Les ofrecemos una selección de poemas del reconocido poeta y diplomático ecuatoriano Antonio Preciado.

Antonio Preciado

Cándida y la metáfora

CÁNDIDA Y LA METÁFORA

Ella nunca llegó a decírselo,

pero en secreto se lo reprochaba.

Y en realidad no era que el poeta

pretendía enlodarla con aquella metáfora

que aunque siempre, al oído,

casi se la rezaba,

ella,

de cualquier modo,

con todo el cuerpo la malentendía.

Ella nunca lo supo,

pero si ese poeta

le susurraba que se parecía

a la tierra mojada,

era por los poderes que emanaban

las colinas,

los surcos,

sus vigores agrestes,

su cálida humedad.

Eran las levaduras primordiales,

eran las eclosiones prodigadas,

eran los dones que desparramaba;

era que desde el fondo provenía

y desde el mismo fondo se entregaba,

y era que en los instantes jubilosos

la misma tierra se desenterraba

y, justo a flor de ella,

la tierra, palpitando, se tendía,

y era que era la tierra en que el poeta

su más feliz metáfora plantaba.

Ella no lo sabía,

y así nunca entendió

qué admirable prodigio le brotaba

ni el verdadero aroma que esparcía,

pero, aun sin entenderlo,

ella era tierra,

era que a sol y sombra él la sembraba,

era que con sudores la regaba,

y era cierto que ella

¡florecía!

MOMENTO

Cuando uno se impone

la riesgosa costumbre de palparse por dentro

para saberse, en lo más vivo, cierto,

y mantenerse a diario al tanto de quién es,

suele tener, de golpe,

la estallante alegría de sentir

todos sus corazones anteriores

en una larga fila

todavía palpitando;

pero en esa cerrada indagación

a veces, sin remedio,

va a dar con el horrible vacío de un instante

que se demora todo lo vivido,

y es cuando le parece

que en algún intersticio de su ser

durante esa fugaz perpetuidad,

de repente uno mismo,

íngrimo,

por dentro,

no logra hallarse con sus propias manos.

Justo en este momento,

lo que tengo en los dedos

es este desconcierto de saber

que mientras hoy en realidad existo

como que se me esfuma algo lejano,

que mientras inaugura

sus transparencias este nuevo día,

algo así como un súbito jamás

me duele de algún modo en el pasado.

Al tacto es algo oscuro

y como si así a oscuras de pronto abandonara

un recodo recóndito de mí

desde donde hace tiempo me hubieran desterrado,

como un fresco borrón

en duraciones ininterrumpidas

o, con mayor exactitud,

como que algún abuelo inmemorial,

de siempre,

en mí mismo y ahora

me estuviera olvidando.

TRANSMUTACIÓN

¡Qué cosa!,

la boca de Louis Armstrong

casi no es conocida como boca,

sino como trompeta.

PALMERAS

Por allá por el norte,

creo que por Tacusa,

al lado de un peñón donde el mar se hacía trizas,

a pocos pasos de mis nueve años,

había dos palmeras abrazadas

en una imperturbable semejanza,

frotándose a su antojo al aire libre.

Alto sugerimiento rondando la caricia,

amor con largas hojas,

ganas verdes,

sabia estrechez de las dos savias

desde el fondo bien juntas,

bien plantadas,

nítidas contra el mar

y contra el cielo.

Y qué palmario el reverdecimiento

que, por entre otros ímpetus

y olvidos/ de este largo después,

hoy acogolla

su salvaje atadura en mi memoria,

gozosa obstinación

que creció antes que yo

y aún en mí persiste.

Vamos, amor,

juntémonos,

aferrémonos,

¡puede ser que de pronto

empiecen a crecernos las raíces!

LOS QUIÑÓNEZ, SU CASA Y YO

Los Quiñónez vivían en la esquina del barrio,

muy cerca de nosotros,

más o menos a un grito de mi abuela,

que es lo mismo decir a tres o cuatro vuelos

de las incandescentes mariposas

que caían del sol

o les crecían a los matorrales de bledos en las calles.

Tenían una casa de hacía unos cuantos árboles

que, amartelada y hasta con el mismo apellido,

también vivía con ellos,

y año tras año

la repintaban de un color inmenso,

muchísimo más grande que la casa.

Después de tanto tiempo,

ahora ya no están;

mas parece verdad que el tiempo vuela

y que todos han muerto

tan solo de la noche a la mañana,

como si fuera de una sola muerte,

y de esa misma muerte

se haya muerto la casa.

CUANDO NO ERA MI BOCA TODAVÍA

De todo el tiempo que no estuve en mí,

no pudo quedar dicha

ni una sola palabra;

y hoy ya no acierto a dar con quien no fui,

sin una voz, por dentro conocida,

que me oriente buscando la salida

para desovillarme hasta la nada.

Ahora estoy en mí,

y sin embargo,

afondado en mi ser

todavía rebusco

aquel entonces en que sólo era

algo como el revés de una inmensa nostalgia

por lo que yo después, al fin, sería,

al hallarme olvidado

en la anticipación de todos los olvidos,

desmemoria infinita,

inexistencia,

callado devenir de nadie en nadie,

ineludible espera

en una identidad deshabitada,

errante contingencia

de que talvez un día

mi padre con mi madre

justo en mí se encontraran.

Trasanteantonio,

lejura,

soledoso vacío de mi voz,

tanto tiempo esperando a que yo fuera cierto,

tenaz fidelidad con que, doliéndome,

la que no era mi boca todavía,

desde la eternidad, a oscuras me seguía

por el más prolongado de todos mis silencios.