Les ofrecemos una muestra poética de la escritora y psicóloga venezolana, editora de Dcir ediciones, Edda Armas.

La octava

Edda Armas

Alminar

Solamente tú,

Con voz bajita,

En el raro instante en que el almuecín anuncia

Cinco llamadas a la oración cotidiana,

Eres quien

Me incita a tocarle la punta a lo radiante.

¿Al revelárseme,

Sobre el triángulo alto del faro de fuego…

Hacia cuál pregunta me inclina?

        …porque nada parece ser lo que antes fue,

Danza encendida sobre la superficie mercurial

Que, a lo vivido, convierte en presente.

Entonces,

Extiendo las dos manos para recibir allegados

Dibujos de aire,

Trazados en la pirueta inicial,

Comprendido cada agudo sonido

Con su cuerpo de pájaro libre.

Ahora que tu casa habito, logro ver por los cerrojos

Avispados movimientos que al vacío cruzan,

Sucesión de perfiles que van y vienen,

Disfraces sueltos de lo que mudo queda con tu ida,

Los que apenas alcanzo a ver desplazarse sin apuro

Siendo abates líneas de vocales sueltas

Que silban el canto sepia de tu soledad.

A ellas las escucho y recojo sin comprenderles

El transitar apegado de la ya ausente,

Pues antecede acaso otra fragancia

Con su desenterrar lo doliente,

En la franja apisonada del —No te resistas  

A la nada sosegada espiral del evocar.

Tu paso arriba aproxima la voz lejana.

                                  Para Tamara del Jesús

Amatitán

Te lo advertía la ventisca,

Seco aroma seco sobre el rostro

Apenas pusiste un pie en el portal

De la casa de las herraduras:

        Tanto corazón

        En golpe simple

        Robaría el tuyo.

Y señales vecinas escuchabas,

Con su alargada forma de cintas

Amarradas unas con otras,

Por el frugal ojal de estos aires.

Retraída y paseante por los corredores

De mosaicos azules hacia patios interiores

Sentada ya a su sombra,

Desgranaste las mazorcas con dientes

Morados y de oro apilados, que en pan

Manso convierten.

Haces del día un ritual que se repite.

Orden, tal vez heredado del maíz.

Minucioso mecanismo de respirar

Mimetizado en el cuerpo de ella,

Inserta al cubrecamas de retazos

En el que con paciencia bordaron

Las nueve flores coloridas del agave

Con garras del tigre que acecha.

Tiempo este otro que, con nuevos ojos

De reojo te miran,

Sí el tequila enfría la garganta

Con parsimonia arde la brasa

Y las cintas deslazan los fragmentos

En las voces que aún resisten,

Con la piedad del que comprende

La letra muerta en la canción que suena de fondo.

Envueltas en aquello que aún aturde, dime Frida,

Mientras avanza sobre nosotras la perenne noche:

        ¿qué pan es el que haremos, corazón roto,                                                                                                       con el rostro de este hoy desguarnecido?

                                Con Frida K., en su casa azul.

Amarillas

Las rosas amarillas las trae él

Y soy yo quien las acuesta

En la sábana tendida

De algunos días huecos

Desde que ya no las deshojas

Avanza lo furtivo

Preguntas con respuestas

Y cuelgas la rosa verde del ramillete

Extravagante,

Aromática y expuesta

Tú, la viajera

Calor seco en la mejilla del otro

Ahora que catas desde el mirador del faro

La quietud.

                        A Gabriela Gamboa

Nube

Amárrate al mástil.

El cuerpo ya se aloja entre las sienes

Con forma alargada de sirena.

Ilusión óptica de quien ha perdido todo.

Vaso con fondos de agua.

Llevas contigo el regreso.

Apenas una arista la sujeta al cielo.

Si blanca o gris, apenumbrada,

Reposa desnuda contigo,

Más turmalina que ónix

Sobre navegados océanos.

Fehaciente

Lo obvio, a veces, no lo es. La huella deja entreverlo.

Pero, nada des por supuesto, hija mía.

Algunas veces lo obvio son los gestos mínimos

Que oxigeno dan al amor, cuando a lo obvio

Le rasguñamos el vientre en busca de lo fehaciente

Y desde esa ranura te resulta distinto lo tan ajeno.

