Poeta y educador, Cruchaga es también un activo promotor de la poesía y un poeta de larga trayectoria, de la que nos habla aquí la escritora española Teresa Moncayo. Los lectores de La Otra también habrán de juzgar y disfrutar su poesía.

ANDRÉ CRUCHAGA

Nueva Concepción, Chalatenango (El Salvador, 1957.) Poeta y educador. Parte de su obra ha sido traducida al francés, vasco (Euskera), griego, holandés, rumano, catalán, portugués,  inglés, italiano; y, al albanés. Jurado de certámenes nacionales e internacionales de poesía. Cuenta con más de quince poemarios publicados, entre los que destacan: “caminos cerrados, México, 2009 y Poeta en Barataria, Cuba, 2010.

ABSURDOS INEVITABLES

Allí en la gota del espejo, el perro y su oasis inefable, quizá algún hueso de luz
en medio de la sombra: todos los pálpitos saltan a través de la ventana,
aun las bocas impuras que reverberan alrededor de la tormenta, el reino 
de nalgas de las hostias, o el ataúd de algún ídolo. (Siempre estamos a merced

del absoluto de los periódicos; parados, sin renunciar jamás al humo,

perennes como la ropa de los sótanos con una fiebre de insomnios.)

Caen los rebaños y las alas rotas del día sobre la poza abierta del tiempo.

(La historia suele ser un remanso entre dos cuerpos apretados por el sollozo);
después, cae todo el polvo sobre las sienes hasta tocar la solapa 
de la inclemencia: veo cómo levita el humo de los ataúdes, el filo agrio
de la embriaguez, la sombra diaria y su bifurcación, el sucio candil del tabanco.

Tantas y tantas cortinas de lo absurdo, los jardines corpóreos de la putrefacto.

En la calle de lo inevitable, los gérmenes del engrudo y su pantomima,
los guacales y sus ortopedias al borde de las aceras, el aliento viscoso 
de los predios baldíos incluyendo la ropa sucia tapando genitales siniestros.
Sobre la piedra de la neblina, la mesa oscura del combate.

En las cuatro esquinas de la carne hacinada, el brutal agolpamiento de ciertos
nombres: la falsa puerta del día, el canon de lo absurdo al costado del sueño.
A veces caminamos sobre los añicos del polvo, sobre las regiones oscuras
del césped, devolviendo las calles a la memoria.

Mientras avanza el tráfico, pienso en los objetos inusitados del horizonte…

TIERRA

Ahogada en mis manos, el pan nocturno de la carne y su rigor de sombra.
Incesantes los dientes de las palabras y su sola señal de fríos habitados.
Cabalgan, abruptos, los hombros de la noche hasta estallar en miradas muertas

y silencios infinitos y lenguajes inmóviles.
Uno presiente la tormenta, fiera y desencadenada, interior, ansiada de islas

y edades postreras. Los buitres amurallan esta condición de inclemencia.

Los ojos escapan absolutos con todas las dudas que me deja el pájaro en vuelo.

La sed en mi boca seca, las puertas en la claridad de lo inhóspito.
Por si acaso, me sublevo como lo hacen los guijarros debajo de los durmientes.
Hay que estar muerto para soportar la vida: la luz es fiera en el dictado 
de la página, fiera y necesaria como la vida.

Desde mi infancia cualquier combate fue lícito: solo así tienen sentido 
las proclamas y las diversas resurrecciones, la claridad incorporada al cuerpo.

Pero la tierra absoluta de lo profundo, reunida en definitiva en mis manos.

Y sin embargo, tengo alas eternamente perecederas.
En el orden del mundo, roídos féretros y ciegos lodazales en los ojos.
Uno se queda ligado a ciertas historias como fiel degolladura.
Mientras la boca mastica imposibles, el rostro refleja el puño de golpes

que recibe, desde el silencio tirado a la calle. Es la tierra, me digo.

                                                                                         [La cavidad húmeda.

Avanzo firme para cumplir el mandato del bajomundo, dudar de las pocas

monedas en mi bolsillo, horadar el ansia del harapo hasta alcanzar el gesto 
de la arcilla en esta tierra desmenuzada en gritos.

CRECIMIENTO DE LA DUDA

Desde las múltiples distancias los ahogados cuadernos de la duda y su aridez 
de inexplicables cadáveres.
Crece el animal en el brebaje del paleolítico, ¿es de nadie el olfato que aúlla 
e irrumpe en el desequilibrio de las pupilas, en los juegos perversos

                                                                                    [de la ruta del tiempo?

¿Qué identidad buscamos en los cardúmenes de los ataúdes?

La diafanidad suele perderse en los zumbidos de la decrepitud.

