Poeta nacido en Aguascalientes en 1956, se ha desempeñado como profesor y ha ocupado cargos públicos en la administración pública en el ámbito cultural y publicado una media docena de libros de poesía.
Eudoro Fonseca Yerena
Parábola del gato y la pianola
He pasado la vida por los toboganes de los días,
los meses y los años,
alguna vez desoí los consejos de mi madre
y de los viejos,
ignoré la leyenda preventiva,
los señalamientos que marcaban para mí
el camino razonable,
osé pisar el espacio tan temido,
adentrarme en el reino de la mano pachona y su borlote;
avancé decidido
desairando proclamas decentes y sensatas
y me hundí en los anillos de la noche,
eras completas he rodado desde entonces,
como un pez delirante en el abismo de la red,
como la quilla de un barco
enfrentada al embate difuso de las olas;
a veces encontré un cielo solidario
y un patio soleado con pilares
donde contemplar las nubes en verano,
y una mujer rubia, flaca y hacendosa.
Decidí proseguir mi aventura
y luego de trafagar por el tobogán de los días,
los meses y los años,
me doy cuenta que en verdad
no he sido bueno, ni correcto, ni sociable,
he sido un gato aplicado en sus labores con el banjo,
un equilibrista de la cuerda, una pianola destemplada
siempre a punto de emitir la nota falsa,
la estridente vergüenza del cantante.
El poema de la felicidad
Para Ana Laura
Caminaba sin vivir en mí, sin habitarme,
un cangrejo taciturno ocupaba el sótano de los recuerdos,
desde ahí pontificaba su rotundo vacío,
esparcía su nada y su flojera,
su andar pleonástico de obispo y de matrona.
La ciudad era un fruto desecado,
una alcurnia perdida,
un parasol sin Monet y sin muchacha,
la desmesura de un sol desquiciante en las aceras.
Yo era un galgo mutilado por calles conocidas
mas no amadas,
tropezaba con tianguistas y rateros,
la torpeza me buscaba entre los suyos,
porque ya se sabe que la torpeza ama el infortunio,
marca con la delgada pegatina del ridículo
a las almas sombrías que abraza y atesora,
me pesaba ser yo mismo sin estar en mí,
el cangrejo interdicto en la memoria,
su oronda displicencia de inquilino en mis estancias,
su arrogancia de súcubo y rey,
me pesaba el cansancio de ser yo y no estar en mí,
me dolía una mujer y me dolía su recuerdo,
la deslealtad no es desamor, sino rencor en pie de guerra.
Esa tarde, en que recorría una ciudad
sin conseguir amarla,
o, al menos, sin conseguir recordar que la había amado,
confundido en medio del tráfago de almas eclipsadas,
codiciado por el infortunio y la torpeza,
me dolía ese recuerdo,
me pesaba el tiempo vivido sin vivir en mí,
me pesaba la vida que vivía sin ser yo,
me derrotaba la ciencia del cangrejo,
el súcubo intruso y el inquilino rey,
me derrotaba mi torpe caminar entre tianguistas y rateros
y la desmesura de un sol desquiciante en las aceras.
Una vieja librería en el sur apareció a lo lejos,
era un arca luminosa,
caminé hacia ella con aire de Charlot desorientado,
la viudez era mi sombra,
me crecía en la espalda un amasijo de alas negras,
me orlaba un crespón inoportuno,
caminé las mismas calles donde años antes,
donde siempre,
fatigaba el asfalto en busca de libros y sorpresas.
A la entrada de la librería un cartel publicitario me retuvo,
un circo dejaba un mensaje salvífico y sencillo:
“la felicidad es como la lluvia: llega cuando menos se la espera”.
Salí de la librería cargado de libros y fantasmas,
y me entregué al sueño en una banca,
evoco la escena y recuerdo los versos de “El árbol del olvido”,
la milonga de Alberto Ginastera que cantaba Zitarrosa.
Inesperadamente, un dedo tocó mi hombro
y me devolvió del sueño liviano en el que estaba.
Eras tú, el ángel súbito,
fruto estival de bodas blancas,
llegabas de tus genealogías sagradas de Jesús
y de Sidartha,
con tus palabras antiguas,
con tu extraña musiquita de muchacha;
llegabas a restituir mi corazón en su aposento,
a instalarlo de nuevo en su morada.
“Te traje un regalo” —dijiste,
y pusiste entre mis manos En defensa de la felicidad,
un libro de sabiduría tibetana,
tu dedicatoria humedeció mis ojos,
hirió de muerte al cangrejo en su mazmorra,
la runa de la felicidad rondaba en el aire
y era posible comprender en esa hora
la existencia de una conexión secreta entre las cosas.
