ALGARABÍA
EDUARDO GARCÍA AGUILAR
A los diez años Leda hacía piruetas en la barra
y colgada dejaba caer su larga cabellera al aire
y así permanecía largos minutos inmóvil
con los brazos abiertos
apretada con sus piernas al mástil horizontal
mientras todos y todas por igual la pensaban diosa
Era muy alta delgada erguida y altiva para su corta edad
y reinaba en el parque al caminar y escoger sus amigas
lo que significaba un privilegio para ellas
el acceso a un mundo desconocido
marcado por una fuerza centrífuga que hipnotizaba
Con su túnica de algodón flotante
encarnación del poder y el deseo aliado a la belleza
y a la implícita crueldad de la infancia
Su aroma emanaba de ágiles plantas carnívoras
haciendo detener colibríes y ardillas
o ariscos venados
mientras la tarde vagaba hacia el ocaso naranja
PASAJE LAUTRÉAMONT
Más allá del dicterio y el asesinato bajo los ahorcados colgantes
en pasajes empolvados con fantasmas que gritan desde buhardillas
la noche inquieta con olores a orín y sangre coagulada de perro rabioso
Las llagas han alcanzado a habitar estas calles parisinas cargadas de poetas
y la sífilis el chancro la sarna la gonorrea y el labio leporino aúllan de dolor
no lejos del espectro aquél del poeta ululante sin rima ni automatismos:
desde la historia de permanganato de potasio el murciélago de tiempo
entre polillas ausentes luego de carcomer las vigas caídas del siglo
aúlla y vuela desesperado en callejones con futuro a cuestas
Quiero decir París es el Pasaje Vivienne la placa de Bolívar aquí vivió
el sarcófago de libros tiritantes y húmedos en estanterías mojadas de absenta
sin biografía sin datos sin papeles indocumentado en la noche
Lautreamont
¿quién era sino el invento propio de la poesía su propia emanacion inconclusa
forastero cerca de Stendhal, Molière y Balzac y los corredores de bolsa y éter
a unos pasos de Palais Royal invadido por muchachas al mejor postor frente al Vefour
besos caricias de generales y capitanes lúbricos eyaculando bajo las arcadas
y vomitando al fin sobre la piedra vieja de los revolucionarios decapitados en Concorde
ligueros sexo coños vergas de Restif de la Bretonne, Casanova y Sade juntos
sodomizándose bajo la lluvia de enero helada y lúbrica en el crepúsculo anal
¿Donde quedaron todos los habitantes del placer rascando la sarna
entre fluidos vada vez más infectos?
¿Donde Lautréamont dónde el dolor Maldoror líquido morado
fluyendo por atarjeas de sueño y poesía?
CÉSAR MORO CARGADO DE CUCHILLOS
No fue cosmopolita de opereta,
sino extranjero profesional cuyas nostalgias
manaron sangre de tierras vividas lejos de la infancia.
Su poesía no tiene tiempo ni patria
ni sirve para adornar banderas, dar brillo a países
o iluminar senderos de guerreros con lumbalgia.
Moro evitó las oratorias porcinas
lejos de poetas en tarimas
que acariciaron rumbos de fusil o de voto.
La poesía para él era rito,
acto mágico, deriva, soledad,
sitio de héroes secretos y tímidos
que no se atragantan con batracios
y vuelan sobre extraños animales.
Sus poemas rompen espejos y viajan
por continentes donde bebió líquidos incandescentes
que lo llevaron a extraviarse en utopías de palabra.
En Visión de pianos apolillados cayendo en ruinas ve
«pelos de barba de diferentes presidentes de la República de Perú
clavándose como flechas de piedra en la calzada
y produciendo un patriotismo violento en los enfermos de la vejiga».
En Varios leones al crepúsculo lamen la corteza rugosa de la tortuga ecuestre
ve «la sombra rápida de un halcón de antaño perdido en los pliegues fríos
bajo un pálido sol de salamandras de alguna tapicería fúnebre».
