“Mira este universo todo que muere por amarte”(1)

 

La poesía en Fernando Herrera es una especie de tercera orilla donde descripción y narración solapan un lirismo tácito. La palabra juega al ocultamiento de la mirada y logra así ofrecer la apariencia de una mirada desnuda de mirada. Pero la mirada es la piedra angular de toda realidad ¿Qué sería de la realidad sin un observador que la funde?
Toda lírica es, finalmente, una épica interior. O la astucia de una velada dramaturgia donde se apuesta como totalidad la vida, ese oscuro horizonte fragmentario. Fernando Herrera lo sabe, pero se esmera en escamotearlo. En esto radica su equilibrada escritura. El resultado es una de las obras más sugestivas de la poesía colombiana contemporánea.

LA PALABRA Y LA MIRADA

Hay cierto nomadismo cosmopolita en esta mirada.
En el poema que inicia la andadura de su obra (“Arizona”) encontramos la presencia observadora del personaje lírico en las llanuras de Arizona, o bien Desnudo, tendido sobre la arena, festejando el verano, en algún balneario de Guerneville, contemplando el lento discurrir del Russian river. Lo veremos trenzado en un hondo abrazo con su anciana madre en la Gare Du Nord. En el puerto de la Buenaventura en medio del bramido de barcos y el olor a chontaduro y donde parece que fue a recalar toda la tristeza del mundo. Otra vez ese observador, en una plaza de mercado en Cuzco o en las calles de ciudad de México intentando tomar el pulso a la “mexicanidad”.
Hay cierto flaneurismo en esta mirada cuando husmea los rostros de los pasantes y otras derivas de la cotidianidad por las calles de Bogotá o Medellín.
Hay algo de goloso erotismo en ese deslizarse por la piel y los gestos de las muchachas. O mientras persigue el rostro de la bella mulata distraída por la ventanilla del bus.
Hay algo de nostálgico escarbador de lejanías cuando otea el entorno del paisaje de Santana o de Orihuela.(2)
Hay mucho de plétora, de hedonismo para el disfrute de los dones de la vida.
Hay suficiente perplejidad ante el laborioso deterioro del tiempo.
Hay una dosificada furia cuando sopesa la suma de infamias que es la Historia.
Hay mucho de sabia aceptación y compasiva ironía.
Hay sobre todo una singular agudeza para captar los guiños de lo sagrado diseminados aquí o allá entre la carcoma de la vida.

Este observador, nutre sus raíces en ese limo de la vida moderna: las ciudades. La singular agudeza de Benjamin se ocupó con suficiencia de ello. Baudelaire es acaso el trazado emblemático, su monumento literario. En la poesía colombiana, mucho va del nocturno paseante por la sabana de Bogotá de Silva al desasosegado transeúnte urbano de Rogelio Echavarría envuelto en oscura batahola, del dandi al ciudadano común y silvestre de nuestras menesterosas urbes. Pero si se tratara de postular un pariente a este observador de Fernando habría que —extrañamente— pensar en el errante y casi siempre al borde del delirio Maqroll, de Álvaro Mutis. Parecieran estar en las antípodas. Y, en efecto, lo están. Ambos son hijos de la modernidad. Solo que se trata de hermanos de distinta madre o siameses inversos.
La mirada ocurre en el lenguaje. El lenguaje da cuerpo a la mirada. Tal vez valdría mejor decir que “se ocurren” o “in-corporan” mutuamente, para evitar el riesgo de una u otra ceguera. Conviene entonces oficiar el arte del equilibrista, para que aflore el decir poético. Es eso lo que, justamente, sucede en la dicción de este observador, ciertamente ligero de equipaje, pero en cuya mochila viajera parecieran no faltar nunca los aforismos y los catorce mirlos de Stevens, los epigramas de Cardenal o los haikús de Basso. Se advierte esa “secreta complejidad” que solicita Borges a la poesía, y adquiere todo su sentido la instrucción al lector que formula Fernando Charry Lara: Los poemas de Fernando Herrera a pesar de su sencillez aparente, requieren en cambio, concentrada, una lectura silenciosa.(3)
El poema “Arizona” (En la posada del mundo, 1986) dibuja con finura el sofrenado designio de esta poética:
        En estas estériles llanuras
        donde antes el humo
        fue palabra entre los hombres
        ahora el asfalto
        el ruidoso desasosiego de las máquinas o la radio que repite
        descoloridas canciones de amor
        en la gasolinera desolada
        Nadie podrá́ usurpar jamás sin embargo su vasta morada a los reptiles
        en cuyo encendido ocaso
        crepitan milagrosamente
        los cactus y las zarzas