A más discursos damos como ciertas las espinas o la espuma.
En el último vagón de las semanas, es incurable la alegría, salvo los maniquíes.
A cada hora pintamos velorios y circuncisiones.
A cada hora, sólo nos queda el hueco del sexo irreal en las moscas profanadas.
A cada hora, nos muerden las enredaderas de la oscuridad y su espinazo.
A cada hora, sólo la temeridad de la duda y sus despavoridas plumas.
Uno vive en medio de los disfraces de la rosa y sus epitafios.
Mañana beberemos la agonía en lunas de alquitrán, entonces empezaremos 
a descender hasta el desfallecimiento total.

¿La cruz de ceniza de la frente, es la cruz del pájaro calcinado por el aliento?
¿Puede el insomnio convertirse en sortija después de ser esa tinta del destierro
moribundo en las paredes de los ahoras?

Casi que me extravío en mi propio aliento. Debajo de mí, la gota de precipicio.
Sufren las palabras debajo del filo del polvo: el vaho es una suerte de estiércol.
Una piedra resulta más liviana que estos cordeles de la congoja.

—Vos sabés que sobre la verdad, hay uñas y agujeros de bisagras…

TRASPIÉS DEL ABANDONO

Por doquier el tropiezo de los nombres y la huella de las pupilas en el césped.
Abundan las monedas gastadas y arrancadas a los ojos.

Uno sabe de todas las alambradas que hay necesidad de saltar, o morder,
justo para alcanzar las lejanías sin reemplazo de zapatos y pestañas.
Sé que existen oscuridades tan profundas como una lágrima, tan ciertas 
como los calcañales carcomidos por los guijarros, tan duros como los barrotes

de la indiferencia: la hojarasca clava en mis lóbulos sus cuartones
de desfallecida tristeza, hasta el punto de hacer metálico el sonido y acalambrar

mi aliento: bajo los dobleces de la penumbra hasta llegar al subsuelo.

Bajo braceando en medio de las agujas del crepúsculo.

Hay palabras que esperan a la noche para existir, dormitorios y párpados 
en combustión, cruces, cuerpos, estados febriles, como el traspiés

que hace desfallecer hasta el hambre y la boca y las mortajas.

Después de todo, un grito es solo un grito que no mata alacranes, 
ni borra tatuajes, ni cambia el rumbo de las obscenidades

                                                                                  [y su olor amelcochado.

Un traspié y se despeinan las buenas palabras y se aprietan los ijares.

Pero hay abandonos de tal magnitud que rompen los pliegues de lo lúgubre,
y beben toda la sal silenciosa de los taburetes y los atriles,
y toda la ceniza que los pájaros trepan a las ramas,

y todas las mesas de las sombras y sus caballos enflaquecidos y sus ojos 
de quejidos prolongados y sus mudos relojes y sus apretados paraguas 
de ataúdes y sus asadores de prostituidas arrugas, ennegrecidas en el extravío. 

Después uno vuelve con boca propia a morder los letreros líquidos del agua.

APRENDIZAJE DEL AROMA

Sobre el vitral del cuerpo amado, toda la luz en la linterna del olfato. Amanecemos deletreando el arco iris de los poros, ese otro destiempo que se yergue en el aliento: ninguna otra estación sabe a caligrafía cautiva de tren desmesurado. (Allí la flor de tu piel, tus ovarios encendidos, inmensa ráfaga de fiesta. La tormenta que florece en el abismo de la intensidad.)

Nada trasciende más que este desplazarse sin cambiar de sitio. Ahora, los ojos llenos del sonido de tu nombre. Los confines consumados…

DÍA TRAS DÍA

Quizá para aliciente del suspiro, un puñado de sábanas diluidas en el aliento. Ante los desequilibrios propios, me quedan los ojos y las palabras, y el encendido silencio de los trajes vacíos. La lógica, a menudo, tergiversa el pálpito y magnifica la crudeza de lo fugaz. Entre un camino y otro, las disyuntivas se tornan el poniente necesario, tanto como esa luz oscura de los espejos. Sangran las úlceras de la lluvia y el disfraz ciego de las tardes. Errantes siempre los anillos de la luna, el ala del viento y su ruidito de rama quebradiza. En el asa de las ojeras cuelgan múltiples heridas. (De repente vuelvo a mis espejos, es decir, a mis garabatos. El tiempo me libera con su celeridad de efímera túnica. Me libera de lo estático. Siempre me sitúo en los paralelos para pulir la oscuridad de las imposturas.)

DIAFANIDAD DISFRAZADA

Allí, en la alucinación que provoca la nostalgia, la diafanidad disfrazada

de ceniza, los dedos del calendario respirando las heridas.

El aliento nuestro contradice las afonías machacadas por el desaliento.

Abiertos los quejidos, no queda un solo instante móvil de rodillas,

ni siquiera el olor a madera de las carpinterías,

ni siquiera las pestañas cubiertas de polvo y telarañas.

Vista la viga del vecino, nadie sabe cómo remendar la suya, enderezar

la blancura, lavar el sueño de las calles para darles la diafanidad necesaria.

Es claro que en la comedia, uno se queda de espectro.

