Diego José, poeta mexicano, cuya obra recientemente fue galardonada con el Premio a la Trayectoria Literaria Margarita Michelena, nos invita dar un paseo por “los silenciosos jardines y los desiertos transparentes”, como caracteriza su camino poético escritor hidalguense Eduardo Islas Coronel.
Los oficios de la transparencia
Diego José
Diego José: Un hombre con alas que camina
Show me the place where the word became a man, canta para la eternidad el poeta canadiense Leonard Cohen. Su voz es áspera y ronca, se percibe revestida de dignidad; ataviada, digamos, como su portador: con un clásico traje oscuro y un sombrero.
Y es precisamente este verso el que Diego José coloca como uno de los epígrafes de su libro Cicatriz del canto (2014), y que sugiere al lector uno de los posibles caminos o claves en las cuales puede leerse este hermoso lamento: Cicatriz del canto como un barco que navega el cauce de la herida, herida que persiste en el poeta como consecuencia de su búsqueda de lo eterno y lo inefable.
Y es precisamente este verso de Cohen el que me interpela y me señala con su dedo admonitorio mientras intento escribir estas líneas para mi Maestro. Me interroga: ¿eres capaz de presentar sin pérdidas la estampa de un poeta y de su obra? Y yo respondo: no es mi propósito presentar en estas líneas al poeta Diego José. No podría hacerlo. No con mis propias palabras. Heidegger plantea en El origen de la obra de arte (1958) lo complicado que resulta asir la cosa en sí misma. Cuánto más difícil ha de volverse esta encomienda cuando de quien se intenta hablar es de un hombre que se encuentra construyendo una obra.
Afortunadamente, puedo servirme de un fragmento de El camino del té (2005) para este propósito. Me parece que esta novela, la primera publicada por Diego José, no debería leerse independientemente de su obra poética. A través de ella, el autor presenta, como si de una sucesión de acuarelas o poemas japoneses se tratase, la historia de Tiam, una sierva hija de esclavos cuya belleza ha cautivado al Hombre, un samurái descendiente de una antigua estirpe de guerreros.
El segundo capítulo Diego José lo dedica a la presentación del Hombre y, al mismo tiempo, me parece que termina elaborando un hermoso mapeo de sí mismo y acaso de su manera de percibir su quehacer poético. Diego José retrata entonces al Hombre, tal vez intuyendo para sí la ruta de un viaje futuro, tal vez contando su propio presente pues, desde que lo conozco, Diego José ha respondido al siguiente inventario:
Se diría que es un hombre moldeado por la tradición. Sus movimientos son estrictamente medidos, se desplaza por los jardines con suma delicadeza y dignidad; difícilmente alguien se atreve a distraerlo; todo el tiempo parece sumergido en profundas meditaciones o en una detenida observación: el objeto que mira adquiere una importancia mayor por la manera en que su ojo lo escruta […] Se diría, por sus apuntes, que posee una natural concepción del arte, un dominio refinado de las formas, donde la sugerencia y el dinamismo de la línea constituyen el verdadero sentido de la profundidad y su estrecha relación con el infinito.
Este ejercicio me recuerda a la tarea a la que entregó su vida Jasper Gwyn, protagonista de la maravillosa novela de Alessandro Baricco, Mr. Gywn (2011). Este hombre es un escritor que de repente tiene ganas de parar, por lo cual un día publica en The Guardian un artículo donde enumera las cincuenta y dos razones por las que jamás volverá a publicar libro alguno. Más tarde se siente llamado a una nueva vocación: escribir retratos de personas.
No busco tampoco en estas líneas alabar la poesía de Diego José y menos aún explicarla. No es necesario. Lo que deseo es asomarme por entre los silenciosos jardines y los desiertos transparentes de estos poemas. Acaso identificar los centros gravitatorios que han persistido en el imaginario del poeta. Y como los cuerpos celestes, estas obsesiones han trazado ya una amplia trayectoria y se han transfigurado durante más de veinticinco años de creación.
El par de versos Hacia ese tiempo me dirijo / como Heráclito vuelve al río / para bañarse por fin en el tiempo, que aparecen en Cantos para esparcir la semilla (2000), encuentran su fiel correspondencia en el poema que clausura el último libro publicado por el poeta, La Herida de Ulises (2017): El oro de los ríos / moja la orilla de las cosas / que están sobre la mesa.
Por mencionar alguna de las obsesiones mencionadas, diré que un tropo que resulta indispensable para comprender la obra del poeta es el del Ángel; más específicamente, el del Hombre Alado que, a semejanza de Ícaro, sufre el arrebato y tiene la soberbia de elevarse buscando desafiar al sol ardiente y que, en las alturas, ve la cera de sus alas derretida.
