Les presentamos una muestra de la obra del poeta español Rafael Saravia, cuya densa y hermética poesía busca nuevos caminos en los laberintos del silencio y del tiempo.
Transición
Rafael Saravia
Transición
Comprender la insurrección y sus baldosas de mármol,
aplaudir la demora y su vigilancia.
Ser complemento en la parte marginal del sustento.
Todo tránsito supone la permanencia del vocablo incierto.
Se asemeja a la migración del condenado por no fichar su fe.
Somos remanso y no atajo,
nos hacen lentamente amasar el código frutal y su intemperie.
Comprender la quietud y no dejar de aprender.
Ser maíz en tierra de orquídeas.
Pájaros en las alas
En el vuelo se extingue la envidia.
La memoria se contagia de espacio sin finalidad
y la anarquía cobra sentido.
Pero siguen las alas.
Sigue su complacencia de orgasmo y viento.
La matriz del trino crea sus obstáculos,
acumula decencia en esta mundana muestra de infinito.
Los soñadores amontonan barro para el deseo futuro.
Construyen con sus picos la techumbre delicada del olvido.
Hay familia.
Y en su gen no se pierde el vuelo y su penetrante don.
Hay locución.
Tremenda desfachatez del verano y sus pretorianas cigarras.
La envidia ha muerto… pero tiene larva en su perpetuidad.
altazor y la subida de (la) luz
Una brizna cualquiera.
Corre el año treinta y uno y los enseres se vuelven modernidad.
Sin la corporeidad de los levantados no confiaríamos en el calor,
en la prótesis, en la mancha de carbón,
lo que supone en nuestros pantalones la libertad de campana.
Corre el año ochenta y siete y las Páginas de fuego se reivindican,
se apresuran entonces los caciques a cultivar futuro
y la copa de angustia ya sólo necesita de veinte años en barrica de madroño.
Los cormoranes naufragan en el cemento que alicata costas y robledales,
nos untan de sal los labios y lo llaman esperanza.
Fijan el sabor de la desolación tres puntos por encima de la cayena.
Apelan los indeseables al voto transgénico,
queriendo hacernos ver las bondades de los tomates olor cian.
Se tacha en el calendario el quince de mayo del dos mil trece.
Pintan bastos en los mercados internacionales.
La revolución se regala con cada ramillete de franqueza
y el desierto es una inmobiliaria en época de saldos.
Los herederos del juego quieren vender piolets
a los lectores del Manifiesto por un arte revolucionario independiente
y la nieve ya no limpia los fracasos cosidos al pulóver de los embargados.
Una brizna cualquiera.
Pasan las horas cosidas a una adormidera.
En la esquina de la Calle Antonio Gamoneda,
un vendedor de lotería pronostica el cambio:
Le niega la suerte al portavoz del ministerio.
Ese día, los niños de San Ildefonso
confunden las partituras con las de La Internacional.
Tiempo de contar
Con el tiempo se hizo el tiempo.
Fue el tránsito de la quietud lo que formó la revolución,
las horas corriendo de un lugar a otro,
Perseguidas por el orden inaudito de lo pétreo y azul.
Con el tiempo, se hizo medible la esperanza…
La premura se acomodó en el segundo,
el ímpetu en la hora, el cambio en el día,
la razón en los meses venideros,
el poema en cada sentencia futura.
Con el tiempo, el azul y su estirpe fueron pesando.
Siendo menos nube, más torpeza y granizo,
siendo golpe desde arriba día tras día,
hora tras hora, segundo tras segundo que completa la razón.
La gente entonces se hizo plaza.
Se hizo calle y avenida y voz conjunta de cambio.
La gente se hizo amiga del calor
y el tiempo no fue capaz de detener el instante azul.
Con el tiempo, los moradores del estraperlo acusaron el norte,
llevaron las prendas con el esfuerzo de los doblegados,
supieron alojar la sed infinita en sus gaznates.
Ahora, ya sin tiempo, la fe es una hortaliza en promoción.
Los segundos germinan si estorbos,
sin el ramaje absurdo del domador de índices.
Ahora, ya sin tiempo, los olifantes se apean del verbo
y apuran los camaradas dos manos al día en pro del vocablo futuro.
Camino
A David Pérez García
Se me cae la piedra, su discurso de luz,
su puntal y el pastoreo angosto del que guarda inviernos.
Es por tanto una alegría en la frontera.
Es por tanto un rincón de nostalgia y alegría en el porqué diario.
