Una muestra generosa del libro El lugar de las apariciones, del poeta y ensayista argentino, quien escribe además de poesía sobre artes visuales.

Carlos Barbarito

El lugar de las apariciones

A Yorgos Kentrotis.

Yo no he matado el sueño…

Giosue Carducci, Odas bárbaras, 2, XXXII.

Existir diminuto, inconstante…

Existir diminuto, inconstante, entornado

y errático; sin fecha ni hora precisas,

en declive hacia tierras que se desmoronan,

en ascenso por lo escarpado

cuya oferta única es un cascote, una hierba;

hasta cuándo el anhelo, el centelleo en la memoria,

el frágil testimonio en el polvo,

adelante, como en un sueño, los vestigios

y pálidas criaturas que se sumergen

en lo que casi ya no pulsa, ennegrecido y encrespado.

Acontecer que no varía, un mismo

y constante azogue, repetida sombra

que cree avanzar, emparedada;

frío en el centro del sol, nido de cigarras desaladas,

y el dame otro nombre para no caer,

y caído una vez más en el incendio

que, sin llama alguna, de tallo en tallo, se propaga.

Hubiese querido contar…

Hubiese querido contar con tu indulgencia,

no con este destino de piedra

arrojada por una mano ajena;

lejos, entre los últimas sombras de la tierra,

a donde fue a dar en vuelo errático,

apretado el nudo, cosido a una tela mínima,

incapaz de dar abrigo.

No hubo aire en los pulmones,

porque de otro fue la respiración;

desgastado calendario de una vida fugaz,

pie que anda por la orilla sin tocar el agua,

presencia extraña que no se demora

y trae a la rastra la voz del padre.

Hubiese querido hablarle al sólido tronco

en cuya copa reside tu voluntad,        

no a este huir bajo enjambres,

a estos relámpagos sin tormenta a la vista.

Preferí hacer silencio; mío fue un temor

semejante a pasar la mano

por el filo de  un cuchillo,

mía fue la resignación ante llaves

que se hacen viejas sin haber abierto una puerta.

Abandonado, resto de árbol…

Abandonado, resto de árbol al borde del sendero;

concluye el día como baba de caracol,

en dirección a un mero perfil, un alicaída instancia;

mínimo resplandor que no varía –quién

se obstina en encender un fósforo-,

vana señal más allá de lo que no tiembla ni crepita;

minuto a minuto hasta la clausura,

el hueco en el entramado,

el fin del festín –aves rapaces

se disputan los residuos-;

cómo obtener ahora una voz, intacta,

cómo encender una chispa

antes de que el telón caiga y la sala se vacíe,

cómo rescatar lo inmerso,

volver voraz la espera,

fecundo el alcanfor.

Hacia lejanas cuerdas…

Hacia lejanas cuerdas el deseo de las manos,

hacia más allá del roce del ala con el ala,

el puntual o tardío verano,

los vestigios de una frágil corteza;

desnuda en la única hora que no trastorna,

sin temor a ser abandonada,

picos como flechas contra el agua inmóvil;

qué voluntad nos llama que no precisa ser filtrada,

qué belleza hay que no necesita ser rehecha;

grandes nubes sobre piedras grandes:

ebrios asomados al abismo que se configura sonido y signo,

parados sobre ramas que resisten el peso, no se quiebran…

¿De qué habla este poema? ¿De unas ramas?…

¿De qué habla este poema? ¿De unas ramas

retorcidas, del sigilo, del tedio,

de una copa con agua que se desborda,

de un no esperado advenimiento?

Una áspera espalda, al tacto, como de pez

y una inexpresable pero cierta desafinación

en el arco azul a cuya sombra moramos,

y algo que nos obliga cerrar la ventana,

y un vasto pasado que aúlla más que una tormenta,

y un aceite que se vierte sin que medie un solo presagio.

¿De qué habla? Es insuficiente la vigilia,

es magra la dádiva del dolor,

poco lo que la luz, en su avance, difunde;

de otro, como siempre, es el secreto.

