David Cortés Cabán, escritor puertorriqueño, nos invita a acompañarle en su viaje existencial a través de las montañas, ríos, salas de emergencias y puentes, colgados por encima del vacío.
Cruzando el puente de Nanjing
David Cortés Cabán
“No viajo a un país de pobreza”, le dije a la guardiana de seguridad
que me enfrentó en el pasillo para que le mostrara mi equipaje.
“Solo llevo un par de calzoncillos y tres pares de medias”, le dije,
y “tres pañuelos para cuando sienta nostalgia de la isla y me entren ganas
de llorar”. “Dos calzoncillos y tres pares de medias no es señal de pobreza”,
le dije también cuando noté que me miró desconcertada.
“Todos tenemos una pequeña virtud”, volví a decirle para que se calmara.
Lo que le impacientó no fue mi pobreza, sino el gallo de pelea
que llevaba oculto en mi maleta.
“Todos tenemos un gallo de pelea dentro”, dijo mi primo cuando
perdió a su mejor amigo por una pelea de gallos. Le expliqué a la guardiana
que los gallos de pelea son buenos defensores del honor
y que poseer un gallo de pelea era como tener al mandatario
de una primera potencia hospedado en la casa.
Pareció no quedar convencida cuando llamó al inspector
de aves exóticas para cerciorarse de que ningún poeta
viajara con gallos de pelea a menos que viniese acompañado
de una orden municipal.
Sentí que aún dudaba de mi palabra y le enseñé los documentos de mi gallo,
menos su acta matrimonial porque a los gallos de pelea no les está permitido
casarse, aunque pueden vivir en concubinato toda su vida.
Tampoco estas razones pudieron convencerla hasta que le dije que los gallos de pelea
eran buenos amantes y podían derramar hasta la última gota de sangre
si se enamoraban locamente.
Creo que esta vez la guardiana quedó convencida,
pues le dio un beso a mi gallo y desapareció cantando por el pasillo.
EL ALMA EN SILENCIO
Lo que ocurre en mi cabeza llega de afuera
cuando la lluvia cae torrencialmente y sacude los árboles.
Qué significa torrencialmente cuando no sabemos nombrar
y el alma corre buscándote,
esperando que algo acontezca, que el yo regrese
y diga dónde has estado.
Estoy señalando el camino que perdí.
¿Qué dices para que recobremos lo perdido?
¿Qué perdimos cuando nos convertimos en extraños?
Mi cuerpo está sentado. Sigue sentado esperando
y nadie se detiene. Ahora mismo llegas y me abandonas
como un globo frente al mar.
Sigo esperando que cruces el puente del río Yangtsé.
En algún lugar está el final.
Ahora tu corazón es como un espejo que refleja otra realidad.
Me inclino sobre el último reflejo de la tarde
para comprobar lo que he dicho.
Miro las montañas purpuras y soñolientas.
Quiero llegar hasta el Mausoleo de Sun Yai-Sen.
Miro desde la ventana y las nubes siguen su rumbo.
Estoy perdido sin moverme.
Estoy cruzando el puente de Nanjing,
dicen que es el favorito para lanzarse al vacío.
Llega la noche y las palabras siguen solas
sin regresar.
HISTORIA UNIVERSAL
Esto es más o menos lo que dijo el profesor:
“comenzamos con la historia de Europa, y si sobra tiempo
haremos un paseo por las Antillas”.
“No es exactamente así, creo que estaba bromeando”, dijo William.
Hablaba de modo figurado. El Nuevo Mundo está aún por
descubrirse, creo que piensan que somos invisibles.
Tenemos muchos defectos pero hay recursos.
“Hay también mucha competencia”, le dije;
“además hemos construido casas sobre los viejos cementerios”.
Los que murieron regresarán un día a buscar lo que es suyo.
“Entonces dejaremos de caminar sobre cementerios”,
preguntó William. No estoy tan seguro, el profesor tampoco
está tan seguro, dice que nuestra historia es muy pobre.
Toda la clase fue sobre los espartanos y los atenienses.
Definitivamente eran grandes guerreros. También los taínos
fueron grandes guerreros. “Crees que los indios regresen
a reclamar lo suyo”, preguntó William.
“Es posible, el mundo está lleno de sorpresas”, contesté.
El profesor no se ha enterado que lo han engañado.
“Es cosa de la historia, es la magia del pasado”, dijo William.
Anoche estuve soñando que los espartanos me perseguían
por estas calles. “Debe ser una premonición”, dije.
He tenido el mismo sueño, pero no puedo comprenderlo.
Creo que debemos despertar para ver qué ocurre.
SALA DE EMERGENCIAS
“¿Y si hacemos preguntas al azar?”,
dijo la muchacha en la Sala de Emergencias.
“Es una linda ocurrencia”, contesté.
Quizás lleguemos a otro país antes de que amanezca.
“Qué es lo que más amas”, dijo, sin negar que sus
películas preferidas eran las de Twilight Zone.
“Me gusta la vida tal como es,
aunque a veces no me gusta tanto”, dije.
“Cuando estoy enfermo veo todo a través de
un túnel solitario, entonces la vida me decepciona,
en cambio cuando estoy feliz podría cerrar
los ojos y subir al Kilimanjaro”, agregué.
“Entonces, “¿qué cambiarias?” preguntó.
“Cambiar algo sería como mudarme a un cuerpo extraño”, dije.
“Yo amo lo que puedo soñar”, dijo.
“Yo amo los pájaros, aunque no sé para quiénes
cantan”, dije. “Creo que cantan para todos”, contestó.
“Creo que sí”, dije. “Su destino es cantar”.
“Quisieras escucharlos”, dijo.
Podríamos intentarlo, pero nos han cambiado
todo de lugar.
