Escritor y académico mexicano, Víctor Toledo narra la vida y la obra de los poetas José Pascual Buxó y Roberto Fernández Retamar, cuyos decesos acaecieron recientemente.

El eco de Epidaurus: la poesía vence a la muerte

Víctor Toledo

Han muerto, con un día de diferencia, dos poetas importantes que marcaron (para bien o para mal) a mi generación: José Pascual Buxó (San Felíu de Guixols, Gerona, España, 12 de febrero de 1931 – Ciudad de México 19 de julio de 2019) y Roberto Fernández Retamar (La Habana, 9 de junio de 1930 – La Habana, 20 de julio de 2019).

        El primero fue mi querido maestro en la UNAM en los años 80 y compañero en la fundación de la Maestría en Literatura Mexicana de la BUAP, hace más de 20. Influyó en nuestras generaciones poéticas sobre todo como gran maestro y erudito de la literatura colonial, donde su prestigio se acrecentó por sus estudios sobre Sor Juana, pero además era un excelente poeta, desconocido para la mayoría.

        El segundo fue un poeta importante, notable sobre todo, por ser el poeta oficial del régimen de Fidel Castro y presidente permanente de la Casa de las Américas, la gran institución cultural cubana.

        Los dos miembros de sus respectivas Academias de la Lengua. Nacidos con un año de diferencia así como fallecidos con un día de diferencia, con 88 y 87 años cumplidos, respectivamente. Buxó fue un niño refugiado español, lo que marcó su vida y su obra literaria, un “niño de la guerra” (como Ramón Xirau, Adolfo Sánchez Vazquez y otros muy notables artistas, poetas, filósofos y científicos mexicanos), un niño del exilio que se convirtió en mexicano, gustaba decirme que era Veracruzano. El oro que se llevó España con la Conquista fue devuelto en mucho con esta brillante generación de grandes Maestros mexicanos salvados de la muerte inminente por Lázaro Cárdenas, en la guerra Civil Española.

Fernández Retamar también vivió las épocas turbulentas de la Revolución cubana y el asentamiento fidelista, con su época de esplendor revolucionaria cuando recibían el apoyo de la URSS y el socialismo era una esperanza para el mundo, y su cultura y educación brillaba a pesar de sus contradicciones y disidencias, el Premio Casa de las Américas (de literatura y poesía) era uno de los más prestigiosos internacionales. La historia -y sobre todo la poesía- lo juzgará.

Otro querido maestro mío: Jaime Labastida me pidió presentar su antología en Puebla, publicada por siglo XXI. El ensayo sobre Buxó lo leí en un homenaje poblano en el mismo lugar: Espacio 1900, con poca diferencia de años. Los dos poetas fueron celebrados como ya es tradición anual en Las Jornadas de Poesía.

Con ellos muere toda una época, una era de grandes esperanzas y de enormes hazañas humanas y humanísticas, una época heroica y noble (el siglo XX) que debe volver a resurgir en esta era del vacío y el egoísmo globalizante.

LA POESÍA VENCE A LA MUERTE1 de José Pascual Buxó

La verdadera poesía es el viaje sagrado, el viaje al inframundo, y la vida es justamente ese viaje, una metáfora  del viejo viaje, del viaje eterno, la catábasis-anábasis (forjan el arquetipo de este periplo las grandes obras universales como La Ilíada, La Odisea, La Divina Comedia, La Eneida, El Popol Vuh, etc.). La poesía vence a la muerte.

Al rememorar la vida y obra de mí siempre joven maestro, me confirmo lo anterior y entiendo que este viaje lo ha marcado, nacido en 1931, a los ocho años -debido a la guerra civil española, su padre era combatiente antifranquista- emigró a Francia y de ahí a México, justamente en el buque Mexique, hasta Veracruz.

Se desplegaba el arquetipo del viaje de Ulises2. El combate contra los troyanos, lo lleva al inframundo y el retorno a Ítaca, su tierra, sólo es posible si un descarnado le revela el mapa del regreso. Ahí conversa por vez primera con los muertos: su madre muerta, sus amigos y viejos conocidos y héroes como Aquiles, muertos. Su madre le revela cómo están las cosas en su casa.

Escribo soledad

y escribo patria

y cuento para todos mi fatiga

y levanto tu nombre

– tu extraño nombre, España-

Contra esta soledad donde nada se inicia.

