José Javier Villareal, poeta mexicano, cuya obra ha obtenido múltiples reconocimientos, incluyendo el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes, nos ofrece un poema de su libro más reciente Un cielo muy azul con pocas nubes (Atrasalante / UANL, 2019).
Las bodas de Cadmo
José Javier Villareal
Las bodas de Cadmo
El paisaje exuberante y la gente muy viva,
destellando como flores recién llovidas.
¿Qué con las bodas de Cadmo,
con la mitología, con los amores de unos habitantes
del mundo clásico,
con aquello que no fue, que no será?
I
Al pensar en las bodas de Cadmo
pienso en las Soledades de Luís de Góngora: angelitos
entre nubes, serafines
sosteniendo guirnaldas;
entrelazadas flores
sobre
una cabaña muy humilde
como en el centro del mundo. Jóvenes que se empujan,
se abrazan y derriban
a la luz de un sol muy intenso bajo unas gotas de agua
que no llegan a lluvia,
pero que están ahí
golpeando
contra la lámina del techo.
También pienso en ilustraciones del siglo XVIII,
la biblioteca Palafoxiana,
lobos que aúllan, hombres que acechan,
no se detienen, van y rasgan la noche, el ritmo
de aquellos que contemplan las bodas de Cadmo,
los que apenas y saludan,
pasan de largo con la angustia manchándoles el rostro.
***
Se trata de un banquete,
una mesa ricamente dispuesta, una fiesta
que no tuvo lugar a orillas del Atoyac.
Esto es un acto político, una fiesta que se acomoda
en tiempos violentos.
La marea sube y todo lo detiene:
los días, los planes de trabajo.
Ah, las bodas de Cadmo sobre esos bueyes macilentos,
esos colectivos que suben y bajan,
se detienen y recogen el pasaje en esta parte del mundo
donde se celebran las bodas de Cadmo.
Las bodas se realizan,
suben por las paredes,
por ese helecho detrás de la puerta. Las puertas no cierran,
el filo no corta, va a llover,
pero no llueve.
Las bodas se realizan.
Están los que se congregan en el atrio,
ellas vestidas de rosa con los zapatos en las manos
y ellos con sus trajes y botines;
otros suben con atuendos coloridos
sobre un fondo blanco, en silencio. En un cuadro llueve,
y en el otro, no.
II
Las bodas tuvieron lugar
como quien sale y, al amparo del pasillo, dice: buenas días.
Las botellas circulaban entre los hombres que ya estaban
ahí; de pie, en cuclillas, sentados en el suelo.
Los niños se detenían y jalaban a sus mascotas: pedazos
de hueso, cerbatanas, el trino de los pájaros, esa caja
de cartón con la tapa agujereada.
(A cada paso acariciaba el horizonte:
laberinto o brazalete que se anuda
como serpiente de paraíso;
no por el árbol sino por los muslos. En realidad
no se trataba de laberintos
sino de las cintas que sujetaban sus sandalias a sus pies.
Así, a cada paso que daba, temblaba el paraíso
y la única sombra era la suya.)
Los hombres saludaban y la botella iba de sus labios
a sus manos,
los niños seguían jugando, los niños seguían corriendo
y llorando y jalando los nudos,
los sueños con sus cuernos y patas. Había sueños
erguidos, sueños danzantes y murmuradores,
esos que se pegan —húmedos y viscosos—,
larvas de la noche que no le temen al día.
Las puertas de la iglesia aún estaban abiertas.
Las botellas no paraban de hacerse muy grandes
o muy chiquitas,
los charcos reflejaban el cortejo. Las fiestas
adornaban con sus tiras de papel las bodas de Cadmo,
y Cadmo estaba feliz con su casco bajo el brazo.
III
Pero la felicidad es un cascarón a punto de quebrarse,
la basura en el ojo, la enfermedad que empieza,
apenas y se manifiesta: habrás dormido mal, algo que comiste ayer,
el cambio de temperatura,
la edad que le da por asomarse. Es de noche y los ángeles
duermen, la tetera sobre la estufa,
el libro a un lado de la cama, el foco
que se ha quedado encendido
e ilumina lo blanco de la almohada.