La caída y la resignación de tener que vivir como un hombre normal —vivir como si nunca se hubiera estado en el Paraíso— es explorada por Diego José en Cantos para esparcir la semilla (2000): Su naturaleza es ligera / yo nunca podría ser un pájaro / Escribo y pienso como un hombre enfermo / a quien le duele la ausencia de alas. El tema se desarrolla, como buceo profundo, en Milonga del Ángel, que es el poema inaugural del poemario Volverás al odio (2003), del cual cito los versos finales: Mira largo y piensa / cómo es posible / viajar en subterráneo, cuando se ha vivido en las alturas.
La reconciliación del poeta con su ser terrestre se gesta durante cerca de diez años hasta que en Cicatriz del canto (2014) el poeta sentencia: —humilla tu vanidad te lo digo / despierta con el día, / trabaja. O bien: Ya no me duele la ausencia de alas / ahora puedo levantarme / y caminar sobre la tierra.
Sin embargo, el cierre de este ciclo —planeta que completa su órbita alrededor del sol—no habría sido posible sin la escritura previa del poemario Los oficios de la transparencia (2007). De este libro maravillan su potencia, su corporeidad y la capacidad del poeta para concentrar la propia experiencia de vida a través del pleno dominio del oficio poético.
Los oficios de la transparencia fue escrito por Diego José mientras recorría el Camino de Santiago de Compostela, por lo cual es, por definición, el libro de un peregrino, de un hombre que se reconcilia, a través del dolor —y a pesar de él—, con el uso de sus pies y de sus piernas.
Queda entonces establecida la dualidad, inseparable para todo aquel que se precie de ser artista: del cielo todo lo sublime y luminoso, y de la tierra el trabajo constante y la disciplina, lo cual ha terminado por formar parte de la esencia de Diego José, que no olvida que más allá de ser un título, la escritura es primero un oficio.
En algún lugar se escucha en la voz de Mick Jagger: Let’s drink to the hard working people / Let’s drink to the lowly of birth / Raise your glass to the good and the evil / Let’s drink to the salt of the earth. Y es precisamente elversículo bíblico Ustedes son la sal y la luz de este mundo, el que adquiere un acento particular cuando es dirigido a los poetas.
Otro Ángel, esta vez de un género diferente, El Angelus Novus que se le anunció a Paul Klee y que inspiró a Walter Benjamin, también se hace presente en la obra de Diego José que escribe: no controlas la llaga por donde Dios se asoma / ni el aletear quebrado del ángel de la historia; tú no controlas nada ni siquiera tus pasos.
Me gusta pensar que este verso es la semilla de un poema de largo aliento llamado Zeitgeist Blues (El espíritu de los tiempos),mismo que fue publicado este año bajo el formato de revista (La Tempestad n° 145, mayo 2019). A través de él, Diego José emprende un viaje por su experiencia vital, a la vez que retrata los acontecimientos históricos que han estremecido al mundo y a nuestro país durante los siglos XX y XXI.
Son muchas más las cosas que quisiera escribir a propósito de mi Maestro. Me limitaré a enunciar unas cuantas.
Que es un hombre que sabe que aquello que le otorga significado a la existencia es la poesía —acaso también una canción de rock n’ roll escuchada en un pequeño bar en Guatemala—. Que su amistad y su consejo me son necesarios y valiosos. Que su poesía ya en sí misma constituye una sección de la biblioteca más querida y personal de muchos de nosotros. Que dirigió durante mucho tiempo, junto a Pablo Mayans, una revista dedicada a la literatura como no se ha visto otra en el Estado de Hidalgo. Que es formidable el calibre de su escritura, y enorme su generosidad para con las letras hidalguenses, especialmente para con las generaciones jóvenes.
Todo esto —y más, mucho más—, lo hacen un digno merecedor del Premio Margarita Michelena que le fue otorgado este año a su trayectoria literaria.
Eduardo Islas Coronel
Milonga del ángel
Me gusta imaginar que sufre,
porque su paso displicente es quebradizo como si cargara
la humedad de un lirio.
Desconozco el sitio donde duerme, la gruta donde acaso se
transforma en fauno envejecido.
Me duele suponer que un ángel desdichado va por las
calles buscando su armazón de cisne.
Y está parado bajo el arco de un portal en ruinas como un
rotobandoneón que tiembla.
Me duele el barrio cuando se prenden las farolas
y veo su figura cabizbaja.
Me gusta imaginar que un día tuvo miembros de caballo
o cerviz y cornamenta taurina.
Que cenizos pájaros nacen con su muerte
y que el eco de su voz seduce a los narcisos.