DESDE UN HOSPITAL DE MANHATTAN
Esta es la isla
que atraviesa lejanas planicies.
Has llegado un día de fiesta buscando
tus huellas en el tiempo, no las tuyas,
de otros que te vieron partir.
Es diciembre, es invierno, es Navidad.
Hemos de encontrar la isla invisible:
le digo a mi sombra que va más ligera,
le digo a mis ojos que no ven nada,
le digo a mi corazón que se echa a llorar,
le digo a la mujer que nunca he visto,
lo digo con modestia mientras envejezco.
Lo digo por ti que no conozco,
por si encuentras mis palabras en el viento.
Nos ciega la luz de otra fogata
le digo a mi boca, le digo a mis pies
que se detienen
cuando mi cuerpo se echa a volar.
No reclamo lo que no puedo dar,
le digo a la mujer que se ríe de mí.
“Lo que amas llega en las trampas del olvido”, me dice.
No sé dónde encontrar la isla que brilla.
Echo mis redes sobre arenas movedizas.
Imagino que he llegado.
La luna baila en la habitación.
Cubren mi rostro con la sábana blanca,
nada es lo que soñé.
EL RÍO HUDSON
He llegado hasta aquí
y ahora contemplo el río Hudson.
El otoño no imagina que es otoño.
Los árboles brillan sobre la superficie.
El sol vuelve y baja entre las nubes.
Los árboles permanecen en silencio
como si nada existiera. Yo también
permanezco en silencio como si no existiera.
Los árboles no saben que son árboles,
el sol tampoco lo sabe. Las palabras
no pueden registrar lo que siento.
La emoción me invade y las palabras
me dejan en el mismo lugar.
Sentado en este banco contemplo la vida.
Hay mucha gente sin ocuparse de nada,
extraviada como yo con la mirada fija
en la ardilla que saltó entre la hojarasca.
No puedo describir lo que siento.
No sé cómo agradecerle al paisaje tanta felicidad.
“Todo es igual y todo es diferente”, le digo
a la mujer que corre sin mirar el paisaje.
Cree que soy un inmigrante y acelera el paso.
Ciertamente es lo que somos le digo a mi corazón.
“Ya nada será igual, dentro de mí nada será igual”,
le digo a los que pasan y piensan que estoy loco.
El sol extiende sus dominios,
el paisaje se queda flotando.
TODO ES TAN EXTRAÑO
“No te das cuenta”; dijo.
“Hemos llegado a este país y no conocemos su nombre”.
“No hay nada extraño”, dije.
“Es posible que sea un país sin nombre”.
La mujer me perseguía cuando nos bajamos del avión.
“Pareces un agente secreto,
y llevas gafas negras para despistarme”, le dije.
“Padezco de insomnio y las gafas
negras me protegen del sol,
son los políticos los que te despistan”, me dijo.
“No siempre”, le advertí a la que se convertía en la amiga desconocida.
Lo dije para que supiera que no tenía miedo, ni me asustaban los vampiros
que volaban por los palacios de gobierno.
Caminamos sin darnos cuenta de que nos espiaban.
Al salir del aeropuerto unos oficiales nos registraron.
“Solo traigo libros de poesía”, les dije.
“Para qué sirve la poesía”, preguntó uno de los guardias.
Le dije que La poesía es un arma cargada de futuro, y rieron
de mi ingenuidad. En la maleta de mi amiga de gafas negras
encontraron fotos garabateadas con frases amorosas.
“Es lo de siempre”, le dije.
“A qué te refieres”, preguntó.
No quise explicarle. Solo dije que mirara a su alrededor.
“Todo se ve nublado”, dijo.
“Es cierto”, dije: Estamos en el mismo lugar.
PARA TI Y PARA LOS OTROS
Deja la torpeza de tu corazón.
Tu corazón es una estrella que cae.
Tu corazón cabe en el trino de un ruiseñor.
Tu corazón cruje en otoño.
El invierno se come tu corazón.
La primavera lo resucita.
Tu corazón echa alas pero no vuela.
Tu corazón finge ser amado.
Tu corazón canta en silencio.
Canta para ti y para los otros.
Los otros no conocen tu corazón.
Tu corazón salta al vacío.
Tu corazón no tiene límites.
Tu corazón se aferra a lo imposible.
Lo imposible canta a la orilla del río.
El río se lleva tu corazón.
Tu corazón quiere desaparecer.
Arrójalo de tu cuerpo.
Regresa y recógelo.
Échalo a volar.
David Cortés Cabán (Puerto Rico, 1952). Fue maestro en las Escuelas Primarias de Nueva York, y profesor adjunto del Departamento de Lenguas Modernas de Hostos Community College (CUNY). Ha publicado: Poemas y otros silencios (1981), Al final de las palabras (1985), Una hora antes (1991), El libro de los regresos (1999), Ritual de pájaros: antología personal (2004), Islas (2011), Lugar sin fin (2017), Visión poética en tres libros de Alfredo Pérez Alencart [Ensayo](2017). Ha participado en Festivales Internacionales de Poesía en Puerto Rico, Colombia, México, Nicaragua, Venezuela, Portugal y España. En 2014 fue invitado a presentar “Noche de Juglaría, cinco poetas venezolanos” en Berna y Ginebra. Ese mismo año la Universidad de Carabobo, en Valencia, Venezuela, le otorgó la Orden Alejo Zuloaga Egusquiza en el Festival Internacional de Poesía de Valencia. En 2019 la ciudad de Salamanca le concedió el Diploma de Huésped Distinguido, en un acto celebrado en el Ayuntamiento y dentro de la programación del XXI Encuentro de Poetas Iberoamericanos. Reside en Nueva York junto a su esposa Gloria Quiñones Caraballo.