Destinado a no perdurar…

Destinado a no perdurar, humo 

que se eleva en la distancia 

y enseguida se disipa; tal vez –me digo- 

si pudiera darle un nombre, 

un lugar preciso en el cortejo de las especies, 

quizás… Pero no, 

y al escribir no me sobreviene 

como un filo que al aire sólido desgarra, 

un modo de la muerte 

que, incluye, a la vida como mero testigo, 

parcial, equivocado;  qué 

es durable –me pregunto-; 

con los ojos cerrados, 

aguardo ser vencido por el sueño 

antes de que me llegue, 

si es que me llega, la respuesta. 

Una ligera variación…

Una ligera variación en el conjunto

y, de pronto, es otro mediodía,

y otros son los amantes en el hotel de la costa.

No sé qué la produce

ni con qué herramientas,

sólo sé que cambia un poco,

no demasiado, lo que hay a la vista,

y es otro mediodía,

y ya no somos nosotros

-no tu mano sobre mi espalda,

no mi mano sobre tu vientre-

ahora son dos desconocidos

llegados de otra parte, sí,

pero con los mismos jardines

sobrevolados por los mismos enjambres…

¿Qué hicimos? ¿Por qué cerramos?…

¿Qué hicimos? ¿Por qué cerramos los ojos
y creímos que la luz era un peso en la espalda?
Ahí estaba, a pocos pasos de distancia,
tal vez, la resolución del único vasto teorema;
pero no, clausuramos la puerta hasta entonces entornada,
trabamos la rueda que hasta entonces giraba
gracias al peso de una materia, quizás, edénica.
¿Por qué dejamos caer las hojas antes del otoño
y nos contentamos con ser meros testigos?
¿Por qué abandonamos a los peces en el aire
y no percibimos el reclamo de sus trompas?

Lo lleva abrazado…

Lo lleva abrazado por un día, o dos.

Luego le presta cada vez menos atención.

Lo arrastra antes de dejarlo en el suelo.

Anda hacia el agua y bebe.

No regresa a recogerlo.

No hay sonido en esta hora…

No hay sonido en esta hora

de los techos rotos, ruido alguno

luego de la tormenta,

el golpe del agua contra cada rostro,

el golpe del aire contra cada espalda…

Sucedida, herida la vida

en el vientre, sangra mañanas y tardes

olvidado el más antiguo pacto;

a besar sólo la piedra, allí vamos,

a perdernos en oscuros, vacíos pabellones,

allí vamos; a llorar sin saber llorar,

a vivir sin saber vivir,

no hay vida sino una aparente calma

luego de las ráfagas,

estacas fijadas en un suelo ajeno,

signos que no entendemos

a ambos lados del camino

hacia muchas partes pero jamás a casa.

Sucede porque por un instante…

Sucede porque por un instante luz y sombra

se entienden. Y entonces es una mujer

la que se define, se compone y nos habla;

fija en la mirada, su huella

en la arena amanecida por las horas

y, sobre una piedra y su musgo,

en bosque, el agua bebida por su vientre.

Sucede porque reverbera,

se esparce, alcanza los colores,

se niega a mitigarse, a reducir

el espacio en que, quieta o en vaivén, se aloja;.

Qué nos dice adiós…

What good does it do?

Mark Strand

Qué nos dice adiós y qué nos espera

cuando no es el viento lo que agita las ventanas.

Qué fantasma nos abriga cuando es medianoche

y no hay espejo capaz de reflejarnos;

entonces vibra aquello que no asiste a la vida

y es la vida restos de un banquete

que nunca aconteció. No debiera ser

nuestro lugar este en el que nos alojamos,

pero lo es; fractura expuesta

en la nerviosa respiración del cordero,

vasto dominio del carbón más allá de la orilla

y bandadas ocultas por las nubes

que gritan ¡futuro! y se pierden en la tormenta.

No es nuestra la vía liberada

como no lo es el pasaje hacia el firme mediodía;

un ligero pero visible temblor

en las manos nos delata: para qué,

entonces, la palabra fijada en el filo del papel,

la escena en dúo o en trío,

la sala vacía, la renovada puesta del fracaso.