En La vida escandalosa de César Moro nos revela el oráculo:
«una navaja sobre el caldero atraviesa un cepillo
de cuerdas de dimensión ultrasensible».
El poema, más que un acto de lucimiento
rodeado de guirnaldas y serpentinas,
debía irrumpir en el mundo desbocando fantasmas
cargados de cuchillos.
En sus poemas reina la libertad absoluta
de quien acurrucado frente a la fogata,
deja que el fuego lo asalte
y lo devore con la complicidad de la luna.
29 de septiembre de 200
PERDIDO EN BENARÉS
Cuando se llega a Benarés,
una bocanada de milenios sale a nuestro encuentro.
Entre un insólito remolino de colores,
fiesta, bullicio, músicas, dioses y diosas desconocidos,
aparecen las visiones atroces de leprosos
o niños mendigos con ojos nublados de infección
y sucios muñones elevados al cielo entre la polvareda.
Por las calles el rinrín de los timbres de las bicicletas
y los rickshaws que pasan a toda velocidad cargados de gente
nos indican que estamos al otro lado del mundo,
en el verdadero reino de lo desconocido, en otra dimensión.
Benarés la ciudad viva más antigua y arcaica del mundo,
que durante 2600 años ha estado ahi,
imperturbable, junto al sagrado río Ganges,
atestiguando cada mañana la salida del sol,
cuya luz anaranjada se derrama día a día
sobre las escalinatas y los antiguos palacios decrépitos
construidos antaño por los maharajás.
Este es el pueblo sagrado que vio pasar a Buda rumbo a Sarnat,
no lejos de aquí, donde daría sus primeros sermones
a recientes discípulos.
Todos los días desde hace milenios
confluye hacia esta ribera del Ganges
la romería de cadáveres envueltos en vistosos tejidos
de colores azul magenta, rosa, amarillo papaya,
rojo sandía, irisados de líneas plateadas y aúreas.
Son transportados en andas por deudos que no lloran
y llevan una mirada indecible llena de todas las sabidurías
y todas las resignaciones bajo el sol calcinante.
Han venido con el muerto por tren,
en viejos vehículos destartalados
o en carromatos halados por hombres o caballos raquíticos,
chocando con elefantes viejos y vacas sagradas hambrientas.
Mientras hacen turno en cada uno de los crematorios,
ellos colocan los muertos apoyados en las paredes o en el suelo
y negocian entre murmullos el costo de la madera para la pira funeraria.
Otros cadáveres arden después de los rituales del brahmán
y la aspersión de las aguas sagradas,
rodeados por dolientes y husmeados por perros sucios
que esperan rescatar del río un hueso
o un pedazo de muerto que flotó con terquedad
sobre las aguas de este sucio, inmundo río.
Me detuve en el crematorio de Manikarnaka
y desde ahí vi a lo largo del río el hormigueo de gente
en las escalinatas Hanuman, Kedara, Chaumasahi,
Dashashvameda, Lalita, Panchaganga y Trilochana,
y la humareda de las piras mortuorias,
el ir y venir de muertos y más muertos y vivos y más vivos.
Había caminado como loco todo el día entre las callejuelas
y avenidas polvorientas de la ciudad
situada entre las confluencias de los ríos Varana y Asi,
que desembocan en el Ganges.
En diminutos lugares internet
regentados por jóvenes expertos informáticos,
veía por las ventanas el rostro de las vacas sagradas
que se acercaban, me miraban y trataban de lamerme.
Afuera, en grandes triciclos,
los conductores transportaban familias enteras,
con bellas mujeres hindúes de senos pulposos llenos de colorido
y musulmanas tapadas de negro
bajo la mirada de sus severos amos los hombres,
adoradores fanáticos de alá,
las fatwas condenatorias y la severa ley del Corán.
Las baratijas ofrecidas por vendedores ambulantes,
dulces y frutas, avisos comerciales,
música estridente que salía de los balcones,
plegarias emitidas desde templos improvisados,
pertenecían a un mundo desconocido.