El camino y sus vicisitudes.
La primitiva concesión del peregrino.
Si ves un cordero ensangrentado en la senda, ayúdale.
Se levantará la piedra,
se levantará su discurso de luz.
I
Cuento la historia sin creerme el final dictado.
Ni las cazuelas se llenaron siempre que la voz se alza pidiendo equidad,
ni el nombre avanza con más celeridad hacia la Tercera
que cuando se pronuncia involucrado de lluvia.
Las plazas siguen teniendo fugas;
ellas se aprietan las convocatorias en fechas señaladas
y ansían el amor libre fuera de domingos comerciales.
Los contenedores jamás han vivido una paz tan duradera en época de hambre y [disimulo.
No obstante, la especie evoluciona.
Se sabe esclava de su condición, y eso ya es mucho saber.
En el siglo XXI, apenas un par de décadas después de su inicio,
la vocación de libertad está demodé.
Dos asalariados valen una paga,
un funcionario sacia el doble de amargor por menos de un sobre de sacarina.
La seguridad social es ese lugar donde duele la vida privada
y los enfermos son más subjetivos que en los espacios de Topor.
La justicia es un producto por encima de nuestras posibilidades.
No hay arcén para la disidencia,
no hay alternativa para el que piensa que vivir es un derecho y no una subvención.
Cuento la historia sin intención de creer.
Los bocados de argumento están naciendo ahora. La esperanza viene de hoy.
El síntoma
El síntoma fue el silencio.
Nunca antes se había gritado tanto con tanto silencio.
Las redes estaban llenas y supuraban silencio.
La verdad se oía en cada foto pero el silencio seguía siéndolo todo.
El síntoma también fue el espesor.
Fue cada vez más grande el residuo.
Se apelmazaba en cada conciencia ese helor
que ningún calor humano era capaz de enterrar.
Fue síntoma justificar una línea.
Como lugar divisorio de dos manos que se saben amigas,
de dos países que jamás tuvieron vacío entre ellos,
de dos humanos que nunca supieron cuando dejaron de serlo.
Hubo más líneas que cruzar.
Hubo más límites propuestos para que un pueblo sea fortaleza y no hogar.
Hubo trincheras y se desvanecieron los saludos entre iguales…
Ahora el síntoma es otro.
Comisarios de lo ajeno, Presidentes del ahogo,
Secretarios Internacionales de líneas que amputan carnes e hijos…
Ahora el síntoma es nuestro reflejo.
Nuestra falta de ira y juicio para destruir líneas que no quisimos.
Ahora, sabiendo el síntoma,
sabemos que la enfermedad sigue siendo la misma:
Falta temblor, sustancia de vida, amor por la vida…
Falta más vida que nunca en este espejo que nos devuelve la luz cada mañana.
El síntoma sigue siendo el silencio.
Tu silencio. Nuestro silencio. La vergüenza del reflejo diario.
II
La suficiencia del paisaje, su letanía.
La conquista del rumor austero y su latido agrario.
En los bosques nos soportábamos el llanto
y la tierra aromática nos saturaba la fe.
No era necesario el eco y su fatal significado.
Lo bello apuñalaba el sentido
y la distancia con todo nos hacía medirnos con pulcritud y molestia.
No eran pájaros los que sostenían el pensamiento en mitad de lo inmedible.
No eran felinos los maullidos del roble y su maestría solar.
Eran lágrimas como larvas llenas de vida,
preñadas de conmoción blanda y conciencia urbana,
las que se despedían del tedio y cantaban su flujo
al pánico y su orgánico artificio.
Solo.
Con la muchedumbre plantada y sus alabastros encendidos.
Solo. Con la prisa y su oscuridad. Solo.
Como se nace en mitad de una verdad sin peros.
III
Sienta la mirada y su atropello
la firme realidad del individuo.
Se ha ocultado todo el silencio en mi hogar,
se ha llenado nuestro olfato de una nada bien tejida.
La apetecible conducta del dos.
Su manera de ejecutar resquicios sin aviso.
IV
Yo abro los ojos y dejo de ver la verdad.
Su sonido en seco es más allá del párpado.
Su temblor no rima en las cunetas sin nombre,
su presencia ante la luz es resistencia
y pensamiento lúcido en época de siega mental.
Yo abro los ojos con el miedo
a caer en los agujeros de la parsimonia electoral.
Hay un miedo proclive,
relevante,
un miedo capacitado para el ojo
que acepta el ninguneo visual del consumo atroz.
