Sol de otoño, las vides
  regalarán sus granos,
                                         escanciaremos vinos
                            y reiremos penas:
                                                 abierta la herida
                                                                              toda sangre es sangre
                                                                            hermana.                                                                     

                                                                                               HUGO MUJICA

 

Hay poetas que disparan ráfagas de imágenes, como los fotógrafos con sus máquinas de luz, o como los directores de cine, que ponen cada cuadro en movimiento, sumergiéndonos en el vértigo de su remolino.
Hugo Mujica —quien en los años sesenta trabajó como fotógrafo de obras de arte en Nueva York— es semejante a quien usa una cámara análoga, de un solo disparo, para captar la imagen y quedarse meditando en ella, o como el director de cine que nos permite sentir el flujo vital, deteniéndose en la toma, hasta que logremos contemplar el paso de la vida por su lente.
Una tarde lo visité en su casa en Buenos Aires y Mujica tenía el manuscrito de su nuevo libro impreso en tirillas de papel, prensado y ordenado, con los dibujos del poema semejantes al paso de una grulla. Me permitió leer sus páginas y sentir que tenía en mis manos un alimento recién cocinado, un pan caliente cuyo olor a vida inundaba el hogar, una nueva chispa para encender la noche. Lo primero que pensé —después de haber leído todos sus libros y de encantarme con las primeras ediciones de sus obras y con textos no publicados— es que en cada poema de Las hojas, la brisa y la luz danza las sombras hay una imagen: una chispa de sol expandiéndose en las ondas de un río, un pétalo cayendo, un puñado de humo o un asta en el aire partiendo el viento. Después de la imagen, una reflexión sobre la vida. Y una sola imagen es suficiente para abrir la vida, para mostrar su brote.
Este libro, ganador del Premio Loewe en 2025 en España, da continuidad —y no por ello deja de ofrecer asombro— a la poesía de Mujica. Se mantiene en una meditación desde el silencio, no para oír el silencio, sino para escuchar en él y mirar los rostros, los cuerpos, las manos de los otros —al igual que los espacios de la naturaleza— como centro de atención de quienes acompañan nuestro paso y son el escenario de un juego de luz y sombras. Es una obra de un pensar meditativo, enmarcada en la celebración de la vida, donde el escritor argentino logra reconfigurar lugares que la poesía pareciera ya haber desgastado, pero los renueva, con la agudeza espiritual del pensador, para traerlos de nuevo al territorio de la imagen.
Heredero de una mística vital, de la interpretación alegórica del mundo como una revelación del ser, el poeta halla una palabra que lo interpela en cada movimiento de la vida: el rostro, las marcas en la frente, las arrugas en desnudez; así se refleja la mirada de quien ha trasegado y piensa en la apertura como lo sentido en el abrirse, como la constante entrega.
Puedo imaginar en Hugo Mujica a un artista del carboncillo. No pinta el fondo del cuadro, apenas lo sugiere con tres líneas. Y de estas, que casi siempre son una familia semejante de palabras (el viento, las hojas, la lluvia, la noche, el desierto), crea un universo, una danza cósmica.
Mujica ha dicho con respecto a su obra:
Creo que cada uno tiene muy poco que decir, muy poco propio, pero la fidelidad a eso, a lo propio, es la fidelidad a la verdad, a la perspectiva que cada uno tiene: es lo poco de cada uno, pero es la propia convicción, el propio tono, la propia vivencia. Decir más que lo propio, de alguna manera, es seducir o mentir, no dar.
El libro se abre con un poema que es una pregunta: “¿cómo decir?”. Esta duda ha acompañado la obra de Mujica a lo largo de los años. Con su decir, la sugerencia, la insinuación, la duda.
Mujica concretiza la palabra en lo indeterminado: un niño, un ciego, un pájaro. Nunca el hombre o la mujer concretos, de nombres y apellidos, pocas veces el yo, cada vez menos, y por ello el alcance que tiene su poesía, al abrirse a otros, al conjurar la nada que a todos atraviesa.
En este libro priman los elementos de la naturaleza como testimonio de lo breve: unos cuantos granos de polvo levantados por un casi invisible remolino en la calle, un milano que deja caer semillas en el campo, la hojarasca tendida tras la tormenta. Como un ejercicio de retratar objetos muy pequeños, insectos, flores o gotas de agua, Mujica se detiene en una huella sobre la arena que va borrando el mar, en una rama que se quiebra, en la llama de una vela amenazada por el viento. Y desde allí piensa la vida misma, que se cifra en lo humano, aquel paso del devenir en que la vida pasa como pensamiento, pero sin desgarradura, sin separarse de la totalidad. Por esto aparecen en su voz el otro o el yo, laboratorios de experimentación del ser, lugar por donde cruzan las experiencias de la vida misma viviéndose.
Mujica, a la altura de este libro —que mantiene la altura de sus obras anteriores—, ha dejado de decir “dios”, “razón” o “sufrimiento”. Entiende la vida como ese juego de hacerse niño lanzando piedras al río, como el espacio abierto para todas las experiencias, de placer y de dolor —porque vivir es entregarse a flotar sin orillas—, alimentadas por algo más amplio: el vacío, que nos va vaciando y abriendo la vida a nuevas experiencias.
Lejos también del sentido religioso del milagro —como la imposibilidad de que acontezca—, Mujica se asombra y celebra el hecho mismo de que haya naturaleza, y de que el que nombra, el poeta, sea parte de ella. De allí el tono filosófico que acompaña a sus palabras, como cuando los presocráticos se asombraban de que hubiera mundo y este mundo se hacía poema en sus bocas.
Parmenides habló del ser. Heráclito, del devenir. Mujica, semejante a un pensador presocrático, antes de ser filósofo, traza en breves líneas el asombro del puro movimiento, que en su totalidad liviana conjuga la vida con la poesía de la entrega.
Mujica, que le debe a Heidegger el salto hacia el pensar en medio de la muerte, se alinea cada vez más con Nietzsche en el pensar como arrojo celebrativo, donde ya no se medita con la calavera en la palma de la mano —memento mori—, sino mirando al pájaro aletear en pleno vuelo, o aletear su vuelo, incluso sin pensar, nada más siendo.
Antes de haber cerrado el último poema del manuscrito que me dio a leer, que se publicaría luego como Las hojas, la brisa y la luz danza las sombras, Hugo Mujica me dijo que ya era suficiente, como quien apaga la luz del recinto cuando los invitados todavía están adentro, y se rio, llevándose las hojas. Esto me hizo ver un crear y un pensar que podríamos llamar iluminación, chispa y sorpresa. La sorpresa de sorprenderse. Sorprenderse de la danza de estar vivo, de la mano del poeta que con una vela en la mano nos da a conocer la luz, pero no oculta la noche; su pequeña lámpara está allí para mostrar también las sombras.