¿Quiénes pueden hacer el viaje al inframundo, al Hades, y regresar vivos? Ciertos dioses (como Hermes dios inventor de la lira y entiendo que de la poesía, Zeus le designa la tarea de comunicar el Axis mundi. Innana, diosa babilonia de la fertilidad, Perséfone, Deméter: deidades del círculo de las estaciones astrales, etc.), algunos héroes (como Perseo y los argonautas), los shamanes que son siempre elegidos (como María Sabina entre nosotros) y, por último, los poetas (Orfeo, Dante, etc.).

El poeta realiza el periplo desde el Apsu, el Océano, el vacío, el hades o la oscuridad, para revelarse en la experiencia dionisíaca y culminar en la iluminación apolínea órfica. De la noche al sol. De la muerte al renacimiento. El viaje de Osiris que se hunde en el abismo del océano (la nada, el vacío genetrix), el viaje de Guilgamesh buscando a su amigo muerto para obtener la primera  revelación escrita del sentido del ser.

Ese cuerpo aventado por el mar a no sé qué desierta y sucia playa

Así el poeta José Pascual Buxó se revela como demiurgo, como escaldo, cuando viaja a través de la Memoria (la madre de las musas) para conversar con su padre ido, para entregarle las palabras que no fueron posibles florecer en este mundo. Materia de la muerte, su poemario más intenso es un auténtica catábasis.

El tema de la muerte es el tema principal de la poesía, pues el amoroso y el erótico están contenidos en éste. El amor busca la resurrección, Eros lucha y copula con Tanatos. Algunos de los poemas al padre de Buxó son dignos de la antología hispanoamericana de la poesía al padre y a la madre, pocos son los poemas al padre en la lírica del español, contados con los dedos, la referencia clásica castellana es Jorge Manrique, que Buxó leyó muy bien, la mexicana el poema sabiniano. No obstante el tono general de Buxó es otro, no es el tono elegiaco epopéyico, heroico de las coplas de Manrique (aunque en ocasiones lo recuerda), ni es el tono que rompe descarnado, abrupto, de Sabines. Es uno tono mesurado, extenso, intenso, como la personalidad de su padre, es un tono profundo y sabio, es un tono dulcísimo de hombre que encaja perfectamente con su poesía, por decirle así,  conversacional hermética.

Buxó no es un poeta, falso, artificial, auténtico poeta, calla cuando no tiene nada que decir, pero cuando lo llama imperiosamente la musa, está mejor preparado que muchos de sus contemporáneos, con la forma bien armada, y la conciencia poética afilada. Sólo el amor:

Blanca y dormida, amor

Sólo una rosa

Abre una llama tenue entre tus labios

y la muerte del padre, sólo el amor, lo han logrado arrebatar para la poesía, sobre todo el viaje dentro del viaje que es la historia de su padre y de su vida, el regreso a la Ítaca sin tiempo, lo han raptado de su profunda concentración semiótica, poética.

El acierto de esta estrofa (magnífico haikú que termina con un endecasílabo) que cierra unos de sus poemas reside en el alto contraste entre la muerte (lo blanco, la diosa blanca, la poesía) y el rojo (la vida, el cobijo del fuego, el eros). Lo frío (el vacío) y lo tibio (el sentido). Además el arquetipo de la rosa gira desplegando el texto en múltiples significantes poéticos.

La poesía es el triunfo contra la muerte, el poeta construye el cosmos dentro del caos, establece un puente sagrado (poético, espiritual) entre lo humano y lo otro.

La nada puede despertar de ese sueño, de ese viaje a la quietud, al abismo del subconsciente convertida en ser, gracias al poder de renacimiento de la poesía, gracias al círculo mágico, encantatorio, el sueño, metáfora de la muerte, la muerte, reflejo del sueño, son contenidos por la vida y su sentido y sentimiento trascendente.

… sentimos un momento la frescura,

El deleite de un verde generoso,

Una profunda tinta de nuestro mar perdido.

Contémplalo ahora sin prisa que limite

Tus ojos deseados y tu lengua abolida,

El crecido esplendor ya solo tuyo,

El único destello donde yace tu desnuda semilla.

Ya en sus primeros poemas se nota la reflexión acerca de la “catástrofe del pensamiento y los valores, el testimonio profundo de la crisis humana”. Ya la muerte de Dios y del yo labran una poética contemporánea.

Su poesía tiene una influencia naturalmente española, heredero de la maestría imaginativa (de imagen) de la generación del 27, pero también mexicana como es el caso de sus diálogos con Rubén Bonifaz Nuño y Octavio Paz.

