El escritor mexicano Luis Ignacio Sáinz reseña el libro Leonel Maciel: El buscador impenitente, (textos de José Ángel Leyva, Raymundo Ernst y Liev Maciel), que retrata a este destacado artista mexicano y contiene una generosa muestra de su obra. El libro fue publicado por La Otra en coedición con el Gobierno del Estado de Guerrero en 2019.

Leonel Maciel: El buscador impenitente

Luis Ignacio Sáinz

La pintura de Leonel Maciel coincide con un rito de vieja estirpe: la devoción sensual a la divinidad de la vida. De allí la erotización inmisericorde de sus composiciones: danza de deseos incandescentes y carnalidades hambrientas; unos y otras solo matizadas por la presencia inalterable del humor que distingue a este anti-profeta con pincel en ristre. Anclada entre los apetitos de sus protagonistas, entes difusos que dudan entre ser imágenes o ser conceptos, la pirotecnia visual del tlacuilo guerrerense (el que escribe pintando o pinta escribiendo), cede a la fusión del espacio con el tiempo, convirtiéndose en triunfo de los emblemas1. Desde el Renacimiento y hasta el Barroco esas formas del conocimiento2maridaban escenas dibujadas con moralejas escritas, orientadas a allanar los escollos que limitaban al creyente en su aprendizaje de las cosas y causas trascendentales. Semejantes episodios de pretensión casi evangelizante, terminarán convirtiéndose en espléndidos cuadros, retazos de la biografía del autor y de su regodeo en el imaginario rural: suma de leyendas, relatos, mitos, sincréticos y surrealistas, que animan al mundo y a sus significados. Cárcamo voraz y delirante de la fábrica de un artista que hereda y enriquece,en su orgullosa calidad de cuentacuentos,la tradición narrativa de su lugar de origen, Soledad de Maciel en Petatlán (“tierra de petates”), Costa Grande de Guerrero, a un tris de Zihuatanejo; con todo y los vestigios del preclásico en Cihuatlán y el Cerro de los Brujos.

        A lo largo de seis décadas, este compositor de aventuras fantásticas ha mantenido a todo lo alto la fuerza de su expresión, variando los timbres, modificando los tonos de sus registros visuales, pero siendo siempre coherente con su intuición de mundo (Weltanschaung), traducida en un prolijo vocabulario sígnico e icónico. Nada importa que su paleta de color sufra cambios, incluso profundos; que sus dispositivos narrativos y descriptivos oscilen entre la saturación cromática y una severidad atmosférica a ratos monocroma y tenebrista; que combine o haga coexistir en su trayectoria acentos figurativos o tentaciones abstractas con brotes hiperrealistas; que la materia misma que soporta las anécdotas evidencie variaciones radicales entre la densidad y la tersura de las texturas, desde el relieve hasta el pulido; que los contenidos e intenciones de sus tramas visuales sean evidentes y objetivantes o enigmáticos y subjetivantes; que los elementos y componentes de sus semiologías resulten costumbristas, glosas caricaturescas, expresionistas, compareciendo  los personajes en soledad o en “bola”, tumultuariamente; que trazos y significados comparezcan y reivindiquen su provincialismo tanto como su cosmopolitismo; que los ambientes generen sonido, incluso ruido, o guarden un silencio sepulcral; que los escenarios de las visualidades se atengan a una bitácora rigurosa del paisaje o que necesiten alterar de raíz las señas de identidad del territorio; mas un larguísimo y extenuante etcétera, dado que la divisa o lema de este creador es el cambio en automático, su actualizaciónpermanente.Leonel Maciel: El buscador impenitente, acertadísimo título para libro tan inteligente como hermoso que rinde cuentas de la epopeya plástica de su autor: un fabulador de tiempo completo que, en la medida que desaprueba la realidad del mundo, se desplaza ufano por los lares donde ocurren Les aventures de Télémaque (1699) del arzobispo de Cambrai, François Fénelon (1651-1715), invistiéndose de su protagonista. Así de crítico, así de extravagante, así de libertario.

