Esta es una pequeña muestra de las letras más recientes de la poesía, del ensayo y la narrativa colombianas, que se suma a una cadena de grandes creadoras en nuestras letras, nacidas a partir de la década del cincuenta.

ÍNDICE

1. Presentación. Colombia,
Croquis de un mapa trazado por mujeres.
2. Luz Helena Cordero Villamizar
3. María Tabares
4. María Gómez Lara
5. Carolina Dávila
6. Camila Charry Noriega
7. Tania Ganitsky
8. Paola Cadena Pardo
9. Alejandra Jaramillo Morales.
10. Lina Alonso Castillo
11. María Clemencia Sánchez

Colombia,

Croquis de un mapa trazado por mujeres.

Esta es una pequeña muestra de las letras más recientes de la poesía, del ensayo y la narrativa colombianas, que se suma a una cadena de grandes creadoras en nuestras letras, nacidas a partir de la década del cincuenta.

        Quizá, dando marcha atrás, mirando por un espejo retrovisor, se podría decir que la madre Josefa de Castillo (Tunja, 1671), fue quien bautizó la poesía escrita en nuestros pagos aldeanos con un agua, ciertamente, de la Colonia. Y no me refiero privativamente a las mujeres, pues creo que el español Juan de Castellanos, que también muriera en Tunja, es más notable como cronista en verso, que como poeta.

        Sor Josefa es sin lugar a dudas la gran figura de la Colonia en un feudo aldeano y virreinal. Su admiración por Sor Juana Inés de la Cruz, y cierto influjo suyo se asoman levemente en parte de su escasa obra escrita en una celda de clausura del tunjano Convento de Santa Clara. Allí, en ese austero apartado fue abadesa, sacristana y portera en diferentes épocas, todas ellas signadas por una dureza extrema en condiciones de soledad y de miseria. “Rueda de navajas”, decía la monja clarisa para referirse a sus días y a sus noches.  Algunas veces veía su espejo en llamas y daba cuenta de esos prodigios surreales.  Es muy bella la semblanza que traza sobre la madre Josefa, otra autora de kilates, la olvidada y gran escritora Elisa Mújica.

        A grandes tramos, en la poesía las voces de las mujeres colombianas se pierden, son asordinadas muchas veces bien  por el orbe patriarcal y por épocas del presidio hogareño, algo que empieza solamente a cambiar, a juicio de equivocarme, tal vez hasta los años cincuenta con una figura aledaña al grupo de Mito, Emilia Ayarza, autora entre otros poemas notables de “A Cali ha llegado la muerte”, una estremecedora denuncia de un acto violento ocurrido durante el régimen militar de Gustavo Rojas Pinilla en los años 50.

        Solamente hasta los setentas con la aparición de María Mercedes Carranza, de una generación inxiliada a la que también han llamado de muchas otras  maneras, desde “desencantada” en adelante, parece que hay una voz poderosa que irradiara a mucha de la poesía actual, escrita por hombres y mujeres. Ella hace de la palabra una búsqueda genuina de un mundo asediado por la soledad entre la multitud, por el constante desamor y su colección de heridas, pero también una radiografía de nuestra violencia.

        Creo que después de ella, se desgrana un aluvión de mujeres que se destacan de manera notable en la poesía actual de Colombia. Y que esta es apenas una pequeña esquirla de esa presencia. Dado el carácter de muestra y no de gran antología, he optado, más que como “dictum”, más que como un supuesto canon de un mapa tan diverso, por elegir un puñado de las autoras que más conozco.

        Se complementa este dossier con dos cuentos de Alejandra Jaramillo, catedrática de la Universidad Nacional de Colombia, con una entrevista de María Clemencia Sánchez, otra notable poetisa, a Helena Araújo, autora de “La M de las moscas” y de “Fiesta en Teusaquillo”, lo mismo que de un libro sobre la escritura femenina, “La Sherezada criolla”. De Lina Alonso, (Bogotá, 1994), incluyo para “La Otra” un ensayo sobre Helena Iriarte, educadora de varias generaciones y  especialista en literatura hispanoamericana, autora de “Recuerdas, Juana” y de “El llamado del silencio”.

        Son apenas un puñado de mujeres de palabra de las muchas que hacen inabarcable el tema, son una presencia cada vez más nítida. Ni musas de nadie, ni refugio de sentimentalidades. Solamente musas de sí mismas, sus propias inspiradoras.

Juan Manuel Roca

Luz Helena Cordero Villamizar  

Cuchillo y tabaco

El abuelo afila su cuchillo en las piedras del solar,

mudo y vencido

al cabo de los años

nadie sabe para quién brilla la hoja

con tanto cuidado

con esas manos estropeadas,

las mismas que ungen mis piernas con tabaco

para ahuyentar los zancudos.

Su rencor es un largo gemido

que me abraza.

Algo de su historia lo incomoda

y su presente triste lo ciñe a mi existencia

de gata que maúlla bajo la mesa.

La mañana en que nací

sus manos me recibieron,

las mismas con las que afilaba el cuchillo,

esas que lo llevaron a la cárcel.

El tabaco sellaba su silencio.

La mañana en que murió

su memoria quedó tendida en el patio

y yo estuve allí para recogerla,

sin palabras, sin llanto,

solo con estas manos diminutas

que se ahogaban en las suyas.

El cuchillo afilado con esmero

se hunde implacablemente en el tiempo.

Cotidiana

Pasa una ambulancia en busca de un herido,

da vueltas el sonido rojo

ávido de golpes, de caídas, 

buitre que ruega al cielo su alimento.

Todos nos revisamos el cuerpo

no sea que exista un agujero

y por ahí se nos escapen las ganas de movernos,

de empujar los zapatos.

Alguien ha visto pasar nuestro nombre

en el desfile de los rezos. 

Es posible que ya estemos muertos

y sigamos erguidos como troncos

que engañan a los pájaros.


Postal

Qué cosa es el país te preguntas a veces.

Quizás esa memoria fragmentada que de vez en cuando te asalta

en forma de nombres o de calles perdidas

y no sabes si es el sitio al que regresas ahora

o el lejano lugar a donde llegabas todos los días

fatigada de voces o de asfalto.

Quizá acabas de llegar a tu cuarto

pero tienes el rostro de hace años y no sabes

si detrás de la puerta te espera la sombra de siempre

o es tu madre calentando tantas veces la misma comida

para tu hambre antigua.

El país se te mezcla en la nevera,

hay olores que encuentras aunque vienen de atrás,

pedazos de pan húmedo que vuelve a tus dientes,

el sol a cierta hora sobre cierta maleza

que hace tiempos mandaron arrasar

y sin embargo retoña en tu mirada.

No importa dónde estés

el país se te enrosca en el cuello,

te chilla como un grajo mutilado,

te clava la pena como una uña sangrienta.

Pero te sabes inocente, si existe la inocencia,

si no somos culpables por callar,

por seguir vivos entre este olor que pudre.

A veces el país no existe más que es estas postales

que compro para ti,

en el dejo que tienen las palabras de los amigos.

Allá el país es solo un nombre que te persigue

con un cielo prestado.

Aquí el país sucede, palpita en el estómago.

Luz Helena Cordero Villamizar. Bucaramanga, 1961.  Psicóloga, especialista en Salud Ocupacional, magíster en Literatura, magíster en Fisiología del Sueño y magíster en Prevención y Protección de Riesgos Laborales. Sus poemas han sido traducidos al inglés, al portugués y al alemán, e incluidos en antologías; sus ensayos se han publicado en diversas revistas literarias. Ha sido galardonada con la Mención de Honor del Premio Mundial de Literatura José Martí, San José de Costa Rica, 1997, y con la Primera Mención en el Concurso de Poesía Fernando Mejía Mejía, Manizales, 1992.

María Tabares

Un dibujo

El cielo

se descuaja en gotas diminutas

sobre el asfalto

explota

se expande

dibuja un abismo

al borde de la calle.

En su reflejo

de pie

me observo líquida

también cayendo

cayendo.

Otredad

Observar el paisaje que por años

nos ha acompañado

y desconocerlo.

Tomarse una fotografía.

Desconocer a la mujer que aparece en ella.

Evadir entonces el espejo

y no indagar su bosque.

Buscarse vivo

en lo que no se ve

en lo que ya no existe.

Madre

háblame de ti.

No lo hagas desde este ahora nuestro

de brazos rotos

hazlo desde otro lugar que no sea el áspero camino.