La escena: en primer plano una “objetividad” casi cinematográfica. Pero detrás de esa pura viso-espacialidad del ojo hay otro ojo reflexivo que se escurre en un sutil ejercicio de alusiones: las abolidas culturas aborígenes sustituidas por el reino de la máquina y la gasolina, la carga emocional en el envite por las indomables fuerzas de la naturaleza, dentro del cual se incrusta una velada resonancia de lo sagrado a partir de la imagen de la zarza milagrosa en el vasto paraje desértico.
El breve poema logra concentrar lo que aparenta ser la tensión dramática sobre que se edifica este universo poético: la tensión radical entre naturaleza y modernidad, con todos sus meandros e irresolubles ecuaciones.

Sin duda la ascética palabra de Fernando Herrera −que no concede un ápice a experimentalismos u otras vocinglerías− debe mucho al oído atento al habla corriente y popular, a la precisa amistad con el diccionario, a la frecuentación de páginas y conversas con José Manuel Arango, a ciertos consejos de Borges acerca de cómo construir un personaje. Y acaso mucho a esa temprana cura de burro de retorismo −tan en los genes de cierta poesía colombiana− en sus años de formación juvenil, cuando con Víctor Gaviria y Rubén Darío Lotero fundaron un círculo de lectura en torno a Nicanor Parra. Hay, además, un ingrediente secreto en esta receta: cierto gozoso anti-intelectualismo que Fernando no hace el menor esfuerzo en ocultar. A propósito de su presuroso y fallido paso por las aulas de filosofía de la universidad de Antioquia, me comentaba divertido en alguna conversación de café: Mientras el profesor se arro-baba, es decir, literalmente soltaba la baba, ante la circularidad del razonamiento de Kierkegaard en su angustioso salto de fe, yo me quedaba arro-bobo mirando una hormiga en el brazo de mi silla.
La temprana alucinación por el cine, de la mano del cineclubismo de Alberto Aguirre, y su fugaz paso por la École Lumiere de Paris ponen también su cuota en todo esto.
Solicitado en alguna ocasión para un perfil periodístico se deja caer con este mordiente boceto de sí mismo: Presuntuoso como otro animal cualquiera. Un snob. Un presumido. Que cree que ha visto algo, y trata de decirlo. También eso: un cronista social, un curioso del comportamiento humano…
Esa curiosidad de etólogo y cronista anudada a una soterrada ironía es la íntima sustancia de su alter ego: ese observador que deambula en sus poemas. Otro es el talante de esta otra mirada complejamente compasiva. Cercana a la naturaleza y siempre desde la naturaleza, no es el frío estilete clasificador del Linneo. Capta las cosas y los seres en sus cambiantes matices y nos los entrega vivos, aleteantes en su fugitiva precariedad y oscuridades.