        Como si fuera legatario de Bartolomé de las Casas (1474-1566), un sinnúmero de sus obras (al óleo, en acrílico o con acuarela; en tela o sobre papel) exhiben, al grado de privilegiar, una sensualidad sin cortapisas, capaz de documentar los detalles más nimios de la sodomización de ángeles bien dispuestos al efecto (serie Sodoma y Gomorra I-IV, 2001), o una miscelánea de escenas donde campea la lascivia y la avidez de la “pequeña muerte”.

        Veamos lo que refiere quien fuera primero encomendero, después ya arrepentido de la explotación de los indios, poco dados a sobrevivir el rigor del trabajo en las minas, y habiendo tomado los hábitos de fraile dominico, convertido en entusiastagestor del traslado de esclavos negros desde Castilla con licencia del gobernador cardenal Cisneros en sustitución de los naturales3:“Tenían otra diosa los mexicanos y los de sus comarcas, de otra calidad que la ya dicha, de la cual dicen o fingen que una vez se les tornaba culebra, y afirmase por cosa notoria; otras veces se les transfiguraba en una moza muy hermosa y andaba por los mercados enamorándose de los mancebos y provocándolos a su ayuntamiento, el cual cumplido los mataba. Y esto puede ser verdad de historia y que el demonio usase con aquella gente de tantos engaños»4. Este tipo de crónica, providencialista e inquisitorial, seguía atada a las gestas de los Amadises y Esplandanes, y en la creencia en el maligno.

        Como dato curioso tenemos que este “mestizo completo” se ha hecho acreedor a distintos apodos a lo largo de su vida. Uno de ellos Tazol, en alusión al diablo que hace de las suyas a lo largo y ancho de la novela Mulata de tal (1963) de Miguel Ángel Asturias (1899-1974), a la que le dedicó una serie notable de ocho piezas, abriendo con una acuarela y continuando con óleos (1982). Pasado el tiempo su primogénito lo heredó en diminutivo (Tazolín). Esta voz parece ser una variante fonética del náhuatl, aludiendo a esa diosa o venus impúdica, Tlazolteotl5, término neutro, diosa de la pasión y la lujuria, comedora de las cosas sucias, justo las inmundicias del pecado carnal y el adulterio, presumiblemente huasteca por nacimiento, dedicada a “la extirpación de los vicios por medio de la confesión”, si bien hay uno que otro sabio que, al mondar los códices y los documentos, piensa que se debería “reconsiderar su relación con la tierra, la agricultura y la cosecha” 6.

        No deben extrañarnos estas coincidencias, entre un testimonio caligráfico y una recreación en imágenes, puesto que Leonel Maciel es sujeto de vasta cultura, erudito, consumidor y analista de información, empedernido y gozoso, rayando con compulsivo; amén de coleccionista de experiencias por su condición de trotamundos. José Ángel Leyva recupera el relato familiar sobre el significado del apellido paterno que identifica al artista como bibliófilo: “Maciel significa lector de libros”. Destino cumplido con creces en su biografía. Cabría precisar un poquitín y sumar un dato adicional. El nexo con los escritos no consiste en leerlos, sino en venderlos, pues el comercio de impresos queda acotado en la etimología hebrea; por si fuera poco, el negocio no es mundano por naturaleza, sino sagrado, ya que se limita única y exclusivamente a colocar “el Libro de libros”. De modo que tenemos que: «El apellido MACIEL es de origen sefardí. Este apellido posee una raíz hebrea oculta compuesta de dos partes: MAS-EL, donde MAS es un acrónimo Mokher sefarim que en hebreo significa «vendedor de libros». La otra palabra es El que se usa para referir a D’os. El apellido entonces quiere decir: vendedor de libros de D’os o vendedor del Libro (Torah) de D’os” 7.

