Una muestra de su más reciente poemario. De ella dice el español Antonio Colinas: «En cada uno de sus libros, Mariana Bernárdez ha ido consolidando su voz poética, que encontró pronto. Acaso el secreto último de la misma radique en esa caligrafía suya, clara y grande, por la que alienta su ser, a través de la que su ser (y su obra) se nos muestran sin máscaras ni artificios.»
Poemas de Aliento de Mariana Bernárdez. Prólogo de Antonio Colinas. México: DGP/Secretaría de Cultura y La Cabra Ediciones, 2017.
Inspirado humanismo
En cada uno de sus libros, Mariana Bernárdez ha ido consolidando su voz poética, que encontró pronto. Acaso el secreto último de la misma radique en esa caligrafía suya, clara y grande, por la que alienta su ser, a través de la que su ser (y su obra) se nos muestran sin máscaras ni artificios. En el principio fue, pues, esa voz que ahora el paso del tiempo y las pruebas de la vida le conducen a una madurez que es la que se nos ofrece en estas páginas.
Luchan de nuevo en este libro forma y contenido y, a veces, ya desde el principio: “Des.tierro/ En. tiempo/ Trans.tierro”. Pero que no se engañe el lector, pues siempre hay detrás una hondura que proviene de la experiencia del vivir la poesía, de que ésta es vía de conocimiento y de que la autora la deja fluir con una gran libertad expresiva, en la que ya no cabe distinguir fondo de forma. Se torna así el poema en microcosmo que contiene muchos saberes y le será difícil al lector adscribir dichos poemas a tópicos al uso: una generación, un temario, un tono expresivo determinado. Poesía personal.
Unidad del poema y mensajes dobles, subterráneos, que se quiebran en las palabras, que son símbolo y signo. No sólo habla el poema y el verso sino también cada palabra-signo. (“Saber por la herida, por el signo”.)
No hay tópicos tampoco en el uso de los grandes símbolos, como el del fuego o la luz. La luz que no deslumbra sino que es algo que también “cae/y cae”. Poemas que buscan lo más trascendente, pero que a la vez lo hacen desde una cotidianidad a la que la autora se enfrenta con valentía y lucidez, aunque haya laceración o esté ahí agazapado lo sombrío. La luz interior acaba salvando, (aunque “caiga”).
Hay, a la vez, en cada poema, como un afán de abstracción, pero en él están los claros, sencillos, limpios sustantivos que son como ventanas que abren a la esperanza y que también salvan: el azahar, la estrella, el silencio, vienen para devolverle a la autora la plenitud de ser, aunque siga la lucha y tiemble siempre la amenaza que arrebata el “aliento”; término que da título al libro porque es esencial. El respirar es, sin más, la esperanza.
Otras veces, esa concisión y ese simbolismo escuetos, directos, tan de la poesía de Mariana Bernárdez se quiebran felizmente por medio de un lirismo limpio y tierno (“Y espoleada respondo/que huele a jazmín tu pecho”); o repentinamente el poema se derrama en versículos de largo respiro. El verso pasa entonces de tener una sola palabra, de superar el reto de que una sola palabra lo diga todo, a ese dejarse fluir –sobre todo al final del libro– que busca el poema completo. En estos versículos la autora parece querer sentir más que pensar.
Pero regresa el símbolo: el jardín frente a la “herida”, la escritura que es “casa” profunda. Esta mujer es, al fin, lo que escribe con su letra grande y clara, y la escritura-palabra es la que sana y salva. En ese derramarse del verso se abre la memoria, y brotan de ella ciudades –Estambul, Sevilla–, pero acaso Mariana busca fuera y lejos lo que lleva en su interior, lo que puede encontrar en su propia tierra, en un “sábado de gloria”; es decir, allá donde asoma la trascendencia. París es el aguacero-muerte de Vallejo, pero siempre llega en el poema siguiente una mano, un abrazo, unos “labios de mujer/como lo más hondo del morar”, que serenan y que conducen a Mariana Bernárdez a su centro. Ha llegado así a esos límites del humanismo, a ese humanismo original e inspirado que acaso sea el sustrato primero de su Poética.
ANTONIO COLINAS
Salamanca, 28 de enero de 2016
Lo brotado
La contemplación es la ley que la belleza lleva consigo.
María Zambrano, “El espejo de Atenea”
A lo lejos, sobre un horizonte
de espigas de oro,
saltan los relámpagos.
Antonio Colinas, “Pastor de ruinas bajo la tormenta”
.
