de aquella luz

que sólo un hijo de madre virgen

podría todavía encender en el desierto.

Y así, también en mi tiempo,

yo no fui (o quizás sí)

un hijo de madre virgen;

porque quisieron desacralizarme

y con un acto de brujería,

eliminándome con el vidrio

las huellas divinas de mis yemas,

como un tiempo quisieron desacralizar,

con una muerte infamante,

la misión humana del Cristo.

Muchísimos años

de pena y silencio

para reencontrarme todavía en esta pena

y en el silencio de esta tierra:

todavía anónima, pávida, inactiva,

resignada a una nueva baronía,

a aquella baronía que un día

yo he combatido

y por la cual

yo

y otros pocos desaparecidos parias

inmolamos la vida,

sueños,

esperanzas

y amores; mientras – todavía temblorosos de terror –

aquellos pocos literatos

y señores de mi tiempo,

después de habernos cerrado en la cara

las puertas de las casas,

olvidaban ideales y sueños

junto a nuestra muerte.

Muchísimos años de silencio

y de algún discurso esporádico,

y retórico

y alguna mísera lápida.

Pero yo

no estoy muerto por una lápida

y un discurso retórico:

yo quise

y quise finalmente

– con mi sangre –

eliminar las injusticias

padecidas por cada Cristo,

crucificado en su pobreza

y en su dignidad.

Yo,

en el frío silencio

de esta última noche,

cerrado como una bestia,

en una escuálida capilla,

húmeda de lágrimas,

lejos de mi gente que sufre

– pálida llama dispersa en el viento

entre el polvo

de mi Bosco erradicada,

teniéndome estrechado

a estas frías yemas,

descarnadas, sangrientas

y desacralizados de su humanidad

por un perjuro

y obscuro representante

de aquel Cristo triste

– muerto también por él –

pienso

que no he muerto inútilmente.

Pero estoy muerto,

lo sé

inútilmente.

pensé que mi sangre derramada

en una tierra obscura y desencantada,

pudiese rescatar por fin

siglos y siglos

de miseria y humillación:

la humillación de unas gentes

que venían de lejos,

herederos de una raza de navegantes

que supieron un tiempo

en nombre de la libertad,

renunciar a la patria

y fundar otra (1),

en una tierra de amor y de silencio.

Entorno mudos, extraviados,

en la oscuridad de la celda,

mis fieles compañeros

lloraban en silencio la vida

sin sabor

en la vida pobre de su tierra.

el viento portaba el calor de julio,

el canto de las cigarras,

el olor y la resaca del mar:

lo veía en su azulidad,

veía también el verde de los olivos,

los castaños,

y en lo alto,

los bosques inmaculados de silencio

y más alto aún,

la Casa de la Virgen María (2).

La muerte aleteaba,

húmeda y fría,

su presencia

y cada uno de nosotros

la sentía al lado.

Cada uno de nosotros

se sentía

como un animal

que es conducido al carnicero/matadero.

¡Pero al menos

un animal muere

para saciar a otro animal!

¿A qué animal deleitaba nuestra muerte?

Se nos mataba

sólo porque

pedíamos justicia

en la dignidad de la libertad.

¿Pero qué es un pueblo

sin dignidad?

Un pueblo de hombres libres

               hace grande la patria:

               nosotros moríamos en la dignidad

               de nuestra libertad

               por haber traicionado una patria de negreros.

               ¿Será así todavía el mundo?

               ¿Tendrá el valor de tanto azul

               en el cielo

               y en el mar

               después de que tanto rojo

               brotará de nuestros cuerpos?

               Habrá otros días y otras noches

y sin mis ojos,

y todavía saldrá el sol allí,

desde los montes Bulgaria (3)

y todo un silencio nos envolverá

y habrá sido inútil

incluso vivir y morir

porque más allá de toda incerteza

está la certeza de la muerte.

Se alternarán días y noches,

despuntará el sol

todavía radiante tras los montes,

tramontará todavía allí, hacia el mar.

Otras noches vendrán

y sin mis sueños:

un viento gélido

elevará nuestro polvo

dispersándolo inconscientemente:

era ojos, orejas, boca, mente, palabra,

sentimiento, poesía, belleza:

¡era vida!

Y será así todavía el mundo,

rojo de sangre

tras un telón de azul inmaculado,

tras el silencio verde de los bosques

en la mente bestial

de este animal absurdo

ebrio de poder:

no sabrá nunca

que el verdadero poder está en el Amor,

porque no ha vivido de amor,

no ha nacido del Amor.

