En sus primeros versos anuncia: “En el principio no fue el Verbo, sino el miedo, /y fue la noche, /algo temblando entre la lengua y el grito ahogado, /el aleteo oscuro de algo impronunciable.”

Un decir de papel y tinta muerte

José Manuel Recillas

Ahora que estás muerto

no sé si hablarte de tú        si hablarte de yo

sobre esta tierra suelta

donde te encuentras sepultado

Lillian van den Broeck

En el principio no fue el Verbo, sino el miedo,

y fue la noche,

algo temblando entre la lengua y el grito ahogado,

el aleteo oscuro de algo impronunciable,

el fiero aullido de unos inquietos ojos

brillando mudos desde las tinieblas,

la Luna oculta entre la noche y el bullicio enorme

de un mundo cuyo nombre

no ha sido pronunciado aún.

Todo es temblor antecediendo inviernos

contra el cobalto de la noche,

oscuras formas encendiendo el miedo

y el súbito silencio de un rumor de ramas

y presagios de un alba y su humedad abandonada

como una danza y su mudanza infame,

como el dolor de haberlo precedido todo:

la llama y su delirio indetenible,

el eco incierto de la luna y las estrellas cada noche,

la ruta aciaga que conduce al día y su gramática improbable,

un agua repentina que no es para la sed ni para el viaje,

la indetenible noche y sus rumores,

la extraña aparición de los insectos,

un mundo de pulsiones y de ocultos paraísos.

De un agua nemorosa entre los cardos

y la llama fría de la noche,

de esa lenta y remota geografía

de la que a veces pienso tú provienes,

o al menos tu distancia hecha palabra,

hecha destilación de un vago territorio,

de un barro hecho memoria, amanecer,

y manos reanudadas como besos,

la subordinación de todo lo viviente

se yergue sobre el lecho inamovible de una palabra,

y en esa servidumbre hacia la noche de la que todo nace

volviéndose mirada sin temblor,

sin ralentización y sin estrella, más juego que silencio,

como un oscuro vaho de sentidos

y lentos movimientos femeninos,

puede nacer y al mismo tiempo ser el fruto demudado

de un signo como el sol, que simplemente

lo vuelve algarabía y expansión a todo,

transgrediendo a los orígenes,

al hombre mismo y a la noche entera.

Es agua y un cantar esa clepsidra creciendo entre la noche,

su lácteo espejo

y eso que algunos llaman tiempo,

la arena recorriendo los silencios

y el duro gesto de ignoradas tierras,

la fiesta de junio con que debo nombrar

tu exilio y tu silencio, y celebrarlo,

conmemorarlo entre la arena viva de un mediodía

que parta el año en dos mitades,

una de luna y de cigarras verdes,

otra de risa y de sandías nuevas

como una lluvia recién amanecida.

No es sólo lo terrestre

preparándose para los tiempos de conquista,

para la aurora y su reinado azul,

también los fuegos de artificio de todo lo nocturno

están blandiendo su ceremonial antorcha de arenas

como si de un barro lustral hubiesen nacido todas las auroras,

y en torno a la frontera de agua y tierra

que las manos romper podrían

o de otra forma fundar.

Es el milagro vuelto precipicio, la frontera imposible

para el agua, y los sueños, y el silencio,

y el inmutable juego de la lluvia y su gramática de azar y llanto

lo que conjuga el verbo a punto de nacer

como un fruto maduro entre los labios,

ignaros del desierto y de los besos,

no menos que del vuelo inmerecido

que lleva al barro hasta las manos

como un delirio terrestre de auroras innombrables,

permutación de la necesidad como materia viva,

y a la mirada apenas resplandor y primordial amanecer,

distancia y duelo y un pensar abstracto

hacia el misterio de la mano,

su vuelo necesario hacia el vacío y la aparente calma

que hace posible al día.