Nunca había imaginado nada igual,
ni siquiera en las viejas estampas de la infancia
que mostraban al encantador de serpientes
o al fakir elevado con su turbante
entre la muchedumbre gozosa.
Por fín sabía lo que era el otro lado del mundo
y pronuncié como nunca la palabra Extremo Oriente.
Todo estaba engalanado para celebrar a la diosa Durga
de largos cabellos negros, deidad cuyas imágenes
de barro de toda variedad y tamaño,
vestidas con saris multicolores,
ellos lanzaban por miles en su día a las aguas del Ganges.
Los monos deambulaban por los templos hindúes
y miraban inquisidores al transeúnte
venido desde el otro lado del mundo.
Sonaban las campanillas del brahmán
y la gente rodeaba en el viejo templo el linga fálico,
símbolo de la totalidad del universo hindú.
El brahmán me ordenó desde lejos acercarme al linga
y me roció con agua y me untó en la frente un punto rojo,
antes de pedirme dinero avorazado como un político ladrón.
Atrás del templo,
ya adornado con la guirnalda de flores anaranjadas,
me senté bajo una arboleda,
mientras militares agresivos y armados hasta los dientes
miraban todo, prohibían e interrogaban a los pasantes.
Me ordenaron salir.
Sus ametralladoras ardían bajo el sol
y uno sabía que en cualquier momento
se podía desencadenar una masacre en el Templo Dorado.
Más abajo, en el crematorio de Manikarnika
miré arder cadáveres y olí el humo de ceniza,
antes de que los intocables me rodearan en el crepúsculo
y que en bandas me amenazaran y me pidieran dinero.
Era un atraco colectivo
entre el rumor del terrorífico gentío de miserables.
Corrí y ellos seguían detrás de mí vociferando
en una lengua incomprensible heredera del sánscrito.
Más allá, entre las callejuelas, había escapado por fin
y un niño misterioso se acercó y me dijo:
«Sir, confíe en mí, yo lo protejo», en un inglés primario.
Era un chico de siete u ocho años
y me siguió en la estampida del pánico.
Pensé que era un espía
de la muchedumbre milenaria de harapientos
y corrí desbocado por las callejuelas
hasta desembocar entre tenderetes atendidos por hombres
de luenga barba blanca y exagerados turbantes.
Con sus datos pude salir del laberinto
y desembocar a una avenida donde un hippie de Benarés
me guió hacia un hangar de automóviles.
Le pedí que me tomara una foto
dentro de esa enorme y abullonada limusina decrépita
y después me bajé y entré al bar del Hotel
en busca de un whisky servido por nepalíes.
Era mi primer día y la primera noche en Benarés,
la ciudad de la luz y de la sombra,
siempre llena de misterios.
LAS SECRETOS DE CALCUTA
Calcuta, la mítica capital de Bengala,
situada a las orillas del Hooghly,
en el delta final del sagrado Ganges.
Inmenso hormiguero de millones y millones de humanos
que circulan entre polvo, contaminación, canícula o lluvia,
en una incesante algarabía de risas, lágrimas,
miseria, riqueza, fiesta, generosidad,
injusticia y amor inagotables.
En los viejos muros de los edificios neoclásicos
del antiguo esplendor colonial
crecen árboles y plantas que florecen
y echan raíces entre la humedad generalizada.
Una mujer tiende ropa en una ventana
y al lado, en los nobles muros de un palacio viejo,
poblado tal vez antaño por un magnate,
un alto funcionario colonial o un embajador,
se explaya ahora un matorral de flores
color fucsia, amarillo y rojo sangre,
poblado de pájaros y monos sagrados.
Hay que escuchar los pájaros
a la hora del crepúsculo tropical:
cuando se avecina la noche
llegan por cientos de miles
desde las amplias extensiones del delta
y se refugian en los árboles del patio
de un palacete decimonónico convertido en Gran Hotel.
Hacen un bullicio fenomenal,
como si cada una de esas aves
hubiera llegado para contarles a las otras
las experiencias del día en los amplios campos
cantados en viejas epopeyas o por Rabindranath Tagore.