El alba está próxima:

oigo al gallo cantar.

En el sueño agitado

algún compañero, “¡Mamá!”,

grita.

No podía oírte:

quizás también ella,

pobre Virgen Dolorosa,

gritaba en la oscuridad:

– “Hijo mío, ¡perdido!”,

algún otro se queja:

-“¡Ay, nenna mía!”

Un hombre, fuerte y maduro,

llorando:

– “hijos, hijos míos desafortunados…

hijos míos desventurados…

hijos míos abandonados…

¿quién pensará en vosotros?

¡Yo era padre, madre, abuelo y abuela!

Pobres hijos míos, ¿¡quién tendrá!,

quién tendrá piedad de vosotros!?

Matadlos,

matadlos conmigo…”

Nace el sol:

nace para el rey y la reina,

para los ministros y los generales,

para el Papa, para el Cardenal,

para el obispo Alleva

que me ha desacralizado;

para los pobres curas de campo,

para los clérigos,

con el corazón colmado de Cristo;

para los pobres,

para todos los pobres despojados

por el buitre hombre, también él

– inexperto hijo de Dios –

por las ventanas de Bosco,

ojeadas vacías en el cielo.

Nace también para los gendarmes

que vendrán mudos a prendernos,

para organizarse delante de sus fusiles

– antros mudos y negros –

también éstos iluminados por el sol,

esparcido como tantos ojos incrédulos,

todavía plenos de cielo.

Y así ha salido el sol,

¡también para nosotros!

Pero sobre todo para vosotros,

¡mis jóvenes compañeros de desventura!

Para vosotros que habéis tenido fe

en la locura de un humanista,

 de un maniaco de la libertad…

y sólo yo,

yo

os he dado la muerte…

¿Cómo podré soportar

por la eternidad

la dolorosa realidad

de vuestra joven sangre

desperdiciada por el sueño

de un viejo cura?

¿Cómo podré hacerme perdonar,

oh mis fieles

jóvenes, inexpertos,

rudos héroes

de una época que será pronto

olvidada?

He pedido,

creedme,

 oh mis compañeros de desventura,

morir sólo yo

y por todos vosotros:

creedme,

¡lo he pedido!

Yo no dejo los ojos plenos de noche

De una joven cervata;

¡pero vosotros sí!

Yo no dejo una familia

Con mujer e hijos

a la espera de mi pan.

Cuando decidí asumir el sacerdocio

sabía que el martirio

me estaría al lado.

¡Pero vosotros no!

Sobre todo vosotros,

jóvenes semillas,

que de la vida tenéis sólo la muerte  

mientras yo os había prometido,

en mi locura,

cosas que no podían competerme.

Yo os pido perdón

y sé que no lo merezco;

pero os lo pido lo mismo

para demostraros mi arrepentimiento,

pero sobre todo

para demostraros mi derrota,

y en la certeza de mi derrota

la certeza que del polvo

empastado con nuestra sangre,

con nuestras lágrimas

nacerá el hombre nuevo

que sabrá por fin reflejarse

en el martirio anónimo y solitario

de un puñado de hombres,

que se encontraron casualmente un día

– inmersos en un verde silencio

 bajo un cielo azul

abierto sobre un mar vibrante de sol –

hermanos del aire libre,

hermanos del agua pura y transparente,

hermanos del silencio de los bosques,

hermanos de los animales y de las cosas,

hermanos en la sangre que verterán,

hermanos en la lluvia que vendrá,

y vendrá a decolorar nuestra sangre

llevándola al mar,

de donde un día emergió,

linfa nueva de un animal único

y victorioso

para dominar la tierra

con la luz de su mente.

Y no es bello morir con el sol,

¡bajo el azul del cielo!

Temía la muerte sólo porque

me habría arrancado la posibilidad

de hacer algo verdaderamente útil

para mi gente que sufría.

¡Temía la muerte

porque me gritaba el fracaso

de una esperanza que deseaba germinar

en la verdadera dignidad!

¡Y estoy muerto!

Estoy muerto para aquellos pocos rapaces

que me querían muerto.

Estoy muerto

porque me avergonzaba

de pertenecer a una raza inferior.

Pero estoy muerto

con la luz del servicio en la mente,

con el amor en el corazón

y la esperanza en la fe.

Pero no podía morir, así…

¡tenía demasiadas cosas que hacer!