Cuando el jardín está recién regado las sombras duermen
aunque el foco
esté encendido y las celebraciones transcurran
en salones inmensos
a la espera de los músicos… Pero no hay músicos:
A la espera de los diablos…
Pero no hay diablos que hayan escapado
de las caballerizas donde las yeguas duermen
con la pata arqueada.
***
Es mucha información para las bodas de Cadmo.
¿Qué con las bodas de Cadmo, con el banquete,
aquellos que cruzan la plaza, suben la escalera,
abren la reja y desaparecen en los espejos de agua?
No me digas que estaban a la espera de una señal
que nadie sabía reconocer.
No me digas aquello que no quiero saber.
IV
Un romano,
un soldado,
un legionario
que desfila
bajo la sombra del águila imperial;
un caballero,
un cartaginés del ejército mexicano.
***
Las bodas podrían realizarse.
La pena
de ser sobreviviente,
esos que apenas y flotan, llegan, pero nadie los espera,
duermen, pero no despiertan; despiertan,
pero están ausentes ¿los convidados?
***
El soldado no se distingue en sus ropas de civil:
ya ve usted cómo están las cosas;
y el aire mueve las hojas, la bandera, los espacios
por donde habrán de pasar
las gentes de Cadmo reflejadas en las pupilas de la novia.
La novia no es de aquí, viene de San Javier,
de muy al norte, de tan lejos que causa maravilla.
Harmonía llegó, pero sin su cortejo. La familia
permanecía oculta entre las rocas a la luz del sol
o al amparo de la luna.
Estaban de viaje, salían de sus ojos, no esperaban,
no eran de aquí, no subían por veredas,
buscaban las nubes, las cámaras, las máquinas,
los carretes, la duda y la punta de la aguja.
Harmonía paseaba, hacía la compra.
La boda
con los de abajo y los de arriba,
con aquellos que fueran llegando.
Caminamos de noche.
Los escalones,
la humedad.
¿Quién jalaba a quién?
Era la lluvia sumando su presencia corno un invitado más.
V
Fierros viejos, alambres viejos, baterías viejas. Acérquese
a esta unidad de sonido, todo se lo compramos.
Las culebras descansaban al sol. Se les veía aparecer
con sus sombreros de paja, sus mocasines,
sus bolsas de cuero.
Ahí va uno con su sonrisa, con la camisa fajada y el saco;
allá va otro con su falda estrecha, con su blusa entallada,
su collar y pulseras.
Bajaban o aparecían, brotaban, descendían por escalinatas
muy pronunciadas.
Nadie los había visto, pero todos habían sido soñados
al regresar del baile, ya muy entrada la noche;
al amanecer —en el transporte— rumbo a la fábrica.
Eran y no eran, pero José sí los reconocía
al pardear, cerca de la pileta, en el almacén,
al descender del camión;
bajo la lluvia, esperando el pesero. Estaban ahí
de tan lejos casi al alcance de la mano.
Eran los mismos, pero ahora se dejan ver.
VI
Las bodas de Calmo encierran un anhelo
entre el cielo y la tierra, el justo equilibrio que nos abrace
y proteja.
Hay un banquete, una fiesta donde las musas se encargan
del coro; la música, es de suponer, ha de ser
magnífica; sin embargo, es ahí, en ese punto,
donde la cámara, el gran salón —donde se lleva
a cabo el convite—, se convierte en una nave
industrial,
una fábrica del siglo XIX donde pudo representarse,
pero no fue así, La tempestad
de William Shakespeare.
Es fácil descubrir a Próspero y Miranda
entre los vericuetos del edificio, huyendo
el uno del otro,
escapando de sí por las muchas escaleras,
por los estrechos pasadizos. El bosque —ahora
el pueblo— rodea la fábrica de hilados y tejidos.
Subías y subes para poder llegar. Tal vez con la ayuda
de Ariel hubiera sido posible, desde alguno
de los ventanales, ver —a lo lejos— llegar los barcos
de don Fernando, rey de Nápoles. Pero
como no se representó la obra de Shakespeare
Ariel no pudo fascinarnos —ní a los del siglo XIX
ni a nosotros, en el XXI— con tal portento.