Y de repente, a las seis y media,
de súbito y al unísono,
como comandados por una fuerza natural
escrita desde hace millones de años,
esos cientos de miles de pájaros se silencian
y duermen dejando un halo de paz,
mientras uno bebe cerveza india
y piensa en los viejos tiempos del comercio de especias,
en los años de Marco Polo,
en las naos de los aventureros portugueses,
ingleses y británicos que llegaron allí.
Tras su corto esplendor,
la enorme metrópoli de palacios inimaginables
y lujosos edificios diplomáticos y burocráticos,
construidos a imagen y semejanza de los del Imperio Británico,
fue cubriéndose de moho y vegetación
y creciendo de manera desordenada
hacia todos los puntos cardinales.
En su seno Ramakrishna a fines del siglo XIX
y Vivekananda en el XX
pretendieron reunir todas las religiones;
allí escribieron Rabindranath Tagore o Jibananda Das;
Los indigentes duermen en la calle,
rickshaws cruzan halados por famélicos,
bellas esposas repudiadas y viudas indigentes
o niños enfermos iden limosna en el nuevo milenio.
El viejo sabio Doctor B. Chakravarti, todo de blanco,
me ha firmado su libro The indians and the amerindians,
los poetas siguen en el Indian Coffee House,
en Bankin Chatterjee Street, en el barrio universitario
lleno de casetas de libreros ágiles y entusiastas.
Adentro del café se mueven las aspas de los ventiladores
y en cada mesa el diálogo fluye entre taza y taza de té.
Al salir cruzará por la calle un pastor con cien ovejas
y más allá uno podrá comprar un coco
en una tienda protegida de la lluvia con latas de Coca-Cola,
junto a una imagen en altorelieve del revolucionario Lenín.
En la Sahitya Academy, los escritores de Calcuta
recuerdan con orgullo los poemas de los siddhacharias budistas
primeras formas del lenguaje bengalí de los siglos VII y VIII.
Y más tarde,
en casa del gran maestro casi centenario Annada Sankar,
la más importante figura viva de las letras de Calcuta,
él nos cuenta el tiempo de sus viajes y vida en Occidente.
En la mirada profunda y sabia de esos hombres y mujeres
a la hora de sentarse en círculo alrededor del viejo aeda
para hablar y compartir la alegría de leer y pensar,
la alegría de escribir y morir,
palpamos que todavía la literatura es algo sagrado y terrenal
como el polvo de las calles y la incesante lluvia
arrastrada por los monzones.
A la hora de decir adiós y subir al avión de Air India,
no queda más remedio que llorar de felicidad
por una ciudad tan real y tan mítica como Calcuta
donde millones de pájaros cantan mientras el sol se oculta.
Paris, 2000
EN LAS PALMAS DE GRAN CANARIA
Entre las callejuelas de Las Palmas de Gran Canaria
aparece de repente la iglesia donde oraba Cristóbal Colón
antes de partir hacia tierras de América,
en una aventura que para entonces era casi intergaláctica.
El templo en una plazoleta medieval arropada por el céfiro de los alisios
que recorre por los islotes de las Canarias,
y roza aquí los empedrados laberínticos
y las paredes viejas de las casonas de antes del Descubrimiento.
No hay otro remedio que recogerse emocionado
e invocar las almas de los viajeros,
convocar los espíritus de los aventureros
que abrían el mundo por los mares
como si fueran trochas por montañas de agua,
arriesgándose a la muerte y al olvido.
Y uno dice: Colón estuvo aquí
y durmió en la casona de enfrente
que es ahora el museo que lleva su nombre.
Uno lo ve hablando con sus marineros,
ajustando los últimos detalles,
arreglando los problemas de las naves
o aceptando los últimos viajeros canarios.