Para Buxó, la poesía se puede reconocer “cuando ha habido una particular atención del ánimo que se refleja en una gran tensión del lenguaje”.3 “Todo signo lingüístico es un espejo”, por lo tanto el aliento (vital o transcendente) se refleja en este espejo. Su poesía coincide con la de Bonifaz en que es una poesía de la cotidianidad trascendida. Supera el  eje contradictorio entre los alquimistas simbolistas (Mallarmé, Valery, Juan Ramón Jiménez) y la poesía excesivamente coloquial “mis compañeros de generación –y yo- rechazamos una poesía exageradamente comprometida con las adherencias de lo real cotidiano, de lo trivial y no significativo” (la imitación de Neruda). La poética de Buxó busca estar “en el centro de esta otra tensión, por supuesto que está [llena] de experiencias concretas y cotidianas, pero esas presencias están presentadas de manera tal que quede de la experiencia el significado sostenible y no la referencia a lo cotidiano pasajero.”

Desde luego, “El texto poético se instaura como un texto difícil, como un texto hermético […] un texto distinto, que no forma parte de la cotidianidad comunicativa del lenguaje, forma parte de un modo especial de usarlo”.

Bien, tanto Ulises, como el shamán, como el propio Buxó son instruidos para hablar con los muertos:

Escucha un poco, padre

Haste un poco el dormido y escucha como llego

Apenas derrumbando el silencio que amas.

EL ECO DE EPIDAUROS4  de  Roberto Fernández Retamar

Antes que nada me quiero referir a una serie de Sincronicidades que se dan alrededor de la presentación de este libro (una Sincronicidad, grosso modo, es una coincidencia, significativa).

        “Las  coincidencias” –no hay coincidencias absolutas- son las siguientes: En primer lugar, Puebla ha sido un punto de encuentro de lo “nuestro Americano”, de México y Cuba. Lezama Lima (abordado ilustrativamente en esta Antología personal), al visitar la Angelópolis y maravillarse ante las bellas dimensiones grandiosas y perfectas de la catedral vio una especie de destino manifiesto del hombre americano, aquí y en las dimensiones cósmicas de la pirámides de Cholula (el poeta cubano José María Heredia sería uno de los fundadores del romanticismo mexicano, en su estancia en nuestra patria con su gran poema fundacional “En el Teocalli de Cholula”, de 1820, uno de los mejores poemas de esta etapa).

En todo esto decía, para Lezama, estaba la semilla del grandioso futuro del ser americano. Otra iglesia, la de Santo Domingo, donde fue herido de muerte el poeta sevillano del famoso madrigal “ojos claros, serenos”, cobija la capilla del Rosario, una de las obras cúspides del barroco americano, más barroquizado aún por la mano artífice del indio donde fraguó en oro de eternidad sus símbolos y signos del pasado y del futuro, en este recinto que alberga una mareante y reveladora tempestad dorada, se reunieron (quizá) el gran escaldo cubano y el tabasqueño José Carlos Becerra, por lo menos al dialogar sobre el barroco y lo americano.

        El siguiente nudo de esta red metafísica surge de este vórtice: el otro magnífico poeta cubano Eliseo Diego y el autor de esta antología nacieron en el mismo barrio: “A mis diecinueve ocurrió uno de los acontecimientos esenciales de mi vida: aprecio y leí como en un hechizo uno de los libros de poesía más bellos de que hasta hoy tenga noticia: En la calzada de Jesús del Monte. Me parecía mentira que mi barrio pobre y polvoriento hubiera recibido el privilegio de la atención de un poeta mayor, como creía que sólo habían recibido lugares muy ilustres o imaginarios […] Hace algunos años Eliseo y yo vivimos en calles distintas, pero a unos metros uno de otro” (p.343).  En “el gozne” de esas calles hay un parque que tiene entre otras cosas un homenaje a la madre de José Martí.

        Es muy curioso, una Sincronicidad, digna de atención, que hay lugares o calles donde se concentra lo poético, la poesía. En Córdoba, Veracruz, de alrededor de 100 000 habitantes, nacieron, en la misma calle, Jorge Cuesta, Rubén Bonifaz Nuño, Rafael Delgado y Emilio Carballido, entre otros, todos grandes poetas y literatos. Lo mismo sucede en Villahermosa Tabasco, en la calle del malecón, vieron esta luz los poetas Carlos Pellicer, José Gorostiza y José Carlos Becerra también, entre otros grandes. La lluvia proverbial y diluvial, Presencia en Córdoba, La Habana, Villahermosa, es cuna y semillero poderoso de grandes poetas.