En cada espacio, como las teclas de un piano sin descensos,

con la cuerda callada de violas y violines

mezclando danza, y noche, y amapola,

hay un regreso hacia esas mismas formas,

hacia la misma noche que es ninguna,

como si con decirla se hiciese material,

tangible amanecer de una palabra,

y luego de otra, pero siempre igual,

distinta de sí misma en el origen, algo

oscura y funeral naciendo de sí misma, de su silencio,

del eco presuroso

de un cielo gris de invierno aullando entre la fronda

y un pobre recordar de algo que pudo no haber sucedido,

que nadie más recuerda

y sólo existe si se vuelve verbo y ritmo y un canto infatigable,

la mera forma de una fruta inaccesible pero muda en su sabor

y ciega en su obstinada redondez,

sólo perfeccionando su vaga geometría de oscura peregrinación

hacia los labios,

hacia la rada primigenia de la que todo ha provenido.

No es sólo que en la lejanía esté naciendo todo origen,

una cautiva danza de verano

frente al torrente vivo del olvido,

de ese vacío entre la tierra y agua,

es la certeza de un amanecer y su memoria prodigiosa y cotidiana,

que surge del olvido y de los sueños en cada noche,

encadenada a toda exposición azul del día siguiente

y toda su parafernalia altísima,

de velos migratorios y de soles,

de algo que aún no tiene nombre o ruta,

que apenas es materia y burda forma,

apenas un temblor ensimismado,

pura onomatopeya que no sabe que lo es, o lo que es,

pudiendo serlo todo, sólo puede ser una sola cosa, y nada más:

un hueco tibio, una semilla sola,

el puro inicio, el gesto silencioso de una ciudad entera,

de todo cuanto en ella un día puede haber.

Lo que se escucha estrepitosamente cercano,

arcano como el estruendo primero del mundo,

o en murmullos delicados,

entre las sombras y la algarabía del sol escandaloso,

apenas es indicio de un faltante,

eso que un día podría emerger

brillando silenciosamente arriba

con argentina luz sobre la tierra,

y a veces ocultándose en silencio

desde la misma noche que es ninguna,

huyendo no se sabe exactamente de qué peligro impredecible en lo alto,

como si también las voraces sombras del mundo abajo,

en que el día se consume

igual que una fragancia de enaltecidas rosas,

la acosaran sin tregua y sin descanso,

pues siempre hambre y temor van juntos,

como dos caras de un mismo planeta o de una estrella,

antecediendo uno al otro,

sin que haya propiamente uno que sea previo al otro siempre.

Desde el informe seno de la tierra, de esa labrada superficie

que sólo sabe gravitar,

un día todo se hizo túmulo callado,

algo sobre esa tierra no fue al fin una semilla,

pero también necesitaba surco, y tierra,

y algo intangible como manos,

algo sonoro como hormigas múltiples,

algo que al fin también un fruto diera, inamovible,

escurridizo, aunque estuviera quieto,

una frontera ante lo inmarcesible,

una promesa para un nuevo día, y un simple canto se erigiese sobre

el olvido y la ausencia.

Desde el elemental temblor de lo elevado,

desde su resplandor oculto

de una preocupación por la pureza abstracta y derrelicta,

la iniquidad de la hora y del vacío en nombre de la ausencia,

en nombre de mi nombre como piedra:

regresa el río hasta el afluente,

la nota al piano y la semilla al fruto,

el muro y la pintura hacia el vacío,

el libro y el papel al árbol, y el árbol a la llama,

el fino espejo de los libros vuelto materia oscura para el fuego,

para una noche nueva y sus cristales,

para el relincho bípedo en las calles,

para el derribo al fin de lo mortal

y toda la orfandad alguna vez ya superada.