No se puede morir

con la mente llena de promesas.

Pero después

me entregué a la muerte,

me entregué para …….

en Tu infinito,

oh Dios mío,

para no ser contaminado

por estas famélicas bestias.

por las semblanzas de hombres.

Cuando me entregué a la muerte,

lo hice por rescatar la vida

de mis inocentes paisanos (4).

Abracé la muerte

que me pisaba los talones,

escondiéndose

entre los dedos rosados del alba,

para no distraer el quieto canto de una alondra.

La salí al encuentro sonriendo

como cuando uno se avía

para coger un velero

– con las velas ya plenas de viento,

ondeando en el mar –

para afrontar un largo,

misterioso,

benévolo viaje de placer

– más allá de este espacio y de este tiempo –

para explorar lo incontaminado,

el absoluto amor,

que todo perdona y consuela.

  1. Los Foceos, apresados por los Persas, fueron constreñidos a dejar la propia ciudad de Focea en la costa de Asia Menor y construir otra al sur de la actual provincia de Salerno – justamente el Cilento – donde después nacieron Parménides y Zenón.
  2. Santuario consagrado a la Virgen del Monte Gelbison, a una altitud de 1705 metros sobre el nivel del mar. Este santuario ha sustituido al griego, del que quedan huellas. Ahora se accede por una cómoda carretera.
  3. Montaña en forma de león agazapado, aquí en el Cilento, y llamada Bulgaria porque allí se establecieron los Monjes provenientes de Bulgaria huyendo de las luchas iconoclastas. El pueblo que dio el nacimiento al Canónigo se llama “Celle di Buogheria”, precisamente por las celdas de los monjes.
  4. El Canónigo se entregó cuando el general Del Carretto le hizo saber que, si no se hubiese presentado espontáneamente, habría prendido fuego a su pueblo junto a sus habitantes. La ferocidad con que fue reprimida la revuelta está testimoniada por la prensa francesa e inglesa de la época. Se recuerda solamente que las cabezas arrancadas de los bustos de los condenados a muerte fueron fijadas en picas plantadas frente a las puertas de las iglesias de los pueblos de nacimiento de los revoltosos. Se dice que una de las madres se negó a ir a la iglesia durante más de treinta años, hasta que quitaron la macabra calavera del hijo.  

Nota biográfica

Omar Pirrera nació en Caltanissetta el 10 de dicembre de 1932 y desde 1961 vive en Vallo della Lucania (Sa), donde ha sido titular de una histórica librería, la Librería Castellano, y ha ejercitado la professión di geómetra.

Es autor de numerosas obras de poesía (Desierto y poesía, 1976; Cosmos y poesía, 1980; Misterio y poesía, 1986). Un  poema suyo, Mediterráneo, ha sido publicado por Lythos, Como, 1998.

Es autor también de traducciones del latín (Catullo, Cicerón, Ausonio) y de numerosos textos en prosa, ensayos historico-filosóficos, pensamientos, e incluso de una novela (La legenda de Calafato). Recientemente ha publicado una amplia antología de la poesía italiana de título Futurismo y alrededores (Ediziones Libreria Castellano).

Ha colaborado en Cavalleros y cavalería, editado por Demetra-Giunti, en la colección Atlantes de la Historia (2000). 

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A CARGO DE:

VINCENZO GUARRACINO, poeta, ensayista y traductor, nació en Ceraso (SA) en 1948 y vive en Como. Ha publicado diversas antologías de versos: Los  gnomos del verso, 1979, Paraíso de las abejas, 1984, Diez inviernos, 1990, Grillos y alfileres,1998, Una visión elemental, 2005, En el nombre del Padre, 2008, Baladas, 2007.  

Ha editado numerosas traducciones de autores griegos y latinos, entre ellos Los versos aureos de Pitágoras, el Poema sobre la naturaleza de Parménides, los Cármenes de Catullo, los Cantos espirituales de Ildegarda di Bingen y además las antologías de los Líricos griegos y de los Poetas latinos.

Como crítico, ha dedicado su atención sobre todo a Giovanni Verga y a Giacomo Leopardi.

ANA MARÍA PINEDO LÓPEZ nació en Madrid en 1953, donde reside. Licenciada en Linguistica por la Universidad Autonoma de Madrid, ha publicado una antología de versos, Anhaikus, 2009, y ha traducido una antología de Cantos de Leopardi, otra de poesías de Pascoli, además de poesías y prosas de diversos escritores italianos.