Yo abro los ojos y acaricio
el terso menosprecio del mercadeo.
He de cerrar la lágrima
para recrear la rabia y su porvenir austero.
He de cerrarlos
para regenerar la esperanza y sus vínculos de fe.
He de comparecer ante los ojos abiertos del mundo
para saber con daño la sangre amable
del que congrega el cambio y su estirpe.
Del que no guarda la emoción y su imagen
para otras retinas de propaganda.
Del que asume el iris fresco
de la mirada disidente.
V
Se acercaba en lo más puro
la alegría vacía de lo mínimo.
Su ulular lleno de tiempo
y sin nada más que las moras y sus estigmas de gula.
Supimos que el sexo
no era contrario a la verdad de todos los invertebrados
que celebran un olor silvestre y cómplice.
Luego escuchamos las olas
en los negrillos que salpican el cielo.
Luego la danza de la edad, su pausa,
su voz quebrada junto al reguero viejo.
Seguía el tiempo ajeno al tiempo.
La luz se deshacía y los perros eran la decencia del mundo.
Dos muchachos negros
beben la sed del mundo junto a dos tibias muchachas.
El valle les pertenece,
la vida se la fuman a sorbos.
Son tan ajenos al sol, tan de su misma estirpe…
Agosto se acaba en este día.
Todo lo importante se cobija en su futuro y nuestra nada.
VI
Hay un afán inquietante en tu curvatura.
Un liviano y permanente hambre
en el anillo visceral de nuestro deseo.
Somos extraños
enamorados de nuestra emoción.
Somos confianza en los puentes checos,
remojo en el paladar amanecido,
zarzas sin remedio en lo incierto de nuestros abatimientos.
Aire.
Capacidad sin disparo.
Algo parecido a la hierba perenne.
Sigues emprendiendo fugas
que me bailan en torno a tu iris.
Sigues siendo mi lloro ahogado,
mi extranjera felicidad,
mi barro bien modelado que construye hogar.
VII
Se acomoda lo audaz en los vestidos de humo.
Todo era caricia,
todo era superficie en el baile diario del tedio.
Sabíamos que ahondar
era convocar el llanto ingrato del esfuerzo.
No era necesaria la pausa.
No se veneraba el silencio ni los espacios vacíos.
Todo era acumulo en la constitución del acto victorioso.
Pero esto era el triunfo.
Su lugar de decoro,
su púlpito era nuestro anhelo banal.
El color no podía decaer en el cónclave de lo prescindible.
Fuimos destello,
jamás conseguimos la luz.
VIII
En la intolerancia del aire encontré la residencia del respiro.
Fueron tus telas,
las muertas de antojo inabarcable,
las que frescas supieron vestir el verano y su ahogo.
Todo fue tormenta.
Lascas duras de enfermedad,
un retoño frágil que todavía el Leteo no ha sabido bañar.
Todo fue soplo contrario, abrazo,
una actitud que pone en entredicho la solemnidad del respiro libre.
Su fuerza sin drama diario.
Su ocupación pertinaz en la fianza de los días plenos.
Fue mi enseñanza la pérdida.
No saber construir sin la terquedad del fracaso,
no renunciar, cómodo, a la vida singular de mi apnea.
La voluntad dejará de ser mi voluntad
para estimar el duelo del indeciso.
Aire para liberar al hombre libre que necesita ser preso.
Aire para ser asfixia.
Rafael Saravia es poeta, editor y fotógrafo. Nació en Málaga en 1978, radica en León. Desde el 2012 ejerce como columnista para el Diario de León. Fundador del Club Cultural Leteo y Ediciones Leteo, en su labor de gestor cultural ha traído a su ciudad a escritores de la talla de Antonio Gamoneda, Gonzalo Rojas, Fernando Arrabal, Martin Amis, Houellebecq, Adonis, Amelie Nothomb, Paul Auster, Enrique Vila-Matas, Ledo Ivo o Juan Gelman además de multitud de jóvenes poetas de varias nacionalidades. Autor de varios libros de poesía.
En el ámbito fotográfico ha desarrollado tres exposiciones individuales “Nos queda la memoria”, en el Varsovia “Ramblas” y “Contrastes” para la Junta de Castilla y León. También otras cuatro colectivas “No tan mayor”, “Arrabalescos”, “Aleteos del camino” y “Estupor y Temblores” ésta última junto a Chema Madoz entre otros.