“Este resto de cielo / es señal que la naturaleza existe / pues dios ya murió en manos de Sade, / y queda de testigo ese blanco botón de flor / creciendo en el limonero de mi patio”
Eduardo Mosches, “Vestigios”

Hace seis años, en 2020, Franco “Bifo” Berardi llevó un diario en que relataba los acontecimientos que cimbraban Italia en esa primavera, cuando la pandemia de covid19 azotaba con fuerza la península y obligaba a la población a un encierro casi total durante un largo período. En ese marco, el diario desarrollado por Berardi permitió no sólo constatar algo tan básico como el sinnúmero de muertes provocadas por el coronavirus (en especial entre la clase trabajadora) y la atmósfera de temor e incertidumbre que éstas produjeron en la sique de la población italiana, sino que también se transformó en un receptáculo donde el autor reunía aquellas ideas que lo han obsesionado desde los años 70’, aplicadas, por supuesto, a un escenario nuevo, el de una enfermedad globalizada que, ocupando las vías y las formas de comunicación de un mundo neoliberalizado al extremo, hizo estragos justamente explotando las consecuencias que conlleva la aplicación del evangelio friedmaniano (me refiero aquí, evidentemente, a ese gran apologista del capitalismo que es Milton Friedman): el derrumbe de la salud pública, la precarización del trabajo, la religión del lucro elevada a un tótem que gobierna todos y cada uno de los aspectos de nuestras vidas cotidianas.
En el mismo espíritu que el libro de Berardi se encuentra Amaneceres de la angustia de Eduardo Mosches, puesto que el poeta argentino-mexicano usa las meditaciones surgidas de la situación de aislamiento y encierro generadas por la pandemia (en las que tiene origen la escritura de su poemario) para hacer, en primer lugar, un recorrido por su vida, que fusiona, al mismo tiempo, un tono emotivo y sumamente crítico: Mosches invoca en algunos de los textos del libro distintos flashbacks en que se manifiestan los recuerdos de una existencia golpeada por el azar y la contingencia: así, por ejemplo en “Primera parada”, donde se habla de las cenizas de su padre muerto, de una manera dolida aunque serena (“Hablando con dolor de cadáveres carbonizados, / las cenizas de mi padre / siguen viajando por las olas del atlántico, / debe ser una travesía por mi mente, / menos dolorosa”, p. 32); o en “Visitas”, el poema que sigue al anterior, en que se menciona un sueño donde aparecen su madre y su padre ya fallecidos; de igual forma, un poema como “La piel” rememora la visión del abuelo, en una edad y un momento vitales parecidos a los que el hablante vive en el presente: “hay días en que al rozar / mis mejillas / percibo la dureza de las púas de la barba, / ese contacto me lleva a recordar / cuando besé a mi abuelo anciano, / un día de verano, / en un momento de tímido afecto” (p. 50).
Aunque la reflexión en torno a la fragilidad de nuestras vidas está muy presente en el libro de Eduardo (muestra de esto es un texto como “Algo de oscuridad” donde el poeta señala: “Ancianos envueltos en sus pieles rugosas, / cargando el tiempo transcurrido, / mientras las hijas estiban la zozobra, / acunada entre sus senos amorosos / lagrimean desde las uñas ante el rigor / de un pulmón sin aliento, / que abandona la luz en esa esquina sin retorno”, p. 26; o en “Todo transcurre” en que el poeta considera la vejez y la cercanía de la muerte en los siguientes términos: “El panal de mi vida / se está completando / con celdillas de arrugas, imágenes de relojes de imparables agujas / el tic tac se cierne en mis rodillas, / endurecidas como las varillas de un edificio / a medio construir”) en ningún instante Amaneceres…adquiere un tono sombrío o pesimista; por el contrario, expresa en sus textos el reclamo político y social por el que Mosches ha destacado anteriormente al hacer alusión a una serie de circunstancias (el exterminio de la población judía, la masacre de los palestinos en Gaza, los vuelos de la muerte en Argentina, las desapariciones en México) que son invocadas para ofrecer a los lectores una suerte de estado del mundo actual. Lo particular de estas alusiones es que muchas se presentan entreveradas a situaciones del día a día, casi como si el mundo nos recordara a partir de pequeños detalles lo que sucede: de esta forma ocurre, por ejemplo, en el poema “Volando al mar”, un texto escalofriante donde se explica el destino de un amigo de Eduardo, arrojado al Río de la Plata en uno de los así llamados “vuelos de la muerte”: “Cuando llega la primavera / junto con los primeros brotes en flor, / el deseo de disfrutar las olas / me lleva a tomar un avión, / abierta la ventanilla observo el algodonal / crecido de las nubes, / las veo y con intensa acritud / salta como un reflujo del pensamiento a la garganta, / la amargura de un recuerdo: / el cuerpo del amigo impulsado por manos militares / desde un avión en los años setenta / cayendo hacia el Río de la Plata” (p. 41). Otro tanto sucede en un texto como “Caen”, en que una simple observación nos pone de lleno en el centro de la catástrofe, los ataques del ejército israelí sobre la población palestina: “Hay días muy tristes / en los cuales uno se entera / que bombas caen sobre casas / en las que niños jugaban aprendiendo a vivir” (p.44). O en “Resultados” donde se especula acerca del mismo tema: “En esta playa donde estoy de visita, / las olas han comenzado a crecer / a una buena altura. / Arrasa con cierta furia natural / las mesas donde se comía. / Se pierden las historias contadas / las canciones se ahogan entre la sal y la cerveza, / las olas siguen creciendo, / y me pregunto si esto puede ser resultado, /de las bombas que caen en las arenas de Gaza” (p. 46). Pero quizás ningún otro tópico abarca más poemas y atraviesa el libro tan marcadamente como el de las desapariciones, cuya sombra sobrevuela la realidad mexicana desde hace varias décadas: hallamos menciones a dicho tema en “Gota a gota”, “Búsqueda”, “Espera y angustia”, “Sembradíos”, entre otros, repitiendo similar patrón de tránsito que va de una experiencia sencilla a una terrible apreciación de lo funesto; quizás la muestra más evidente de lo anterior se encuentra en el poema “Gota a gota”: “Flores dan colorido a la despedida, / de la fosa han vaciado los cadáveres, / los huesos anónimos y su piel / han regresado a ser familia, / reconocen a Juan y Sara. / El pañuelo ha secado sus lágrimas. / La lluvia cae con firmeza, / metódica e inmisericorde, / aburrida en su juntar de gotas, / llena las fosas que han quedado vacías. / Con el calor del sol, / los pájaros beben del agua” (p. 30).
La aproximación a estos temas tan espinosos no implica una negativa a rememorar los momentos gozosos que posee la existencia, tal y como sucede en el texto de Berardi ya citado, en que las meditaciones más hondas se yuxtaponen a otras donde el intelectual italiano habla de poder ver a sus amigos y conversar, de la compra de una provisión de marihuana, etc, es decir, situaciones que remiten a un plano del divertimento y el disfrute, de la alegría vital, que no se encuentran en conflicto con su mirada crítica del mundo; Mosches ilumina esta posición en “La cadera viajera”, posiblemente uno de los poemas más bellos del conjunto, del que no citaré, empero, ningún verso para que así Eduardo pueda leérselos y llevarlos de la mano por un camino pedregoso (como diría Jorge Pimentel) donde, por sobre cualquier cosa, brilla un espléndido, espléndido sol.