         La antología dividida en poemas (versos como prefiere el autor), ensayos y recuerdos (biografía en diálogo vivo con otros personajes como Alfonso Reyes, Ernesto Cardenal, Jorge Luis Borges, Vicente Aleixandre, Alejo Carpentier, José Lezama Lima, Eliseo Diego, Julio Cortázar, Ernesto “el Che” Guevara, etc., presenta en estos diálogos con la tradición y lo mejor de la creación y el pensamiento americano, una de sus vetas más ricas reveladoras e interesantes.

        Neruda, Mistral y Octavio Paz, Martí, Vallejo, Nicolás Guillén, Pellicer entre otros son abordados, con rigor, profundidad, apertura crítica y sobre todo claridad en los ensayos del autor del ensayo fundacional martiano, Calibán (no talibán). Los ensayos situación actual de la poesía Hispanoamérica,  La poesía en los tiempos que corren, El son del vuelo popular, son textos, tejidos de esta red, imprescindibles para una verdadera discusión de la esencia de la poesía y de una poética que no rehúye enfrentar a la política, aunque no lo haga expresamente en este libro. 

        En cuanto a los poemas de esta reunión, el eco de “Epidauros” es el que más me llama, por su resonancia mítica, por el diálogo que establece con las tradiciones y el momento histórico –que es una característica señera en la poesía de Fernández Retamar-, sin caer en el lugar común de la mala poesía política o ideológica, por su factura infalible, por su capacidad de sugerencia, por su sutil ironía (en la tradición de la mejor poesía moderna).

Si tomara la jerga haroldbloodiana, diría apelando al ensayo de este escritor norteamericano, La angustia de las influencias, sobre el cociente revisionista de la askésis (que es uno de los ejercicios esenciales de la vía ascética), diría que aquí, y más en otros versos de Fernández Retamar, hay un vaciamiento del yo, que da lugar a un humor moderno que también describe el vacío y que éste ejercicio es una estrategia para sobrevivir ante la tradición, que al construir el hueco del significado, hace correr por ausencia este hueco del significado. Pero más allá de estos rebuscados trámites burocrático-académicos, de esta nueva escolástica universitaria, quiero considerar más directamente una de las virtudes de la poesía de aquel Roberto que alguna vez retó al mar: la virtud del diálogo, “el que sostiene con sus interlocutores poéticos, literarios, y con la historia que enfrenta en toda su grandeza, luminosidad y crudeza: podemos decir que, en su relación con el mundo, el suyo es un intimismo que se entreabre, que dialoga, para construirse y entenderse a sí mismo. Desde esta perspectiva, su poesía nos habla de él pero también de su pueblo. Una mirada discreta, mesurada. Se diría que va zurciendo sin prisa. La vida misma es la madeja; aguja la mano que palpa y palpita.”

Establece el diálogo con la tradición para perfilar el encuentro con su propia poética, poética que rompe superando el inevitable y asumido círculo político e ideológico, a veces la nostalgia del guerrero, alejado de su patria y del amor por sus obligaciones, nos recuerda a la poesía oriental pero enriquecida con una ironía enigmática (en el conflicto entre lo individual y lo colectivo), el tono conversacional crece en lo elegíaco, su poesía cuida –enfrentando la realidad, con su propia posición de conciencia histórico-política- de no fijar posiciones ideológicas, las supera, por eso es poesía que a veces aflora pequeñas dudas sobre su “verdad desnuda”, su “pequeña” y terrible certeza. Cruda certeza materialista histórica que descree de lo inmortal y trascendente. Su propio agnosticismo y ateísmo es ironizado. Pero estas pequeñas dudas son las que la hacen una escritura humanista: el humanismo a través de lo racional fija un principio de esperanza, en este caso hasta lo racional se vuelve irracional poético, guiño y revelación que toca un sentido mayor del sinsentido.

La fuerza directa evocativa de su poesía –poesía desnuda, precisa, prácticamente sin retórica ni adornos-, a veces influida en lo amoroso por ecos nerudianos, –el amor es la única razón del existir para este poeta- se consagra en “¿Y Fernández?”, poema sobre sus padres, digno de una antología con este tópico. Sus versos, de aliento largo, son el testimonio del sacrificio de una época. “Ezequiel Martínez Estrada”, es otro poema clave, más sólido que el anterior, para entender el pensamiento de este bardo, por su descarnada y bizarra desnudez frente a la vida.

