Ethel Krauze, reconocida poeta mexicana, nos comparte un fragmento de su nuevo libro Un nombre con olor a almizcle y a gardenias, una búsqueda del nombre “secreto e impronunciable”, “una lamentación en forma de ruegos”, en característica del poeta y crítico Sandro Cohen.
Un nombre con olor a almizcle y a gardenias
Ethel Krauze
Ethel Krauze en busca de Un nombre con olor a almizcle y a gardenia
Sandro Cohen
Hay poetas capaces de pasar toda una vida escribiendo obras maestras sin acercarse, ni por equivocación, al pozo sin fondo del misticismo. ¿O, en lugar de pozo sin fondo, será un camino ascendente y tortuoso que nos llama, nos tienta y atormenta, que nos promete entregar su secreto a la vuelta de la próxima curva solo para conducirnos un poco más hacia dentro, un poco más hacia arriba, hasta que no sabemos hacia dónde es adentro ni hacia dónde es arriba, o si seguimos en exactamente el mismo lugar de donde partimos, o si en verdad partimos alguna vez? Está claro que, con Un nombre con olor a almizcle y a gardenias, Ethel Krauze sí se ha acercado y se ha asomado al abismo.
Desconozco la historia espiritual de Ethel Krauze. Tal vez algún día ella pueda escribirla para que nos cuente acerca de las sirenas que la llamaron, cómo su nave libró los escollos que acechaban tan cerca de la tierra prometida mientras descifraba las vocales y consonantes que emanaban de sus invisibles fuentes. No sé cómo ella ha vivido sus tormentos, pero Un nombre con olor a almizcle y a gardenias es el registro fiel de alguno de sus viajes, haya sido hacia abajo, hacia arriba o alrededor de un solo punto infinitamente pequeño o incomprensiblemente grande, como el álef de Jorge Luis Borges, donde cabe todo o donde no hay nada.
Lo constituyen 61 poemas en verso libre blanco de estrofas irregulares. La cárcel formal de Ethel Krauze en este libro, pues, no está en la construcción métrica o estrófica de sus poemas, pero tampoco en ellas está cifrada su liberación. Es más, la naturaleza libre de esta búsqueda seguramente le resultó aún más desesperante que verse forzada a consignar los detalles de su pesquisa en los cuartetos y tercetos de un conjunto de sonetos, o en las rimas abrazadas de octavas reales, o incluso en los meandros de las silvas que, por más blancas que sean, nos ofrecen siempre el amparo de un heptasílabo firme, o un endecasílabo expansivo como una balsa que se infla mientras se desliza por ríos cuyo destino último desconocemos, más allá de ser, tal vez, alguno de los mares aquellos, llenos de dragones u otros monstruos.
Un nombre con olor a almizcle y a gardenias es una lamentación en forma de ruegos, requerimientos, peticiones, exigencias, los cuales en ocasiones adoptan la forma de una negociación, y en otras adquieren la consistencia de la resignación y la renuncia. A lo largo de este poemario, Ethel Krauze pide que le sea revelado el nombre. En hebreo: haShem.
Entre los judíos observantes, uno de los nombres de Dios, tal vez el más común en el uso cotidiano —no en el litúrgico—, es precisamente haShem. Cuando alguien llega sano y salvo a casa, su madre o esposo exclama: “¡Baruj haShem!”, bendito el Nombre. Si alguien le pregunta a su amigo cómo está, este responderá: “¡Baruj haShem!”, bendito el Nombre, lo que nos quiere indicar que, gracias a Dios, está bien.
¿Pero qué hay en un nombre? O más al grano: ¿qué hay en el nombre de Dios? ¿En el nombre del… Nombre? Dios —en el Tanaj por lo menos, y en todas las escrituras que de él se derivan— posee muchos nombres según el contexto, quién le habla, quien habla de él y por qué. Puede ser el Dios de los Ejércitos o el Dios de la Misericordia, o más simplemente, mi Señor, o con la mayor complicación posible: yud, he, vav, he, el tetragrámaton, el nombre que solo pronunciaba, temblando, el sumo sacerdote en el Día del Perdón. Por eso los judíos observantes ponen los ojos en blanco y menean la cabeza cuando escuchan a los goím decir “Yehová” o “Yaveh”, que según ellos son las pronunciaciones correctas de este nombre sagrado escrito con las cuatro letras antes mencionadas. (Nota que debería ir a pie de página: Goím, en hebreo, significa personas que pertenecen a “las otras naciones”. A pesar de lo que muchos creen, no es un término despectivo. Quienes más recurren a esta pronunciación, entre los goím, son los cristianos evangélicos. Entre los judíos se perdieron no solo los detalles de cómo el sumo sacerdote pronunciaba el tetragrámaton, sino que nadie tiene la menor idea. Este conocimiento se perdió hace siglos. No sé si fue un caso de amnesia colectiva, pero cuando estas cuatro letras aparecen en la liturgia, se pronuncian como Adonái, “mi señor” o “nuestro señor”, según el contexto).
En cada uno de los 61 poemas de Un nombre con olor a almizcle y a gardenias, se le pide a Dios, nunca nombrado, que revele su nombre. Entendemos su verdadero nombre, con el cual se nos abrirían todos los secretos, se nos revelarían limpiamente los misterios, los porqués detrás del sufrimiento, del dolor, del hambre, del vacío, del mal, de todo aquello que nos aqueja a los seres humanos, y probablemente a todos los demás animales sensibles, aunque nunca se lo preguntamos. Y ellos tampoco tienen cómo decirnos fácilmente lo que ellos sienten y necesitan. Al ser humano, pues, la especie más egocéntrica de todas, solo le importan sus dolencias y cómo remediarlas.