A esta hora, marcada como res…

A esta hora, marcada como res,

tratada como res, un anhelo,

extraído a puro dolor

del carbón más duro y oscuro,

no salva pero al menos conforta:

tal vez en el último reservorio de pólenes,

tal vez en el nido todavía no caído,

tal vez en alguna apurada respiración

a un paso de la orilla, la frontera…

Aferrados a un dudoso talismán…

Aferrados a un dudoso talismán,

a una moneda arrojada con desinterés al aire,

a un pasaje jamás iluminado, estrecho y subterráneo,

a una respuesta sin pregunta,

a un breve hueso que duele sin acción de nervio alguno,

a un padre lejano e insípido,

a una obsesiva devoción a un eco,

a migraciones sin rumbo, rebaños de pelaje duro,

bandadas que la fatiga convierte en fantasmas,

a una bandeja sin cabeza alguna…

Apagar el fuego…

Apagar el fuego con las manos. La figura

de este día y a estas horas, en los que el ojo precisa

de una lente y hasta las rocas dejan de sostener

la vida. Dijo: aun las criaturas mínimas

no necesitan tomar aire de nuestra respiración;

si pesamos es porque el aire pesa,

la noche pesa con su carga de despedidas:

hay quien se aleja, vestido,

hay quien se queda bajo las sábanas, desnudo.

Por un campo…

A Sandy Denny

Por un campo de ortigas. Descalza.

Le arden los pies. Camina.

En un bote angosto y largo. Apenas

cabe en él. Navega.

¿De quién es este mar, esta tierra, el fuego?…

¿De quién es este mar, esta tierra, el fuego

que quema o cobija? (Hay un niño,

se lleva un dedo a la boca, ríe).

¿De quién la luna y la media luna,

la única estrella sobre el polo,

el agua que se eleva o baja? (Hay un niño,

llora por un juguete roto

que él mismo rompió).

¿De quién es el tiempo, el cielo encapotado,

la ventana abierta al mediodía,

el mediodía? (Todo le pertenece

a un niño, a un solo niño,

a un niño solo,

a un niño).

Tiene lengua, pero tiene lengua…

Tiene lengua, pero tiene lengua

como otro tiene perro,

siempre atado, jamás suelto.

¿A qué refugio encomendarse

si todo es pura orfandad?

¿A qué orilla, acontecida la fatiga

y puesto del revés el mediodía?

Desde una silla, en un aislado vestíbulo.

Desde lo alto de un farallón,

abajo un mar que a sí mismo se sacia.

Una marca en el viento –eso;

pero ¿cómo?; ¿por pico

de pájaro que perfora la materia de lo externo,

por tijera que corta de una vez

el amasijo? Vivir adentro,

muy adentro, buscar

la clave allí, donde sólo hay ensueño;

¿vivir allí? ¿Dónde sólo hay ensueño:

hojas diseminadas, caídas,

días y horas entre las hojas,

hoja también la palma de la mano?

A qué viene a dar este No…

A qué viene a dar este No

sino a la espina dorsal de toda vida

y a toda vida dejarle una nítida marca;

hecho el fuego la llama se niega,

se tuerce en dirección a las dársenas vacías,

las playas que sin mar menguan;

a qué viene a dar este límite,

este carbón helado en mano ajenas

sino al tráfico de oscuridades

y al gusto ácido en la lengua;

en suelo seco plantar el duro arbusto

para que, por milagro, dé fruto

y desde la ameba al cometa

al menos un grano de polvo

halle dentro de sí

al menos un instante sin tutela,

abierto y expresable.

¿Qué será concedido en el dominio?…

¿Qué será concedido en el dominio

de la ceguera? Porque lo que persiste,

anochecido el mundo, es lo que carece de ojos;

frío el vientre que, maldecido, se arrastra

y fría la espalda, sometida a carga y soledad.

Sólo un lento relámpago sin tormenta.

Sólo una desleída mención a un improbable Oriente.

Y el fin de la geometría, sin iridiscencias ni campanas.