Uno se imagina entonces ahí al genovés arrodillado
ante las imágenes de las vírgenes o los nazarenos,
orando y pidiendo buena suerte
para cada una de las etapas decisivas
de tres de los cuatro viajes
que emprendió hacia las Indias,
que no eran todavía las Américas maravillosas
que alegraron el mundo con su tabaco
y lo salvaron de la hambruna con papa y chocolate.
El griterío de jóvenes muchachos y chicas hermosas
empieza a sonar cuando bajo hacia las calles cercanas al puerto
y al mercado de la Mojana, entre olores de pescado frito.
En la taberna de los Sobrinos, que huele a siglos
y a intimidad de poetas y de artistas,
me paro a tomar un vino blanco
y a degustar un delicioso jamón serrano.
En la tarde hablamos en el Gabinete Literario,
edificio modernista donde pasaba horas Benito Pérez Galdós,
y en uno de los salones del espléndido palacio art-nouveau tropical
los anftrones hablan con acento suave y musical
y nos llevan a mirar el Salón Dorado
donde cantaban los cantantes de Ópera
de tiempos de Rubén Darío
y las salas donde desde hace más de un siglo
juegan a las cartas las señoras elegantes de abanico
o departen políticos y comerciantes,
hundidos en mullidos muebles de otra época.
En las aguas del puerto reinan los mástiles y las gavias
como en 1492 reinaron La Niña, La Pinta y La Santamaría
antes de que partieran a descubrir el Nuevo Mundo.
En los parques de palmeras los niños juegan
en bellas réplicas de madera de aquellas naos,
mientras en la playa los habitantes locales gozan
hacia la tarde del sol de las playas entre el griterío.
En el Parque de San Telmo el poeta Leopoldo María Panero
me ha recitado de memoria poemas de Porfirio Barba Jacob
para mostrarme que sabe de Colombia,
pues uno de sus hermanos fue novio
de la ya suicida poeta colombiana María Mercedes Carranza.
Me dedica su primer libro «Así se fundó Carnaby Street»
donde dice que «todos temen que el gigante vuelva a entrar en acción».
Hablar con Panero, que ha asumido la sabia locura
como la única solución al desastre, entre tantos libros de poesía,
y después leerlo saboreando una cerveza Dorada,
forma milagrosa y mágica de terminar el día.
Con Panero, que como todo poeta loco
nos salva en este mundo de marcas, cifras, dinero y burócratas,
terminamos un día más en Canarias,
archipiélago de sueños literarios y de viajes
colocado en el centro de un Océano Atlántico
que nos baña y nos nombra.
No hay nada más nutritivo
que el viaje y la errancia, los exilios en mares y continentes.
In memorian Leopoldo Maria Panero
Eduardo García Aguilar (Manizales, Colombia, 7 de septiembre de 1953). Residió en Bogotá y luego en París, donde realizó los estudios universitarios en la década de 1970, en la Universidad de Paris VIII. Después vivió en San Francisco (Estados Unidos) y casi una vida en México, desempeñándose allí como corresponsal extranjero de la Agence France Presse (AFP) durante 13 años.
Desde 1998 reside de nuevo en París, donde trabaja en el servicio español de la sede de la AFP. En México, en 1981, publicó su primer libro de cuentos: Cuaderno de sueños. Ha publicado las novelas Tierra de Leones (México. 1986), Bulevar de los héroes(México. 1987, traducida y publicada en Estados Unidos en 1994), El viaje triunfal (Bogotá, 1993 y México 1997) –novela ganadora en Colombia del premio Ernesto Sábato de Proartes y publicada en 2009 en Estados Unidos–, así como Tequila coxis (México, 2003). También ha publicado los poemarios Llanto de la espada(1992) y Animal sin tiempo (México, 2006), los libros de cuento y relato Cuaderno de sueños (México, 1981), Palpar la zona prohibida(México, 1984) y Urbes luminosas (México, 1991; Bogotá, 1994). También es autor de Celebraciones y otros fantasmas. Una biografía intelectual de Álvaro Mutis (TM, Bogotá, 1994 y Casiopea, Barcelona, 2000) y de Delirio de San Cristóbal (México, 1998).