Les compartimos una selección de poemas de Pedro López Adorno, escritor puertorriqueño radicado en Nueva York, cuya obra, según el crítico David Cortés Cabán, siempre ofrece "varias lecturas para que los diversos planos y asuntos que contenga se manifiesten transfiriendo la voz del hablante poético al mundo del lector". La presente selección forma parte del nuevo libro de López Adorno, publicado recientemente por La Otra.
Versión del que surgía
Pedro López Adorno
Merece el polvo otro poema. Otoño
abre hojas y son polvo los colores.
Lo ululado en la cerrazón parece
polvo. Polvo es esto y aquello.
Pedro López Adorno
Hondura expresiva en Versión del que surgía
David Cortés Cabán
La intensidad de la poesía a veces no hay que buscarla en lo que dice sino en lo que sugiere. Pretender, en una primera lectura, comprender la diversidad de motivos, tonalidades y anécdotas que conforman la estructura de un libro como Versión del que surgía sería mucha soberbia de parte de cualquier lector. Todo gran libro, como sabemos, reclama siempre varias lecturas para que los diversos planos y asuntos que contenga se manifiesten transfiriendo la voz del hablante poético al mundo del lector. No para buscar interpretaciones que no existen fuera del poema, sino para sentir la imagen que manifiesta ese otro mundo que permanece secreto hasta el momento de la lectura. Tampoco hay que desesperarse por buscar una solución lógica ante lo que un poema nos presenta, cuando posiblemente lo que nos pide es que sintamos la emoción de ese imaginario que creíamos inaccesible. Pero quienes no se acerquen a la poesía con amor, no podrán pretender encontrar grandes hallazgos o respuestas a esos pensamientos que sobrecogen e inquietan nuestra conciencia sobre el amor, el tiempo y la vida.
En Pedro López Adorno notamos unas exigencias que delinean ya desde el comienzo la construcción del poema como una reflexión y reacción ante la experiencia creativa que lo provoca. Me refiero a su continuo diálogo con por lo menos cuatro motivos que señalaré brevemente, y que requerirían ser abordados con mayor amplitud en otra ocasión: la devoción de sus lecturas, el tema del amor, el tiempo y el uso del léxico que armoniza las exigencias de estas composiciones. El subtítulo que anuncia la primera parte del libro, I. “…hablar de lo que se desmorona” evoca la precariedad de las cosas arrebatadas por el tiempo. Un latido humano que aspira a retener aquello que ahora el ojo no puede vislumbrar entre los avatares de la vida. El recuerdo del amor fallido de Polifemo perdido en el tiempo y sentido como propio: Pasión no suya. No es de nadie. Nadie / la entiende. El amor como una inevitable presencia que se levanta sobre un paisaje de brumas, y otra vez como un destello sobre la travesía del viento exhibiendo sus inconsistencias. Composiciones como “Polvo”, “Defensa”, “Cuadro” y “Arte del regreso” son muestras de la solidez estética de estas composiciones. La maestría de un paisaje de signos inexorables donde el tiempo va marcando un camino para contrarrestar la rutina o la desilusión de los actos cotidianos: La tarde se revuelca / en su alberca gris. La ciudad / tropieza contra el hielo del espejo (“Cuadro”). Sin duda, la imposibilidad de separar la mirada que recorre ese horizonte de viejas añoranzas, ese pasado en el que la vida no había aun sido herida por la incertidumbre, por el cuestionamiento de la dureza del mundo, esa áspera y dolorosa realidad que apunta día tras día a la temporalidad de las cosas: ¿Para qué vive el viento esta vez? / ¿Para qué el sol precipicio incomprendido? / ¿Para quién proyecta equilibrios la incertidumbre? (“Mangosta”). Ciertamente las cosas del mundo terrenal llamando la atención, sacudiendo la voluntad, sacando la inconformidad del espíritu. Acaso porque lo que nos rodea está traspasado de un extraño fulgor que no acertamos ver y el poeta busca allí una realidad más humana como cuando mira el bosque, o la playa o la noche en sombras silenciosas: El bosque, secuestrado / en lo eterno, almacena / borrascas / cuyos silencios / fingen sombra… (“Tríptico”). Por eso los temas que aborda el poeta nos hablan de las cosas que vemos y constituyen la realidad física de todos, lo que está en el ambiente, los seres con quienes entramos en contacto, las emociones que penetran el corazón enriqueciendo la vida o alterándola, dejándola traspasada por una densa neblina: No es fácil la vida pero queremos / rescoldo e impermanencia y abotonado / origen. Soplar y vencer. Dejar de ser / remoto rumor, ignorada espesura, nos dice en “Tinta en su interior”, esa conciencia del lenguaje que condiciona la disposición y la voluntad del escritor convirtiendo su percepción en esa dimensión artística que llamamos cosmovisión poética.
