Enrique Arturo Diemecke, reconocido director de orquesta, reflexiona sobre los retos que enfrentan los músicos y los gestores culturales al momento de programar conciertos para el público que no está acostumbrado a la música clásica.
Reflexiones en torno a la programación de conciertos
Enrique Arturo Diemecke
Las artes escénicas, y sobre todo la música sinfónica de concierto, han tenido una baja notable en su público en los últimos años. Día a día, nosotros, los músicos, nos preguntamos si estamos programando los conciertos adecuadamente; si deberíamos recurrir más frecuentemente a los “caballitos de batalla”, esas obras famosas que siempre resultan en éxito; si deberíamos que traer nuevas solistas; si vale la pena buscar el concepto de “crossover”; o si, tal vez, es mejor programar música desde una perspectiva netamente artística y de plano olvidarnos del público.
Todas estas preguntas hoy en día son temas de discussión en las salas de conciertos, en las oficinas de los directores de orquesta y las gerencias de teatros.
Sea cual fuere la solución a corto plazo, o la serie de mecanismos educativos y culturales para la formación del público, antes que nada quiero subrayar que yo soy un artista que tiene una obligación desde mi más temprana edad para hacer música de concierto, música clásica, hacerla de la mejor manera posible, sumando todos los medios para realizar un trabajo de excelencia. No sé hacer otra cosa que música. Sin embargo, estoy consciente de que hay que estar preparados y tener apertura ante los análisis que nos entregan gestores culturales y administradores de las artes. Valga pues esta introducción para que sea un punto de partida a estas reflexiones.
Detectar el problema. Lo que yo observaba cuando era un joven estudiante
Antes el público asistía a los conciertos por una cuestión familiar y social. Había una tradición de escuchar música en las salas, en los kioscos, en las iglesias, en las escuelas. Nuestra sociedad, desde la primera mitad del siglo XX y hasta bien entrados los años 80s, consumía mucha música clásica, así como mucha cultura en general: cine de arte, teatro, revistas, periódicos; se compraban discos, había varias estaciones de radio que programaban música clásica; había interés por la música contemporánea y arte de vanguardia, entre otros. Fue el punto culminante de un resurgimiento del arte desde finales de la segunda guerra mundial. Hoy en día tanto los núcleos familiares tienden a ser distintos, como también otros factores afectan de una manera contundente. Entre ellos los medios masivos de comunicación, en particular la televisión, que tiene una carga fuertísima para que la gente decida quedarse en sus casas antes de salir a un teatro o sala de concierto.
Educación
El consumo del arte, de «lo cultural» en las décadas pasadas estaba íntimamente relacionado con la impartición de materias de educación artística en las escuelas primarias y secundarias. Había escuelas que daban clases de danza, música, teatro, artes plásticas; los alumnos accedían a un conocimiento abstracto que tenía como resultado una preparación integral. En gran parte, gracias a estas materias, los jóvenes iban al cine de arte, asistían funciones de ballet, teatro, conciertos de música sinfónica.
Particularmente en música habría que destacar el trabajo de la Dirección de Música Escolar de la SEP-INBA, que durante muchos años se encargaba de brindar a los profesores de música una preparación de acuerdo a todos los estandares profesionales.
Impresionante fue el ligado de Carlos Chávez al frente de la Orquesta Sinfónica Nacional (OSN) y del INBA, que entre otras cosas incluía la creación de conciertos escolares y para niños, que ha trascendido hasta hoy en día. En mis años como Director artístico de la OSN, recibimos a miles de niños y jóvenes de escuelas públicas y privadas que por primera vez asistían a un concierto de música sinfónica en el Palacio de Bellas Artes. Además de crear un espacio de conocimiento y apreciación, buscamos también que los chicos perdieran «el miedo» a ese algo tan impactante que era Bellas Artes y una orquesta con más de 100 músicos.
Cabe mencionar que no sólo queríamos abrir a estos jóvenes la noción de lo «desconocido», lo «sagrado», sino también buscábamos cumplir un papel social. La ópera, el ballet, los conciertos de los grandes teatros del mundo usualmente se vincula con algo elitista, casi despótico, algo que siempre ha «ninguneado» al pueblo en general. Por eso la idea de Chávez, destacando el aspecto de la idealización de la revolución de Vasconcelos, era algo muy valioso que democratizó el consumo de todas las artes.