***
La posibilidad es válida porque se trata de las bodas
de Cadmo y Harmonía,
ese intento por fusionar el mundo; unir dos realidades
que no pueden vivir la una sin la otra.
La iglesia, junto a la fábrica —hoy centro cultural—,
es pobre y austera
(a un costado del altar un grupo de santos diserta,
sobre qué, no lo sé); la virgen está presente.
Esto podría tomarse como una reminiscencia
de Harmonía, de su boda con Cadmo
en este lugar cuando todos dormían, o cuando todos
trabajaban, o a la hora de la comida, en el cambio
de turno, o cuando la revolución pasó por aquí.
La virgen, en ninguna de sus imágenes, sonríe;
me imagino que cuando Harmonía
recibió el regalo de Afrodita
debió haber sonreído, hecho una discreta genuflexión.
Harmonía estaba de boda,
en cambio la virgen se duele de nuestra suerte.
VII
Los autos suben por la calle Independencia, y los que bajan
lo hacen a un ritmo acelerado, como a trompicones,
sesgados, inclinados por el peso de sus culpas;
esos atados que no se ven, pero sí pesan.
Los tiesos sombreros, las rodillas
dobladas, la media zancada al dar el siguiente paso
y no alcanzar la orla de su vestido.
Da un reparo y se desploma, pega un grito
y el relincho, la tronadera en los ojos entrecerrados
de aquél que baja:
el diablito de la trompeta, el que sostiene el güiro,
el de las farolas, los que saludan
y los que guardan silencio. No me juntes el nivel y el soplete
con la soldadura.
***
Eran de aquí, pero vivían allá, cerca de la piedra,
entre los árboles venían, pero no siempre llegaban.
Teodoro los vio por la curva, Juanita los divisó,
pero nadie por la entrada.
La plaza estaba lista; ahora llegarían los familiares,
los testigos y siervos, los adventistas, aquellos que de tan lejos
habían logrado la gracia divina. Por el otro, los animalitos,
las cucarachitas,
los gusanitos, las hormiguitas y su familia, la de él,
la del novio.
En el baile la sonatina, la maraca y el pie quebrado.
Anda cojito, pero se ha de arreglar.
Nomás le dice, pero sigue igual.
Cadmo en medio de la plaza,
y Harmonía, con su pelo largo,
viéndolo desde el kiosco;
su vestido brillante, su cintura y espalda descubiertas.
VIII
Era una muchacha sentada a la orilla del arroyo.
Arriba la cascada pulía las piedras
y un turista subía por la empinada vereda. Todo sucede
entre 1883 v 1892. La iglesia aún no estaba
terminada, así que las bodas eran poco probables.
Para realizar las bodas era necesaria la iglesia, tener la casa
de Dios en la tierra —mejor todavía—,
a la salida de la fábrica. Pero la fábrica apenas
y comenzaba cuando el turista subió por la vereda
siguiendo el rumor del agua
en su caída.
La muchacha también es poco probable
aunque por tratarse de las bodas de Cadmo
se pueda hacer una excepción.
Al tiempo que uno subía dos bajaban. Primero uno
con herramientas y un pedazo de manguera,
el otro venía detrás con una bola de alambre.
Venían los dos del depósito del agua.
¡Qué bonito!, exclamo el turista cerca de la muchacha.
La muchacha lo vio y sonrió. El fuereño siguió
su ascenso con algo de miedo, las piernas
le temblaban cada que se detenía a tomar aliento.
Cuando vio a los dos que se reunían unos metros más
arriba emprendió el descenso un tanto apresurado.
La muchacha seguía en la misma posición. Esta vez
no le dijo nada
(pobrecita Lupe. Pues sí, como el marido se fue.)
sólo siguió bajando poniendo mucho cuidado
en dónde colocaba los píes.
No la volvió a ver, nunca se encontró con ella
a pesar de que su falda era roja.
IX
Cadmo estaba feliz y gustaba de ver el atardecer
a través de los vitrales.
Harmonía se despidió de sus parientes;
los vio alejarse lentamente.
Algunos preferían la noche cuando las ramas
de los árboles agitan sus angustias;
otros, al bajar o subir una escalera, como siguiendo
el rastro de una pieza muy preciada;
había quienes subían o aparecían en el techo
y se iban diluyendo por los ductos de la cañería;
también estaban los que rezaban y poco a poco
se iban confundiendo con una prueba
de la existencia de Dios.