Pensando en esa noche primigenia y su silencio pleno de presagios,

ante ese miedo y desnudez primarios,

ante ese precipicio metafísico que es un abismo y es también temblor,

semilla del dolor y la ceguera,

deseo voluntario de no verse, ni ver en los demás

el rostro oscuro del temor de ser no un Yo ni un Tú,

sino otra sombra, la misma que jamás deseamos ver,

refutación de los espejos,

o al menos de sus resultados más inmediatos,

escaramuza rosa de las rosas, de su perfume y las espinas,

temblor ante la flor y la necesidad de su destino,

el puro azar de ser, o no haber sido,

pensando en esa gratuidad nocturna

de inmerecidas lunas no pedidas pero de todas formas recibidas,

en esas aguas que lo mismo llevan en su interior las noches todas

que la promesa y la amenaza viva

de proliferación de toda vida

que es el misterio y el milagro de verte al fin preñada,

de ser la Luna y agua al mismo tiempo,

esa oscura invasión nocturna y viva,

de ser semilla, y ser crisol, y nido,

y algo que escapa a la razón más práctica,

y estar pasmado ante algo más profundo

que el oscuro seno de la noche,

sabiendo que una boca tiene dientes,

y es el refugio de cuchillos vivos,

de inagotables dagas siempre hambrientas,

de un monstruo que aún no lleva nombre,

pero un día llevará tu mismo nombre,

pobre conjuración de ese temor

de que el producto de ese miedo fuese

alguien distinto, ajeno, y no la imagen propia

del verdadero monstruo del que provino:

uno mismo repetido,

todo hecho de temblor, y de temor, de oscuridad siempre negada,

el masculino monstruo que divide y todo lo segrega,

y sólo en el exilio tal vez algo de ese principio quede,

el anegado precipicio en el que naufragó Narciso.

En la navegación de la mirada hacia su propio azar,

hacia el sentido oculto de su ver,

sin rumbo ni horizonte,

está el sentido hacia el contraste,

mirar a contraluz, leer detrás del borde flamígero del día,

en la frontera verde frente al bosque y su perpetua fiesta,

celebración y olvido, al mismo tiempo, de lluvias y sequías,

de un renacer en vagos territorios

y la promesa, o profecía, la urgencia innecesaria

de una ciudad futura,

sin importar que la palabra “ciudad” no tenga aun la condición

de algo futuro, ni menos presente.

Y así como el bullicio se transforma en fiesta y en fanfarria,

en un grotesco carnaval sin rumbo y sin razón,

en esa tempestad de los delirios

y un vago deambular y andarse por las ramas,

todo ese despertar de la mirada sin palabras,

apearse apenas como ante el abismo

y andar por los senderos

como quien pone un pie por vez primera por el lecho de un río abandonado

y no sabe de qué color serán las huellas de sus pasos,

así el escándalo del día empieza por murmurarlo todo:

la flor de un áster señalando al sol para morir de pie,

esa frontera tal vez escarlata entre la tierra ahíta y el sonar

azul de un viento que no tiene prisa

para ponerse a descansar,

esos guijarros sobre tierra seca

como granadas desgajadas a punto de sangrar,

ese ritual absurdo del silencio

de sólo polvo ser, y viento, y sed,

y un barro detenido deseando sólo manos

y una circunferencia elemental.

Así tendría que ser lo humano:

una hojarasca roja y derrotada sobre los campos de un otoño

una vez más ajado y olvidado,

atardecer de las palabras ante los restos de una ciudadela

por el olvido visitada, que en vano es construcción y ruina,

pilares derruidos en medio de la noche,

guijarro apenas

de una frontera entre ciudad y muro,

de un viento cantarín en dominante sin coda ni constancia,

un esperpéntico glisando de polvo y de semillas

perdidos en su llanto sin destino.

Mas no, previo a volverse humano,

a todo calendario y al olvido,

al dedo opuesto irguiendo todo el cuerpo

como se yerguen monumentos, iglesias y ciudades,

al hierro vuelto espada, vuelto forja,

y finalmente vuelto muerte y sangre derramada,

la domesticación del fuego apenas por sobre la semilla,

el paso del gruñido hasta la sinfonía,

al velo azul del día en unos ojos reflejados

que de sólo mirar desnudan todo

y apenas necesitan de palabras,

de urgentes cantos y leyendas,

de besos sin reproches y sin noches,

sigue el temor allí como un temblor que aguarda, inverso,

la hora del sueño para aparecer, inopinadamente.

Es la humedad la proporción del miedo, no la sequía.

Parece presagiar la lluvia siempre lo inesperado:

esa necesidad azul por fuego, calor y compañía,

la aparición intraducible de todo lo pequeño,

la hoja de un libro que no existe

y una palabra a punto de parir sobre la lengua

algo que apenas es

pero carece aún de nombre.