 

Juan Esteban Londoño (Medellín, 1982). Poeta, narrador y ensayista. Es profesor de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá, Colombia. Ha sido docente de filosofía en la Universidad de Antioquia y coordinó durante varios años el Semillero de estética, poética y hermenéutica de la Universidad Católica Luis Amigó.
Doctor en teología de la Universidad de Hamburgo (Alemania). Filósofo y Magister en filosofía de la Universidad de Antioquia (Colombia). Licenciado y Magister en ciencias bíblicas de la Universidad Bíblica Latinoamericana (Costa Rica).
Ha publicado la novela Evangelio de arena (2018) y los poemarios El país de las palabras rotas (edición bilingüe español-inglés, 2019), Oráculos de Jezabel (2022), Los nombres de los árboles antiguos (2025) y El murmullo de las hojas (2025).
Entre sus libros de ensayo se encuentran Hugo Mujica: el pensar de un poeta en la poesía de un pensador (2018) y La crucifixión en la literatura latinoamericana contemporánea: Hugo Mujica, Raúl Zurita y Pablo Montoya ( Edición bilingüe alemán-español, 2020).
Con su libro Oráculos de Jezabel  fue ganador del estímulo de creación del Ministerio de Cultura de Colombia. Sus cuentos, ensayos y poemas han sido publicados en diferentes revistas y traducidos al alemán, al inglés y al ruso. También ha participado en diversos proyectos musicales como vocalista y compositor.