        Lejos del pietismo y las tentaciones ascéticas o místicas, el pintor surge de la afición familiar por la literatura: la madre, vocera de los clásicos de aventuras, Emilio Salgari, sus 84 novelas más un número indeterminado de cuentos; y del romanticismo de acción, Alejandro Dumas (Los tres mosqueteros, El conde de Montecristo) o Víctor Hugo (Los miserables); mientras el padre, feligrés de la oralidad, era un auténtico rapsoda, lejos del Mediterráneo, asentado en el litoral del Pacífico. En consecuencia, Leonel Maciel nutrió su inteligencia e imaginación con tramas, embrollos y tinglados, construidos y ensamblados por algunos de los más convincentes escritores de historias de suspenso y acción.Quizá por ello, en mucho, se debe a sí mismo; responde a los procesos alegóricos y simbólicosque clona o inventa a partir de su consumo atávico de libros. Es un creador ilustrado, atento al tiempo oportuno en el que mora y existe, condición más extraña de lo que ustedes pudieran imaginar

en su gremio. Ajeno a las ocurrencias, medita a fondo en el montaje de sus cantares de gesta.

        Algo tendrá que ver este flujo de imágenes, sensaciones y misterios en el rasgo oceánico de sus alucinaciones, onirismos y utopías. La literatura en tanto fuerza productiva de lo real y de sus manifestaciones simbólicas. En esa dialógica y añeja amistad con José Ángel Leyva ha confesado: “…el arte es una consecuencia de mi deseo y de mis apetitos, de mis demonios. (…)Parafraseando a Flaubert, mi pintura soy yo”. Tan convulsa e inestable pócima le debe su equilibrio al humor, a la levedad de su posición creativa que ha podido mantenerse ajena al narcisismo de la mayoría de sus colegas, volcándose a la forja de sus viajes de iniciación y apostando por sus afectos: en el amor, la amistad y la vida familiar. En la misma dirección apunta Raymundo Ernst: “Maciel, el eterno enamorado de las formas, el buscador impenitente, el Maestro indiscutido, con esa vehemencia que lo caracteriza, ha sido capaz de encarnar en su obra u hacernos comprender a nosotros, sus humildes espectadores, que –como dijera Ovidio en su Ars Amandi-, también el arte debe guiar al amor”.

        Arte emocional que encalla en el deseo, “jurisdicción del demonio” en opinión de Emil Cioran8, y al toparse allí con una brújula hedonista que regatea la cientificidad de los astros, volviéndose accesorio el rumbo en la navegación, pues será el viaje mismo lo que acapare su significación última: el regreso a los orígenes, la renovación de la tradición, menguando su interés en la hermenéutica del intelectualizar o sofisticar desde fuera de los objetos creados, un sentido posible y reconocible como valioso. Lejos de ello, el quehacer plástico ha dejado de pensar y se encuentra refocilándose –voz carísima a Gonzalo de Berceo en Milagros de Nuestra Señora9– en el baile fértil, lujurioso, con el pincel y la espátula. Y gracias a este ombliguismo desenfrenado, nosotros, mirones apapachados, voyeurs también impenitentes, almas gemelas del “fabricante” de adanes, evas, gólems, entes botánicos, bestiarios enteros y añagazas de mamposterías dignas de hechicerías clásicas,atisbamos el nacimiento de un tropel de figuraciones animadas cuyo dictum se ajusta a gozar la eternidad del instante. Somos testigos de parto tan abundante, ¡quién lo supusiera!