Volviendo a Epidauros: Si se enciende un fósforo en Epidauros,/ El rasgueo se escucha en la primeras filas del teatro,/  En las otras, en las más altas/, En las últimas, donde los hombres parecen posibilidades./ Si se da un golpe en Epidauros,/ Se escucha más arriba, entre los árboles,/ En el aire. Si se canta en Epidauros,/ Lo saben los montes, las  nubes, la bahía;/ Las islas acercan el oído;/ Los otros países se inclinan un poco/ Para oír cantar en Epidauros.// (Entonces, bajando las gradas que escalaban como perros los hexámetros,/ uno piensa: ¿Quién escucha/ Cuando alguien da allá una canción, una llama?).

Este, quizá el mejor poema de Fernández Retamar, perteneciente al que pensamos su mejor poemario Cinco poemas griegos, reeditado lujosamente el año pasado por Casa de las Américas (esta poesía, curiosamente, es de las pocas herederas directas de la poética de Alfonso Reyes, de la profundidad y claridad clásica intelectual del autor de El deslinde, de su poesía mayor y sus lecciones meridianas del clasismo y, concretamente, de “Ifigenia Cruel”), poemas escritos en los años cincuenta –la revolución cubana triunfó en 1959, o sea un poco antes de este régimen-, esta poesía no carente de complejo rigor intelectual y estético fue marginada por una poesía de masas, plana, de “tono conversacional” –como el autor corrige- que en uno de sus mejores momentos el poema sobre sus padres “Fernández” no alcanza la intensidad y el poder evocatorio, poético y mítico de ninguno de los poemas de referencia clásica griega. Así nos recuerda la típica y repetida historia de la relación, lección, del totalitarismo y sus políticas culturales con la personalidad individual del artista –la asuma éste o no- Sostakovich, haciendo piruetas increíbles para poder seguir siendo original dentro del régimen. Jachaturian limitado al nacionalismo después de la revolución. Máximo Gorky, al asumirse como líder e inspector cultural de la revolución rusa dejó muy atrás a sus mejores libros, los que lo enfilaban como el heredero de la mejor narrativa rusa, de Tolstoi, Gógol y Dostoyesky  –después de la perestroika perdió hasta su calle, una de las más importantes de Moscú. De Tvardosky –excelente poeta de tendencia popular protegiendo a Pasternak, desde el poder de la mejor revista literaria soviética, Novi mir, pero limitado a publicar sólo sus traducciones clásicas. Todo esto parece volverlo a recorrer Fernández Retamar en su relación con Lezama Lima, Eliseo Diego, Nicolás Guillén, García Márquez, otros y el mismo y sus diferentes máscaras poéticas).

Regresando a “Epidauros”, ese bello nombre, que evoca poéticamente a Cuba y la épica (quizá es el nombre poético de la isla para él), es el nombre griego de la ciudad y el teatro diseñado por Policleto, tenía un carácter sagrado, desde su culto a Dionisio, el dios del Caos y del vino, hasta el hecho de que –siguiendo la tradición griega- es una arquitectura orgánica, diseñada según el punto de oro y las necesidades del paisaje, del fin y de la funcionalidad de la estructura y del terreno, fue construido aprovechando una hondonada curva y un eco natural, el desnivel del monte Kynortion, coloso de acústica perfecta para 14 000 personas. Arquetipo de la arquitectura clásica, que se abrió, flor del sonido, oído de piedra del helénico mar, caracol del arte, desde el S. IV a.C a 175 kilómetros de Atenas. Así el poema, parte de este grandioso eco inmortal, nos allega el rumor de lo que sucede en la Cuba revolucionaria, en el momento más acústico, poético y esplendente de ésta (Epidauros se descubrió plenamente en 1970), de los poemas memorables del libro destaca por su arquitectura que hace eco, volviéndose otra resonancia, de una hazaña fundacional, donde el arte, la libertad (representada por Dionisio) y la esperanza de goce y felicidad, de placer estético, de misterio, van de la mano, a través de una epopeya que no deja de tener una pregunta irónica y mordaz: ¿”quién escucha/ cuando alguien da allá una canción, una llama?” Y cómo escucha y para qué.

La fuerza sugerente de este poema memorable de la antología, va más allá de cualquier visión histórica o ideológica, tiene la fuerza mítica impulsada por la tradición de la luz prístina e imperecedera del fundamento clásico y se deja oír más allá de nuestra época, impulsada por su contexto histórico pero no atada ni limitada a éste.