Háblame desde tus manos jóvenes

sin fracturas por causa de mi rostro

desde tu ternura

volcada sobre la grávida luna

cuando no importaba el daño

que se tejía en tu piel.

Háblame de la primera vez que me intuiste

y me miraste

cuando dejé de ser secreto y comenzamos juntas

a caminar por esta tierra.

Háblame de ti    madre    de nosotras

que no recuerdo.

María Tabares. Bogotá, Colombia, 1958. Poeta y narradora egresada de la Escuela de Escritores de México, SOGEM. Premio Nacional de Poesía, Museo Rayo y Ediciones Embalaje (2011). Concurso Nacional de Cuento, Fundación La Cueva, Colombia (2012) Mención de Honor, Premio Nacional de Poesía Ciudad de Bogotá (2013).

        Es co-editora del fanzine La trenza sobre poesía y ensayo escrito por mujeres en Colombia y de la colección Respirando el verano, poesía y literatura, editorial Domingo Atrasado.

María Gómez Lara

Caída

Tampoco nos dieron el agua

Nos dieron apenas el viento

y un poco de lluvia tenue

que la brisa se llevaba

Perdimos

         sin tenerlo

el don del aguacero.

Reflejos

       Igual que la imagen de mi cara en el espejo

       me recuerda cómo me ve la luz

       en mis palabras busco oír el sonido

       de las aguas estancadas.

María Mercedes Carranza

Voy a esconderme

bajo un torrente de palabras estancadas

cubrirme con ellas

sin lugar a pliegues

sin rastro de una ola

una corriente sin cauce

donde no quepa tu nombre

voy a quedarme quieta

para que no me oigas

voy a quedarme sola

sin cara en el espejo

habré olvidado

el camino de las líneas de mi frente

y tendré el agua todavía

para guardar mi sombra

al menos el reverso de una luz.

Tocar matices

                                                Abran al olvido esa luz

        Coral Bracho

me estrello

contra la luz

la sombra la penumbra

con el hombro golpeo matices

de ver

           hasta no verte

ni oír la bruma

ni oler la niebla

que en gris desvanecido no me sigas

todo sea por el tacto

del hueco que aprisiono

para cerrar la herida.

María Gómez Lara. Bogotá, 1989. Su primer libro de poemas publicado en el año 2012 es “Después del horizonte”. Realizó un doctorado de literatura en el Departamento de Lenguas Romances de Harvard. Su segundo libro se titula Contratono, con el cual obtuvo el XXVII Premio Loewe a la creación joven, en España. Los poemas incluidos en esta muestra pertenecen al último libro mencionado.

Carolina Dávila

Afuera alguien levanta el asfalto

Y un buque silva anunciando otra partida

Así es como acaba el mundo

con el silbido constante de un barco que abandona el puerto

con el sonido monótono de la retroexcavadora

Estos son los gemidos de estos días

Alguien va a morir             alguien prepara sus últimas palabras

y se lee en los periódicos que otro acontecimiento

–teóricamente de gran importancia– es inminente

Un estallido                tal vez                 una esperada alocución

Alguien piensa en la tragedia                y el color del asfalto tiñe la

memoria.        Alguien lleva dos minutos sin parpadear

Teme que al cerrar los ojos colapse el mundo           Eso no

importa        ni significa que sea el final                  aunque lo

sea

No se detiene la convulsión que traen las máquinas

y nada impide el temblor del agua

junto a una orilla

que se va quedando sola

Tres días

y

    –En medio del estacionamiento–

el cuerpo del pájaro

intacto

No lo transforma

el desierto             no la llama

ni hay huella como herida abierta

En el lugar de donde vengo

las moscas lo toman todo

fundan su imperio

de malaria y dengue

y la sangre llama a la sangre

No distinguimos vida y podredumbre

por eso la risa y la canción en cada espacio

que era de la rabia o el duelo

Allí nunca un animal

alcanzaría a consumirse desde dentro

nunca el rencor como

músculo calcificado

como hueso que se atora

Acá, el pájaro

en su cama de plumas secas

sin reguero de sangre

sin la última seña

de su pálpito

La dificultad nos emparenta

Estas ganas de insistir

–vencidos–

En prender el fuego después del aguacero

En apilar leña

y raspar la corteza con las uñas

esperando encontrar en el corazón seco

el origen del incendio.

Carolina Dávila. Bogotá, 1982. Es escritora y abogada feminista, magíster en Derechos Humanos y Democratización y tiene un MFA en Escritura Creativa. Ha sido editora de Rio Grande Review y del fanzine La trenza. En el año 2010, ganó el Premio Nacional de Literatura del Ministerio de Cultura. Sus poemas han sido traducidos al árabe, italiano, inglés y portugués.

Camila Charry Noriega

Intento optimista con perros

Cada una de las cosas que pasaron

y de menos estuvo

que el tiempo fuera breve

y uno engordó

y fue la historia un puñado de perros

que uno a uno también engordaron

entre las cosas mías

que siempre han sido un parlamento fumante

sobre lo mismo

y menos mal

porque traían de regreso

del otro lado de la vida

el encargo de lo que resiste.

«Bring the boys back home”

sonaba en el desayuno

el almuerzo

la cena

y era tan cierto como ahora

el desprecio por los hombres que deciden

que otros vayan en su nombre a morir.

Pasaron tantas cosas y uno apenas

vio el destello

o el oscuro rescoldo

quemando la punta de los dedos

al no poder decir algo diferente

y así se repitieron a través de los años

los mismos poemas

y quienes los leyeron decían

–reinvéntate

levanta de entre el lenguaje otras imágenes

más acordes a esta época–

y la época siempre la misma

y uno engorda y engorda

de comida

de impotencia

de aburrimiento

de pensar en el temor enconado

de los otros por mí

porque nunca pude decir otra cosa

ni ser vanguardista

y me quedé girando

bella e inalterable en el mismo espejo

cuando todo siguió pasando

y se esperó

de la poesía

el futuro

aunque no.

Juicio final

Lasciateognesperanza, voich´intrate

Dante

En una obra de Giotto

el demonio devora a un hombre

mientras expulsa a otro por su cloaca.

El fresco es de una belleza espeluznante.

En él está contenido el mundo y su materia.

No representa Giotto a la bestia sino al hombre

descarnadamente hambriento.

El símbolo es sencillo y no requiere explicación:

lo ingerido se coagula, se hace carne y hueso,

se destituye

se engulle de nuevo

se expulsa

se endurece,

es el hombre separando la luz de la tiniebla,

el sueño del residuo.

El artista, desde la luz y el color,

nos obliga a penetrar

cuaja las sustancias,

asombra las retinas del observador

y le devuelve su reflejo

consumido.

Pero eso es solo lo primero;

la fascinación por los signos

más reales a veces que la misma realidad,

empujan en su trazo hacia la reconsideración:

¿qué divina sustancia

sobrevive a la idea de mundo?

El artista lima, hace que los bordes encajen,

limando extrae de ese ensueño que es el bien  

la imagen,

la monstruosidad más verdadera.

El color y la simiente oscuridad sobre la que respira la luz

dictan las formas

y estas son a los ojos el señuelo,

el centro del demonio.

Lo otro,

el destello de maldad frente a algo que se reconoce  

profundamente humano

es lo que se desprecia,

hipócrita.

El mundo    su idea   el verbo  

son el intestino de ese demonio

que sonríe.

En el fresco, de apariencia inmóvil,

está contenida la historia de los hombres.

Tiniebla

Caravaggio degollaba:

su pincel era un cuchillo

que como cuchillo

al fin y al cabo

dividía

desnudaba el pudor

con el que se aprende a ver el cuerpo

íntegro.

A un lado la luz para ver mejor la sangre

estambre de una noche más profunda

y en la oscuridad el rostro iluminado

el gesto estirado del grito

que conserva la estatura

del cuerpo tajado.

Caravaggio amaba los resquicios

como las bestias en el bosque

que en medio de los claros

son todo latido

cuando la presa sopla a lo lejos

y el hambre deja de ser solo deseo.

Camila Charry Noriega. Bogotá, Colombia. Es profesional en Estudios literarios y aspirante a maestra en Estética e Historia del arte, profesora de literatura española y latinoamericana.  Es editora del fanzine  La trenza que aborda la poesía y el ensayo escritos por mujeres en Colombia. Algunos de sus poemas han sido traducidos al inglés, francés, rumano, polaco, portugués, árabe e italiano.  

