Manuel Illanes, poeta y editor chileno radicado en la Ciudad de México, nos comparte los poemas de su libro Diario de la peste.

Diario de la peste

Manuel Illanes

Bodhisattva

                                        Para Cristóbal Cornejo

                       Árido por la sequía, quemado por el viento tórrido,

                      Jamás hay allí algo verde.

                    ¿Quién me librará de todo lo que hiere,

                     Y quién me salvará de la angustia infernal?

                     Salmo maniqueo

Agua consagrada y óleo

sobre la frente del frágil Bodhisattva,

la penumbra de la iglesia en la madurez de la tarde.

Las ovejas responden al llamado del pastor

que invoca desde el púlpito el poder del alfa y el omega

y lo blande como espada sofocante.

El llanto de los niños es incienso

que se quema en el altar del dios mudo.

Frágil, inocente Bodhisattva,

que los vientos del arenal te sean propicios,

que la orquídea de fieltro que tu madre

cuelga de tu frente morena

sea el amuleto que apacigüe la furia

del sol todopoderoso.

El gesto del Amor, superior

a la amenaza de cualquier espada herrumbrosa,

fértil como el abrirse de una rosa

que se deshoja para llenar de vida

la sequedad de nuestras vidas.

Exilios I

Recuerdo su torso afilado

emergiendo del marco de la ventana,

como un árbol que extendiera sus ramas

hacia el  fulgor del día.

Un cigarro -imaginario o no-

colgando de sus labios apretados

y la mano que borra de la página del aire

la escritura del humo y sus caprichosas volutas.

Sílabas del Caribe liadas con carcajadas,

la voz gruesa del acompañante se alza

en la habitación que no alcanzo a vislumbrar.

Pectorales de azabache acariciados

por la brisa primaveral, sabiduría del hambre.

Carajo, ya no queda plata para el arriendo.

La blancura de los dientes, cascada en la noche del rostro.

La mano tantea en la hondura del bolsillo.

Puto jefe, todo por un revolcón con esa hembra.

En los confines del mundo un Santiago espectral,

meados y grafitis derritiéndose

como puñales de lluvia en los muros.

Recuerdo ese torso siempre listo para el baile,

su caminar de Pedro Navaja por el cité.

Los domingos un envío a la desconsolada,

semillas para los pichones que apenas aletean

bajo el tórrido sol del Ecuador.

Remembranzas de mujeres, licores intensos.

Por ahora, dinero para cerveza y las putas de Plaza Almagro.

Recuerdo sus manos de cargador

saliendo del marco de la ventana,

un cigarro -completamente imaginario-

colgando de sus labios.

Porque la poesía

no es sino el fraseo del vértigo

que se tartamudea en la soledad

de habitaciones baratas, vastos exilios,

titilaciones lejanas de una Ítaca tropical.

Sura del siervo que invoca la venida

Para Alexis Castillo

Una visita a los laberintos desérticos

en que Mahoma, alfanje de Alá,

alcanzó la iluminación:

escaleras arriba suben

horda de vándalos cargada de cervezas

& con aliento entrecortado.

El Corán de los escépticos bajo el brazo,

durante largas peregrinaciones

sometidos al látigo del siroco destemplado,

barbas crecidas de masturbadores impenitentes.

Una visita a los dominios de Alexis C:

atravesar zonas de silencio,

impolutas zonas de un silencio teñido de azul,

pesado como manija de puerta rota,

cada puerta sellada por un candado brillante,

ártico, soberano gesto de la Peste.

El monarca de la habitación ronca

bajo un pequeño ojo de buey,

capitán de un trirreme encallado,

y el caos de la ciudad se filtra 

en la nicotina de sus sueños turbulentos.

Respiración entrecortada,

mística entrecortada,

las verdades del Altísimo

son elusivas en cuevas tan profundas,

                                       cubículo de 2×3.