Pero es el agua siempre, no la lluvia en sí misma,

la que incluso en su transparencia

oculta a la noche y sus sombras,

la pulsión insaciable y hormigueante

como un planeta vivo y reluciente

que quita, y da, y respira, y es frontera y es muro,

y al mismo tiempo abismo que ventana,

espejo primigenio y fosa muda,

crisol de la natalidad y el día,

placenta y humedad de una promesa

de boca y extranjera lengua, lento preludio hacia unos muslos

y un hundimiento vivo hacia el origen

y su final destino.

Como la noche misma, o bien las sombras,

como el color desnudo del vientre y seno de los muslos,

y el seno demudado de la tierra,

lo líquido del agua se transforma

o puede transformarse, sería lo más correcto

en manos y en deseo, en las semillas y en el surco,

en ese precipicio en miniatura

abierto al puro azar antes del azadón

y la invención del calendario

y su vaga gramática de estrellas,

de súbitas apariciones en lo alto de un espejo tan nocturno

que sólo por estar tan lejos forzó a todo lo vivo

que es como decir lo humano

a crear el Verbo y las palabras como reflejo inverso

de algo que estaba sucediendo

en lo alto del sueño y del recuerdo,

de algo que al fin tuviera nombre

y a todo lo nombrase

como la lluvia nombra al mundo entero

y bautizándolo con su humedad

como hormigas sin lunas ni banderas

en pos de una frontera y un pendón inolvidables.

Detrás de cada forma está el temor,

está el temblor y el territorio de una vaga gramática

que apenas puede conjurar el mundo

como si un soplo diera vida al barro

y el beso y su promesa florecieran

dejando atrás esa frontera que fue la noche

y su rumor enloquecido y fiero,

y fue primero el árbol y sus frutos,

y fue también la noche

que al fin nombrada pudo ser como el leve temblor

de un ave a punto de elevar el vuelo

hasta su propio nombre y su país alado.

Con su lengua temblando frente a lo abierto,

casi irreconocible ante la vastedad

de toda superficie corporal,

de todo cuanto hay que lamer, besar,

y humedecer profundamente,

el agua se conjuga entre los labios

como un inverso intransitivo y mudo

que sólo sabe de la tierra por su tenacidad

de zanja y tierra, y encendida noche.

Como quien sólo calla por la humedad robada

de una palabra abierta en canal

que no pudo llegar hasta los labios,

la atmósfera del agua nos recuerda

otros atávicos temores,

otras fronteras anteriores a las que el hombre impuso:

ese dolor tan puro como una oscura desnudez

en un murmullo de juncos y de toros

que apenas saben lo que deben de saber.

Así comienza la barbarie, en la noche del alma,

con el miedo como una daga

entre los dientes

a punto de ser sangre y cuello cercenado,

crucifixión de todo lo pagano, de aquello que revele desnudez,

debilidad o sed por lo sagrado,

por el oscuro monstruo que se oculta,

sediento, entre los pliegues de la piel, en la escultura muda,

en la figura estremecida

que está temblando entre el pincel y el óleo,

entre las páginas del libro, o el encuadre y la historia,

en la imposible álgebra del piano y su silencio a cuatro manos,

las letras relatando la oscura forma y el inmenso barro,

la rasgada superficie del lienzo

con la Wilde nos hizo vernos, irremediablemente,

desde el fondo de un poso de odio,

fuego y fango

en el que día y noche,

y sal y sol,

y llama y luna,

y el otro lado de uno mismo

que es un retrato hundido y sin reflejo,

la imagen de una sombra vuelta sombra,

de algo que alguien está mirando

por primera vez

y no se reconoce.

Bajo la noche, igual que en la floresta

bailando o titilando desde lejos,

puede ocultarse el celo, la perversa

voluntad de un oscuro y negro dios

ritualizado en verbos y en festejos,

en formas como nubes,

inamovible fiesta, inconmovible sacrificio

con la arena corriendo cuesta arriba,

como si sólo hubiera una obsidiana para la noche,

y un río de sangre para el día y su callado calendario,

la nueva guillotina y la horca,

la hoguera justiciera y los cuchillos largos,

siempre sedientos, como el frustrado negativo

de ese daguerrotipo parisino frente al olvido

a cuya memoria el ojo confía como un obturador para la noche

la posibilidad de ver y recordar,

para evitar el rojo avance de las hormigas

y su apetito indetenible,

su fruición montaraz y su abandono,

como una sombra persiguiendo al cuerpo

en medio del fugaz amanecer,

todo eso que es temblor y oscuridad,

adverbio intransitivo del temor y de la sed mirándose sin ver

sin atreverse a parpadear.