Tania Ganitsky

DICEN que la última llama

se encenderá

en el océano.

En el vientre de la ballena

que hospeda los mitos olvidados,

en su canto,

que conjura el retorno de los dioses.

Pero yo he escondido

unas cerillas

para amparar las llamas

de la tierra

LOS CABALLOS no iban a vivir

tanto tiempo.

Pero encontraron ofrendas

en el sueño de los muertos.

Allí pastan, beben agua y, a veces,

se acercan a las manos

cubiertas de panela

que brotan como flores dulces

a su alrededor.

Doblan el cuello y reciben la ternura

que también debió extinguirse

hace tiempo.

CUANDO hay mucho silencio

llevo mi caballo a la montaña vacía.

Esperamos el rayo que perfora el tiempo

y lo oigo relinchar.

Tania Ganitsky. Bogotá, 1986. Doctora en Filosofía y Literatura. En el 2009 ganó el Concurso Nacional de Poesía de la Universidad Externado de Colombia y en 2014 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Obra Inédita con su primer libro: dos cuerpos menos (2015). Estuvo entre los 5 finalistas al Premio Nacional De Poesía 2019 otorgado por el Ministerio de Cultura. Actualmente hace parte del equipo editorial de La trenza, un fanzine de poesía, ilustración y ensayo que busca trazar un mapa crítico y estético de la poesía contemporánea escrita por mujeres colombianas. Trabaja como docente de poesía en diversas universidades de Bogotá.

Paola Cadena Pardo

Hierbas salvajes

Yo no quería este respiro ni este hábito de hacer señas

pero los encontré de pronto como quien encuentra un barbero

Escribo tanto que no sé si escribo

¡pobre de mí!

Apenas puedo cartas

y los buzones se me han perdido

y me dicen que no más cartas

y nadie las contesta

y me dicen que no más cartas

y yo sigo escribiendo

como quien busca magnolias en las azucenas…

Yo quisiera, sinceramente, encontrarme tu color

yo quisiera leer mi casa

pintar un policía celestino

hacerte romper las muelas y los aviones

encontrar los míos

Yo quisiera saber quién eres

(y lo presiento)

pero escapas

como se escapa el aplauso en unas manos mutiladas

Aplaudes silencio

Escribes vacíos

Las flores del cerezo

La vejez como un don de la memoria

regala el olvido como el silencio mayor

Olvidar para asomarse en otros ojos

y ver que la muerte es una mosca que no debe matarse

Una mosca que zumba de reojo en los días

y que se anuncia como la sentencia de un sueño

El desconocido de mi vientre se llama hijo

asistirá a mi entierro

pero no entenderá la tierra ni la muerte

no entenderá los años ni los fríos.

Sé cómo se muere cuando es necesario un baile

morir para que estés muriendo libremente

para que seas un hombre vestido de dama

un matrimonio sin cuerpo

que busca a Dios en un monte

Dios se llama Fuji

es un señor tímido que abrió sus ventanas

quiere vernos bailar el paso de su silencio blanco

La danza del Bhuto es un llamado porque todos tenemos una sombra

un dolor y una búsqueda

Perseguir mi sombra

es una forma de bailar

Morir frente a un monte blanco

es una forma de estar vivo

La niña colgó mi nombre en su pecho

y luce mi sombrero como una lágrima

Así se van los ancianos

así los niños aseguran su muerte

su fatiga

su futuro de ya no estar

El amor es algo así como desentender el mundo

La mujer muere para que el hombre

con sus faldas puestas

baile en su ser

A Leonard Cohen

Me dijeron que murió usted una de estas noches,

pero los milagros tienen derecho a morir varias veces,

a multiplicar su partida en pequeños adioses  

que nos dejen a todos

seguros de la presencia

que ya no es.

Por eso lo invito a morir aquí.

Escribo este poema como un funeral,

me dijeron que murió una de estas noches,

pero aquí llegó la noticia sola, sin su ausencia.

Aquí, usted, sigue cantando.

No se preocupe, señor,

puede ser este un funeral discreto,

que piensen todos que su cuerpo se hizo despojo

envuelto en una caja sin música ni voz.

Si quiso morirse, señor, ante el mundo,

yo puedo guardar el secreto de su sangre,

poner sus canciones bajito para que nadie,

nunca,

note este estruendo de su vida muerta.

Escribo, como en vigilia, para expresarle mi quebranto,

este dolor en el pecho de quien extraña un vacío,

esta sensación de que el día, ahora, llueve a medias,

como sin agua suficiente para ser tempestad.

Nadie le dijo, señor, que tenía usted derecho a morirse.

¿Cómo se atrevió, una noche cualquiera,

a dejar su cuerpo frío

y sin voz?

¿Por qué canta esta canción, como si nada,

para después salir corriendo entre su muerte

como quien poco sabe de la luz?

Caso de música y silencio


No sé muy bien cómo se llama esa sombra,
pero supongo que es bailarina

porque se mueve como una ausencia y tiene luz,
eso es:
una ausencia sonora, una penumbra desnuda,
el vaivén de la música como un temblor de Dios,
la sospecha de una escena que sólo existió en mis ojos,
pero existió,

lo juro.

Y vi salir la vida toda desde mi alfombra
como un muerto que se levanta a besar sus flores.

No tengo un cementerio en este cuarto

pero la vida, como un difunto, se puso en pie

y ya no supe yo cómo nombrarla.

Esta mujer desnuda que soy, sobre mi cama,
soledad de un respiro hecho tabaco

y la música, que se hundió en el aire y en la lluvia

para mojarse, para ser canción húmeda y lejana
fue ese el acontecimiento.
Nada más trascendente que una rutina sola,
esas cosas que pasan cuando el mundo se olvida

y la sangre se vuelve líquido trasparente

y los navíos de Dios, que tampoco se llama Dios, colonizan los ojos.

Esas cosas que pasan y que no puedo decir,
no sé cómo se llaman,
nada de esto que escribo se les parece,
es eso, ¡eso que está ahí!
un bombillo apagado, una canción,
una noche sin destino ni convidados,
este fuego en el pecho como una verdad,

algo mío.

Sólo quise decir que la música está en el aire,

como Dios,

que Cohen canta y en su voz
hay un color y un sudor tibio.

Paola Cadena Pardo, Bogotá, Colombia. Su libro de ensayo Corpus autobiográfico de Julio Cortázar y Alejandra Pizarnik: un acercamiento a la experiencia creadora fue publicado recientemente en Argentina por Alción Editora. Tiene un doctorado en literatura latinoamericana y actualmente trabaja como profesora en la universidad College of theHoly Cross, en Massachusetts, Estados Unidos.

Alejandra Jaramillo Morales

Ojo de mosca

                                                                        A Libertad, mi hija.

La mamá que volvió del viaje tiene los ojos brillantes y las manos parecen palomas contando historias que yo nunca podré entender. La veo de reojo, sin querer mirarla. Abre la boca para contarnos las aventuras por allá y yo le veo los dientes y me parece que se agrandan y se achican como si mamá fuera la imagen del espejo ese donde cambio de tamaños. La estábamos esperando en el aeropuerto. Papá le llevó unas rosas rojas y yo un poco más de mi silencio. Hacía días que no pasaba al teléfono cuando la mamá llamaba. Papá se ponía muy triste y me decía que mamá me necesitaba que por favor hablara con ella, entonces yo tomaba el teléfono entre mis manos, lo llevaba a una de mis orejas y en ese momento aparecía ese calor terrible que no me dejaba hablar con ella. Yo sólo oía una voz que me llamaba a lo lejos y que nunca se parecía a la de mamá, soltaba el teléfono y salía a correr. Solo recuerdo una vez que mantuve el auricular junto a la oreja. Me estaba quemando como todas las veces pero esta vez además el aparato ese se me había pegado a la piel y no lo podía quitar. Empecé a saltar, en silencio, y no podía oír a mamá, sólo podía pensar en que ese aparato me quemaba y se había adherido a mi oreja y me la iba a arrancar. No sé porque me acerqué ese día al teléfono si desde el día que nos mandó  las fotos que le tomó el amigo irlandés –algo así dijo papá– yo no quería mandarle palabras, no quería saber nada de esa señora que estaba tan lejos. Ese día ella seguía hablando y yo no entendía nada de lo que decía, me estaría hablando en inglés, me pregunté horas después. Mi pataleta muda creció hasta que papá desesperado –tantos días sólo conmigo lo iban poniendo cada vez más bravucón– me quitó el teléfono y me salvó de las quemaduras. –No quiere hablar– le dijo, –ya te está necesitando demasiado–.