En la sección II. “…la ardiente medida deseada.” continúa el poeta ahondando en las posibilidades expresivas del lenguaje. Diversos motivos que van desde una visión poetizada de la naturaleza, el jardín, los pájaros, la amistad, la muerte, la infancia o la nostalgia de la casa vendida hasta la compleja realidad de una escritura que suscita un sentido de desafío, como si la acción misma de escribir contribuyera a la extrañeza de la vida. La sensación de un mayor esfuerzo para que el poema triunfe como un acto de perfección. Por eso, inevitable es que el poeta sienta el desgarramiento que provoca toda poesía que conlleve un logro auténtico, pero también un sentido de insatisfacción por la búsqueda del ambicioso ideal de perfección. Rasgos reales en todo buen poeta, y tan vigentes en las tonalidades y la hondura que acredita la obra poética de López Adorno. Rasgos que revelarán por sí solos lo que acontece en Versión del que surgía y nos colocan frente a situaciones congruentes con nuestra sensibilidad, y con lo que hemos vivido, o imaginado o añorado alguna vez. Todo esto es precisamente lo que busca la verdadera poesía. De ahí también que algunos poemas reflejen la imagen del poeta junto al perfil de los amigos en el tiempo. La realidad de ese vivir que se convierte en una indagación de la vida y la muerte; el paso del tiempo, los años que se diluyen prolongando en el hablante la conciencia de lo que perece. Evocar los recuerdos es también un modo de asumir el presente, abrir una ventana imaginaria por donde asoman los rostros de los amigos, la presencia de la madre muerta, el paisaje que arde en la hondura trágica de las cosas a las que nunca podrá renunciar el poeta. Pero reconoce que todo es pasajero, que una y otra vez las palabras transformarán la brevedad de sus pasos sobre la tierra: visión que funde la imagen del protagonista lírico a la imagen del jardinero, creando así otra serie de imágenes que dibujan el sol, la lluvia, el jardín, la luz, y el cántico de los pájaros en un paisaje cuyo eco también se desvanece, o regresa en la voz que nos convoca en el poema.
Pero, del equilibrio fugaz de ese paisaje ¿qué es lo que queda?, ¿qué es lo que permanece?, ¿No es coincidencia la voz de Jorge Manrique en este susurro del tiempo?: ¿Y qué hubo de la cereza deseada? / ¿Del hermético arándano, cima y sima y voltaje? / ¿Del cóctel de fiebre y corrupción frente al intoxicado mar que intercambiaba / angulas por abrazos? ¿Qué grafía anclará / en las arenas? Entonces, lector, avancemos con el poeta sobre el fondo de estas expresivas imágenes: La incandescencia de una noche de octubre / sobre la mesa. Libro y voluntad abiertos / a lo indócil. Lo que parece ser y es o puede / ser o siempre fue fuetazo. Letargo / del animal amancillado por la silla / y sin embargo fiera. Tal vez ser / sea más difícil que vencer… (“Volumen”).
Expiación polifémica
Si contemplara las paredes de la cueva
domaría a su Odiseo.
Si vislumbrara ecuánimes las sílabas
ser, estar, ir fluirían posesos
como el ogro que busca
su alma entre los árboles.
Cada contagio sería Galatea.
Engendro de estoaquíahora.
Maraña de inmolación la tinta
farolearía en lo vencido o lo por vencer.
Las sombras de su pérdida
blandirían sublevación en el paisaje.
Paisaje
Umbraliza laberintos el silencio.
El viento es nido en el santuario que emerge de
las brumas. No son desvelos pájaro bobo que
se aleja ni lechuza al sur. Los náufragos,
encallados en la embarcación que Dios dispuso,
se percatan de que es sínsora la orilla.
Garzas, alcatraces y pelícanos
observan los labios de esa travesía,
los retorcijones de la luz sobre los mangles.