Llegaste inesperada y súbita y así te fuiste,
llevándote tus genealogías antiguas
y tu extraña musiquita de muchacha,
dejando tras de ti
un rastro luminoso de pétalos caídos.
Me quedé unánime y solo,
unánimemente solo,
atrapado en un círculo de tiza,
diminuto como un remoto lunar sobre la tierra.
Abordé un taxi y fui dejando atrás calles dolorosas
como llagas,
calles que yo sabía perfectamente cuánto amaba,
dejé atrás a mis fantasmas y al cangrejo mal herido,
los dejé sin culpa y con alivio,
adiós mi peso muerto, adiós mi viejo fardo,
adiós maleta detestada.
Caía la noche y comenzó a llover,
a llover copiosamente sobre el valle,
la lluvia barría la desesperanza y sus rebabas,
llovía sobre las calles cenicientas,
y sobre la esquiva memoria de los sueños,
la lluvia mojaba la tierra como un bálsamo,
en alas del agua la gente levitaba,
levitaba el oficinista con gabardina y con paraguas,
levitaban los corazones ameritados de los amantes y los locos,
levitaba la ciudad entera.
Los taxis al pasar dejaban una estela de ruido,
una ráfaga de luz,
un disparo de agua en las banquetas,
el asfalto era un espejo, una fiesta de luces y destellos,
la lluvia lavaba el corazón ultrajado de la urbe,
lavaba el rostro de una ciudad de piedra volcánica y ceniza,
su rostro antiguo, sus oros recobrados.
El destemplado
Cuando llega la ráfaga sibilina y agorera,
la vida es un coso sin memoria,
un remolino gris petrificado,
el torbellino de la ausencia y su gélido beso en la mejilla;
vuelan los caballitos azules de la desolación,
el pergamino de la vida se humedece y se deslava,
se hastían los fervores de la tarde,
crujen las cosas más amadas en un arcón sombrío,
escancia la muerte sus espumas
en los vasos del viento envenenado.
Cuando el destemplado llega
y el viento incuba larvas ominosas,
se apersonan puntuales cobradores,
sepultureros y gandules,
los perseguidores sin rostro de las pesadillas,
suena entonces el clarín de las tragedias,
medra la zozobra, andan sueltos el miedo
y sus mastines,
deambulan las pérdidas irremediables,
falta mi esmeralda,
mi talismán,
mi onza en el bolsillo,
la unción luminosa del amor
su ingrávido colibrí sobre mi mesa.
Bufa el viento inhóspito,
blande en el aire cuchillos enemigos,
chorrea premoniciones rojas y babas amarillas,
viento de la hepatitis, viento sifilítico,
viento de cámara negra, de canículas enloquecidas
y cabelleras erizadas en la noche.
Cuando llega el destemplado a nadie avisa,
toca a la puerta y nadie abre,
los aceros del alma suenan huecos,
la casa es un cuadrante sin música y sin luz,
un mausoleo,
la tarde se atavía con penachos cenicientos,
se tizna la casa,
pájaros teologales la inspeccionan
y se alejan,
el tiempo de la vida se ovilla y se detiene,
se vencen las techumbres,
vociferan los ecos,
se vienen oscuras vejaciones
y desdoros en cascada.
Cuando llega el viento intruso
el deshilado de la luz se ensucia,
mastico el sabor del abandono,
su ubicuo cemento, sus caricias arenosas;
soy un juez incompetente,
me levanto, me destoco,
saludo a mi sombra gentil y descocado,
triste sombrero soy y triste sombra,
tristeza sombreruda y sola,
agito una rosa de metal
y le brotan
doctas púas y pétalos negros
como labios osados de fantasma.
Cuando el destemplado llega,
pasa el tiempo,
pasan su lebreles babeantes,
sus espadas puntiagudas,
sus guitarras fétidas
y sus disparatadas cuerdas,
pasa todo,
sólo queda un silencio deshabitado y triste,
un burel extraviado en el albero.
La muchacha del Valle de los sabinos tristes
En los ladrillos sucios donde el sol
deja sus estigmas calcinantes,
la muchacha del Valle de los sabinos tristes se replegaba
contra el muro,
recelaba de la luz,
de las miradas ajenas y de todo,
oponía al cerco insalubre del olvido
una catarata de naipes inaudible,
un gesto imaginario,
una rendición ante fantasmas:
cilindros oxidados,
montañas de plásticos y herrumbre,
basura destripada en las aceras,
juerguistas remisos y borrachos,
dioses subrepticios bajando una escalera,
perros trashumantes
y sombras en busca de otras sombras.