Hay presencias remotas como el recipiente de la esperanza.

¿Soy yo el que camina sobre las antiguas sequedades de la entraña?

En este país siempre estoy viviendo el último aliento.

(Llevo años juntando el laberinto centavos, y gesticulando porfiadamente;

ocurre que debo caminar todos los días a través de extrañas mareas

                                                                                                       de meados,

entre aguas de fuego provocadas por la miopía. Debo cubrir de noche

mis miedos para que no se vean, pensar que son inocentes las páginas

de los periódicos, gesticular toda la hedentina del futuro.

De luz, solo los escombros de las cerraduras, los años que uno mira después.

—Y me preguntas todavía por la diafanidad.

Debo caminar lejos, muy lejos de aquí. El tiempo también es piedra

                                                                                                   de calígrafos.

Estar aquí, resignado a que amanezca, es un disfraz)…

SUPLANTACIÓN DEL HORIZONTE

Graznan los nuevos horizontes con los pelambres subterráneos de la saliva.

Apagamos los candiles para aferrarnos a la oscuridad aviesa;

mientras la intemperie arrecia, las sombras nos siguen apareciendo

como una especie de salpullido: hay por doquier candados impasibles,

y delirios que muerden la alegría y vacíos de cóncava espuma.

Ninguna epifanía deja de ser hermética en la desnudez de las suplantaciones.

El horizonte es prolijo en humedades y estatuas, ebrias a tal punto

que sus entrañas chorrean sórdidas asimetrías.

Jamás he visto otra forma que no sea la agonía, esa sombra próxima

a las alucinaciones, dúctiles en escombros y lívidos, fantasmales

                                                                                             como la noche.

No sólo se cambia de sed en las múltiples amnesias, sino de candelabros,

de escupitajos y miedos. Tiembla el moho en la moral del tiempo.

De nada ha servido haber cambiado los mausoleos de los atrios:

sigue la misma estirpe de sótanos en los ojos, sigue la muerte en su realidad

tangible, el clamor de la escoria, el pájaro seco del grito sobre la herida.

Todo ha sido fatalidad, tanto como las edades grabadas en lápidas oscuras.

Aquí arrecia la noche y sus dentelladas.

Nada llega ni siquiera a boceto; tampoco podemos esperar milagros frente

a una feligresía de destino incierto. Quema el ascua a la orilla de las sombras.

La mueca nos recluye en sus excesos cadavéricos, quizás en abanicos

fallecidos, o en simples magulladuras del cuerpo. (Apestan las vestiduras

inmaculadas y la oblicuidad de los arquetipos)…

PÁJARO DE LA AUSENCIA

La palabra es el único pájaro 
que puede ser igual a su ausencia.
Roberto Juarroz

Para sostener los relámpagos, es indispensable domesticarlos en la almohada de los imanes; a más sombras, el alma termina envenenada, la ceniza hija de los huesos, espectro caníbal del reptil que soy; en los labios disidentes de las abejas, bocas crecidas de la ciudad. Hay candiles de dispersas calcinaciones, candelas de sedentarios ríos, puertas cerradas como los perros devorados por el frío, extraños alfileres mordiendo el silencio, el pájaro de rodillas en el nido, caballos estériles en la garganta, al punto de dormitar en la cobija del cansancio, ―ay, aquel beso temblando en la viscosidad de los encajes, la memoria destrozada por el olvido, junto a la cuchara febril del azogue. Ay, la fogata de pájaros de la ausencia y su boca de ahogados disturbios. (Nunca es suficiente el tiempo para extraviarse en la ternura, ni el ardimiento para vaciar todos los burdeles. Tu sexo en mi pecho aligera los caudales del estremecimiento y destraba el candado tibio de la ventana para el ministerio que la reclama.) Cada día tiene sus propios miedos: al oído el estrépito de las emanaciones, la leche de los senos a dos manos, el relámpago en la libélula del desvelo, paredes donde crece la yedra de los labios, el sedimento de las vértebras, en el dedo de la pena mordiendo las aguas negras del ángel repentino del espejo, de la ola en desorden del colibrí. Por cierto que del imán cuelga también la llama del desorden, los nombres rotos del sillón de la soledad, la sangre desmenuzada de los lamentos en la feligresía de las uñas del anhelo; luego las lámparas primarias del instinto, con su trinidad mercenaria, este corazón en fuga de trenes y ventanas, el párpado desnudado en los muslos, los tristes estados de la materia en el suelo, pegado al ojo pervertido de la muerte. A diario, en la vigilia, soplan los vientos de la muerte, tiemblan las retinas en la noche endurecida, ―tantos minutos de crimen como espectros de rodillas, huesos calcinados en la boca, increíbles larvas en la respiración del sueño; algún día dejaré de descender a los infiernos, reiré de la noche degollada de la podredumbre, saldré del galope del ruido como un rostro fuera del manicomio de las palabras. ¿Veré, después de todo, relámpagos diferentes al chasquido de errajes, labios como litorales de escalofrío, vocales enfurecidas en mi lengua, tiernas de cogollos? ―Uno nunca lo sabe. Son terribles las veredas cuando son devoradas por los dientes, cuando la obscenidad no tiene el poder de redención, ni el apacible olor de las hortalizas. Uno siempre está a merced de caminos inciertos: antes fuimos vientos proporcionales al magnetismo del ansia, flor de los ojos del tiempo más gratificante; ahora es como una tortura andar a cuestas los líquidos oscuros del cuerpo, el rencor convertido en ira, la visión de un viento casi maldito…