        Por eso el título le viene de perilla al hermoso volumen que repasa con embeleso la imaginería del iconoclasta guerrerense, calificándolo de “El buscador impenitente”, bitácora visual con relevantes y esclarecedores testimonios escritos, que nos ha convocado a este Auditorio Adolfo Best Maugard del Museo Nacional de Arte, antigua sede de la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas. Sueño edilicio de Silvio Contri (1856-1933) que se alzó sobre los vestigios de lo que fuera el Hospital de San Andrés, donde se embalsamara y exhibiera el cadáver de Maximiliano de Habsburgo, tras ser fusilado por sentencia de tribunal competente, antes de que emprendiera su postrer crucero ultramarino; y que, al ser demolido en 1904, cediera el predio al moderno, ecléctico y delirante macizo de cantera, alcázar republicano en cuyo interior el toscano Carlo Coppedé (1868-1952) desplegara las alegorías de los plafones: El Progreso, en el Salón de Recepciones; La Paz en la escalera principal, y Europa transmitiendo su sabiduría a América por el telégrafo, en la oficina telegráfica situada en el costado oriente del conjunto; y que su fachada principal esté coronada y protegida por tres leones, cuyas cabezas representan las virtudes de policía: la vigilancia, la autoridad y la magnanimidad.

        Leonel Maciel vaga de composiciones marcadas por la saturación de figuras con identidad, cachivaches de deshecho y chirimbolos inéditos al vacío espacial, sintético, a punto del minimalismo; transita de la explosión de arcoíris en gavilla o pelotón a la severidad y austeridad cromática, cuasi filo-fotográfica; del más pudibundo y contenido registro anatómico al Kama Sutra costeño a todo lo que da, que nos impone la prudencia de la amonestación “¡sálvese quien pueda!”. Trayectoria del hacedor-compositor anotada al detalle por Liev Maciel Sujovalova, organizando los mega-datos que recolectara para el propósito esclarecedor de un lenguaje icónico que sintetiza con acierto: “El mundo que representa Maciel es un mundo irreal, lleno de personajes reales, palpables (…) espacio sin límites ni leyes de gravedad”. La mezcla heteróclita de objetos y entes que pululan en su abecedario pictórico (gestos, trazos y formas que se desplazan entre los polos de valoración, lo alto y lo bajo, lo vil y lo sublime, lo popular y lo snob), queda subsumida en la noción de omnivoridad artística: 10 relativa a un patrón de consumo caracterizado por integrar gustos estéticos y prácticas culturales amplias y diversas, provenientes de todo el espectro social (clases hegemónicas y clases subordinadas). ¡Que viva la pluralidad! Quedo en deuda con el espíritu libertario del maestro Leonel Maciel.        

111

El dicho de la dueña          fue luego recabdado,

abrieron el sepulcro         apriesa e privado;

vidieron un miraclo          non simple ca doblado,

el uno e el otro,          fue luego bien notado.

112

Isiéli por la boca          una fermosa flor

   de muy grand fermosura,        de muy fresca color;

inchié toda la plaza          de sabrosa olor,

   que non sentién del cuerpo     un punto de pudor.

Manuscrito 93 del Archivo de la Abadía de Santo Domingo de Silos. Véase, Berceo, Gonzalo de: Milagros de Nuestra Señora, edición de Michael Gerli, Madrid, Cátedra, Letras Hispánicas, número 224, 1987, 262 pp. Grafías originales.