Te recuerdo, muchacha del Valle de los sabinos tristes,
tus ojos emitían un gemido de gato electrizado,
sacudido contra las tuberías inhóspitas
por una gravedad enloquecida,
por un adversario sin rostro y sin contornos;
te recuerdo, muchacha rota,
tus ojos de grafito tiznaban todas las miradas,
rayaban el alma,
enturbiaban el cristal, el agua, los espejos,
recuerdo los bureles acechantes de tus ojos,
tus carbones encendidos,
tu súplica imprecisa,
tu vidriosa invitación a comer un pan amargo,
un mendrugo más dedos que pan,
y más mugre que dedos y que mano.
Te recuerdo, acorralada y loca,
bajo la ofensiva luz del mediodía,
replegada contra el muro,
perdida en los intersticios del tiempo,
en el plexo eterno de un laberinto sin retorno,
ausente en la contemplación de tu extravío,
sola en tu infierno y en tu reino de los chemos;
recuerdo tus aguas empozadas,
y recuerdo, muchacha del Valle de los sabinos tristes,
un cordero azul al fondo de tus ojos.
El desertor
Ya no soy, ya no estoy, no cuenten conmigo, no sumo, me voy, no quiero, no me veo, vayan ustedes, sean ustedes, sesudos, desinhibidos, lenguaraces, floridos, pornógrafos, blasfemos, hablen, beban, amotínense, oscurézcanse, dividan en dos sus lenguas viperinas, coprófagos o tragamierdas, apestados, bubónicos, divertidos, actuales, cosmopolitas, bilingües, zafios, espumosos, babeantes, leves, culeros, culerísimos. Sépanlo todos: no estoy, no soy, no quiero, nunca más, no me incluyan. Que mi nombre no vuelva a figurar entre vosotros.
La mañana
Un lino blanco la mañana,
percal inmaculado, crinolina de luz;
las calles amanecen trastabillantes y llovidas,
una ubicua frescura las habita,
recorre el pespunte y el hilván de la creación,
los pasos de la humilde confección del agua;
el mundo es una cofradía recién fundada,
una subversión de aromas,
confabulario de ascuas y engatillados resplandores,
el asedio de felinos trasnochados,
la envolvente sensación de vida nueva,
el comienzo del edén en todas partes.
Resurrección
A la mujer fuerte
No perecerás como un signo calcinado,
el ángel de alas negras perderá su influjo
y las sombras de la insania,
revocará el dolor sus golpes enemigos,
se esfumarán sus mastines en el viento,
no existirá la puerta clausurada que interponga
un golfo de soledad entre tu eterno silencio y mi agonía,
ni en mi memoria ni en la memoria de tus sueños,
no existirá la desolación, la tierra yerma,
la herencia que dejaste de lunas veladas
y desiertos,
se abrirán al fin todas las puertas
y las jaulas caerán heridas de muerte, acuchilladas,
rodarán por el suelo eternamente inútiles,
vacías de aves cautivas para siempre,
el estruendo será insoportable,
resplandecerás entonces sobre el mundo victoriosa
y regresarás por mí, resucitada,
desceñida de toda prisión y toda muerte.
Las caravanas
Yo también estaba solo,
presentía tu silueta en el desierto,
miraba a lo lejos venir las caravanas
donde llegaba el mundo entero, menos tú,
y mi esperanza rota saltaba de sus quicios.
Estaba entonces confundido,
extraviado en una estación inhóspita,
divagaba con mi lámpara encendida
en medio de astrosas muchedumbres,
bajo el paso de recuas astilladas,
iba de mi páramo y mi sed
a la lonja donde medraban los ahítos.
Ahora estás conmigo en una playa solitaria,
somos novicios silenciosos
y la paz nos llega con el viento
¿sientes la suave intermitencia?
¿oyes la murmuración sagrada?
Me descalzo y purifico
para entrar limpio y sencillo a tu palacio,
me das de comer y como de tu mano,
me das de beber y bebo de tus ojos,
te abres fulgurante
y leo en el libro sagrado de tu cuerpo.
Escribo para ti que escribes
Para Patricia Ortiz, que conoce todos los mundos…
Escribo para ti que escribes,
para ti que me encuentras en la tarde
bajo una luz dilatada de ámbar y durazno,
en la casa del poema,
en un limbo donde vagan sombras fugitivas,
en el mustio jardín de Melibea.