Papá estaba muy emocionado con su regreso. Se empinaba para mirar a través del vidrio si mamá aparecía entre la multitud. Se movía de un lado a otro tratando de colarse entre las personas que aguardaba a otras mamás, pensaba yo. De tanto esperar, me senté al lado de sus pies a jugar con unas figuritas de plástico que me habían regalado en el súper, cuando fuimos a hacer la compra para recibir a mamá. Sin decirme nada, papá se alejó hacia el lugar donde salían los pasajeros. Yo corrí detrás de él y cuando me pareció que venía alguien parecido a la mamá me apreté contra la pierna de papá. Mamá llegó y lo primero que hizo fue apretarse como yo al cuerpo de papá. A ella seguro también la protegía su calor y su respiración cadenciosa. Luego vino a buscarme. –Hija, ven quiero ver qué tan grande y hermosa estás– dijo. Yo me apreté con todas mis fuerzas y no hubo manera de que me soltara de la pierna de papá. Como si papá tuviera una garrapata me llevaron hasta el carro arrastrada y con rabia papá me arrancó de su pierna y me sentó en mi silla del carro. En el camino a casa no miré a la mamá que había llegado.

Unas semanas después de haberse ido para ese viaje tan largo y luego de muchas cartas chiquitas, mamá nos mandó una carta en un sobre muy grande. Hasta ese momento a mí me hacían bien sus cartas, y sus llamadas, todavía no sentía que ella no era ella. Dormía en su puesto en la cama y me parecía que ella estaba siempre allí abrazándome. Pero ese día papá se puso triste. Leyó la carta en voz alta como siempre, subiendo y bajando la voz como si fuera un payaso que no sabe cómo leer una carta. A mí me agarró un ataque de risa y me acuerdo mucho que me encantó cuando la mamá contó que en el zoológico de esa ciudad donde estaba había nacido un tigre blanco, que era chiquito y parecía una magnolia o un trozo de nube arrastrándose por el suelo. Papá, ahora muy serio, pero todavía feliz, me dijo que el tigre con ese color no puede sobrevivir en la selva: sus presas lo verían al moverse y se moriría de inanición por no poder cazar. Entonces papá sacó las fotos. Ahí estaba ella, como una modelo, asomándose a un balcón. En la carta contaba quien había tomado las fotos. Yo las miré y no me llamó la atención nada. Era ella y ya. Pero horas más tarde pasé por el cuarto de papá, estaba hablando por teléfono y lo oí cuando le contaba a alguien: –le sacó una sonrisa que yo nunca le había visto–. Entré al cuarto y le pregunté: –¿quién papá? El me miró sorprendido, no se imaginaba que yo andaba por ahí y respondió: –nada, sólo que la sonrisa de tu mamá en estas fotos no la conocía. Ahí empezó mi miedo. Si papá no la conocía cómo podría conocerla yo, y me fue entrando la sensación de que ella no era ella, que mi mamá, como la abuela muerta, estaba tomada por otro ser y desde ese día pensé que sería mejor que no regresara.

Continué sin mirarla. No sé cuántas horas o días duró mi fuerza. Ella me dejó los regalos en el cuarto y me preparó comida traída de allá lejos. –Quiero que pruebes lo que comía mientras pensaba en ti– dijo. Yo seguía sin mirarla y me comí los alimentos como si fueran tan irreales como me parecía ella misma. Me sentía comiendo aire y si ella se había alimentado de eso debía ser ahora un fantasma. Podía también ser una imagen que papá se había conseguido para que se me pasara la tristeza. De todas maneras no me iba a dejar engañar tan fácil. La primera noche se me metió en la cama. Yo estaba desprevenida pensando en los regalos que no me animaba a abrir cuando entró con una velocidad de mamá de tigre blanco a las cobijas.

–Amaura mírame –dijo.

–No puedo, no sé quién eres– y me tapé completa, con cabeza y todo, con las cobijas. Su cuerpo estaba ahí mismo irradiando calor pero su cara quedó por fuera de ese espacio oscuro donde me refugié de esa verdad que no quería constatar.

–Déjame darte un beso en cada ojo, así se te aclarará todo y verás que soy la misma–. Yo guardé silencio.

Luego empecé a patear las cobijas y a gritar –bruja vete, vete, no quiero verte– y seguí pateando las cobijas y tirándole con mis manos golpes a la mamá hasta que ella se fue del cuarto y tuvo que venir papá a cogerme duro hasta que me calmé.  

El último regalo apareció varios días después. Fue el único que no venía empacado en papeles extravagantes. Era un objeto como una pequeña botella, transparente, que encontré sobre la cama. Le di vueltas. En la base tenía unos vidrios cuadrados pero yo entre más la miraba menos sabía para qué era. Como ya le había empezado a hablar a la mamá. Le grité: –¿Qué es esto?  –Mira por el hueco –respondió ella, tal vez desde el baño o desde la cocina. Fue fantástico, todas las cosas que me rodeaban se multiplicaban a la vez que se hacían pequeños cuadros del mundo. Como si ese ojo me mostrara lo más comprimido posible lo que cada cosa es de verdad. Empecé a dar vueltas buscando apuntarle con mi lente a mis muñecas, al cuadro de los elefantes, a la ventana, y de pronto me encontré con la imagen de mamá multiplicada. Ya no pude dejar de mirarla. Podría haber salido a correr, meterme bajo la cama o en el closet, pero esta vez la quise mirar.

–¿Qué ves?, preguntó ella y yo mientras tanto le veía la boca repetida muchas veces.

–Muchas brujas.

–¿Te gustan?

–Me dan miedo.

–¿Sabes qué es eso?

–No.

–Un ojo de mosca. Así ven las moscas el mundo.

–No entiendo.

Mamá empezó a decir que las moscas ven todo repetido muchas veces y así se hacen las imágenes de las cosas, y por lo mismo tienen una capacidad mayor de percepción. Para las moscas todo va más rápido. Por eso es tan difícil golpearlas.

–¿Me dices que ellas no ven lo mismo que yo? –Pregunté.

–No, ven como ves con ese lente.

–Entonces el mundo no es el mismo.

–Tal vez no, ella ve de una forma y tu de otra y eso hace que el mundo sea diferente según quien lo mira. ¿Me quieres mirar sin el lente?

Se sentó en el suelo y continuó contándome cómo ven los animales. Me dijo que los murciélagos ven con los sonidos. Tienen ojos, pero no les sirven para ver igual que a nosotros, ellos se ubican con las ondas que producen. Sus ojos son espacio, agregué yo. También contó que los perros y los gatos ven mejor en la oscuridad porque sus ojos son tornasolados por dentro –esa palabra me encantó y por muchos días me seguí preguntando cómo usarla– por eso se les ponen rojos a ratos. Y otros animales ven porque perciben el calor. Me pareció increíble que los animales que viven en la oscuridad vieran mejor que nosotros pero que a la vez hubiese animales de la oscuridad como los topos que no necesitan ver, que sólo con sentir las temperaturas puedan intuirlo todo.

–Ver no es ver para algunos de ellos –dije yo.

–Ver es ver como cada uno mira–.

Me habló de los caballos y me dijo que tienen los ojos puestos a los lados para ver a sus posibles depredadores.

–Si tuviera ojos de caballo Julieta no me podría asustar cuando estamos en la casa de la abuela –le dije.

–Pero no podrías ver con profundidad. Los caballos ven todo plano–.

Me quedé pensando mientras ella seguía contándome historias de animales. Nunca podríamos entendernos del todo. A mí no me importaba ver plano si me salvaba del miedo, ni tampoco me molestaría ver solo por los oídos si alguien me pudiera decir dónde estaba la realidad real, la que guarda todas las verdades. Nunca solté el lente. Ella seguro sintió que había ganado una pequeña batalla conmigo al lograr que la mirara y salió de mi cuarto después de soplarme un beso. Se fue y continuó con sus tareas. Esa noche, por fin, me levanté en medio del frío y fui a su cama para abrazarme a su cuerpo. Por suerte, la mamá bruja que regresó del viaje nunca más se volvió a ir.