Vino con los ojos arreciados por su Dios
como si la borrasca de los tiempos
se hubiera arropado ahí entre su temporal
Las imágenes de la transparencia
asediaban su entendimiento
y liturgias añejas de entonación escarchada
iban incinerando la ventisca de su ornato
ni la mudez bastaba para comprender
el peso del mundo que se incrustaba en su piel
como si los granos de sal
que cristalizaron la figura de la más querida
escondieran en su iridiscencia
la cifra inscrita en el tronco del olivar
cuyo símbolo encontrado en los angostillos
le indicó la ruta de vuelta al cobijo
como si en su resina resquebrajada
se testimoniara la insidia
de los tantos que se abrazaron
para dar lugar a su nacimiento
y ella
paria entre las parias
hubiera tenido que surcar el mar y su anchura
para descubrir que no se es nada
porque hasta hojas y riscos
son macerados en su materia
hasta borrar su existencia.
Detrás del centro y la periferia
el velo de una ciudad
en los pilares deslavados de su templo
Martes que no jueves
del que no tengo imagen alguna
y llueve
legendaria lluvia
que seduce la lisura de las peñas
y pregona en sus aguas
el horror
que habita lo umbrío
y quisiera que con un chasquido
la luminosidad ahuyentara su viento plomizo
pero su dentellada planta marca en el húmero
mientras París en aguacero despide a Vallejo
y redoblan las campanas
por un verso y un muerto.
Duermevela
que despierta el entendimiento de lo oscuro
desgrano la sed del poema
Me moriré en París…
mientras el ritmo de tu respiración
acompasa el naufragio de la razón
Duermes de modo quedo
sin alterar el gesto de tu boca
un día del cual ya tengo el recuerdo
como si se naciese con la impronta de lo vivido
y anduviera uno renqueando por los días
tras la forma proyectada en el lienzo
como si fuera mordedura de lo oculto
o zumbido azuzando para ganar la batalla
de apurar el elixir del deseo
y ahuyentar el resquemor y lo sórdido
y alcanzar finalmente puerto
Y vuelvo a decir antes del antes
y sonríes como si en tu sueño
este cuarto y esta casa y el limonero y los parajes
olvidaran sus hebras en mi enlumbre.
Y leo y releo y me abismo en lengua de pájaro
de tanto buscar el trasiego del regreso
pero de haberlo no lo hay en las frases que aprendo
al deletrear el silabario en el cuaderno de línea recta
que no aprecia la reciedumbre del vericueto ni el espejismo
que despiertan los demonios del mediodía
cuando el sol injerta su demencia
en la fiebre macilenta de los poseídos
y delira el enfermo como delira la suplicante
que encuentra la roca insurrecta de la inmolación
o la zarza ardiente grabada en la rastra de un monte
que aún existe en la agudeza irredenta del lector
que al dudar del azar se adentra en el versículo
para ser incendiado por lo que no se nombra
no por querencia sino por cautela
ante lo extraordinario sólo queda el balbuceo
y ha quedado ahí el escriba tirado en el pedregal
rastrillando el abecedario de relatos que se le confunden
ni Vallejo ni Diótima ni Platón ni Juana
ni Kavafis ni Teresa ni Dante ni Concha
y yo cómo digo ahora esto que pasa
cómo te digo de este verso que me taja.
Azul.mar
en la lontananza el azul
Tardé muchos años en llegar
porque llegar siempre
ha sido un camino largo para mí
Arreciada por la vida tardé en poder
simplemente en poder subir la cuesta
para atrapar el mar
como si toda su gramática
y su no saber
cupieran en mis manos
y la voz que proviene de esa cisura
de ese arcano
tampoco es albo en su claridad
sólo aquí
lejos
no importa el haber repudiado lo entrañable
ni lo yermo que enaltece el fracaso
porque lo inmenso
requiere la soledad que se es
el vacío socavándose
el desamarrarse
para ser arrasado por la brasa del verso
Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!
Vendimia del vendaval
territorio del desconsuelo
donde el existir pierde su pulso
trocha de tierra apisonada
donde la travesía bruñe el escorzo
Y ascender
hasta el claro de piedras alzadas hacia el cielo
y derruir las últimas gotas del talud
pues todo calla ante la inmensidad
en el latido abandonado por los heraldos negros.