Otro factor que redujo el consumo cultural es el incremento del consumo comercial. La música popular siempre ha estado presente en el siglo XX. No hablo de música tradicional o folklórica -que de entrada fue una fuente inagotable de recursos para nuestros compositores nacionales-, sino del concepto comercial en el sentido de facilidad de producción, de composición de melodías accesibles a muy bajo costo dirigidos a todos y en grandes cantidades. En el siglo XX, la música empezó a servir no sólo y no tanto para el espíritu, como para la distracción, el entretenimiento. Ser músico ya significaba componer canciones para ganar dinero, para hacerse famoso. Crear pequeñas obras, obras cortas, rápidas que dieran la adrenalina, la energía para trabajar, charlar con los amigos, pasear, caminar. Cuando la canción termine, él que las consume necesitará más para seguir viviendo y consumiendo. El fin principal es hacer dinero.
El caso de la música clásica es contrario. La obras aquí duran más tiempo. Para un chico que está acostumbrado a oír obras de 3 minutos, una obertura de 12 es una eternidad. Ni hablar de una sinfonía. Uno no va a tener paciencia para escuchar algo tan efímero, que, a parte, carece del efecto visual. Sería demasiado complicado para él. En este sentido, mejor posibilidades de alcance tienen los artistas de la ópera y el ballet (con sus argumentos y recursos visuales escénicos) y las pianistas de moda o los cantantes divos que siempre crean expectativas no sólo por su capacidad musical, sino también por sus atuendos o nuevo look. En la música sinfónica per se, es distinto. Por ejemplo, el hecho de que los músicos de música clásica se sigan vistiendo igual que hace casi 200 años, a la sociedad contemporánea, acostumbrada a lo visual y lo inmediato, le da la sensación de que está en un funeral.
¿Qué pasa actualmente?
En México como en los países latinoamericanos, el público va disminuyendo en las salas de concierto por factores comentados anteriormente. Nosotros como artistas y los promotores, responsables de las políticas culturales en turno, debemos preocuparnos y mucho, porque el objetivo principal de nuestro «modelo» es llegar a un mayor público. Si las salas de conciertos están vacías, hay que analizar los síntomas y pensar qué hacer al respecto.
Nosotros, los músicos, para atraer nuevo público, deberíamos buscar temáticas distintas a las empleadas normalmente para programar conciertos, así como las formas de efectuarlos. Algo que yo, por ejemplo, siempre he tratado de hacer es romper con la cuarta pared. Esa pared imaginaria que divide a los que estamos en el escenario con el público. Empezando el concierto, busco darle al auditorio la noción de convivencia, de participación. Por eso al salir al podio, abro las manos ampliamente con un gesto de apertura, es decir, abro ese velo imaginario que nos separa; diciendo al público “estamos aquí, bienvenidos, ustedes también son parte del concierto”.
Ahora veamos qué tipo de música tocaremos, de qué época, qué compositores y estilos; qué puede provocar interés en el público más allá de lo histórico y lo contextual; quiero decir qué sería capaz de despertar sentimientos y sensaciones por muy personales que sean, ya que la generosidad de la música permite que la audiencia imagine y vuele, encuentre un desahogo, un gozo, la catarsis, pese a que la música sea, formalmente, nada más que sonidos y estructuras.
El director de orquesta: un vínculo con la sociedad
Lo primero que debe hacer el director de orquesta es identificar qué tipo de orquesta tiene, y qué se necesita para que ésta se consolide como una agrupación de calidad. Para determinar el producto, uno debe ver no sólo si los músicos tienen instrumentos necesarios, sino también que repertorio les ayudará a desarrollarse y crecer como artistas.
Una segunda mirada, paralela a la primera, es saber qué tipo de público vas a tener, tomando en cuenta que el público general no está acostumbrado a asistir conciertos. Hoy en día los directores de orquesta nos hemos convertido en motivadores, y programar bien significa programar de tal manera para que el repertorio resulte interesante para todos: para el público, para la orquesta, hasta para los medios de comunicación. Sin duda es posible: los directores que formaron y desarrollaron las cinco orquestas más importantes de los Estados Unidos (en estas grandes ciudades que fueron el motor industrial del país) empezaron de la nada. Claro, debemos tomar en cuenta que tuvieron el apoyo filantrópico: fueron con los líderes políticos y les insistieron que una orquesta sinfónica y el consumo de música clásica representan la “salud” emocional y mental de sus habitantes. Un apoyo que tanto necesitaría nuestra comunidad.