LA MIRADA ERRANTE

Un título como En la posada del mundo y la primera sección de Sanguinas (2004): En las calles, introducen una sensación de movimiento, de desplazamiento del observador. Esta condición de la mirada es especialmente notoria en esta primera sección del poemario: Resbala por alguna tumba reciente y nauseabunda. Fisgonea la carta que lee una mujer en el bus. Ausculta rostros, almas, vestimentas y oficios de pobladores de aceras y calles, de rincones o barrios venidos a menos. Mendigos insultantes, payasos de semáforos, travestis, saltimbanquis, empleadillas, delincuentes de poca monta, locos callejeros. Atmósferas crapulosas. Personajes de vida derrotada. Todo esto enhebrado en meditaciones sobre la vana soberbia del animal humano. Y en medio de ello, como contrapunto, súbitas epifanías de belleza, tal el poema “Una persistencia silvestre”:
        Oscurecidas
        por el sol moribundo
        iban en escuadra las garzas
        volando por el cielo de oro
        El aire estaba aturdido de bocinas
        y abajo hormigueaban
        los autos sin concierto
        Eran un milagro de hermosura
        para quien se debatía
        en medio del tráfago humano
        Una irrisoria y conmovedora
        persistencia silvestre
        Una dádiva para quien mirara al firmamento
Este flâneur no merodea en busca de la belleza anómala de la urbe. En medio del estragado paisaje de cemento indaga una belleza sobre cuya ruina construye la urbe sus paraísos artificiales. Otea hacia lo alto y en lo alto encuentra, en vuelo, el milagroso latido de la naturaleza. O percibe al tacto la mesa de su casa como árbol o bosque detenido, reducido a mera funcionalidad utilitaria, pero no le da de comer como en la prodigiosa pintura de Leonora Carrington, sino que le musita franciscano al oído: Madera. Bella hermana. Huérfana de la piedra. Para que no extrañes la voz de las aves elevo como estandartes mis canciones. Pero lo más frecuente en este poemario es que ese latido de lo sagrado se manifieste en epifanías eróticas. Así encontramos la mirada que se extasía deseante en la muchacha de la pescadería o el ambiguo destello visionario ante la adolescente negra como una perla en el pantano. No de balde la segunda sección la constituye un racimo de poemas titulado La casa del amor.
A la vivencia de la naturaleza en esta poética subyace su sacralidad. Sagrado y naturaleza vienen a ser espejos recíprocos. Las huellas de Thoreau merodean por estas espesuras. Lo sagrado no como creyente religación sino como cierta mística umbilicalidad que entrelaza los seres y las cosas en tanto partícipes o manifestaciones de los flujos de la vida. Bullente e infinita metamorfosis. Lúdica cósmica. El eros es acaso el aspecto fundamental de los flujos y reflujos de esta inmanencia absoluta. De ese fondo fatal y misterioso la perplejidad humana parapeta posibilidades de sentido, parciales o provisorios, apolíneos o dionisíacos. Fragmentos de un poema como “El espíritu silvestre” de En la posada del mundo ilustran esta imagen o sentimiento de la naturaleza:
        No es de su dueño este jardín;
        ni de las manos que juiciosamente lo cultivan.
        Florecen aquí́ los anturios por sí solos,
………………………………………………..
        Aquí́ los grillos y las cigarras crecen en los matorrales
        y alborotan a su antojo en el día y en la noche.
.………………………………………………
        Aquí́ las pardas hojas secas del yarumo
        caen perezosamente como torcazas muertas sobre
        la hierba, y las ardillas de pelaje encendido
        roen la corteza del fruto opaco del almendro
        Sobre este jardín pasan haciendo sombra las nubes,
        y es inútil tratar de alejarlas.
        No es de su dueño este jardín,
        Desde las ramas de los árboles, bajo la hierba,
        cabalgando en insectos y aves, Dioses traviesos y justos
        ríen de buena gana.

Ciertamente: fuerzas retozonas cuyo sentido de lo justo escapan al animal humano.
De Sanguinas a Bocetos mexicanos (2013), continuando con la técnica de trazos dibujísticos o finas pinceladas, ágiles y fragmentarias, el observador se puede confundir con un turista dispuesto a vivir la experiencia mexicana, a pasársela bien: curioseo gratuito, fotos, paseos, bailes, visitas a zócalos en pueblos y ciudades, mariachis y gastronomía vernácula. Sin embargo, es aquí donde, desde la trastienda, el ojo intuitivo-reflexivo agudiza su mirada, donde inesperadas fulguraciones de lo sagrado nos asaltan, ocultas tras cualquier ademán o situación azarosa o banal. En ese sentido es como si cada viñeta, cada boceto, con diversas intensidades y matices −desde el irónico o el asombrado o juguetón al casi sacramental−, ofreciera mínimas troneras que permitieran entrever, en segundo plano un desmantelado tapiz que apunta al légamo ancestral donde todavía respiran los restos de una cultura primigenia. Colcha de retazos que nos niega su misterio, pero nos interpela a través de esos mismos instantes-troneras, fuera del tiempo lineal. Resulta ejemplar en ese sentido el titulado “Hombre acurrucado”:

