Hace apenas un mes (29 de nov. 2019) que el poeta Alexis Gómez Rosa abandonó este mundo. Se fue antes de ver publicados estos poemas que envió a La Otra, a la que tanto quería y con la que solía pasar meses enteros en compañía de sus lectores. Era un asiduo colaborador de esta publicación y es uno de los poetas que figuran en el tercer volumen de entrevistas «Voz que madura», de José Ángel Leyva. Allí se refleja su sentido del humor y su pasión por la poesía, por el buen vestir caribe, donde se escribe como se vive.

Alexis Gómez-Rosa

Poemas

Mala costumbre

De mi casa, a la guarida mortal del prestamista,

llevo sumados 874 pasos.

                                     Pocos pasos, sin lugar a dudas 

para empeñar mi subjetividad, que algunos ilusos 

consideran belleza, 

                                   y otros, con los pies en la tierra, 

sitúan en los melódicos predios 

de Narciso: 

                      único atributo para vergüenza dejar

a un lado, convertida la burla en corbata 

de mi desvarío.

             Por supuesto que nada de lo anteriormente 

dicho tiene nada que ver con ese sujeto que bien 

tipificara Ezra Pound

                                 en su tratado sobre la usura.

Se llama no importa el nombre se debe hallar 

en una ficha policial donde cohabitan

mansos y cimarrones: 

                          el tíguere gallo y el tíguere pantera, 

juntos al manso becerro que se mama su teta

y aquella del que duerme.

Lo conocí una mañana de plomo, por pesada, 

no por el gris,

                común a todas las derivaciones invasivas

de ese metal deletéreo.

           Me bastaron dos minutos quince segundos

para penetrar su naturaleza de mucílago 

que lleva pegadas al cuerpo,

                         cientos de moscas epistolares;  

moscas que tan sólo son ojos.

Si buscara un símil en intento de descripción,

diría que es un pithecanthropus,

                                  con armas de persuasión 

de un millón de megatones. 

                                         ¿Y entonces?

¿Por qué hacer ese recorrido

                           a la incertidumbre pautado 

por broncas luces que bestias administran? 

¿Por qué tan largo el vacío en la boca 

del estómago? 

                        Porque son los exhibicionistas 

del músculo que advirtiera Kavafis; 

               con su enorme correr, es su poder,

desafiar la estabilidad del comercio 

es su negocio.

              874 pasos invertí y ahora me regreso 

a casa, más endemoniado y más perdido

que el famoso hijo de Lindbergh.

Septiembre 8 de 2019

Los patinadores

Los patinadores con su velocidad, 

                                       me aceleran la cena

que arrastra postre y sobremesa.

Cruzan veloces frente a mí, 

                                       y de un ojo al otro

se me pierden provocando el remolino 

de lo ausente;

                 porque se mudaron a otros ojos,

a otra constelación de inveterada geometría, 

bajan en trulla los patinadores a exhibir 

sus últimos peinados full color,

                             para borrar el último wao

del paraíso, alante alante,

                            arrollan los inabordables

patinadores recién importados

de un suburbio maligno; cosa es muy cierta.

Un suburbio que parece un hongo,

                                            es un ombligo, 

hecho de cal viva y bahareque como

de mala poesía en madriguera:

               engorda un raterismo de palabras

cariadas: rotos los labios en picada

del narcótico caserío. 

                                 Ya se escucha el celaje,

por ahí vienen en concierto de aguerridos

metales rodando, 

                           van fumando un húmedo

petardo embriagados crean su filigrana

embalados, los patinadores vuelan 

                     sobre los hidrantes y andenes 

frente al puerto, hacen esquina

con la muerte alegre.

                                 La muerte inerte,

porque nunca los sorprende.

Septiembre 10 de 2019

                                  A Julio Cortázar: sordina para un trompetista

La trompeta caída; los ojos en sobre-

vuelo, se derraman en la trompeta.

La trompeta caída en el suelo; los ojos

de serpiente, en el suelo también.

La trompeta en el sueño se ha caído,

los ojos la escuchan en el duelo.

La trompeta, en alto vuelo despierta,

levanta los ojos que la sueñan.

La trompeta se halla en el suelo;

no hay ojos que presten su atención. 

La trompeta se halla en el ruedo;

los ojos de Miles Davis enceguecen.

La trompeta en su óxido callada.

El trompetista hoy quiso

hacer de boxeador.

De segunda mano

Compré un teléfono para matar los domingos.

Un teléfono de timbre amable y portentoso

como para enfrentar un día descolorido porque

así mi tradición lo enmarca: descosido, después

de las doce, descorre la tarde una tanda gloriosa

de melodías que se juegan y enjugan el luto.