Alejandra Jaramillo Morales. Bogota. Ganadora del concurso Nacional de novela y cuento de la Cámara de Comercio de Medellín y entre los quince nominados del premio Hispanoamericano de cuento Gabriel García Márquez 2018. Es docente de la Universidad Nacional de Colombia donde trabaja en el Departamento de Literatura y en la Maestría en Escrituras Creativas.

Lina Alonso Castillo

Helena Iriarte: una clase magistral de memoria

“La pelota que lancé en mi infancia aún no ha tocado el suelo”

Dylan Thomas

Conocí a Helena Iriarte el día que me sacó de clase. Con la arrogancia propia de la adolescencia que me vestía en el primer semestre de universidad, aterricé en la clase de Literaturas Clásicas creyéndome camarada de Robert Graves y biógrafa oficial de Hesíodo, eso sin contar con la mediocridad de mis primeras lecturas y el tono engominado y atiborrado con el que adornaba las intervenciones en clase, acostumbradas a mal lucirse en un colegio de monjas tránsfugas y no menos protocolarias que la universidad que me recibió.

        Corría el año 2011 en un salón cualquiera de la Universidad Javeriana. Hablábamos de la Iliada, porque en sus clases, las clases de Helena, los textos se leían de cabo a rabo y ¡Ay de quién no lo hiciera! Ay de mí, Ay de mí como los gritos de Hécuba ante la muerte de Héctor; con ella el semestre entero discurría en una suerte de teatro interminable de nombres y escenas donde Homero, Virgilio, Ovidio, Sófocles, Eurípides, Esquilo y Aristófanes entraban y salían sin reparo, esto sin contar que todas las ideas, conjeturas y conceptos del mundo antiguo se cocinaban con una que otra lectura no tan clásica; por ejemplo, para hablar de la venganza en la Orestiada leíamos simultáneo el Emma Zunz de Jorge Luis Borges y sólo así todas esas palabras y todos esos personajes lograban asimilarse paras no chocar con desconcierto ante la piedra angular de toda la literatura y la filosofía occidental.

        Bueno, en una de estas clases llegamos al triángulo Criseida, Briseida y Aquiles, el temor de los troyanos, el vengador de Patroclo, mi primer amor literario, en fin; y fue entonces cuando recibí la primera lección de toda la carrera. Helena preguntó por la naturaleza de la relación entre el aqueo y Briseida, a lo que respondí: –era la empleada del servicio–.

        Helena, y su silencio tirano se posaron sobre mí, la vulgaridad que acababa de decir comenzó a retumbar en todos los que estaban cerca, miró a toda la clase buscando cómplices para el regaño. En ese entonces poder reírse era un desafío en el trato con la profesora de Literaturas Clásicas, la misma que jugaba con el miedo que nosotros mismos nos infundimos en sus clase y que con cualquier barbaridad que alguno soltara ella y un cariño más bien extraño respondía –Te voy a lanzar por la ventana, corazón–.

        –¡Esclava! gritó, Briseida era la esclava, nada de empleada del servicio doméstico ni que 8/4, los griegos no tenían eso, eso es pura palabra de niña bien.–

        Primera lección: nombrar, nombrar sin rodeos, hablar de las cosas en el lenguaje de las cosas, nada de remilgos retóricos de niña javeriana clase media, sin saberlo un Heidegger que aún desconocía sonreía en sus regaños. Ahora la segunda lección era general, para todos: pensar muy bien lo que se iba a decir en clase, pensar en una suerte de “acá no importan las opiniones, acá importa el texto, no usted”. El resto era dedicación y diálogo entre fantasmas que nos hablaban de toda una época que aún palpábamos con recelo en nuestras manos.

        Años después las lecturas comenzaron a sumarse y con ellas el desconcierto de haber elegido una carrera de la que la misma Helena nos aseguraba “con esto no se harán ricos, pero probablemente un poco más felices”. En una danza macabra los primeros muertos comenzaron a echar a correr, los nombres, las clases y las materias comenzaron a desvanecerse conforme el trámite obligatorio de terminar una profesión atizaba sobre el futuro de cada uno de los que comenzamos la travesía. No volví a ver a Helena sino en una cátedra de Borges en la que ella misma me reconoció más humillada por todo el trajín que supuso todas esas lecturas. Me encontró más callada, me reprochó la pedantería de esas primeras clases y me permitió una que otra chanza sobre esos años, sin intención alguna, el viento arrastró el humo de mi cigarrillo y me disculpé, me contó que una profesora en la universidad la apodaba “mi querida chimenea” por el hábito de fumar. No la he vuelto a ver desde ese entonces.

II.

Helena guarda en sus palabras el secreto que ninguna cátedra podría descifrar y en cada una de sus clases el misterio de recordar con afecto todas esas hazañas que algún arcano descuidado quiso heredar a la memoria del tiempo que es la historia, un par de horas con ella se transformaban en un desafío que pocos superábamos y, dado el carácter generoso de una universidad que prefiere invertir más en los enchapados de los baños antes que en los salarios de sus maestros, el asistir a una clase de Helena era una quijotada; mientras se ofrecían cátedras con nombres cada vez más enmarañados, dictados por profesores más joviales y no menos enredados,  una clase así casi tan escuelera parecía una conferencia de tedio, pero no lo era. No sólo era para nosotros una quijotada una clase con Helena sino para ella misma quien insistía en la enseñanza como motor y portento de la pasión por la literatura aun estando rodeada de un montón de adolescentes rabiosos y eufóricos.

        Ahora, la Helena Iriarte escritora no dista mucho de la maestra, si no es que la una viene siendo un apéndice de la otra. En ningún momento de sus clases hizo referencia a cualquiera de sus libros, lo que hizo retrasar un poco el encuentro con novelas como “Llegar hasta tu olvido” o “Frente al mar que no te alcanza”. A la escritora la conocí siendo librera en Casa Tomada, organizando los estantes de la editorial Babel Libros que reeditó su novela ¿Recuerdas Juana? Reedición que espero casi 20 años.

        En esta novela, publicada por primera vez en 1989, Helena describe sin igual maestría el monólogo de una conciencia, la conciencia de una pequeña niña quien después de perder a su padre pierde la memoria (o ¿Es la memoria quien pierde a una niña?) en una jornada, un día que se divide en dos partes: mañana y tarde. La conciencia de Juana, el personaje, va recreando en una suerte proustiana cada uno de los instantes que antecedieron y sucedieron a la muerte del único ser por el que había conocido la felicidad, el único personaje que con pocas apariciones en la narración nos hace entender esa dolorosa lección de ausencia y orfandad que quiebra y refunde la infancia de una niña en hondos pasajes de experiencias pasadas, en instantes más felices.

        Toda operación de la memoria, desde su hábito, duración y retorno es una forma de creación en la que la multiplicidad de fantasmas pasados, presentes e ilusiones futuras danzan en una suerte caótica y no menos caprichosa para poder traducirse en la escritura. La memoria es una forma de la historia en tanto que exige del pasado su capa más frágil, más expuesta y ante todo más íntima y es aquí donde Helena pone su palabra sin arrebatar lo genuino y abierto que puede llegar a ser la expresión de la locura en una niña a la que su conciencia intenta rescatar del fango oscuro del olvido:

Eran las dos de la tarde cuando fue a buscarte porque no oías las puertas que se abrían empujando el aire y volvían a cerrase con estrépito; no oías las voces que te llamaban por uno de tus nombres, el que giraba fuera del espejo, sólo, perdido y sin sus trajes; tu nombre: –Juana Juana, ¿dónde estás metida? Juana, sal de ahí niña tonta–. Y por primera vez en el espejo apareció tu madre, alta y extraña, más blanca que otros días. Te miró desde atrás, al frente, a tu imagen que la miraba en el espejo y al mirarte destruía tu mundo, el mar, el bosque, el castillo y tus figuras; tu noche bajo la luz de plata. –Sal de ahí, ¿no me oyes?–. Y antes de que comenzaras a obedecer te sacó zarandeándote, arrastrándote como una muñeca por entre un reguero de objetos extraños, de tirajos de telas que se iban quedando enredados al voltear de caminos pedregosos, bosques, zarzas, puertas y escaleras; al llegar a la parte más ancha te sacudió los brazos, los apretó y te clavó una mirada para gritarte, en medio de los últimos ecos de un cuento y de los andrajos de tul, para sacudirte hasta que la corona quedó colgando en tu espalda y el caucho te lastimó la garganta, para decirte en un alarido largo que tu padre acababa de morir.