Libros, tabaco, pastillas para dormir:

modesto tesoro del anacoreta,

pensamientos erizados

como constelación de nébulas

en esa pintura de Pollock

que nuestro Padre Azar salpica

sobre el torso quebrado de lo real.

Lo que llamamos mundo

es la dispersión misteriosa

de toda materia en el tiempo,

el desconcierto que provoca un apagón

en esta ciudad de la edad del vértigo

donde los hombres corren aún

detrás del oro y el pan,

un milagro & una ofuscación.

Lo que llamamos mundo

es la soledad invencible

de los cubículos en que habitamos,

las cervezas que se comparten

entre canciones de Calamaro y los Stones,

las suras elevadas

invocando la venida del apocalipsis,

el fin de tanta confusión,

tanto caos,

tantas desapariciones.

Consistorial

¿Y qué de los días de Consistorial?

Arena en la cara y los zapatos, estrellas

rabiosas, el cumpleaños nº 24 de la locura

celebrado entre los ajetreos de un mar fiero,

el ulular destemplado del viento sobre la terraza

y las sinuosas heridas en el cráneo

de la conciencia que provoca el machetazo

de un Mitjans y un Martini coaligados para el asalto.

Asombro por la lenta combustión de un lucero

en el firmamento, aerolito desbocado

que se niega a devenir ceniza, y en su resistencia

ilumina nuestras retinas como los faros

de un Impala que arranca conduciendo

a tres argonautas y una puta al magno desierto.

Suave almohadón de las dunas, territorio de insectos.

La voz de MickJagger repitiendo,

una y otra vez, que el amor

es como una música que viene y se va.

Lecturas de poemas al borde del océano

o cerca de una piscina transformada

en reflejo del ocaso: crónica

de Teillier forastero, Aragon

y su licantropía contemporánea,

la explosión de lava e imprecaciones,

de argot y fuego que es Mario Santiago.

El fantasma de Arturo Belano paseándose

por los pasillos y nuestros sueños.

Y desde el mascarón de proa de un alto

risco contemplar la eternidad

del mar replegarse sobre sí misma,

arrobados, como si se exhibiera

ante nuestros ojos un documental

del Génesis y el Apocalipsis reunidos.

Cofradía de cátaros, decididos

a descifrar los jeroglíficos que la blancura

inscribió con afilado punzón sobre las cosas,

decididos a establecer su campamento

en el prado de una habitación muy pronto

arrasada hasta sus últimas raíces.

¿Y qué de los días de Consistorial?

¿Disueltos en la neblina de la vida

postmoderna como transeúntes

que se pierden tras el recodo

de las calles? ¿Boyas arrastradas

hacia el Mar de la Paranoia, el Mar

de la Cesantía, el Mar de la Dispersión?

¿Leña para quemar en la gran fogata

de la pedofilia, la prostitución, las argucias

y sofismas con que seduce el poderoso?

No. Estos días son la savia

que sustenta el crecimiento

de los árboles, ahogados

por el invierno, la futura floración

de una primavera todavía lejana.

O los hitos que demarcan la ruta

de un sudoroso y fatigado

atleta en la mitad de su carrera.

En fin, fulgores de sangre

en la noche de la que venimos

y hacia la que vamos.

Instrucciones para reventarle la cabeza a Anubis

Camina al fondo de la casa,

el patio trasero del 3814 de la DesolationRow

-el Culo del Mundo, para los entendidos.

Encontrarás ahí los envases

de algunas cervezas dorándose al sol

como inmóviles lagartijas

que aguardan desde el principio

la llegada del Apocalipsis.

Toma una de ellas, sopésala

en tus manos, acaricia el papel

que la lepra del tiempo descascara

hasta volver ceniza irredenta.

Lava después la botella, seca

el interior, con un embudo pequeño

deja caer en su buche de pájaro

hambriento 200 ml de parafina.

Tu  envase no contiene ya el soma

de los dioses, pero sí fuego suficiente

para quemar las pestañas de Capital.