¿Qué será negado, tras el vasto anuncio,

sus estacas y su trasfondo? Porque lo que se disuelve,

amanecido al fin el fantasma, es el viaje,

su deseo y concreción; a ninguna nave

la morosa caricia al muslo,

la progresiva iluminación a vientres y senos.

Sí, tal vez, sea esto…

Sí, tal vez, sea esto una enfermedad. Una dolencia

que en vez de postrar empuja hacia lo árido,

hacia una aridez invisible pero palpable.

Terco y constante dominio surgido

de una muerte remota, quizás, de un desconocido:

caído él en medio de una prueba,

de un ritmo que debía ser preciso

y se quebró en vez de hallar, por fin, la belleza.

Otro fue el germen, no hubo respiración en el aire,

lo no vivido o lo vivido en estrechez,

sobre resecos trapos de internado,

ocupó vasto espacio, aquí y detrás de la ventana,

incluso en el cuerpo de la espera,

en la mano del orfebre que, tenaz, martillea.

Trabado el nacimiento, bloqueado el beso en la espalda,

la vida se vuelve un largo pasillo,

a ambos lados sucesivas puertas bajo llave;

el que pregunta, con huesos de cristal,

a punto de romperse, el que responde,

roto, sus pedazos dispersos por el suelo.

Envuelto en penumbra…

Envuelto en penumbra como en una valva,

emite sonidos que se parecen a un idioma

sin ser idioma alguno. O idioma

de animal solitario con la mirada puesta

en un cometa que anuncia pestilencia;

lengua que se abre paso a través

de gruesos cortinados que ocultan

la escena de fondo: un espacio herboso

donde toda alianza queda rota,

donde toda carne queda convertida,

antes de poder huir, en tiempo.

¿Qué le concede, ahora, esta estación

de osarios, falsas esclusas y albañales?

¿Qué hay sino sólo una sonda

Si no doliese…

A Juan Móbili

Si no doliese, la desnudez se abriría como abanico.

Y lo acabado sería abandono, regreso al negro suelo,

antes del tallo. Hacia esa calidad,

el camino abierto a través de la respiración,

el cansancio abolido y proclamado por fin el incendio.

Tras el roedor que huye.

Tras la sustancia volátil.

Tras cuanto, breve y descalzo, se retira.

Material de estrella, caído adonde no hay jardín.

Para que haya jardín, alas de pájaro entero o entrevisto.

En el puño, polvo de nuez, desasido de pregunta y noche.

Pero duele, siempre remotas la gracia y la transparencia.

Pero duele, café servido por costumbre, sin azúcar.

Taza a la que se sitúa lejos, acaso en otra mesa,

tratando de que nadie se dé cuenta, con estudiado disimulo.

Carlos Barbarito nació el 6 de febrero de 1955 en la ciudad de Pergamino, provincia de Buenos Aires, la Argentina, y reside en Muñiz, otra localidad bonaerense. Por su obra poética obtuvo primeros premios y otras distinciones, y ha sido incluido en antologías, en su país y en el extranjero. Fue traducido al holandés, italiano, inglés, catalán, francés, griego y portugués. Entre 1984 y 2014 ha publicado, entre otros, los siguientes poemarios (en la Argentina y otros países de América y Europa): “Poesía quebrada”, “Teatro de lirios”, “Éxodos y trenes”, “Páginas del poeta flaco”, “Parte de entrañas”, “Bestiario de amor”, “Viga bajo el agua”, “La luz y alguna cosa”, “Desnuda materia”, “Puntos de fuga”, “La orilla desierta”, “Piedra encerrada en piedra”, “Figuras de ojo y sombras”, “Música humana y de paramecio”, “Un fuego bajo un cielo que huye”, “Cenizas del mediodía”, “Feu sous un ciel en fuite” (traducción de Patrick Cintas), “Paracelso”. En el campo de las artes plásticas publicó dos volúmenes: “Acerca de las vanguardias. Arte argentino siglo XX”(Comisión de Homenaje a Jorge Feinsilber, Buenos Aires, 1990) y “Roberto Aizenberg. Diálogos con Carlos Barbarito”(Fundación Federico Jorge Klemm Editora, Buenos Aires, 2001).