Hay posturas que hacen reconocible a una cultura y que parecen estar ya en los genes de quienes la conforman. Está la de la flor de loto de los orientales, la de las abluciones de los árabes en dirección hacia la Meca. Existe una que es mexicana. Consiste en un hombre solo, sentado en la tierra, con la cabeza apoyada en las rodillas recogidas y las manos unidas y ocultas entre las nalgas y los tobillos o abrazándose las piernas.

 

O aquella en que el paseante haciendo calles por una conocida zona turística de Ciudad de México ofrece esta observación:

Pero son sobre todo los árboles de las avenidas y de los parques lo que da a la Colonia Condesa su encanto. Debe haber en esa sensación de caminar por entre arboledas, una remembranza del ser primitivo. Se experimenta un bienestar que en algo debe tocar fibras olvidadas del hombre antiguo que andaba entre los bosques. Y aquí, en una de las ciudades más populosas del mundo, paradójicamente, en estas calles que giran en torno a un hipódromo desmantelado

Estos instantes de revelación constelan con el arquetipo de la Morada, que hace su aparición en el segundo poemario La casa sosegada (1993), pero se desplegará en rigor bajo el signo arturiano en Breviario de Santana (2008).

NOMADISMO Y MORADA: SANTANA, ORIHUELA

Ahora la mirada errante se detiene. En el umbral de Breviario de Santana, los conocidos versos de “Morada al sur”, de Aurelio Arturo:

Y aquí principia en este torso de árbol (…) la casa grande entre sus frescos ramos.

Se trata de un único y segmentado poema en prosa de discreto lirismo descriptivo. La palabra convoca olores, animales, aves, flores, árboles, el viento que sopla de oriente a occidente, oficios de hacienda: ordeño, herraje, siembra, cosecha. Con minuciosidad se acerca a los insectos, a la ínfima boñiga, al parto de la vaca, a las mínimas larvas de escarabajos, a la muerte del perro Gos, a los sonidos de los gansos y el aleteo de las torcazas, a Juanito, el joven percherón de majestuoso cuello. Noticias de la naturaleza afloran a cada instante y lentas ráfagas mensajeras del declive de Santana. Un Érase una vez corrosivo. Hay alguien que antes del observador se esmeró en nombrar estos parajes, estas cosas, a su modo, un pintor no muy oficioso: Fonseca. Hay cuadros de su hechura en varias estancias, que muestran retratos de animales o personas. Por él conocemos, en parte, como fue la hacienda. Conservan su dignidad los muros encalados, el estanque y el jardín. Escasos seres humanos en estos espacios. Alguien reclamará la ausencia de sus sueños, vigilias, júbilos o derrotas. Alguien echara en falta las atroces o agrias pasiones de Spoon River. Alguien escuchará los susurros de Comala entre sus muros. Alguien extrañará en sus austeros rincones ángeles de sombra y de secreto. Hay algo de fantasmático en estos lugares. Queda en pie la irrevocable ternura del observador por estos parajes y hábitos propicios a la nostalgia. Por ello, al final, rubrica con una suerte de plegaria luminosa por su perduración:

El viento que sopla desde el oriente sin descanso parece haber arrastrado al sol que ahora se oculta en occidente. Una profusión de arreboles tiñe el firmamento de distintos tonos rosa y naranja. Sopla viento perpetuo para que pase la noche bella de difusas figuras de estrellas, y amanezca y podamos ver otra vez, mojados en luz, los campos, los campos queridos de Santana.