ACRITUD

Después de los rituales prolongados de la cueva lo memorable con su acritud de grito dentro las palabras amontonadas y sin ningún rigor los días acaso memorables por la caries los otros espacios donde florece el caos: a menudo me toca ignorar la amenaza de las palabras no el silencio no los actos mortecinos del confín ni la orilla suspendida de las sombras en las ojeras siempre sangran las redes del poniente sobre las semanas suculentas de fuegos y avaras de quietud un bisturí puede ser lámpara y abrir los recuerdos la calma a veces es solo una mosca en desuso junto a la deliberación del próximo sueño: procuro alejarme de la desidia en la que amanezco de las ganas de apretar el llanto en mis ijares buscarle amante a las aberraciones que provoca la pobreza sudar todo lo hermoso que tiene el desengaño sacarle los ojos a las imposturas y vomitar toda la bruma del cuerpo la tos seca que nos golpea barrer las inundaciones execrables de las poluciones seminales después arrimarse a las hendiduras del amor allí con todas las ebriedades posibles con todos los burdeles interminables de mi conciencia la vida deliberadamente tiene sus propias manchas y antros: algunas grietas donde respiran los vigías algunos absurdos imprevistos de ceniza yo siempre juego a escribir el poema entre la zarza juego a los orificios del aliento juego a la avidez de los dedos juego al bullicio de la herrumbre y a los rótulos de las luciérnagas juego al masoquismo promiscuo de las aceras juego a las cobijas con gotas de infinito las calles del mundo siempre son delirio un himno de escombros repetidos una rama de mar en el bosque de la garganta: llegado a la ventana los grandes vasos de piedra como el hambriento follaje de los árboles yo sé después de tanta piel gastada que en el magnetismo de los sombreros se guarda esa mímesis infernal de los días obligados

UNA MIRADA

A LA POESÍA DE ANDRÉ CRUCHAGA

Teresa Moncayo

La poesía de André Cruchaga, requiere distintas lecturas y tantas versiones…, (según desde la óptica de quien lee). Pero el escritor sólo ofrece una referencia. En el sentido de los versos oscuros, se decía de Góngora hasta que admitieron que era un poeta impresionante con unas dotes para el uso de la metáfora y la simbología que dejaron a muchos con esa envidia ¿sana? Creo que su poesía está basada en la claridad de pensamiento y se apoya en unas líneas a veces difíciles de «descifrar». Pero escritas con tanta hondura, con tanta rabia y con tan buenos deseos de que todo cambie y, sobre todo, utiliza unos vocablos también (a veces), rebuscados que nos da la impresión de querer hermosear lo expresado. No es una poesía lineal, simple y basada sólo en la forma. Desde luego que no. Porque dice mucho en poco y, traspasa más, por esa forma y fondo que nos incita a pensar (más de la cuenta). Y es bueno «provocar» la reacción del lector. De lo contrario estaría hueca y no lo está.

Cruzo los versos de André Cruchaga y quiero traspasarlos de esa coraza de obscuridad para ver un atisbo de luz. Pero ese es su refugio. Vivir en la carcasa de un paraíso roto (aún reverdecido). Una mañana de oleajes que chocan contra sus huesos. Pero aún así, sigue el curso trazado en el remoto escenario de una metáfora. Ignoro si bajo sus pies crece la hiedra o sólo el alquitrán como sustancia viscosa y negra de petróleo. Porque a veces, sus versos, destilan diversas mezclas de roca y túneles y resinas…, sonidos de ecos arrinconados más allá de las penumbras. Cerca de las pulsaciones de una ciudad que dormita y muere. André Cruchaga mantiene en su poesía la imagen de un país gris que le provoca por dentro y nos sorprende los albores obscurecidos en medio de la tormenta de fuego, los andenes de asfalto cubiertos de luces que no son sino espejos de una silueta, las ráfagas que empuja al viento y tambalea la quietud del alma, los párpados cansados de descubrir las muertes en el lecho, los pozos llenos de cadáveres esperando ser enterrados en el estiércol, el horizonte dudoso de cualquier cielo. Y busca cubrirlo de arboleda, de música, de pájaros, de campanarios alegres, de amaneceres risueños, de veredas verdosas, de alientos limpios que volteen la obscuridad, de soplos de hojarascas, de almas con luz.”