  1.  El emblema prototípico se integra de tres elementos: Una figura(pictura, icon, imago, symbolon) o cuerpo. Imagen determinante para que el contenido moral, poético o filosófico que se busca transmitir se fije en la memoria tras descifrarse su sentido. Un título (inscriptio, títulus, motto, lemma) o alma. Sentencia que proporciona una pista para develar el sentido de la imagen, colocada a la cabeza de la imagen o dentro de ella en una filacteria. Un texto (subscriptio, epigramma, declaratio) o definición. Explicación en verso o en prosa que identifica el sentido mostrado en la imagen y condensado en el título. El más afamado ejemplo hispánico es el de Diego de Saavedra Fajardo, quien en el prólogo de sus Empresas políticas, señala al malogrado príncipe heredero Baltasar Carlos: “Propongo a Vuestra Alteza la idea de un Príncipe político cristiano, representada con el buril y con la pluma, para que por los ojos y por los oídos -instrumentos del saber- quede más informado el ánimo de V.A. en la sciencia del reinar y sirvan las figuras de memoria artificiosa”: Idea de un príncipe político cristiano representado en cien empresas (1640), edición preparada por Quintín Aldea Vaquero, Madrid, Editora Nacional, 2 volúmenes, 1976, 963 pp. ↩
  2.  Respecto al deseo de pintar con la palabra, los estudiosos coinciden en establecer su origen en la serie de 99 epigramas latinos, individualizados con un título, de la autoría del jurisconsulto lombardo Andrea Alciato (1492-1550) en su Emblematum liber, obra dedicada a Maximiliano Sforza, duque de Milán; impresa en Augsburgo el año de 1531, en la imprenta de H. Steiner quien decidió agregarles una ilustración a cada uno de ellos para facilitar su comprensión, encomienda cumplida por el grabador Jörg Breuil. Véase, Beatriz Antón: “Andrea Alciato, dux et praeses del género emblemático”, en Ínsula. Revista de Letras y Ciencias Humanas, Madrid, 2016, mayo, p. 18-22. ↩
  3.  Véase, Isacio Pérez Fernández: Cronología documentada de los viajes, estancias y actuaciones de Fray Bartolomé de las Casas, Puerto Rico, Bayamón, Centro de los Caribes, 1984, 1024 pp.; también del mismo autor: Inventario documentado de los escritos de Fray Bartolomé de las Casas, Puerto Rico, Bayamón, Centro de los Caribes, 1981, 928 pp. En la actualidad está publicada en las Obras Completas, Madrid, Editorial Alianza, 14 volúmenes. En particular, Inventario, n.º 11, p. 53-55; y Cronología, p.  238. ↩
  4. Apologética historia sumaria, edición preparada por Juan Pérez de Tudela, Madrid, Biblioteca de Autores Españoles, 1958, p. 422.Todas las ediciones de la Apologética historia sumaria se basan en un único manuscrito: el autógrafo que, con la asignatura A-73, se conserva en los fondos de la Real Academia de la Historia (colección Muñoz), Madrid, España. ↩
  5.  Véase, Luis Pérez Botero: “Caracteres Demológicos en Mulata de Tal”, en Revista Iberoamericana, University Library System, University of Pittsburgh, volumen XXXVIII, número 78, enero-marzo, 1972, p. 117-126. ↩
  6.  Véase, Patrice Giasson: “Tlazolteotl, deidad del abono: Una propuesta”, enEstudios de Cultura Náhuatl, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, México, 2001, volumen 32, p. 135-157. ↩
  7.  Véase, https://www.genealogy.com/forum/surnames/topics/maciel/291/, buscador de Vinicius Maciel Bizetto (Curitiba, Paraná, Brasil). ↩
  8. El aforismo completo reza: “Dès qu’on commence à vouloir, on tombe sous la juridiction du Démon”. (“En cuanto uno empieza a desear, cae bajo la jurisdicción del Demonio”.): E. M. Cioran: Del inconveniente de haber nacido (1973), traducción de Esther Seligson, México, Taurus-Pensamiento, 2019, 2ª reimpresión en México, 219 pp. (p.159). ↩
  9. Milagros profanos, milagros sagrados, ambas intervenciones en los asuntos humanos generan enorme ruido visual, que allí en el desfile de las creaturas y la naturaleza desbordada, además de enseres y bártulos, semovientes varios, que adquieren soplo vital, irrumpe la voluntad divina y la exaltación pagana. Así, con una elegancia proverbial, en el episodio de “El clérigo y la flor”, Gonzalo de Berceo (¿1195?-¿1253-1260?), el primer poeta en lengua castellana con nombre conocido, nos convida la gracia mariana con el cadáver:   ↩
  10.  Peterson, Richard A.: “Understanding audience segmentation: From elite and mass to omnivore and univore”, en Poetics, Journal of Empirical Research on Culture, the Media and the Arts; Elsevier. Empowering Knowledge, volumen 21, número 4, 1992, agosto, p.243-258.  https://www.sciencedirect.com/journal/poetics ↩