Es un teléfono verde, sordo y antiguo más verde

que antiguo, porque en él rebotan las llamadas

que ella me quiere hacer generando feas ideas,

igual que los endemoniados domingos,

en los que religiosamente cumple con la familia;

porque me soltó en banda, mi pana, porque allí

(en mi casa), no tiene nada que hacer.

Debo decirles que mi teléfono antiguo y verde

nunca ha timbrado y no fue (no es) para mí sorpresa,

pues únicamente busca alimentar una ilusión

cortesía de la línea de productos Revlon: toda

la frescura de la naturaleza en tu piel.

Lo compré para engañar mi soledad de un día frío,

de plomo, aunque un sol derrame en pepitas de oro

la esperanza de una llamada que nunca llegará

a iluminar esta casa, dado que ella es una mentira,

un espejismo almibarado en el que bajo a beber

las verdades de su cuento.

A quien nadie esperaba

Abro la puerta

y entra en mí la vida del que pasa,

con su talega de muerte

y su retahíla de resecos dolores

que olvidos almacenan.

Tú me dirías: pues déjala pasar

y todo tranquilo;

pero eso no es tan fácil porque ahora

ese sujeto me invade con su dolor

 de muela y su hepatitis,

 su mujer que dejó en la esquina

arreando las bestias los tablones 

con los que levantar cobijo a su indigencia

y a su problemática prole,

que todo lo persigue y engulle

con deportivo entusiasmo.

Entonces qué me queda más allá

de domeñar el diluvio

que aguarda en mi cabeza

 almacenando un montón de cicatrices?

Bueno, ahora diría:

ahorrarle a la muerte

su trabajo abriendo otra puerta

por donde pase

la vida enamorada de su creación.

Allí me sentaré en ese agujero

que da al patio de algarrobos,

a mirar el corazón

 de los vencidos.

Alexis Gómez Rosa

Autor de poemas emblemáticos de la poesía latinoamericana contemporánea, como Adagio cornuto (2000) y La tregua de los mamíferos (2005), Alexis Gómez Rosa (Santo Domingo, 1950), tiene el mérito de hacer dialogar oriente y occidente en la dinámica de su proceso creador –sorprendente, por su irreverencia–, al inaugurar, en Casa de Teatro (julio de 1977), la primera exposición de poesía concreta en República Dominicana e introducir, con la publicación de High Quality, Ltd, en septiembre de 1985, dos conocidas y antiguas modalidades de escritura japonesa: el haiku y el tanka. Entre una expresión y otra, la obra poética de Alexis Gómez Rosa ha sumado diversos registros escriturales agrupados en El festín: obras completas (2011), que contiene toda su producción desde aquel poema iniciático de 1968, «La palabra vulnerada», publicado en Destello, órgano del grupo cultural «La antorcha», hasta la publicación del conjunto de su obra poética en 2011.
Veamos: Oficio de post-muerte (Williamsburg Printshop, Brooklyn, New York, 1973; segunda edición, Alfa & Omega, Santo Domingo, 1976); Pluróscopo (plaquette de la revista ¡Ahora!, Santo Domingo, 1977); High Quality, Ltd. (Colección «Luna Cabeza Caliente», Santo Domingo, 1985; segunda edición Editorial Gente, Santo Domingo, 2004); Contra la pluma la espuma (contiene: Opio territorio y Cabeza de alquiler, Editora Taller, Santo Domingo, 1990); New York City en tránsito de pie quebrado (Premio de poesía Casa de Teatro 1990; Editora Taller,1993); Si Dios quiere y otros versos por encargo (Premio Nacional de Poesía «Salomé Ureña de Henríquez» 1991; Editora Búho, Santo Domingo, 1997; Self Service Poems –Ahora disponible en su versión castellana– (Premio de Poesía «Casa de Teatro» 1996, Editora Taller, Santo Domingo, 1997; segunda edición Editorial Huerga & Fierro, Madrid, 2000); Adagio cornuto (Ediciones Bangó, Santo Domingo, 2000); Lápida circa y otros epitafios de la torre abolida (Editorial Manatí, Santo Domingo, 2004); La tregua de los mamíferos (Secretaría de Estado de Cultura, Santo Domingo, 2005); El festín: (S)obras completas (Editora Amigo del Hogar, Santo Domingo, 2011); Trueno Robado (Editora Gente, Santo Domingo, 2013) y Prosas de un peso welter –147 libras en formato de libro– (Editorial Gente, Santo Domingo, 2014).