Los versos de André son un diálogo incontaminado, a pesar del ambiente con sustancias tóxicas…, (perjudiciales para los seres vivos). Son como una esencia purificadora que «lucha» contra los agentes abrasivos causantes del deterioro social… Los poetas simbolistas que cita (con los rostros cubiertos por las sombras), se me antoja, mudos por la realidad. Baudelaire estaba imbuido en su «universo artístico» (lejos de la realidad). También Rimbaud, preocupado de la musicalidad de sus rimas. Sólo Lautréamont, nos dejó unos versos desgarrados donde definía al hombre como «esa bestia salvaje»… y, Éluard, autor de: «La desesperación no tiene alas»… Encontré unos versos de Gómez-Correa que es como un manifiesto desesperado; encontrar al fin la inocencia en una noche sin término/ sin pensar en el día que no volverá/ Ni en el gavilán que no logrará despertarte. También se le puede adjudicar, como una exaltación sutil ante un sueño…, la diferencia es que los versos de Cruchaga están asentados en la tierra.

Lo más grandioso de André Cruchaga, es la capacidad para definir los sentimientos. Domar a las palabras, traerlas a su terreno…, y hacer de ellas una composición hermosa. Alcanzar esa maestría en el ARTE de la palabra; unirlas hasta conseguir el significado exacto del sentimiento. Las emociones poderosas, el inevitable conflicto interior y, la coloreamos, en base a nuestros principios. La construimos con nuestro filtro personal y la sometemos a según qué estado de ánimo…, nos introducimos en el laberinto de las palabras (en el sentido de que no es un lugar de fácil acceso y, menos, de fácil tránsito…) y, la usamos como herramienta simbólica, como un camino que nos permite vivir la experiencia auténtica y que representa el universo de cada uno.

Los arquetipos no sólo existen en las historias fantásticas con acciones de dioses y héroes en la antigüedad o, en las narraciones donde predominan los elementos imaginarios, también existen en los sueños y, a veces, en la realidad. La poesía de André Cruchaga está llena de esa verdad, de esos héroes anónimos que deambulan por un espacio tétrico resaltado por el poeta en sus versos. Está llena de esa verdad que ahonda en su alma y en la respiración a modo de pulsaciones. Está llena de un sentimiento que traspasa la coraza y la epidermis más sensible. Porque Cruchaga escribe con devoción y fuerza, con pasión y delicadeza y, con un valor añadido que le hace grande, en el sentido de intenso y perceptible. Aunque el escenario de su vida sea un «elemento» real (demasiado evidente).

Hay que reverenciar sus poemas. Tanto por cómo siente, por cómo los expresa, por cómo escribe. Sus versos son como estallidos, como pulsaciones o como pequeños truenos que se adentran en la piel y en los poros y recorren todo el ámbito corporal para establecerse en el corazón. La comprensión de los versos es rápida a pesar de los conceptos (representación mental de los hechos), que nos descubre nuevos significados y lo hallamos en forma de reliquia de gran valor que hay que venerar. Rebosantes de humanidad, de temple, de desgarro social entre la realidad y el deseo. Resiste ante los esqueletos humanos y los manicomios que no son sino parte del tránsito diario.

Los versos de André Cruchaga, están hechos de unas fibras sensibles, perturbadoras, tiernas, melancólicas y llenos de una rabiosa verdad que arrastra a ese mundo hondísimo para hallar en él, otro subterráneo aún más hondo, más perfilado, más cautivo, más lleno de horror, si cabe, más ultrajado, más devorador, más decrépito (decadente). Con una intensidad de recuerdos bellos que se ahondan en las sombras. Pero sus versos sacan también a la luz, esa misma claridad que se filtra por cada hueco estrecho, por cada espacio ínfimo, por cada rendija de pared. Y será ese resplandor quien deseche a la oscuridad que, ahora parece eterna.

Aunque en el interior de las palabras muera el poeta, queda el significado en la memoria. Igual que, muerto un pájaro, siempre tendremos su canto. Porque la esencia de todo no se establece en los vocablos que se usen para expresar lo que sentimos, es nuestra posición frente a qué o a quién. Son pocos quienes conocen la intrahistoria porque se halla escondida bajo la historia que todos ven, aquella que, los más superficiales, contemplan. Pocos descienden a los infiernos y, por lo tanto, pocos saben de los sufrimientos ajenos, de aquella masa de humanos que deambulan en las sombras, agazapados en el olvido de la memoria de la mayoría. Porque es más cómodo, pasar la vista por encima de los problemas, inhibirse de las carencias de los otros, de esa decadencia que los asalta cada día y los rompe, y los mata y los fusila, y los abandonan. Sólo lo perciben los grandes humanos, los más sensibles, los más capaces de exponerse en contra de todo. Los hay servilitas que hacen uso del hermetismo para no ser señalados por las esferas del poder. Porque los cadáveres no son aquellos que apuestan por la continuación del sistema, no. Son los otros, aquellos que en un susurro intentan clamar al cielo una ayuda que no les llega. No todos son poetas y, por lo tanto, no tienen acceso a esas palabras más o menos adornadas (como el canto de un pájaro) para decir lo que él nos cuenta. Los otros sólo son tipos que deambulan por calles oscuras sobre otras obscuridades (para no contradecir las normas). Sólo el poeta nos trasmite cómo sufren, cómo sienten, cómo mueren…, y estamos abiertos a sus mensajes en forma de versos.