Deducimos de estos poemas de Ethel Krauze, entonces, que el nombre, el nombre secreto e impronunciable para nosotros —por lo menos hasta ahora— funge como llave, como una especie de piedra de Rosetta que explique los arcanos mayores, y algunos menores. Con cada siglo que pasa, con cada holocausto que nos quema el alma, con cada injusticia repetida y resentida por más de siete mil millones de seres humanos, se vuelve más urgente el reclamo cuyo eco resuena a todo volumen en estos poemas de Un nombre con olor a almizcle y a gardenias. Por donde abramos el libro sentimos el golpe punzante de los versos que reclaman respuestas, o la única respuesta resumida en una breve serie de letras, sonidos, que intuimos pero que no podemos escuchar, o que escuchamos pero no reconocemos, y que —por ello— permanece como incógnita: huerto cerrado, huerto sellado.
Dos muestras, casi al azar:
30
Te llamamos.
Llámate vena
llámate amanecer
llámate grano de mostaza…
No nos dejes así
errando tras tu nombre,
oliendo los dejos de la noche
con las manos atadas
sin tu nombre,
hablándole a las cosas
como si las cosas lo supieran.
Nómbrate y devolveremos la palabra
resonando
intacta.
41
Tu nombre es arco de piedra,
flecha que se clava
en la lengua.
Lo sabemos.
Por eso, nómbrate
y te escucharemos.
Sin miedo de volvernos sal,
sin miedo de partir el mar en dos,
sin miedo de buscar a tientas
en el umbral de lo imposible
una tierra que jamás veremos.
Lo repito: desconozco la historia espiritual de Ethel Krauze, pero me ha entregado en estos versos un fragmento de su bitácora, su búsqueda de sentido divino detrás de todo aquello que nos envuelve, nos encierra y que también podría ser capaz de liberarnos, si tan solo pudiéramos escuchar el nombre, si supiéramos cómo pronunciarlo, como comprenderlo.
Un nombre con olor a almizcle y a gardenias
(Fragmento)
Ethel Krauze
1
Te pedíamos pan
y sombras veraniegas
de vez en cuándo
para que vinieras.
Nunca tu nombre.
El hechizo bastaba.
2
Pero un hado que se desenterró de golpe
dijo tu nombre
un nombre con olor a almizcle y a gardenias
tan estremecedor
que lo olvidamos.
Hemos perdido la inocencia.
3
Hemos pecado tras tu nombre.
No nos dejes así:
nómbrate piel del aire
o nómbrate milagro.
Porque no eres llave
no eres ventana
ni tu sombra es la oscuridad de fronda bajo el laurel.
4
Nómbrate sal de tierra
nómbrate lecho de agua
Vuélvete suspiro.
Porque abres un ojo
en el huerto de los secretos,
nómbrate,
abre tus piernas de magma
abre tu dulce valva de incendiada roca,
ábrete
y te miraremos.
5
Te miraremos en el cuenco de la mano
y en el vaso de agua
recién reverdecido
lo sabremos
porque el sabor a campo habrá cambiado
estaremos aparejados
con el tiempo que vuelve
se dobla sobre sí
y no termina.
6
Si te nombras lo haremos
no sabremos más de nosotros
ni de olmos viejos partidos por el rayo
ni de luceros hambrientos de azucenas que piensan
recostadas sobre el jarrón.
Haremos de nosotros un sólo nombre
un nombre solo que nos diga por dónde.
7
Ya volteamos las sombras
y las pusimos de cabeza
con el pico alzado,
ya pusimos la cacerola al fuego
atizando el milagro de los peces
y untamos un pobre pan salado con toda nuestra furia
para que reviente en la cesta
como nosotros a la espera.
8
Ya saciamos el hambre de palabras que se escapan
como hormigas delirantes
con su mendrugo bajo el lomo
creyendo que algún día llegarán al paraíso.
Ya deshabitamos el retruécano del verbo conjugado en primera persona
que nos aísla y aprisiona,
por eso somos una misma sombra,
una misma cosa
asomada a su agujero.
9
Ya nos desvanecimos en el oscuro parpadeo
del cuervo que cruzó por nuestra casa
y dejó una nota de advertencia
mientras te buscábamos bajo las piedras de la carretera.
Creímos que habíamos perdido la partida
pero aquí estamos
seguimos como saeta a la deriva
olfateando el blanco
donde clavarte el corazón.
Ethel Kolteniuk Krauze (Ciudad de México) es doctora en Literatura y autora de cuarenta y cuatro obras publicadas en los géneros de novela, cuento, poesía y ensayo. Reconocida, antologada y traducida a diversos idiomas. Su obra Cómo acercarse a la poesía es ya un clásico contemporáneo, en el acervo nacional en Biblioteca de Aula y Salas de Lectura de la Secretaría de Educación Pública de México. En 2016 publica la novela El país de las mandrágoras, bajo el sello Alfaguara, de Penguin Randomhouse y el poema de largo aliento La otra Ilíada, en Ediciones Torremozas, Madrid; en 2018,Un nombre con olor a almizcle y a gardenias, en esta misma editorial, y Doble intención, un libro de cartas con Beatriz Rivas, también en Penguin Randomhouse, entre otros títulos. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores Artísticos del FONCA