Los que se perdían en la resolana o los que buscaban
la sombra, aquellos que no volvías a ver
a la hora de la cena,
o esos otros que se sentaban quietos y callados
a esperar a que el mundo desapareciera.
Harmonía suspiró, los sapos no dejaban de cantar
y las hormigas subían a un costado del espejo.
***
No siempre todo había estado tan en paz.
Hubo un tiempo cuando crecían y estorbaban,
cargaban sus armas, sus herramientas de trabajo.
Asi, la oscuridad. Unos golpes
que re aflojan los huesos y el saco en la cabeza,
el sol y las piedras.
Jesús García se robaba las vacas recién ahijadas;
jamás las volvías a ver. Les sobreponían el fierro,
las vendían en los pueblos de abajo. Era como resbalar
en tu propia casa, verte sorprendido,
arrinconado, en tu propia cama. Eran de aquí
y de todos lados. Salían en su búsqueda;
los encontraban, pero se arreglaban, y se iban al norte;
luego regresaban.
Se sentía lo hecho y te quedabas con algo atravesado.
Cadmo lo sufrió; pero ahora siguen los regalos,
los usos y costumbres de nuestra población.
***
Harmonía luciendo su collar,
las tazas de café, las vajillas derramando el asombro
que se va de lado.
Los que cargaban, el del altoparlante,
La bullanguera sonando. Sólo el aire rielaba
entre las piedras de las fuentes.
La planta tratadora, el diésel como engrudó
que penetra y entumece.
Había más: gorros de muchos tipos, con o sin orejeras,
con o sin cordeles, con o sin la borla.
También papel, mucho papel para escribir y dibujar,
para envolver objetos pequeñitos,
diseños y aretes tocados por las musas. Éstas desfilaban
pero no sabían; iban
y venían, a veces de gendarmes, luego de vendedoras;
a la hora de la cena…
Un tropel por los caminos
donde los árboles y helechos, los troncos
y las ramas decidían la luz; y justo ahí,
una música de fondo.
El sol se adueñó de todo, de las cañadas y las lomas,
de aquellos que subían y bajaban,
de las muchachas y muchachos, de las señoras y señores,
de los viejos y los niños.
Las torres de la iglesia, las dos chimeneas,
los eucaliptos que aún resisten.
Antes era otra cosa, pero ahora llegas y no hay quién
te reciba. Poco a poco la fábrica se fue cerrando
en si misma.
Había tablones negros, renegridos por el humo;
sombras que ya no están,
que no se dejan sentir. Para acercarse era necesario alejarse
muchos kilómetros,
buscar una tierra que se mete entre los dientes, un cielo
muy abierto, una luz que oculte la evidencia.
La historia se va perdiendo, volviéndose recuerdo.
Muchos kilómetros bajo un cielo muy azul
con pocas nubes.
Soledad
Vista Hermosa, Oaxaca. Julio de 2016
José Javier Villarreal (Tijuana, Baja California, México, 1959). Poeta, ensayista y traductor. Autor de múltiples libros de poesía. Ha traducido a Ezra Pound, Manuel Bandeira, Oswald de Andrade, Czesław Miłosz, Murilo Mendes, Lêdo Ivo, Ferreira Gullar, Paulo Leminski, Nuno Júdice, Armando Freitas Filho; tradujo y antologó La poesía del silgo XX en Brasil (2012); así como la selección Nueve poetas portugueses para un nuevo siglo (2016), preparada por el poeta Nuno Júdice. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes, el Premio Nacional de Poesía Alfonso Reyes, el Premio a las Artes UANL 1991, el World Cultural Council y el Barbón de Oro, en dos ocasiones. Desde 2006 ha sido Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Actualmente se desempeña como director de la Capilla Alfonsina Biblioteca Universitaria de la Universidad Autónoma de Nuevo León y es Tutor del Programa de Jóvenes Creadores del FONCA. Produce y locuciona el programa “Aventuras Sigilosas” para Radio Nuevo León, 102.1 FM. Es Maestro de la Facultad de Filosofía y Letras (UANL)