Los versos de André Cruchaga sí ven la luz…, a pesar de haber nacido entre las sombras. Son los conceptos lo que le hacen diferente; el idioma lleno de resplandor a pesar de la siniestralidad. Es la locura de un entorno (con enfermedad prolongada) lo que enaltece a sus poemas. Los alientos tupidos que buscan una atmósfera limpia aunque camuflada en la hojarasca, pero esa limpidez existe, seguro. Sólo hay que descubrirla en la otra imagen (Naturaleza), con su azul pleno, luciérnagas, libélulas, búhos e, incluso, el ala siniestra del cuervo que se posa en las ramas, toma un aspecto menos demencial, menos trágico. Conviene escabullirse de ese escenario mórbido y hallar la claridad que inunde los sentidos, la belleza no estática sino viva alrededor del poeta.

Sus versos  siempre me dejan esa estela cierta de maravillosa escritura (a pesar de lo contradictorio del sentido del poema). Indiscutiblemente, André Cruchaga es más que un poeta. No muchos tienen el don de llegar a esa altura intelectual rompiendo esquemas para ahondar en la Naturaleza Humana donde el sentido racional, aún dentro de lo irracional, cobra especial interés y coherencia. Un bravo!, es poco. Sólo el reconocimiento de la sociedad y el mejor de los premios podrían hacerle justicia. Porque aflora en cada verso el sufrimiento de un país con coraje, valentía y dolor. Y porque sus poemas son parte de la esencia de todos aquellos hombres y mujeres que cada día, han de ver mutilados sus sueños y rotas sus ilusiones. Relatar estos hechos con el rigor y la hondura con que lo hace el poeta y desde un prisma real y con la fuerza con que queda reflejada la historia, eso, ha de tener sin duda una respuesta.

Me llevaría toda la vida leyendo sus versos, de día y de noche, siempre. Sólo pararía de vez en cuando para calibrar los verbos, para analizar los adjetivos, para investigar las metáforas. Y luego seguiría por esos caminos muertos, por ese verde reventado, por esa calzada llena de humanos abandonados a su suerte, por esos árboles de cenizas, por esas aceras soñolientas, por ese bosque obscurecido, por ese cuarto húmedo, por esas figuras muertas, por esos alambrados que suplen a las fronteras y, acumularía (igual que él), ese desgarro que nace del alma y que me hace ser infeliz porque otros lo son.

«Profundidades inmensas»…, así son los  versos de André Cruchaga, llenos de esa hondura que nos traspasa porque cada vocablo está constituido de una sensibilidad nueva a pesar del desgarro que caracteriza a toda su poesía. «La noche como un solo camino» es inmensamente evocador; la noche porque es noche, o la noche porque es la única referencia?…, «las calles como una sola noche» ahí sí va implícito lo tétrico en el sentido de oscuridad absoluta, sin un atisbo de luz. Sólo en él se halla la claridad, ese fulgor infinito con la precisión y lucidez necesaria para crear unos versos brumosos; ahí está el arte, dejar afuera la ambigüedad, la borrosidad, la bruma…, y desde su claridad surgen los versos colmados de negrura. Quiero decir que, parten desde dentro de su luminosidad. Los crea, les da forma, les da belleza, coherencia, pasión, fuerza, vigor, ternura, valor y, ese sentido de realidad y de coherencia; con un fondo profundo y una forma impecable. Llena de metáforas que no son sino un lenguaje más cuidado, perfectamente revelado. Pero qué grande es la poesía de André Cruchaga, capaz de despertar los sentidos y emborracharlos de realidades, de actos sublimes, de flores, de caminos, de cielos, de borrascas, de lluvias, de asfixia, de heridas, de abandono, de muertes. Nos trasmite todo lo que es posible trasmitir con la palabra y aún así, quedamos esperando más y más, hasta completarnos, hasta llenarnos, hasta colmarnos. Jamás absorbí tanto de un poeta. Jamás descubrí tanta fuerza, tanta pasión, tanto sentimiento, tanto talento. Y sigo leyendo y más descubro, porque cada vez hay una intención nueva que me sorprende, que me absorbe, que me inquieta…