Al anochecer
lenguas que se inmolan
Herencia
Se fue retorciendo en el papel
y era añicos la fiesta. Un fin
de mes o más allá
desplumándose los árboles.
Su respiración la ventolera.
Puccini sin duda la amaría. El perfecto
rubí de su vulva a la hora del ensueño
el porvenir. Olvidemos los ladridos
de la voluntad. Las hojas amadas
por las ráfagas. La figura que algún
despistado creyó ver en la penumbra.
No era ella. Era
el tiempo en que ella se encendía.
Aparición perdida
Ahora que busca el apoyo
del atardecer para contemplar
el acantilado a solas,
reconoce que eras mar.
Confabulación de mariscos la ardentía.
Ahora que el acantilado, a su vez,
somete a contemplación
caravanas de peces y palmípedos,
cuán feliz (medita) sería
si alcanzara en la página
las alas que ayer abría
y cerraba a su antojo.
Idioma efímero
llegar nunca
al fin.
Arte del regreso
Nubes, disonancias, prepotencias.
Cuerpos suben como ríos, como
modulación San Sebastián en los barrancos.
No sea martirio abrirse paso entre las migas.
Algo debe surgir del sandungueo
cuando el rigor cuaje en el zafio
trasero de la sublimación.
Tú estarás, piedra y porvenir,
tinteado in situ
lamiendo los aromas de la dicha.
Que no laberinte en brazo alguno, en lengua
o pie de ninguna sombra
el clarísimo enigma.
Tus augurios y hogueras
nunca sean manjar para gusanos.
Vuele la ira de los pájaros.
Vuelva a la caverna la hermosura.
La cena en la hierba
Todo este comienzo de septiembre
tan soleado. Precipicio y sombra.
La devoción en ascuas
apresura el lecho. Trinos conmueven
la osadía. Algo de mar
entre los párpados. Anclaje
para que el tiempo no
pueda contemplar la corrupción.
Son días perfectos. Los museos
de miedo se atrincheran en la imaginada oscuridad.
La naturaleza perfecciona lo descalabrado
humano. Escala dulce abismo. Devora
labios al pensarlos. El poema comulga
tentación entre las trizas.
Su tímpano y el tuyo
trinan cauces en los tejidos del jardín.
Podrían morirse con días tan bellos
como telón de fondo.
El llamado del marisco es más urgente.
Abejas ante el misticismo de unas migas. Moscas,
mariposas, ardillas vírgenes salvadas
por la sapiencia del peral. Cándalos
que caerán. ¿Cuándo? ¿Cómo?
¿Dónde el sudor si Uds.
comulgan tentación entre las trizas?
¿Si la cordura del adiós es más
estable que la luz del encuentro?
Versión del que surgía
Noviembre entre las hojas.
Acaso tiembla o purifica sus chacras.
Mi indecisión me saca de quicio.
Quiero. Pero no. No se trata
de un noviembre lánguido con pavos
sacrificados a granel. Hay otro
candado. Otro pronóstico para la trepanación.
No se alarmen. No es casual este anzuelo
en el poema. La vida misma abre
mares de mentira y simulo pez ingenuo
frente a demarcación inaccesible.
Ola expiatoria se revuelca en el centro
del pecho. Más allá seres queridos.
Guayabas en el patio. Flora de fósiles
el cielo. Promesa de un más
que en el acá se autofulmina.
Ejercicio de traslación impune, algo
tendrá que impugnar cruz
o cueva. Atrincherada hiancia.
Noviembre cesa. Hojas y chacras
besan hierba, combustión, ruina.
La versión del que surgía.
Pedro López Adorno nació en Puerto Rico en 1954. Doctor en Filosofía y Letras de New York University (1982). Como poeta ha publicado los siguientes libros: Hacia el poema invisible (1981); Las glorias de su ruina (1988); País llamado cuerpo (1991); Los oficios (1991); Concierto para desobedientes (1996); El gran olvido – plaquette (1996); Cumpleaños –poema/plaquette (1998); Viajes del cautivo (1998); Rapto continuo (1999); Arte de cenizas/Poesía escogida:1991-1999 ( 2004); Opera ardiente (2009); Terapia perpetua (2018)- edición bilingüe español/ italiano con traducción de Emilio Coco; y Arca de la desmesura (2019). Se desempeñó como catedrático de literatura de 1980 hasta el 2012.