Santana se asentaba en zona de páramos donde abundaban las lagunas que fueron escenario de ritos religiosos de los antiguos pobladores. La palabra breviario además de apuntar a la brevedad de los textos, no olvida lo que hay de secreta y pagana liturgia en estos rituales cotidianos de la mirada. Sin duda, algo de letanía secular anida en estas impecables prosas. La orientación hacia la economía idiomática, a tope, se desliza hacia un lenguaje de estirpe clásica. Palabras añosas y sonoras aparecen aquí y allá. El garcilasiano adjetivo nemoroso sorprende de pronto en una esquina del poema. Todo ello habla de una voluntad de permanencia, palabra-ancla que intenta detener la fuga de Santana.
En cierto modo, es como si en Breviario de Santana se intentara revocar o invertir el simbolismo negativo del viento en el corte final del poema de Aurelio Arturo: he narrado el viento /solo un soplo de viento, que abre paso a signos nefastos: secas ramas, nidos rotos, lunas llenas de silencio y espanto. Es decir, cuando la sensibilidad irónica del mundo se aposenta en el poema arturiano y derrumba la ensoñación y la fábula. La percepción irónica: esa marca de fuego de la modernidad.
La mirada nómada ha intentado fundar una morada, pero lo que dibuja en el aire es su fragilidad, su ausencia como si alguien dentro de ella moviera un invisible cordaje y torciera su rumbo. Acaso porque toda morada lo es porque es morada del Ser: una fundación mítica, y la imposibilidad del mito es una de las marcas de la imaginación moderna. En la Colombia premoderna de inicios del siglo XX ensimismada en sus grandes haciendas, que marca la vida de Arturo, era posible fabularla, mitificarla, no así en los inicios del siglo XXI. En eso consiste la secreta complejidad de este hermoso libro.
En cierto modo, La casa sosegada es una anticipada insistencia en esta desazonada derrota. A diferencia de la hacienda de Santana, la casa familiar de Orihuela se centra en sus habitantes. Hay en ella, entre otros, un poema memorable, “Balada del Mocho Londoño”, personaje negro que ejerce la humilde profesión de electricista. Su segmento final es una certera invocación al arquetipo de la Morada, casi siempre asociado al arquetipo de la Madre, tal como sucede en Arturo. Y, por supuesto, en Fernando Herrera:
         si la otra casa
        La perdida
        La soñada
        Resplandece aún
        En medio de mis oscuros pensamientos
        Ha de ser porque
        El Mocho Londoño la vigila
El poema merecería ser citado in extenso. He preferido dejar el resto a la curiosidad del lector. Advirtiendo que en este caso el resto no vale menos, desmintiendo a las barbas De Greiff.