Programaciones para todos
A parte de la programación enfocada en determinados compositores, celebraciones o fechas conmemorativas, se tiene que pensar en los conciertos especiales: aquellos que están dedicados a los niños, por ejemplo. Mantener la tradición de Carlos Chávez. Para esto no basta lograr que los niños se diviertan con la música ligera y conozcan de manera divertida los elementos de la música y los instrumentos musicales, sino también se debe dar un seguimiento con tal de analizar qué tanto este proyecto influye en los niños. Como bien sabemos, la música no sólo tiene efecto didáctico, sino también es una fuente de alegría y un impulso para la imaginación. La imaginación que permite viajar por el mundo, a través del tiempo sin necesidad de moverse de su silla. Para llevar este conocimiento a los niños, los músicos deberían, de vez en cuando, literalmente salir de sus espacios escénicos e ir, por ejemplo, a las escuelas.
Caballitos de batalla
En las artes escénicas «los caballitos» son aquellas obras o compositores que no tienen pierde en la programación, que siempre van a atraer al público. Pero eso se ha ido difuminando, porque ni siquiera los caballitos pueden mantener toda una temporada, ni tampoco pueden estar presentes en todos los conciertos. Pueden ayudar al director, siempre y cuando el director no abusa de ellos.
Otro recurso infalible es contratar a grandes solistas a lo largo de no sólo una temporada, sino de una administración sexenal, o incluso transexenal; algo que me tocó vivir en México con la OSN y con los funcionarios como Rafael Tovar y de Teresa, Gerardo Estrada, Saúl Juárez, Daniel Leyva, Ricardo Calderón, entre otros. Nos tenían confianza, sabían que nuestro trabajo con la OSN sería de gran calidad, entrega y que contábamos con un público que estaba identificado con nosotros, con su Sinfónica, con Bellas Artes.
Esta mecánica de confianza, excelencia e identidad, también la he vivido a través de más de 12 años con la Filarmónica de Buenos Aires y el Teatro Colón, en donde las autoridades se dieron cuenta qué tan eficaz puede ser contar con artistas de renombre para un beneficio de la sociedad ante todo, pero también para poder vender más abonos anuales.
Repertorio contemporáneo
A mí me tocó vivir como instrumentista tiempos cuando los teatros, los críticos y los compositores nos obligaban a tocar música nueva. El público, que no estaba sensibilizado con estas obras, dejaba de venir a los conciertos. Yo intentaba hablar con los programadores y funcionarios haciéndoles ver qué pasaba y me contestaban: “No importa, tú no trabajas para el público, trabajas para el arte”. «Pues sí, -pensaba yo, -entonces mejor me quedo cantando en mi casa; no tengo que venir al teatro a subir el telón, prender la luz, subir al escenario, donde hay más gente que en la sala».
Por otro lado pienso que no podemos negar nuestra realidad, y esa realidad está vinculada con la música de nuestros compositores vivos y con aquellos que formaron estéticas firmes y contestarías en el siglo XX. Nunca he dejado de interpretar y promover la música contemporánea. Por ejemplo, en mi gestión con la OSN, tuvimos tres compositores en residencia cada uno con distintos lenguajes e influencias. Los dejamos trabajar libremente y sus estrenos resultaron todo un éxito, sus obras, fruto de aquellas épocas, aún se siguen interpretando en México. Una de estas composiciones ahora incluso forma parte del repertorio obligatorio para un concurso de dirección en México. Así que otra acción ha sido la de comisionar obras las cuales, aparte de incentivar la creación contemporánea, han dejado un rico patrimonio musical para el país y el mundo. En el Teatro Colón esta modalidad la hemos mantenido y hemos apoyado al máximo el ciclo “Colón contemporáneo”, que además vende un abono anual.
La dupla Gestor cultural Director de orquesta
En la actualidad existe una profesión de gestor, promotor cultural. El gestor trabaja en la intersección de varias disciplinas artísticas y sabe qué producto hay que promover y llevar a la comunidad y, por otro lado, cuáles son las expectativas de esta comunidad. Este conocimiento obligatoriamente debe llegar al director de orquesta que tiene la palabra final en la programación, puesto que es él quien va a interpretar y elegir a los artistas.