Me gusta imaginar que sufre,
tan distante,
que nadie se fija que sobrevive mutilado.
Por eso bebe malgastando lo que le queda de cisne
y se jacta del atrevimiento de un día
en la edad en que desafiar al sol fue divertido.
No más los áureos rizos
ni los pálidos lotos de su frente,
está solo, sucio, algo gris,
harto de mirar el falso destello
en el charco del desconsuelo.
Ni siquiera el amor propio podría salvarle.
Mira largo y piensa,
cómo es posible
viajar en subterráneo cuando se ha vivido en las alturas.
Concesiones
Todos tenemos derecho a la memoria
de un amor callado entre sus pliegues,
a entibiar con su luz las habitaciones
más distantes de nuestros abismos;
una grieta, un recoveco en el desván
más íntimo, donde se consume
la intacta flor de lo que no fue posible.
Los oficios de la transparencia
Un verso que golpee como una piedra,
con toda dureza partiéndose;
un verso que duela en los límites de la fatiga,
que siga con dificultad
los pasos de otros versos
en una peregrinación sin rumbo;
un verso que cale los huesos,
que desgarre la voz al repetirlo;
pero eso sí,
un verso que termine en agua.
&
Y me adentro en la página
como quien se posterga en el desierto.
Camino sobre un pellejo de tierra
como por un libro que cifra sus sentidos.
Mis pasos y mi voz,
mis músculos y mis palabras
me llevan por los vastos territorios del silencio.
&
A caminar,
me digo,
hacia la región del silencio
donde yace la piedra original
que florece cuando la sed la invoca
—si es sed lo que tu corazón alberga.
&
Poner a prueba
la sed en cada sílaba;
decir palabras como hambre,
rigor, desgarradura;
permanecer en la tierra
—secándome—
y comprobar cuánto sol resiste la lengua.
&
A caminar,
insisto.
Hacia dentro de mí,
en el horadado surco de mi coraje
donde los pájaros descienden
a robar el gusano de mi corazón.
Estoy abierto a la sed y al hartazgo,
en espera de que un girasol me sobreviva.
&
Bajo,
persigo una palabra;
trasiego su sentido
para clamar por la belleza,
pero los versos me duelen en los músculos;
generan una misma fuerza,
un ardor común,
balbuciente,
donde nada puede decirse.
&
Sin ser hombre de campo has aprendido
el seco ritmo de la estepa,
ya el sol te ofrece
con su mano de piedra
el agua templada del día,
y te abandonas a la música pausada
que tus pasos descubren en la arena,
sin saber a dónde, sin prisa ni cansancio,
como una cosa liviana
que se confunde con el polvo.
La herencia del jardín
Mi padre cultivó un jardín como se inventa un laberinto;
una víspera de pájaros, mientras oropéndolas
se apoderaban de las ramas,
creímos presenciar una pascua fértil en cada hoja.
Un puente pequeño atraviesa los dominios del estanque,
a orillas del tiempo
entre el sauce y la memoria
floreció la Luna bajo los pliegues de un capullo.
Las estaciones cumplieron entonces su ciclo,
no volvió al estanque el negror del cuervo en la primera lluvia.
Mi padre inventó en un día de abril su peculiar invierno;
no lo detuvo ese puente colgante que lleva a la nada,
no los botones de la camelia agostados en la tierra.
Ciñó a su frente la tiara de los cortadores de rosas,
se calzó las sandalias de los plantadores orientales,
fue hacia dentro del follaje como las estatuas de polvo.
La herida de Ulises
El oro de los ríos
moja la orilla de las cosas
que están sobre la mesa:
el corcho abandonado
a la melancolía de su aroma,
trozos de pan,
restos de vino
en la comisura del tiempo.
¡Qué joven se mantuvo la mañana
contra el acecho de los años!
El oro de los ríos
me devuelve la conjetura
de tus párpados que se cierran,
entre las tempranas arrugas
que te ofrendó
la vuelta de la Luna
con su incierto cincel
y su espejo de mármol.
Ahora que te observo
y que tu sonrisa convoca
los racimos agraces de otra edad,
agradezco a los hombres
—tiernos o adultos—
que dieron a tu cuerpo
la urgencia del verano,
para que al reunirte conmigo,
ambos tuviéramos
la pericia, la lentitud
y la ocasión de entregarnos.
No volverá la tarde en que ofreciste
a mi aliento el asombro de tu piel;
mira mi cuerpo, ya no es joven,
pero quiere ser bello para ti,
sumergirse en el oro de los años,
donde aguarda la muchacha que fuiste
al hombre fragmentado que te amó.