Yo estoy ciego ante ti y obnubilado,
araño tu silueta en la penumbra
y no acierto a contestar tus acertijos,
no atino a descifrarte,
no alcanzo la nota azul en tus canciones.
Quiero palpar tu cuerpo y abrazo tus reliquias,
tiendo mi red en busca del milagro de tus peces
y mi barca se colma de gusanos platelmintos,
me llamas desde otra orilla y no oigo tu mensaje,
dices palabras amorosas
y no sé lo que en realidad quieres decirme,
dices, por ejemplo, pálpito, cuerpo, corazón,
y sólo sé deletrear un mantra entre la niebla,
soy un hombre de paja que llora un llanto de carrizo.
Escribo para ti que escribes
detrás de la invisible celosía del aire,
oculta en los pliegues del verano,
cubierta con un manto de pétalos y azahares,
presiento tus astilleros febriles en la noche,
tu potencia nocturna, tus crisoles,
escribo las palabras que tú escribes,
sobrevuelo tus poemas,
rehago tu escritura,
intento abrir tus puertas, habitar tus seducciones,
respondo a tu llamado,
te siento y te conozco: eres la mujer insomne,
un antiguo inquilino de mi casa,
una arraigada pertenencia.
Oigo tus pasos en la sombra,
tu andar descalza sobre caminos de agua,
tu voz de cántaro en la noche,
cruzas altiva intrincados laberintos,
ajena a las acechanzas de los réprobos,
a la envidia y las insanias
percibo tu aroma y la alquimia de tu rosa.
Nadie antes de ti atravesó las puertas de mis sueños
y compareció, sonámbula y ritual,
con una rama de olivo entre sus manos,
nadie reanimó mi corazón entumecido,
nadie lo llamó por su nombre: fulgor le dijo,
fuego, llamarada.
Tu risa vence la tiranía del almanaque
y sus legiones amarillas,
desarma toda pompa y todo engrudo,
los ceremoniales barrocos del almidón y las libreas.
Escribo para ti que sueñas trenes en la noche
bajo un diluvio de flores amarillas,
para ti que proclamas palabras venturosas
y barres el polvo de los tristes,
para ti que si miras al cielo bendices los aviones
y si me tocas, incomparablemente me dibujas,
escribo desde este puerto gris donde la tarde se ovilla
y los pájaros del mar descansan su extravío,
para ti que a la incandescencia me llevas,
mujer cuya forma de amar presiento
y no preciso.
Eudoro Fonseca Yerena
Semblanza curricular
Nació el 22 de abril de 1956 en la ciudad de Aguascalientes, Ags., México. Estudió la Licenciatura en Derecho en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (1975-1980); la Maestría en Ciencias Sociales con mención en Ciencia Política en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, FLACSO, sede México (1982-1984); cursó estudios de Doctorado en Historia de América Latina en la Universidad Complutense de Madrid (1989-1992); ha realizado cursos en El Colegio de México y en el Instituto Ortega y Gasset de Madrid; ha sido profesor en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, en El Colegio de San Luis, en la Universidad Pedagógica Nacional, en la Universidad de las Artes del Instituto Cultural de Aguascalientes y en la Universidad Autónoma de Aguascalientes; ha publicado seis libros de poesía (Volver sobre los pasos; El vendaval y la hojarasca; San Luis Blues; La hoguera vencida; Milagro en la estación Desierto; Un talismán en campo de ceniza); y poemas suyos han sido incluidos en diversas antologías; ha publicado también artículos y ensayos en revistas académicas y literarias; ganó el Premio de Poesía “Manuel José Othón” que otorga el Gobierno del Estado de San Luis Potosí (1987), el Premio de Poesía “Ramón López Velarde” (1989) , otorgado por el Gobierno del Estado de Zacatecas y la UAZ; fue Presidente del Instituto de Cultura de San Luis Potosí (hoy Secretaría de Cultura de SLP) en dos ocasiones (de1993 a 1997 y de 1997 a 2000), Director General de Vinculación Cultural del CONACULTA (de 2000 a 2006), Director de Educación Artística Superior del Instituto Cultural de Aguascalientes (2007-2010); Coordinador de la Maestría en Arte Contemporáneo de la Universidad de las Artes de Aguascalientes (2011); Director del Centro de Investigación para el Desarrollo Cultural y la Educación Artística del INBA (CIDCEA) de 2012 a 2014; profesor de tiempo completo del INBA, comisionado a la Universidad de las Artes del ICA (de 2015 a 2017). Actualmente se desempeña como Director General del Centro de las Artes “Centenario” de San Luis Potosí.