(¿Recuerdas Juana? pg. 65)

La escritura de Helena no ignora sus lecturas. En sus páginas los ecos de Juan Rulfo, de Borges e incluso de algún Manuel Mujica Lainez no se escapan ni se esconden, por el contrario se tejen con la destreza de quien extrae de ellos lo más preciso para sus personajes; el tono y la palabra precisa para las voces, los paisajes y la narración de sus novelas dan cuenta de una tradición que ilumina cada uno de sus renglones, sumado a esto la propia voz de la autora. Leerla es escuchar una ofrenda de un huésped incómodo como lo es el tiempo, leerla es asistir a una clase magistral de memoria. Sin embargo, hay un rasgo estético bastante definido en su escritura, uno bastante paradójico, que recordaría un poco esa primera lección en las clases de Literaturas clásicas, y es aquello de recordar con palabras, de nombrar al tiempo sin usar la palabra tiempo pero sí con los vocablos vívido por los que transcurre el mismo, lo que se nombra se hace por su naturaleza más no se le imponen conceptos ni disfraces que desvíe. San Agustín en sus confesiones afirmaba «¿Qué es el tiempo? siempre y cuando nadie me lo pregunte, lo sé.” Eso mismo sucede en una novela de Helena Iriarte, el tiempo no se nombra, el tiempo palpita en cada una de sus palabras.

        Hay un su prosa otro aspecto invaluable y es el destello poético de salvaje vuelo que pocas veces logran equilibrar los novelistas. En sus libros, que es como asistir a un funeral de olvidos y de cortejos con la memoria, nos elevamos con la vida de los  personajes a los vemos aparecer y  desaparecer como borrones de una fotografía cuya tinta juega tretas incesantes con la realidad, todo esto sin perder esos sutiles coqueteos inexplicables que la poesía hace con la los aspectos más prosaicos de una narración. Por ejemplo, en “Frente al mar que no te alcanza” (1998) leemos pasajes como:

(…) ¿Dónde están los lugares que persigue el alma cuando al fin se escapa en busca de esta tierra intacta y ya perdida que apenas nos atrevemos a imaginar a veces, como lo hacía la abuela cuando simulaba mirar hacia la calle y en verdad se empinaba para buscar su juventud entre el derrumbe de los años y, tal vez, presentía que desde entonces había comenzado el viaje, aunque de pronto el tiempo le pareciera, como el caudal de Magdalena, inmóvil desde la distancia? Pero, ¿será verdad que la muerte sí nos llevará a esos lugares apenas entrevistos desde una ventana, cuando el aire está claro y no nos deslumbra el sol?

III.

Hoy en esta celebración, que tiene más pinta de contubernio, no queda más sino extender la invitación a leer la obra de esta escritora, una obra que se impone como una conquista a la inocencia en un país donde la historia se hace para olvidar, los afectos para estudiarse y la infancia para destruirse. Nunca antes la pertinencia sobre la narración del tiempo se hizo tan necesaria ante el letargo que acostumbra a opacar esa rebelión que significa escribir, no para recordar sino para vivir, para celebrar la vida misma. Queda pues, este brindis propuesto.

Lina Alonso Castillo. Estudió literatura con énfasis en investigación, crítica y teoría literaria en la Pontificia Universidad Javeriana. Diplomada en Latín del Instituto Caro y Cuervo y egresada de Teatro de la Fundación Gilberto Alzate Avendaño. Ha colaborado en las revistas Razón Pública y la editorial de la revista Cuadernos de Literatura.

María Clemencia Sánchez

Exilio. Entrevista a Helena Araújo

1. Dice Pablo Montoya en un artículo suyo sobre Julio Cortázar1 que: “Era en París, además, donde esta nueva literatura se comprendía mejor a sí misma, y comprendía mejor, eso se ha dicho hasta el cansancio en los manuales de literatura, al agobiado y festivo, al melancólico y escandaloso, al pisoteado y siempre esperanzado continente latinoamericano”. Parece sugerir Montoya que la consciencia de la propia escritura y sobre el país de origen se revalora o se altera al entrar en contacto con un afuera, ese afuera que en el caso de Cortázar y en general los escritores del boom, fue París. ¿Estarías tú de acuerdo con esto? y de ser así ¿ha sido Suiza el “París” de tu escritura y cómo ves a Colombia desde allí?

H.A.: El París de mi escritura, la fuente a la que se refiere Pablo Montoya, implica la elaboración de mi libertad como mujer. Dentro de esa libertad, Colombia significa a la vez un pasado y un presente: un pasado que me nutre y un presente que me construye –al construir mi escritura. Sabemos que “la creación es ese sitio al que se llega con trabajo, con desgaste, con vida, pero también con el deseo de dejarse guiar por las fuerzas que trascienden al ser, que se acercan a esos estados de conciencia que lo superan…”.

2. El escritor colombiano Oscar Collazos, autor entre otros de los libros El exilio y la culpa y Las trampas del exilio, sugiere más o menos en estos textos que “el extranjero mistifica el pasado haciéndolo más luminoso”.2 Por el contrario, al leer tu obra, lo que uno como lector ve es un mundo poco luminoso. ¿Qué es el pasado para ti o cómo intentas bordearlo en tu escritura?

H.A.: Cuando me citas a escritores como Collazos, los presiento ajenos al feminismo, así me una a ellos una gran amistad. Verdad, mi pasado mujeril resulta poco luminoso en las evocaciones de una Helena Araújo que buscaba desde siempre maneras de ser libre. En la ponencia que dedica Paloma Pérez Sastre al VI Encuentro de Escritoras Colombianas (Cartagena de Indias, mayo 2009), me cita afirmando que “es en el mundo subjetivo donde se hallan las claves de la personalidad: al contemplar un fenómeno a partir de la subjetividad, intervienen factores que pueden modificar nuestra percepción de las cosas”. Betty Osorio anota en otra ponencia que “la textualidad se compromete con una poética íntima que se adentra en las sutilezas de la conciencia; en estos textos las voces narrativas se van construyendo en el mismo juego de la enunciación”.

3. Collazos señala además que una de las razones por las cuales decide volver a Colombia después de un largo exilio en Europa, es la necesidad de un contacto directo con la realidad del país. “Se me estaban congelando los mitos y la memoria de Colombia era ya difusa”, dice.3 En tu caso resulta inevitable preguntarte ¿por qué decides irrevocablemente no volver a Colombia? ¿Y si crees que es posible seguir escribiendo sobre algo que solo alimenta la memoria?

H.A.: Sí, sí, creo que precisamente el hecho de no volver a Colombia alimenta mi imaginación y mi memoria. ¿Por qué se exilia un escritor, una escritora? Quizás le inspira el proyecto de un “viaje iniciático”, de una aventura existencial. O quizás la decisión de superar conflictos y situaciones insolubles. Refiriéndose a su vida en Chile, Gabriela Mistral solía decir que se había sentido forzada a “mascar piedras” “con sus encías de mujer”. Ella, como muchas antes que ella y muchas después, pagaría cara su vocación literaria. En Latinoamérica, en Colombia, el proceso de acondicionamiento  –aún en el siglo XX– principiaba desde la infancia: el régimen patriarcal y religioso nos enfrentaba a la disyuntiva de obedecer y someternos o sufrir las consecuencias en forma de castigo. Debíamos elegir entre pagar el precio de la rebeldía o soportar el peso de la opresión. ¿El precio o el peso? La solución podía ser nefasta. En vez de describir la encrucijada en que nos hallamos muchas, prefiero referirme a un exilio interior, síquico, que dificultaba nuestro acceso a la escritura. Como mujer, como autora, es tiempo de que me pregunte: esa tierra donde se me censuraba constantemente, ¿era acaso la mía? Sobra decir que mi elección sólo me concernía a mí. Una elección irreversible. Y que me llevaría sucesivamente de un exilio a otro —sólo que el segundo implicaría un proyecto existencial. Naturalmente, estos temas los discuto a menudo con colegas que como yo, están fuera del país. Como ellos y ellas creo que el conocimiento vivencial de diversas culturas contribuye a cierta evolución. A la protesta o a la compasión debe seguir la autocrítica. La hora del tono mesiánico y la consigna ideológica ha pasado: somos, apenas, trabajadoras y trabajadores de la cultura. Al integrarnos a otros contextos podemos evocar con distancia lo que dejamos atrás: entonces, paradójicamente nos reconocemos. Sí, sí, hay vivencia en el sondeo de códigos y contrastes, vivencia en itinerarios textuales o semánticos.  Finalmente, la tarea se puede cumplir en común, con angustia a veces, pero también con entusiasmo; buscando siempre esa tierra prometida, que como dijo Carpentier, cada persona lleva dentro de sí misma.