LA INVITACIÓN A ENAMORARSE DE LA BELLEZA DEL MUNDO

Cuaderno de las cicatrices (2015): he aquí a nuestro Observador de vuelta a su desflecado callejeo. Ahora la cámara prefiere primerísimos planos: los oscuros tatuajes de la violencia sobre los cuerpos. El flâneur muta en voyeur. Pero es un voyeur ajeno al goce.
Vivos jeroglíficos de lo inquietante de la vida. La más apacible existencia puede esconder dentro de sí la capacidad para la destrucción o puede, por inextricables, fortuitas razones, ser presa de ella. Impecabilidad de bisturí al delinear cada caso, cada cicatriz. La mirada es meticulosa. El observador finge no estar involucrado en el asunto, aunque uno que otro adjetivo, a ratos delate su obsesiva y desconcertada curiosidad ante lo siniestro que mora en el animal humano, en la intimidad de su naturaleza.
He hablado de una tensión radical entre naturaleza y cultura moderna. Esto, sin duda, es una simplificación del asunto. En realidad, toda cultura es una coartada de la naturaleza. Su sonriente o atroz máscara para jugar la opacidad de su juego. Asimismo, es evidente que he simplificado al identificar lo sagrado con la naturaleza y sobre todo al presentar ésta como marcada por la positividad. Y esto es así, pero también lo contrario. Lo sagrado es Eros y también Thánatos. No es solo el agua densa y recóndita de la simiente sagrada que abunda y cae en el suelo de Santana, mientras el Observador mira y escucha bajo la noche, desde el corredor, el deleitable sonido acuático de la cópula del joven caballo semental y sus yeguas: Agua densa y recóndita con la que el observador quisiera fecundar para su perduración por la palabra, a la querida tierra de Santana. Proyectarla no fuera del tiempo sino en el fugitivo tiempo, imposiblemente retenible. Ese flujo es también agua caótica, de destrucción: la siniestra mano invisible que labra todas, las cicatrices, heridas y ruinas que también son la vida.
La palabra poética se sabe doblemente herida de sacralidad. Se mueve entre la fascinación y el espanto. Esta es su incesante cicatriz.
Ese rostro de lo ominoso o siniestro que ya se anticipa en sus textos iniciales, y particularmente en Sanguinas, encuentra momentos cargados de espesor en algunos de sus Textos sueltos. Es el caso del poema “La gansa clueca” donde aflora bajo el aspecto de la locura. O en poemas como “La entrega” o “La salamandra”, en los que se pone en escena la sobrecogedora cadena infinita de devoraciones en que la vida −ese delirio, esa orgía− se manifiesta, inexorable, como lo que es, como inaccesible realidad.
En “La entrega”, se recrea el momento en que una mujer expone a los compradores −a los futuros devoradores− la profusión de peces, la aún viviente mercancía: doradas, nicuros, capaces, bocachicos, blanquillos…El observador, distante, pone una lápida al asunto:
        Esta es la hora de la risa,
        esta es la hora posterior a la pesca
        la hora que antecede al alimento,
        que antecede a la brutal entrega de una especie
        por la otra.

En “La salamandra” el observador no puede evitar incluirse dentro del festín:
        ¿Qué criatura paciente observará mis días?
        ¿En qué muros de cal seré visible para ese verdugo?
        ¿Ante qué luz esplendente estoy?
        ¿Si salamandra, punto oscuro o gato?
        ¿Quién acecha sobre mí?
        ¿De quién seré alimento en esta cadena interminable?
        ¿Qué dios implacable cierne sobre mí su mirada?

Metamorfosis postrera imposible de asimilar para el animal humano: devenir alimento de otro animal. Pasar de comedor a comido. Inevitable pensar en Emanuele Coccia:

la alimentación es (…) la vida en su universalidad más aterradora. Esa vida que digiere todo y absorbe todo, que sostiene todo y destruye todo (…) Parece no tener ningún límite. Indeterminada y omnívora…(4)

Eros y thanatos sentados, a manteles, a la misma mesa. Promesa y denegación de la promesa. Y allí está el ser humano en medio −y epicentro mismo− de esa vorágine, suplicando su mendrugo de sentido.
El observador, como todos, extiende solícito su cuenco limosnero. Pero sabe retirarlo a tiempo y alcanza a esbozar una leve, cómplice y meditativa sonrisa. Entona su carpe diem. Porque a pesar de todo la vida es bella y vale la pena vivirla. Este es el conmovedor testimonio que nos es entregado, como una ofrenda, en el aludido poema “Gregorio al nacer” (Textos sueltos).
El Observador contempla a su prematuro hijo recién nacido que −inerme− batalla por la vida. Es tan precario su cuerpo, apenas una larva. La palabra del padre es una oración, un conjuro, un ensalmo que intenta seducirlo, traerlo, ganarlo para esta orilla:
        En la unidad de cuidados intensivos de neonatos,
        En su cámara tibia,
        hunde hasta la espalda su pecho de cartílagos mi hijo
        buscando el aire que
        lo sostenga en la vida.
        ¡Frágil Moisés mío
        en las riesgosas aguas de este Nilo!
        Mira los juncos de cables coloridos
        Y el agitado croar de ranas
        de los indicadores de signos vitales
        que se expanden alrededor de tu cuerpo de larva.
        Mira, mira este dulzor de gritos salvajes
        mira estas montañas, estos valles y estos ríos
        que te aguardan, mira estas nubes, estos cielos
        y las dunas con sus vientos; mira los ojos de las bestias,
        las lentas maravillas de la tierra y de las otras estrellas.
        Quédate, oye los cantos hechizados
        del agua y sus enojos
        quédate,
        mira este universo todo que muere por amarte