No hay iconografía del silencio, del inasible movimiento

con que nació la oscura, la primera palabra,

no un gruñido o amenaza, algo con un sentido,

como una flecha que no está viajando hacia su ignara víctima

pero indica una vida, una victoria,

un sentido del tiempo transcurriendo,

algo que ya es reflejo y es recuerdo al mismo tiempo,

asomo de memoria y planeación,

anticipar al fin la muerte

y conjurar el miedo, el mundo mismo,

con algo más que tierra, y agua, y Verbo,

con obsidiana y sed, y ese deseo oculto

de no ser sólo olvido, oscura geografía.

Tal vez alguna vez alguien recuerde aquella noche, hoy olvidada,

alguien podrá decir que sí hubo noche, que al menos esa noche si existió,

que sí estuvimos una vez reunidos

a punto del temblor de haber amado,

que todo pudo ser aquella noche,

y algo quedó temblando,

temblando para siempre.

De cualquier forma,

la celebración es sólo por ausencia,

es un tomar de azules disidencias lo que en verdad fue tímida ortodoxia,

la lluvia intermitente que nos baña como si no hubiera un mañana

de muslos, vientre y labios como cuevas recién abandonadas.

Alguien tendrá que recordarlo todo:

la catedral humeante de ese cuello,

el atolón desnudo que prometían tus muslos,

la sal inmerecida de tus labios

anunciando los siete mares de tu silencio,

el desvelarse con la Luna para instigar el canto de los grillos,

pero tú sabes que es sólo por un antropocentrismo absurdo,

que a ese jolgorio de patas lo llamamos canto,

y que no es por mero capricho que una misma etimología

vincule a estruendo con estrépito y estridente con estridulación,

en todo caso, la misma locura que hace saltar al grillo,

está detrás del toro y su mugido,

del baile y el trigo renaciente,

del vino y el relámpago,

del hongo y su semilla inexistente,

de todo lo que es fermentación y es a la vez semilla,

de al fin hallar la noche como el origen

y al mismo tiempo como destino,

oscuridad de luz y resplandor del miedo,

espejo de obsidiana para leerse y reflejar otro silencio.

Un precipicio a tierra humedecida

aparece temblando como un roble al que la lluvia

hubiese bautizado con un rayo,

dejando tras de sí

un raro aroma a cuevas y a fogatas,

a un tiempo en que no había libros

ni palabras escritas contra el tiempo,

a un vientre ultraterreno que gestó

después de tantos frutos prometidos

el terco envés de nuevas geografías,

esa necesidad del viaje y de la fruta,

de recordarlo todo con algo más que arcilla,

con algo más que fuego y un pincel,

esa extensión del brazo y la mirada

petrificada sobre el muro

como un depósito calcáreo hablando casi mudo,

como el ignoto origen material

del remanente de una supernova,

de esos apenas dos y medio grados Kelvin

diciendo nuestro nombre desde el horno

en que nació la noche misma que fue todas las noches,

remota oscuridad de la palabra,

de algo que está naciendo mientras muere

y es átomo, y es agua, y travesías,

una liberación de lo inmanente,

un raro azar de amar y de fundar ciudades,

tal vez primero pueblos y jardines,

forjar espadas y cuchillos,

domesticar el grano y la palabra,

el arco y la semilla,

y el baile innato de la noche,

de eso que ahora es el reflejo,

oscuro rostro que no necesita

de espejos ni de velos, si acaso de una daga y cercanía

para poderlo todo cercenar y ver detrás la máscara y la muerte,

tal vez saber que no debió salir ninguno de la cueva,

es siempre el miedo que en la sangre está oscuramente palpitando

como una lava interna, peligrosa.