4. Dice Juan Gelman,4 hablando de un cierto tono místico que atraviesa su poesía, que: “fue una relectura en el exilio de los místicos españoles y de los cabalistas, es decir, los místicos judíos, y también de Hildergade de Brigen, MeisterEckhart, las beguinas Hadewijch” lo que permitió esencialmente un perspectiva distinta de todo. “Los leí de otra manera porque estaba en el destierro, sintiendo en ellos, como en mí, la presencia ausente de lo amado: Dios para ellos y para mí los compañeros caídos, mi hijo, los desaparecidos, mi país.” ¿Habría en tu caso algún tipo de lecturas (o relecturas) o ciertos autores que pudiéramos decir han marcado tu exilio o han definido el sentimiento de estar en el exilio?  ¿Se lee, se ve todo distinto desde el exilio?

H.A.: Recuerdo haber descubierto latinoamericanas superdotadas en la época aciaga de las dictaduras del Cono Sur. La solidaridad la imponían desde México autoras como Glantz y Poniatowska. La vivenciaban exiliadas o militantes como las chilenas Ana Vásquez y Lucía Guerra, las argentinas Angélica Gorodischer, Luisa Valenzuela y Griselda Gambaro, la uruguaya Cristina Peri Rossi. Sus itinerarios del exilio, autobiográfico o ficcionalizado, me remitía a mis dilemas frente a la compulsión de la escritura. Bueno, aquí me pregunto una vez más si los escritores no somos exiliados de todos modos. Y me pregunto dónde está nuestro reino. Creo que la condición del escritor es la de ser exiliado. Llevo más de 30 años lejos de Colombia y sin embargo es como si viviera en el país. Continuamente estoy allí estando afuera. Claro, paralelamente, sé que si viviera en Bogotá me sentiría de otra parte. “Tengo un espíritu errabundo”. En su libro Filosofía Nómada, Freddy Téllez cita a Camus con respecto a un absurdo del que extrae tres consecuencias, su rebelión, su libertad y su pasión, agregando finalmente: “Es el ser humano, racional por definición, quien concede o niega la racionalidad a lo que no es él, a lo que lo supera”.

5. Eduardo Hurtado dice5 que el exiliado vive “en una realidad que se afantasma, en esa provincia flotante de la que habla Julio Ramos; una posibilidad de resistir es suscitar la aparición (en la memoria, en el poema) de las cosas que se han quedado lejos. El libro es, en gran medida, la resuelta y apasionada tentativa de consumar una rara alquimia: aparecer ausencias. Esa tentativa comienza en el recuento memorioso de las pérdidas.” ¿Se puede mediante la escritura “aparecer ausencias”? ¿De qué pérdidas da cuenta la escritura de Helena Araújo?

H.A.: Sí que se puede mediante la escritura “aparecer ausencias”, tal como nos lo enseñó el inagotable Marcel Proust. Dice la escritora argentina María Teresa Andruetto: “mientras siga existiendo en nosotros un estado de interrogación abierto al cuestionamiento para narrar un capítulo de nuestra historia que no está cerrado, habrá cierta garantía de salud para todos nosotros”. Andruetto también se refiere a la diferencia entre el exilio y lo que ella denomina “insilio”, que “significa irse hacia adentro de uno mismo”.  Y agrega: “me interesa especialmente la construcción de la identidad en las mujeres, quiénes somos, de dónde somos, por qué somos de ese modo y no del otro,  cuáles son las razones privadas y cuales las razones sociales, históricas  que nos determinaron”.

6. También Eduardo Hurtado,6 hablando del exilio en Gelman, dice que “el exilio es un territorio confuso donde los ‘otros’, esos seres con raíces, hablan lenguas oscuras: dicen sepá, nienteafato, ferboten. Lenguas que hacen polvo, por más que pueda entenderlas, el mundo íntimo del desterrado”.7 Me gustaría saber ¿de qué manera y hasta qué punto “tu mundo íntimo” de desterrada se ha visto vulnerada  –de modo positivo o negativo– por el contacto con el inglés, el francés y el alemán?

H.A.: Bueno, si durante mi juventud el español constituía una autoridad patriarcal y dogmática, el inglés, el francés y el alemán implicaban una salida hacia la libertad. El inglés lo principié a aprender en el Brasil, donde mi padre ejerció un cargo diplomático siendo yo aún pre-adolescente. Posiblemente, mi devoción por textos aprendidos, comprendidos y recitados en inglés me infundió un fervor por las letras que habría de intensificarse durante etapas académicas y universitarias. En fin, debo agregar que tanto el inglés como el francés y luego el alemán, me fascinaban en su dimensión semántica y poética. Abordarlos era abordar a Milton, Spenser, Byron, Musset, Victor Hugo, Valéry y los aún más cautivadores Schiller, Goethe o Hölderlin.  Milagrosamente unos y otros configuraban una dimensión trascendental.

7. José Gaos al intentar definir la condición de muchos españoles que emigraron a México con la Guerra Civil imaginó el término “transtierro”, es decir, la integración sin reservas a la “patria de destino”.8 Quisiera en este sentido preguntarte si en tu caso ha ocurrido ese “transtierro”, es decir esa “integración sin reservas” a Suiza, tu patria de destino.

H.A.: Por Dios, tal vez para definir el “transtierro” a que se refería José Gaos en cuanto a la integración a “la patria del destino”, podría citar apartes de un texto enviado al VI Encuentro de Escritoras Colombianas (2009) sobre mi “país de asilo”, como llamo yo a Suiza… “Digamos que luego de unos años alternando traducciones, lecciones y publicaciones, pude arriesgarme a iniciar un ensayo sobre poetas colombianas y enviarlo en Ginebra a un Concurso de la ONU en que resulté ganadora. Virgen Santa, esos años ochenta fueron los del Premio Platero y los de la electrizante entrevista que logré hacerle a Max Frisch. Luego –¿cómo olvidarlo?–  ya para finales del siglo vino la fecha bendita: 1998.  En ese año, a los extranjeros nos tradujeron por separado y nos invitaron a un pabellón de Frankfurt con la élite internacional.  ¿Cómo olvidar esa mañana paseando por esa Feria con la bella poeta helvética José-Flore Tappy? Fue tan venturoso aquel día como la famosa Jornada en la no menos famosa ciudad suiza de Solothurn, donde nos pidieron a todos y a todas que leyéramos lo que quisiéramos y nos pusimos tan alegres que nos hicimos aplaudir. Finalmente, ya entrado el milenio (primavera del 2005), sucedió lo inesperado, un broche de oro, verdad.  O sea que el muy sacro Consejo Municipal de Lausana distribuyó invitaciones para venir una anoche al Ayuntamiento de la ciudad y oír hablar a la suscrita sobre sus peripecias de escritora en su amado país de origen y su amado país de asilo. ¡Qué velada fue aquella! ¡No la puedo olvidar!”.

8. En su libro de ensayos sobre poesía española contemporánea Luis Cernuda dedica uno de dichos ensayos a la poetisa gallega Rosalía de Castro, en donde sugiere que el exiguo reconocimiento a su nombre se debe esencialmente al hecho de que Rosalía haya escrito la mayor parte de su obra en gallego, exhibiendo así una antipatía por el castellano y un fervor regionalista que a la postre la marginó. Ella a su vez parece indicar lo contrario, ni regionalismo gallego ni aversión hacia el castellano, sino un sentimiento de exilio cuando dice, refiriéndose a los inmigrantes gallegos como aquellos “para quienes no hay sitio en la hostigada patria”.9 Se me ocurre entonces preguntarte si crees que es posible un exilio lingüístico, y si en tu caso, has sentido el deseo de escribir en otra lengua distinta al español.