Y hemos dicho la palabra
que dio paso a la tormenta
Le dimos la bienvenida
con la frente en lo alto
como lo hicieron los aurigas
alguna vez hallados
en los poemas antiguos
y con el ánimo hecho
la más devastadora de las noches
No entendimos la mano extendida en la bruma
que llevaba apurar el cáliz de la desolación
ni el fruto venerado de los ojos glaucos
ni la herrumbre del aceite de la unción
Y no hubo ángel que detuviera el puñal izado
ni quejido ni súplica ni rezo ni ruego
que apartara el golpe fatal
¿Qué sed ingénita
qué rastro de inmisericordia
capaz de trillar la simiente enjambrada
de sernos un rostro
nos acechó desde el origen?
como si las furias hubieran escanciado la cosecha
y no hubiera ofrenda capaz de apaciguar su locura
Y ciegos en nuestro amor
no supimos de ese arrebato
y abrazados uno al otro
nos arrojamos a la pira del naufragio
echando a suertes
el hallar un madero de salvación.
El polvo de los caminos fue levantando la orla de su manto
y desgastadas sus sandalias por el rodar de las chinillas
desataron los días de incontable furia
rostro que vigila y devora
a quien hirsuto de rabia se anega en la gruta de la mudez
Desasido de todo trance
fue el deambular
el sino de su tribulación
como si en la revuelta aliviara su peso y su gravitar
hasta que restaron las cenizas
que mucho le recordaron
el sol
y el paso de lo que dibuja tachándose
y desleído ya de sí
supo de alguna vez la fuente
y de una casa
y de los labios de mujer
como lo más hondo de su morar
antes de que lo turbio
brotara trillando su pertenencia
y reclamara en triunfo su aliento y su memoria.
Qué solo el mundo
qué solos hemos quedado en medio del ruido infernal de ciudad
como si fuéramos notas sueltas de una partitura ardiendo en la pira del desamparo
dónde quedó la risa adolescente o el juego de la matatena
las canciones en corrillo o los viajes en el tren de madera
Quedan los testigos mudos de lo alguna vez indudable
las insignificancias que en su tránsito alcanzan la alcurnia de lo eterno
pero no los cuerpos en su amándose
no la pared blanquísima donde el humo configura el retazo del tiempo
no la promesa sobre la que se erigen los póstigos y los ventanales
donde se enraízan las aguas de una fuente imaginaria
atrás el pozo
atrás la acequia y la huerta
atrás
y se me atraganta la pena de haber querido tanto
y tener ya la boca amarga
porque inútil es fustigarse para salvar lo insalvable
aunque siempre atormente la hermosura de lo perdido
y baile su silueta en el perfil del desierto.
Desgarra el viento la piedra
que alza su promontorio
en el salto exigido por la sima
Desujetarse
Soltarse
que sea la ceniza la marca de los días
y el trasiego del abatimiento
páramo donde ni siquiera la esquirla
atine al centro con su filo circular
Mala suerte la de la voz
que en su cólera
llama al rezo
porque ésos no somos
las cartas están echadas
y el mazo se deslía
en filamento luminoso
Resignados al dislate
corremos exaltados
semejantes a los ilotas
que nunca hemos sido
y desbrozamos los senderos
en agua de río que no se torna
fuente ni caudal ni rumor
y el silencio va cediendo su rocío
en bálsamo frente a lo irremediable
esa tristeza que se adentra
en certeza de lo ineludible
lo justo es sólo una sombra huidiza
pauta de su notación insondable
la grafía de este su margen intocado.
Di la sílaba poli.corde
salta en picada hacia el mar
derrúmbate arrecife
o escarpa en pico de águila
Di la sal o la marea
leva ancla
desgaja la espuma
Tira
Destroza
Escupe
Maldice
Llora y arráncate la espina inmisericorde
que te hace remontar vuelo
y despeñarte a la hondonada
a sabiendas
de que se habrá de borrar el signo
y que no habrá de volver a su plumaje.
Cien puertas se cerraron
en celaje de lo herido
cifra en amparo
de su sello y ronda obsesiva
que en arcano prístino
fue alianza promulgada
en el eco de la tempestad
que arrasa y calcina a su paso
Cien torres se alzaron
Cien puentes
Con sus cien centinelas
para que nadie urdiera
ni tramara
ni en resuello pensara
Un cobijo de sosiego
Un claro
donde la herida
y el cuerpo que la portaba
pudieran desasirse
y perderse para siempre
entre los bancos de niebla.
Respira
Inspira
He ahí el manto y la brasa
La zarza en sirga
El humo en libación al cielo
Vacíate
Adéntrate en la espesura
Nada hay que amarre la duermevela
Bruñido el azogue
se abre al sonido
y nada hay
nada
Sin lenguaje
no hay señal
ni rastro que acuse
el haber sido
el seguir siendo
Canta Sibila
las sombras del Leteo.