Esta importante antología, de uno de los intelectuales más notorios de Nuestra América, nos lleva a través de sus ensayos –por oposición crítica- a proponer una mayor exigencia y ambición, necesitamos una política educativa y cultural que no desconfíe paternalmente –por medio de una alta educación- de la capacidad de las masas y de los individuos para apreciar también el mal llamado arte de elite, pues tanto el arte popular, como el más alto, y el más elitista tienen un papel fundamental en la formación lingüística, filosófica y espiritual de los pueblos. Son parte de la eterna labor de los hombres por superar o enfrentar –y esta es la esencia de la mejor filosofía y poesía alemana y universal, de donde surge la idea de “cambiar el mundo”- la existencia, el drama o la tragedia humana, por alcanzar lo divino, ardiente luminosidad, a través de su profunda sencillez o de su compleja altura intelectual. ¿Por qué no plantear entonces –quizá otra vez- la más honda (con hache y sin ella) y brillante de las revoluciones: la revolución estética, la revolución poética, donde el ideal para todos sea el alcanzar el escalón más alto de la vida humana, el escalón de la revelación poética (obviamente después de subir las otras escalas elementales), el arte más exigente, como rector del destino humano, este no es un nuevo ideal por cierto, los toltecas lo tenían como su religión, la religión –por decirlo así- más lúcida, idealista, revolucionaria y luminosa del planeta. Todos debían buscar – superando la dialéctica entre lo popular y lo elitista, en el arte, la ciencia y la educación- el grado de tolteca (el gran artista, el maestro, el sacerdote) para que a la serpiente (lo terreno) le brotaran las alas y se elevara a lo celeste (el dragón de Quetzalcóatl). Me consta que las revoluciones en la ex URSS y en Cuba, en la educación y en el arte, buscaron –más claramente en sus comienzos- esta superación (con sus grandes aciertos y errores), pero también a costa de una mala interpretación (esquemática) del llamado arte “burgués” según el verdaderamente reaccionario Realismo Socialista, mismo que ya el Che había criticado en El socialismo y el hombre en Cuba. En la antología pasa a ser de élite. En El son de vuelo popular “Crear un arte de calidad que satisfaga a las grandes masas, es empresa grande. Crear uno que satisfaga a las bien o mal llamadas elites intelectuales, es logro menor, aunque logro al cabo [y en dialéctica superior con el otro]. Pero lo que es del todo excepcional es dar con una obra que a la vez llegue realmente a los muchos y a los pocos, a los espectadores ingenuos y  a los más exigentes. Son sólo unos cuantos los que alcanzan esto. En esa exigua familia (entre cuyas cabezas hay una con sombrero de hongo: la de Charles Chaplin), tiene una silla nuestro Nicolás Guillén” (p.125). El arte de la alta cultura, atacado y reprimido sobre todo en sus más grandes poetas, artistas y escritores, retrata la más profunda espiritualidad, dudas y anhelos de su lengua y de su época –herencia, en mayor medida, de las más educadas y mejores mentes- y está llamado a servir – como en lo mejor de la poesía y la ensayística de Fernández Retamar a darle Sentido al sinsentido, a entregar vitalidad eterna y libertad profunda a las revoluciones verdaderas [ojo Señor Presidente]. La más importante labor de Fernández Retamar, como funcionario cultural y político, la que pudiera trascender, la del mejor y más brillante momento del entusiasmo revolucionario, también nos puede enriquecer y aclarar esta tendencia, haciendo sus aportes, que cuando se dan, son magníficos, por cierto.

        Se le considera un latinoamericano múltiple debido a que es español por nacimiento, mexicano por elección y «venezolano por vocación», pues ha radicado en Venezuela impartiendo clases por más de doce años. Su poesía refleja un sentimiento trágico de su infancia debido a sus vivencias de la guerra y del destierro.

  1.          Difusión Cultural, UNAM, 2010. ↩
  2.          Contaba con cinco años de edad cuando inició la Guerra Civil Española, antes de cumplir los ocho años de edad su familia, de ideas republicanas, se exilió a Francia, en donde vivió seis meses. Después se embarcó hacia Veracruz en el vapor Mexique para finalmente establecerse en la Ciudad de México aceptando el asilo político ofrecido por el presidente mexicano Lázaro Cárdenas. Cursó sus estudios primarios y secundarios en el Colegio Madrid y en el Instituto Luis Vives. ↩
  3.          Poética mexicana contemporánea, Víctor Toledo, BUAP, 2000, p.27. (Las otras citas también pertenecen a este libro). ↩
  4.          Antología personal, Roberto Fernández Retamar, Siglo XXI, 2007. ↩