H. A.: Verdad, en mi caso no creo que se trate de Exilio Lingüístico sino de Libertad Lingüística. De niña, tal vez por el intenso aprendizaje del inglés, escribí inicialmente en esa lengua. Mi primera novela, titulada Misfit (Desadaptada) la envié a editoriales norteamericanas. ¿Confesarlo? Si no pudieron hallarle valor comercial por lo menos elogiaron mi estilo como “vivid and beautiful”. Sin embargo, me aconsejaron cambiar de registro y ejercerme en la lengua materna. ¿Qué hacer?  Afortunadamente, ya para esa época, empecé a conocer y a leer colegas anglófilos o galicistas. En mi primer libro de relatos (La “M” de las moscas), un adolescente que evoca en Ginebra a su novia gringa, halla su propio idioma sentimental. En fin, a esos dilemas del bilingüismo se refiere hoy la argentina Esther Andradi con respecto a la antología Vivir en otra lengua… Dice Andradi: “La gran mayoría de los autores y autoras de diversos países latinoamericanos radicados en una lengua diferente a la que escriben, viven entre dos aguas buscando reconocimiento en el país de origen, destinatario de sus ficciones”.

9. Recuerdo también aquella idea de Edward Said según la cual “[…] el exilio es como la muerte, pero sin la promesa de un descanso hacia el final”. ¿Sobre qué esperanza descansa tu vida en el exilio si has decido no volver nunca a Colombia?

H.A.: Bueno, yo no creo que mi ausencia de Colombia me haga menos colombiana. Aquí en Suiza tanto yo como mi familia y mis colegas, nos sentimos involucrados en la situación social y política del país. Y bueno, además de proyectos y realizaciones profesionales o familiares nos interesan los grupos de solidaridad que han formado compatriotas y colegas suizos. ¿Cómo no celebrar, por ejemplo, la venida de Socorro Ramírez en mayo de este año, invitada por una célebre profesora suiza? Si en los años setenta, como estadista y catedrática nos visitó para informarnos sobre el Estatuto de Seguridad del Gobierno,  ahora viajó para participar en un Coloquio organizado por el Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Lausana: todo un evento internacional con delegados  de varios países. Fue emocionante escuchar a Socorro Ramírez disertando sobre el actual conflicto colombo-ecuatoriano. ¡No acabábamos de aplaudirla y felicitarla!

10. Armando Romero al reflexionar sobre tu exilio radical e irreversible me ha planteado una perspectiva que me resulta ingeniosa e interesante. Dice más o menos Romero que tu exilio no es de un país sino de una clase social. Es decir, que tu distancia en verdad no es con Colombia, país que permanece evocado a lo largo de toda tu obra, sino con esa clase social que en tu obra aparece representada con una carga muy fuerte de ironía. Valdría recordar aquí que la esencia de la ironía es la de destruir. ¿Qué piensas de todo esto?

H.A.: Caramba, ese gran poeta que es Armando Romero, ese valeroso intelectual, me ha leído con atención. Es verdad que yo no lidio con ironía a quien se ejerce contra la injusticia social sino a quien se regodea en su casta y en su jerarquía. Con respecto a mis itinerarios, creo haber leído alguna vez en HanahArendt que el ser realizado pertenece al pasado. ¿Confesarlo?  Pese a mi edad, no me considero una persona realizada sino una persona en proyecto de realización. Y me place pensar que ese proyecto principió a cristalizarse desde mi infancia de niña bogotana. Sí, sí, se fue cristalizando como referente negativo porque desde entonces me sentía incómoda en el rol que se me asignaba. Algo en mí rechazaba la integración a lo que solía denominarse “gente bien”. Desde chica me sustraía y me rebelaba; luego me ayudarían los libros y los viajes. Más adelante y con respecto a la intelectualidad capitalina, intentaría señalar una tradición que erigía el lenguaje como privilegio de clase, conservando las peores manías retóricas y académicas de la “Atenas Suramericana”. Así lo han comentado colegas como Carmiña Navia al reconocer en mi primera novela “un intercambio discursivo que plantea una ventana hacia una realidad social en descomposición”. A su vez, Selen Arango Rodríguez presenta el discurso satírico de mis relatos como una risa “que se ha fugado de los lugares donde suceden las historias, sean académicos, universitarios, literarios, científicos o periodísticos”. Finalmente, Luz Mary Giraldo me presenta como la narradora “que sabe meter el dedo en la llaga y señalar las fisuras de una sociedad tradicional y una cultura anquilosada donde hay cosas oscuras, secretos ocultos y situaciones irresueltas”.

11.  Sugiere Said en su ensayo “Reflexiones sobre el exilio”, que el nuevo mundo del exiliado es un mundo artificial en el que la falta de realidad se torna en ficción. Georg Lukács, en este mismo sentido, plantea en su libro The Theory of the Novel que la novela que surge como fin del mundo épico es, en efecto, una forma de aquello que él mismo llama “the trascendental homelessness”. ¿Crees que tus personajes son esencialmente personajes que nacen de esa ficción a que refiere Said y de esa forma de trascendental intemperie de Lukács?

H.A.: Como lo ha dicho Sylvia Saítta, “los tópicos de la literatura del exilio son el viaje inverso del descendiente de los emigrantes, la búsqueda del sitio del origen y el interrogante sobre la identidad, la experiencia de la diferencia”. No es mi caso. Mi exilio se involucra sobre todo en la escritura. A esto agreguemos lo que opina María Clemencia Sánchez al revelar que en mis narraciones estoy “dentro y fuera de los hechos”, y que en mí “la escritura es voluntad de nombrar un mundo fenecido, el que se pierde con el exilio, pero que se transforma por la mera voluntad de la escritura”. Finalmente, “el texto se constituye no como una pintura de la realidad sino como una realidad que existe en tanto se ficcionaliza”.

12. Tú has hablado de tu obra como de una obra de auto ficción. En este sentido, tú misma como personaje de tus obras, ¿has tenido esa sensación de “trascendental homelessness”, has sentido que el mundo en el que vives es un mundo de ficción?

H.A.: ¿Por qué no admitir que desde niña me había sentido desarraigada? Quizás intenté convertir ese desarraigo en condición real, asumiéndolo. Eso, un desarraigo a la vez aceptado y disimulado. Un desarraigo involucrado en mi misma capacidad de expresión. De todos modos, como escritora debía adaptarme a un lenguaje de factura masculina, que me resultaba a la vez falseado y castrador. De ahí el rechazo a “sentirme” en español, cuando principié a escribir en la adolescencia. Fatalmente, intentaría el inglés, y continuaría buscando códigos que me llevaran a una semiótica propia.

13. Emilia, Elsa Arango, Elisa Ayala, Zana Carlota, Celia Robledo son algunas de las mujeres que has sido o anhelas ser en tus novelas y cuentos. Ellas son a un mismo tiempo tú y tus alter ego. Estos personajes tienen en común el ser interlocutoras de ellas mismas y entre todas han creado un diálogo que, sin embargo, parece dejar en el aire, en una especie de interregno, el lugar real desde donde hablan. ¿Son ellas/tú una diáspora, un no-país? ¿Cuál es la patria de estas mujeres?

H.A.: Pasan los años y sigo vacilando entre poetizar y politizar… Sobre la diáspora, sobre el no-país, sobre una imaginaria patria post-modernista, te confesaré lo que dice Freddy Téllez, autor de Filosofía Nómada: “creo que el exilio se nuclea alrededor de un fondo oculto, de cosas que no queremos aceptar del todo y que no podemos ‘pensar’ de alguna manera”.

María Clemencia Sánchez. Itagüí, 1970. Poeta, ensayista y traductora. Licenciada en Idiomas de la Universidad de Antioquia y Maestra y Doctora en Literatura Hispánica de la Universidad de Cincinnati (USA). Poemas, reseñas y ensayos suyos han aparecido en revistas y publicaciones del país y del exterior. Tradujo al español poetas africanos, ingleses y franceses para el Festival Internacional de Poesía de Medellín. Hizo parte de la antología de poesía del Bicentenario del Ministerio de Cultura y la editorial Letra a Letra. Bogotá, 2010.

  1. . Julio Cortázar y la revolución. Revista Universidad Eafit, No. 152, 1998. ↩
  2. . Enentrevista para la revista virtual Confabulación No. 129, 2010. ↩
  3. . Idem. ↩
  4. . En entrevista con José Ángel Leyva, La Otra Gaceta, No. 37, 2010. ↩
  5. . Escribir el exilio en La Otra Gaceta, No. 37, 2010. ↩
  6. . Poetamexicano. ↩
  7. . Idem. ↩
  8. . Citadopor Eduardo Hurtado enEscribir el exilioenLa OtraGaceta, No. 37, 2010. ↩
  9. . Cernuda, Luis. Estudiossobrepoesíaespañolacontemporánea.Madrid: EdicionesGuadarrama, 1957, p. 54. ↩