En su tránsito, André Cruchaga, va dejando estelas de palabras que no son sino asociaciones subjetivas que viven en él. Porque no es sólo un poeta que describe sus sentimientos en versos, sino un «guerrero» de la pluma capaz de sublevar a todos los que lo leen. Se nota esa querencia hacia los verbos y esa devoción pura hacia la manera de trasmitirlos. Lo que es una maravilla. Gracias a la palabra escrita y gracias a esa capacidad innata en usarlas, apreciamos toda esa larga trayectoria de sus sentimientos en forma de versos. Es una suerte que ese don de la palabra haya recaído en él, en nosotros, y no es un tópico. Porque no todos pueden cubrir grandes espacios de folios en blanco hasta completar cientos de ellos. Y hacerlo de manera bella y coherente, para el deleite de muchos. Proyectar en vivo cada paso, cada deseo, cada anhelo, cada pasión, cada tristeza o alegría. Con toda la naturalidad que sólo los que tienen acceso a la escritura, pueden hacerlo. Y son muchos, evidentemente. Pero no todos son mágicos. No todos te emocionan, te desgarran, te provocan, te sorprenden y te llevan por esas lindes reservadas para unos pocos. Aunque existan campos abiertos para acoger a tantas manifestaciones, a tantas ideas revestidas de mil maneras…, sólo unos pocos son capaces de penetrar en la epidermis más sensible, sólo unos cuantos y, entre ellos, André Cruchaga. Por esa hondura y por esas formas que, a veces, nos hace dar vueltas para ahondar en su significado. Significado que hallamos, evidentemente, porque por encima de esa naturaleza hermosa se encuentran los verbos más reconocidos por todos los que amamos la poesía.

Me pierdo en su lenguaje, en ese contexto de signos combinatorios, en esos símbolos y códigos con los que designa al mundo exterior; sus relaciones, sus cualidades… En esas oraciones construidas con su conjunto finito de elementos, en esa manera de invocarnos y explicarnos sus sentimientos. Me pierdo por el uso adecuado de sus palabras, sustantivos, verbos… Por cómo forma las ideas y pensamientos. Porque André Cruchaga, no rompe el ritmo de la frase sino lo completa hasta hacerlo explosivo. Hay una comparación de la evolución del lenguaje humano con el origen evolutivo del canto de los pájaros, capaces de aprender nuevas vocalizaciones y de reordenar sonidos básicos de su canto para trasmitirnos distintos significados. Su capacidad para comunicarnos sus ideas y emociones, André, sobrepasa en mucho la conducta lingüística de los humanos por el grado de distinción de su lenguaje y rebasa todos los pronósticos, todas las teorías y todos los códigos. Por lo que pasa a ser llamado un fenómeno comunicativo que nos abre puertas y ventanas a la imaginación y al entendimiento.

En cada poema, el asombro. Por mucho que lea sus versos, siempre existirá la sensación de la piel erizada, de la angustia que asoma por cada juntura, de la sombra en constante duelo. También del arcoíris asomando por la luz después de la tormenta. Y el latido que se abre paso en las multitudes oscuras. Todo él es poema, su actitud, su respirar, sus latidos, su voz, su aire. Y esa manera de trasmitirnos la realidad, por cómo se interna en los sentimientos que no deja a nadie indiferente, por la profundidad del mensaje, por la hondura de la emoción y, posiblemente, porque le añade elementos inquietantes que no hacen sino despertar nuestra conciencia.

Los ojos de la noche, de (André Cruchaga) lo ven todo, tanto las maravillas dentro de su sombra como las otras sombras de su subterráneo. Y los ojos, con su luz encendida, en la oscuridad, captan las imágenes que pululan a su alrededor. A veces se distorsionan las formas y, las líneas se tornan figuras idealizadas o distorsionadas o, en su defecto, reflejan la verdadera realidad de lo que se visualiza…, y en ellas afloran las siluetas dañinas, que no son producto de la imaginación, pero que igual sobreviven en la claridad, por lo que no sólo en las sombras se integran los efectos dañinos sino que también cabalgan junto a la diafanidad. Por lo que el punto de luz (en las sombras), lo pone él, según su estado de ánimo, integra la dulzura, la nostalgia, la energía. La esencia de lo que es y, eso, traspasa en mucho a las sombras. Habitualmente integramos en la oscuridad lo dañino, las tinieblas, la venganza, la muerte, la traición e, incluso lo diabólico. Pero esa oscuridad sólo está «visible» para contrarrestar a la luz. Sé, que su sombra está íntimamente ligada a la realidad de su país y la arrastra como un torbellino llevándosela a su intimidad hasta el punto de que forma parte de su vida, obviamente, sin quererlo. Y es hora de desterrarla de ese ánimo o, asumirla como algo que no ha de vencer. No porque no lo desee sino porque está fuera de su alcance.