CODA

Centro de Bogotá. Amplio ventanal de apartamento en el piso 9 del Edificio Residencias Colón −atestado de pinturas, retratos y otros enseres para atrapar recuerdos− desde el cual se puede otear las nubes −restos de nostalgia por alguna aspiración juvenil de ser piloto− o mirar hacia abajo y flaneurear Bogotá desde la altura.
−Oye, Fernando, le comento −mientras prepara una infusión para mí y enciende un habano para él−: no deja de resultarme curioso la recurrencia en tu poesía de ambientes o personajes negros: el negro Zulaica, el Mocho Londoño, Tumaco…
Se queda extraviado, como preguntándole a alguien dentro de él.
−No me lo creerás… pero nunca había advertido eso, acaba diciendo. Deshecha el tema con un vago ademán y un: tal vez se trate de algo inconsciente, que sé yo. Luego sonríe pícaro y enigmático. Y, finalmente, chispea algo parecido a un desopilante eureka: ¡es que yo por poco no fui negro como tú! Verás: nací en Medellín, pero fui engendrado y balbuceé y di mis primeros pasos en un trozo de New Orleans a orillas del río San Juan, en el Chocó. Un New Orleans en miniatura creada a medida por los gringos, con sus discriminaciones, pero también con su maravillosa gente y música negras. Y me cuenta la historia de su padre como abogado de la norteamericana Compañía Minera Chocó-Pacífico, a finales de los cincuenta. Va contando a saltos la historia, animado por su segundo wiski…
Pero quien mejor la cuenta es su madre, a través de conservados álbumes en que ha encallado el tiempo, y el poeta a menudo hojea. Y el poema “Andagoya”, ese otro álbum de preguntas, donde una vez más, contada y sigilada por la Madre, en eterno retorno, resplandece la sombra sosegada de la casa, el llamado inmarchitable de la Casa.
        Ven cuéntame otra vez
        Acerca de los días
        En los que por fin descansamos
        Dime que ya mi padre
        Ha regresado de su exilio en Caracas
        Que ya no es el inoportuno
        Vendedor de ollas
        Que recorre las calles de la ciudad de Bolívar
        Que sólo a orillas del San Juan
        Y en Andagoya
        Existe nuestro precario paraíso
        Que en aquellas casas de madera
        Sostenidas en zancos
        Que en esa ropa blanca
        Y en esos zapatos golondrinos
        Que bajo esa lluvia sempiterna
        Tuvimos por fin un resuello
        Dímelo otra vez
        Bajo esta otra lluvia distinta
        Que separa los años
        Madre
        Que sólo allí conocimos
        La felicidad avara
        Que nos ungió
        Con su júbilo
        Para unirse luego
        A la multitud serena
        De los ríos

Notas

Este antetítulo corresponde a la última línea del poema “Gregorio al nacer”, que hace parte de lo que aquí consideraremos como Textos sueltos; textos no recogidos en poemarios y se encuentran dispersos en diversos medios y revistas. Gregorio es el nombre del hijo primogénito de nuestro autor.

Santana y Orihuela son dos espacios fuertemente afectivizados en la vida de Fernando Herrera. El primero, una hacienda en las inmediaciones de Bogotá, frecuentada largamente, por vínculos familiares. El segundo es la casa familiar, en las afueras de Medellín. Su padre, un hombre de ideas liberales y fervoroso antifranquismo la nombró así en memoria del poeta Miguel Hernández.

Fernando Charry Lara, nota de presentación de Cuadernos de cicatrices (plaquette), nota de presentación, Colección Doble Fondo, Biblioteca Libanense de Cultura, 2015.

Emanuele Coccia: Metamorfosis, 2021, Editorial Cactus, de Buenos aires.