Agrega a la mezcla 125 ml de aceite

Castrol, que puedes comprar

en alguno de los tantos talleres

que hay en avenida 10 de Julio,

entre prostíbulos clandestinos

y cités repletos de migrantes.

Pon ahora en el pico del iracundo

pájaro un pañuelo empapado

de bencina, agita el envase,

tensa tus músculos y luego

de encender su plumaje

arroja tu rabia lejos, lejos.

Si tienes suerte la cabeza

de Anubis reventará hecha pedazos;

pero tarde o temprano ha de surgir

del vacío sangrante, del vacío

inmaculado que provocó

ese relámpago una nueva testa.

Maldice entonces la omnipotencia

del chacal, pero recuerda:

este gesto se ha repetido

una y otra y otra vez,  

y ha de perpetuarse hasta

que la noche se desplome

como una vieja iglesia

sobre nuestros huesos cansados.

Blackout 

                                   A veces, no obstante, hay paz, aunque nunca confianza en ella:

                                        de este modo, este país o sufre la guerra o la teme.

                                                                                                    Ovidio

Si se alzase la vista, si se alzase:

observaríamos una manada de mamuts

desplazarse en las alturas

como por llanuras desaparecidas.

Pero cuándo se levanta la vista

en una ciudad, cuándo vemos más allá

del tablero de gastados alfiles

y peones fatigados una imagen

que no sea un espejo de la nuestra.

Si se alzase la vista, si se alzase:

rascacielos, silos montados

para acoger el grano humano, eclipsados

por el carbón de la repentina oscuridad

con que esta noche de marzo

ha decidido amortajarnos.

Se trata de azorados caballos,

oteando en el vacío que la negrura adoba

con los ollares crispados, humedecidos

por una especie de temor que desciende

como una hélice sobre los cráneos.

Se trata de murmullos y silbidos

a las afueras de los cafés,

la invisible presencia de asaltantes

que no podemos adivinar.

Mientras tanto el arco voltaico

de la Vía Láctea se enciende

por vez primera en la noche del Valle.

Un primer chamán ajusta

cada engranaje del firmamento

& hace vibrar los filamentos

de las constelaciones.

Un segundo chamán resopla

sobre las brasas al rojo

y dispersa el milagro de su brillo

hasta volverlo bruma vegetal,

desnuda neblina que podríamos

contemplar si alzáramos la vista.

Pero los ollares de los caballos

están húmedos: ellos huyen

al interior de gargantas abiertas

entre los rascacielos y el tráfico

sofocado, se internan por pasillos

apenas iluminados.

Jóvenes parejas, ancianos,

farmacéuticos histéricos

de Providencia y el corazón

de Santiago del Nuevo Extremo.

Como una trompeta epiléptica

el swing de los semáforos

marca el tempo de la penumbra

& de la estampida.

Los divinos ángeles son vehículos

de seguridad circulando en busca

de asaltantes imaginarios,

tímidas luces de ventanas

perdidas que hacen aún

más densa la oscuridad.

Detrás de cristales opacados

por el espanto del blackout,

el fantasma del eterno movimiento

nos hace señas y se divierte

entre bicicletas y caminadoras

y las pesas de graneros en ruinas

que simulan gimnasios abandonados.

El negro cauce de la noche

conduce a los transeúntes

en romería hacia la parada

de autobuses.

Disimular el desconcierto

es un arte que se maneja

aquí entre conversaciones

casuales y comentarios fútiles,

pero la leve vibración

de las entonaciones

descubre al dios del miedo,

como a una estatua

agazapada que pierde

sin aviso sus vestiduras.

No somos un país:

somos una extensión

de la noche y el pánico

enterrado que ella libera.

El  aire de Lumpen

El aire de Lumpen, seco, áspero como un gin de tormenta.

Cierro los ojos, apoyo la cabeza sobre la roca más cercana, me acomodo pensando en el día que vendrá: hijos de puta por doquier, noches entibiadas apenas por el chispazo de una imagen pornográfica, atrasos reiterados, el larguísimo camino que conduce a la fosa común.