«Como una tinta que tiembla ante la hazaña…» Sólo un prestidigitador de la palabra es capaz de diluir esa tinta y hacer que su compuesto alcance esa proeza que nos describe la realidad objetiva de ella y, la otra, subjetiva, la de él que se funden en un abrazo hasta dar con el verso deseado, con la expresión idónea hasta completar el poema. Cuántas sombras y heridas y ojos y sueños hasta acabarlo? Por cuántos caminos ha de avanzar hasta hallar la forma, hasta completar el fondo? No todo es cuestión de sombras y de espejos…, detrás está el poeta, su asombro, su luz (aún dentro de lo oscuro). Está compuesto André de arcoiris, cuyos tonos se asemejan a según qué ánimo, casi siempre los tonos grises. Los claros se dejan ver escasamente. A veces se cruzan por en medio de las palabras para no ser descubiertos, pero permanece la estela de luz en su recorrido fugaz. Lo intuyo.

Es obvio que André es un poeta que, (como él dice), «busca más allá de toda apariencia», centrándose en un fondo demoledor, trágico y real. Su soledad coincide con el alma de Schubert, angustiada, solitaria y dolorosa. Lo apreciamos en la «Serenata», donde el músico despliega toda su magia y esas imágenes en forma de música: Hay ternura y dolor en ese canto/ y tiene esa amorosa despedida/ la transparencia nítida del llanto/ ¡y la inmensa tristeza de la vida!. «Cada cual tiene su propia búsqueda». La de André, es el sentido a la irracionalidad, al desamparo, a la brutalidad del hombre, al abrazo roto, a los labios sellados por el miedo, a los fantasmas de la noche, a los monstruos del día, a los amaneceres de sangre, al destierro interior, al alma exiliada, a las páginas en blanco. Sus versos y su prosa que se entrelazan para establecer el poema, para ahondarlo y liberarlo; son su desahogo de cada día. Cada verso, un suspiro, cada poema un alivio. Así renace cada amanecer. André no es un poeta como otros, no. Existen movimientos literarios y otros que van a contracorriente ofreciendo una estética y una ideología fuerte sustentada en el sufrimiento de los pueblos. André se identifica plenamente con ellos, Y con el tiempo muchos seguirán su forma (porque su fondo es inaccesible), y crearán escuelas como lo hicieron algunos clásicos.

André Cruchaga, es el hilo de esa tinta que usa para denunciar la historia. Una manera de expandir lo que ocurre en el país. Muchos poetas y escritores lo hicieron, obviamente, no todos salieron ilesos. Por mi parte creo que, a la política ha de llegarse por vocación para ayudar a los ciudadanos. Con el compromiso hacia la clase social. Nunca para encumbrarse «salvadores de la Patria», donde el miedo prevalece sobre otros sentimientos y que, forma parte de lo cotidiano arrancarle los sueños para convertirlos en pesadilla. La política creo que es un instrumento para lograr el bien de la sociedad y asegurarle una vida digna. Pero aquellos que se implantan con un régimen sin ningún tipo de Orden Jurídico y Legislación Vigente, implica, obviamente, el apoyo de la fuerza militar., que son los encargados de ejercer la represión e imponer el terror violando todos los derechos de los ciudadanos. Porque ya dejan de serlo. Para convertirse en «objetos manipulados por el sistema». Por lo que los políticos se ganan a pulso el descrédito de la población sumida en el miedo a ser encarcelada o fusilada. Los que conforman la «casta del horror» y que ejercen la tiranía son aquellos que se colocan la pancarta de «trabajamos por los intereses del pueblo», un recurso desgastado por su uso. Y que son los mismos que dicen fortalecer la democracia o el país. «El Salvador es grande por su gente”, es pura demagogia cuando lo utilizan para conseguir el apoyo electoral. Son las maniobras de aquellos que NO saben hacer política en beneficio de sus ciudadanos y sí, sin embargo, tienen aprendido cómo violentarlos, o quitarlos de en medio…

Leídos sus poemas y por lo tanto, asombrada de su genialidad absoluta. No existe en el mundo un poeta tan extraordinario. Su compromiso es fiel aunque esta alianza le suponga grandes desalientos, proclamas y reclamas tantas figuras emblemáticas y combates desde la tinta indeleble derramándola con las formas más inverosímiles e, incluso, cuando las cubre de símbolos y metáforas, se advierte en ellas (palabras) la claridad de un fondo purísimo. Por muy enmascarada que estén siempre podremos ver las intenciones de sus pensamientos. No sé si es bueno que nos deje atravesar su intimidad a través de sus versos, pero a través de ellos le conocemos como el gran poeta y la gran persona que es, porque su poesía está ligada a tu corazón, de tal manera que forma un enlace indisoluble afectuoso y sabio. A veces cantar a la nostalgia de un pasado, otras a las expectativas de un futuro y siempre a la fatalidad de un presente con las denuncias hacia los males de la Patria. También los recuerdos al amor, al olvido y a tantas interrogantes nos da la licencia para reflexionar poco a poco hasta ir descubriendo ese fondo anhelado de tu poesía.

Teresa Moncayo, Escritora.

Vejer de la Frontera, España.