Miras cómo lo ruin se hace almohadón

Entre cojines sobre el sillón con forro de ocres desgastados

Sobre el cual cada día te amoldas a leer el diario.

Recuperar nos impone la forma primigenia del objeto.

O el gesto que al otro le sugiera alguna estrategia salvadora

Pues la rutina apresura el zigzag en el intento.

Lo fehaciente supone acaso quitarse de encima los olvidos.

Recordar el cuándo y el cómo se enredaron

Nuestras historias con las de los otros

En el tupido tapiz de nuestras vidas.

Aislarse de la forma ausente instaura otro espacio.

Aún más blanco que la página por escribirse,

Cuando lo obvio preexiste.

Conjuro sea y destrabe el acertijo.

La cabeza nos gire y

Abra la visión aquilatada al nuevo ojo.

                                        A Camila Ríos

Sin

Un pliegue que busca cuerpo y no lo logra

Con palabras arma lo que no sale de la boca.

Deuda de lo errado en lo errático,

Que muda de lugar y con trazos y acento

Ahonda lo álgido,

En todos los sin

Y sin calavera y sin alma

Sin pedestal donde posarse

Látigo se hace.

Cortada la cabeza del sufriente

Asimilas las soledades transitadas

Con agujeros

Sin soles y sin líderes.

Parte extrema y punzante del dolor interno

Que arrincona los sentidos

Dolor piramidal que hierra

Raspa los huesos del hacer sin hacer.

                                Con María Clara Salas

Mano 20

Creíste ingenuamente que abordando el avión

Dejarías por fuera las inquietantes dudas.

Al olvido puse guantes de bronce en tus manos.

Guantes de seda en la espera a las mías.

Mano 26

Tu mano

Mi mano

Nuestras manos: un cuerpo que nos acorta la distancia.

Mano 27

La mano tuya desteje

Trunca   golpea

Regresa más áspera  arruga

Envuelta en gasas.

La mía con agujas e hilo

Cose 7 estrellas a la bandera

Y remienda las heridas

Colorea

Acaricia

Arropa

Borda

Restaura

Una mano toma otra mano

Al borde del abismo

Una cuida a los suyos en casa

La otra pone flores a sus difuntos.

Mano 28

Los recuerdos le asaltaron a cuerpo entero:

Quería solamente

Tomarle de la mano

Una vez más.

La octava

Eres tú y no el péndulo el marcador del reloj

El que con pausa registra la suave armonía

El tic-tac oscilante cuando despliegas brazos o

Piernas del tronco con orejas, ojos, nuca y manos

Braceada la hora para tomar decisiones, el aire

Con la boca abierta y jadeante en busca de razones

El aire azul, al insistir permanecer en esta tierra.

Correspondencia del arriba y el abajo en esta vida,

Una razón digerida en amanecida inquietud

En esa otra ciudad donde has ido a parar,

Esa otra, siendo parte carnal de la diáspora, esa

Otra con más sal que azúcar,

Donde sobrevivirás,

En tu propio exilio.                                

Edda Armas. Poeta, psicóloga social, editora. Autora de dieciseis libros de poesía entre 1975 y 2019, los más recientes: Fruta hendida (Kalathos, Madrid, 2019), Manos (El Taller Blanco, Bogotá, 2019), Roto todo silencio ilustrado por Daniel Medvedov (O.T, editores 2016), A la hora del grillo (Colección 2Alas, Ecuador, 2016) y Alas de Navío (Ed. Caletita, México, 2016), Sin negativo ni estaciones (Kalathos, Caracas, 2012). Reconocimientos: Premio Municipal de Poesía 1995 de la Alcaldia de Caracas, por Sable; Premio Internacional Poesía “XIV Bienal J.A. Ramos Sucre” con En Bicicleta (2002). Figura en antologías: Rasgos comunes. Antología de la Poesía Venezolana del Siglo XX (Pre-Textos, Madrid, 2019), Antología de Poesía Latinoamericana de Hoy bilingüe, traducción al italiano por Emilio Coco (Rafaelli Editore, Italia, 2016), entre otras. En 2019 editó Nubes. Poesía Hispanoamericana (Pre-Textos, Madrid, 2019). Presidió P.E.N Venezuela (2005-2009). Dirige Dcir ediciones de poesía.