Mi cráneo se agrieta durante la noche, hordas de diablillos escapan, libertinos en una bacanal de la que sobreviven algunas modestas imágenes arrastradas hacia el olvido por la resaca de la vida diurna.

Delgadas paredes separan mi cubículo, casi se presiente, tras la frontera del tabique, el ronroneo de los estupros y el hipnótico ruido de fondo de televisores mal sintonizados. “Los niveles de vida mejoran diariamente”, proclama Cristo Redentor, pero la noche sigue perteneciendo a los chacales: en las madrugadas más hirvientes del verano el tartamudeo sordo de las balas que cruzan las veredas animan a punks y raperos a danzar sobre el asfalto quebrado de las calles. Manchas de sangre en las encrucijadas, sombríos restos del ritual más antiguo de nuestra naturaleza.

La cuidada intimidad de las habitaciones no existe en el Afuera, la realidad es un teatro oscurecido por vacilaciones, una pared llena de grafitis con olor a orín y sexo presuroso, pienso antes de caer en el abismo del sueño.

Al fondo de cada casa soñada, una cabeza sangrante

Los tiuques sobrevuelan el espacio cercado por las torres de alta tensión, girando en círculos sobre el parque lleno de escombros. Convocados por el aroma de un perro muerto han acudido presurosos a su cita con la tierra. El caracol ciego del azar se ha anticipado a ellos, su estela de pomos rotos y bolsas desborda la avenida manchada por visibles brochazos de vómito, su baba inmunda inscribe una circunferencia infinita en el asfalto quebrado de las calles. Colas de pasta base dispersas por el suelo, de noche fulgurantes ojos de lince que titilan entre una cascada de risas y deseos reprimidos bajo la máscara de improperios, de miradas agresivas.

Muy cerca de la mesa servida para el agasajo, las piscinas de los condominios permanecen vacías y sobre su irisada superficie, en la que flotan los carozos de la estación, se suceden sin pausa los negativos de esa difusa película que proyecta el sol otoñal en los panales modernos.

Ciudad Lumpen es una versión cada vez más refinada del infierno, la cabeza de Anubis destaca como un monolito impalpable en todas las escenas.

Por las ventanas semiabiertas de solitarios departamentos cruzan ancianos obesos escapados de algún cuadro de Lucien Freud, cerdos de piel albina, de hálito humedecido por el desinfectante bucal y los antibióticos.

El horizonte es una mancha borrosa tras la que se esconden como huestes salvajes en un bosque raleado las carnicerías del futuro. Cactus y hortensias envejecen en la orilla de las terrazas, un padre enseña a su hijo por vez primera a tascar el arnés de la ceniza.

Apenas queda oxígeno en el aire de Lumpen, el óxido tiñe el cielo de un esplendor radioactivo, el sabor del gin destilado en las copas de neón.

Los tiuques graznan impacientes, han llegado a tiempo a su cita con la tierra.

El niño tiene ahora el filo de la muerte.

Manuel Illanes nació en Santiago de Chile en 1979. Maestro en Letras Mexicanas por la UNAM. Ha publicado algunos libros de poesía, como Tarot de la carretera (Fuga, Santiago de Chile, 2009), Crónica de Tollan (Piedra de Sol, Santiago, Chile, 2012; La Ratona Cartonera, Cuernavaca, México, 2013), Memorias del inframundo (Mantra Ediciones, Ciudad de México, 2016), Paraíso inc. (Ediciones Ojo de Golondrina, Ciudad de México, 2018) y Diario de la peste (Go Ediciones, Santiago, Chile, 2019). También figuran poemas suyos en las antologías Chile mira a sus poetas (Pfeiffer, Santiago de Chile, 2015) y Residencia temporal: seis poetas chilenos en México (Aldus, Ciudad de México, 2016).