El gestor por su parte debe hacer un diagnóstico del público; investigar cuáles son las características del grupo social que se quiere impactar. El director y el gestor tienen que ser una dupla inseparable, en donde convergen los deseos y necesidades musicales de una comunidad. El gestor debe medir los tiempos de programación, gestión, procuración de fondos y realización de conciertos para que su director pueda cumplir con todos las tareas artísticas. Ningún gestor, o administrador pueden ver al director musical como un subordinado, como un subalterno, debe considerarlo ante todo como lo que es, un artista. Por que al fin y al cabo, los que suben al escenario son los artistas.
Temporadas exitosas
A manera de conclusión, me gustaría mencionar algunos ejemplos de temporadas exitosas en todos los aspectos: culturales, económicos, artísticos. Cuando estuve como asociado en la OFUNAM había conciertos de salas tan llenas que el público tenían que sentarse en las escaleras. Era el principio de los años 80s, era prácticamente otro país, eran grandes temporadas de repertorios variados y balanceados, de las cuales la gente sigue hablando hasta la fecha.
Con la OSN también hemos tenido temporadas de mucho éxito, así como “La sinfónica va al cine”, cuando la personas se formaban en filas que daban vueltas a Bellas Artes, o esta temporada exitosísima que -mis colegas extranjeras no me lo pueden creer- fue la programación integral de las sinfonías de Mahler. Mucho éxito tuvo la temporada «Mujeres en la Música» del año 2000, en donde programamos obras de compositoras de todas las épocas y nacionalidades como un gesto de clara justicia ante años de indiferencia, -acá habrá que revisar la hemerografía de aquella época para ver el nivel excelente de críticas que se publicaron.
A la Orquesta Sinfónica del IPN me invitó Daniel Leyva, que estaba a cargo de la Dirección de Difusión. Primero le dije que iría como huésped para ver la reacción de la orquesta. Desde los primeros ensayos sentí su entrega, su vibra y vi que podíamos hacer cosas maravillosas. Después del primer concierto acepté tomar la orquesta como un hermoso reto de hacer música en mi país, pero también con la mirada puesta en dos cosas: formar parte del desarrollo de una orquesta y de una comunidad. La programación fue pensada de tal manera para que la gente, los estudiantes, los jóvenes entendieran nuestro mensaje, antes que nada, el mensaje musical. Así fue llevada a cabo la temporada “Dame 5”. Bajo el lema del famoso frase “Give me Five”, «chócalas», programamos las sinfonías Número 5 de los compositores más famosos y eso llamó mucha atención, así de importante es elegir una temática llamativa. A parte, los músicos efectivamente rompieron la cuarta pared, se integraron, se volcaron en los conciertos. Cada vez nosotros hacíamos una breve explicación al público para que se adentrara a la compresión de la obras. No podemos negar que en gran parte la crisis de hoy se debe a la falta de paciencia para leer, entre ello, leer programas de mano (en el mejor de los casos el público los usa para abanicarse). Nuestra iniciativa no fue en vano: nos apoyaron los medios, el Canal Once hasta modificó sus contenidos para atraer más personas; nos apoyo el público que definitivamente sintió la entrega de los músicos. El esfuerzo fue remunerado.
Para finalizar, diré que en todo ello, desde mi punto de vista, radica la misión de un director: lograr estar frente a una orquesta que lo va a respetar, tener a un público que también quiera venir al teatro, que se sienta identificado con los músicos, con el director, con su teatro. Y, claro, siempre hay que estar dispuestos a tener mayor apertura. Debemos salir a la ciudad, ir a las plazas públicas, a la escuelas, compartir la música, el gozo y la alegría, más que impartir una clase o una doctrina. El papel de director no es educar, no podemos hacer pensar que la sociedad es ignorante. El papel de director es, ante todo, impulsar el gozo de la música.
Enrique Arturo Diemecke (Ciudad de México, 1955) es un director de orquesta, violinista y compositor mexicano. Se desempeñó como director artístico de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires, la Orquesta Filarmónica de Bogotá, la Orquesta Sinfónica de Long Beach, la Orquesta Sinfónica de Flint, en Estados Unidos, y la Orquesta Sinfónica del Instituto Politécnico Nacional en México. Ganador de múltiples premios internacionels. En 2014 fue declarado «Personalidad Ilustre de la Cultura» por la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires.
En 2019 fue nombrado Presidente Honorario de la Sociedad Mahler México.
En 2019 fue reconocido con el Premio Konex 2019 como uno de los 5 mejores Directores de Orquesta de la última década en la Argentina.