En toda noche también las estrellas cantan su lejanía,

quizá sólo tiritan sin ocultar la oscuridad en torno,

como lejanos náufragos de un mar arcaico y frío,

vigilantes tal vez de una remota posta,

de una frontera última,

alerta por si bárbaros atacan,

o si un viajero pierde el rumbo.

Sabemos que la ruina es entropía, oscura fiesta de la herrumbre,

la enaltecida ruta desde el óxido y el lento decaer de la materia,

de todo objeto condenado al olvido y a no durar,

a un día verse reducido a fiesta, a polvo y piedra,

a muda ciudadela.

Bajo la oscuridad está el silencio, está el rumor lejano

de patas y de líquidos, de líquenes trepando

inamovibles troncos lo mismo que si fueran rocas

o el interior de un cráneo

paralizado ante la ausencia de palabras

o la cúpula de oscuras catedrales, ha tiempo abandonadas,

como una selva de impasibles larvas,

de algo que siempre está fundiéndose con el paisaje,

y es tierra, y luz perpetua,

y es naufragio de mudos calendarios,

exploración de tríadas verbales

como una mutación de todos los sentidos,

una conciencia frente a toda lejanía.

Después del mismo miedo primigenio, después de tanta llama y tanta sed,

después de toda desnudez,

después de ver la noche y darle nombre y cuerpo,

de que todo abandono sea,

de haberlo perdonado todo,

después de tanta ausencia,

tal vez sólo la ruina por el silencio interrumpido,

por el correr del viento entre guijarros,

después, tal vez, después…

Quizá es sólo por un afán retórico

que uno pregunta

por el origen de lo verde, o de lo azul o negro,

de su color y nombre, y acaso por su necesidad.

Después de la mirada está el objeto puro,

sin mácula ni nombre,

como residuo inmaterial del ojo,

como una lluvia de holandesas flores que arriban hasta el atolón

de la primera noche, la única que importa,

de la que no hay registro, ni palabras

ni una clepsidra que le haya dado fecha.

Sólo la noche y un silencio de flores rotas,

de llamas celebrando lo que está abierto

como los pétalos vivientes

de un sueño repetido,

en la apertura roja de la rosa,

su laberinto hecho deseo y sed,

nocturna muerte y femenino amanecer,

como en la forma oscura de las flores

y el frío invierno sin palabras,

como la sal con la que el mar desnuda

la solitaria rada por la que siempre están naciendo muros

y móviles fronteras de obsidiana.

De modo que en mirar hay un anhelo de huir del precipicio,

de sus cavernas húmedas y móviles,

dejar atrás lo incierto, la noche de lo informe,

de ese ciempiés marrón que está siempre bullendo,

como una larva viva y esclerótica, hambrienta y demencial.

Y el ojo explora en vano ese vacío,

como si le faltaran manos para nadar o hacer trincheras,

hacer fronteras que no puedan cruzar ni el sueño ni el cansancio

ni el ejército oscuro de las sombras,

y todo vuelva al seno de la oscura noche de que provino,

y pueda la mirada ser de nuevo

el vuelo y su gramática mortal y giratoria,

y no haya más palabras, sólo tiempo

para encontrarse en el inicio del principio

y que alguien más nos diga,

pronuncie nuestros nombres en ausencia

y todo nuevamente empiece.

Es el instante, el puro azar provisto

de una promesa de palabras mudas,

es esa fiesta en que lo prometido sólo es silencio,

y llama, y una lágrima,

ese temblor en medio de la noche,

es el perfume azul de su mirada,

de no poder ya recordarla nunca,

de haber enmudecido para siempre,

lo que tal vez permita decir su nombre ante la muerte:

decirte por primera vez de nuevo,

decirlo frente al precipicio…

Entre palabra y noche, en ese espacio que no tiene aún nombre,

azul como el mirar que se confunde

y hace de la distancia fiesta móvil

es que el silencio queda conjurado.

Tendría que estar naciendo otra palabra,

otro pistilo con tu nombre, entonces,

una pavana interpretada en pianos lejanamente neerlandeses

para así tal vez conjurar la noche

y la necesidad de pronunciarte,

de al fin poder decirte,

como si fuera la primera vez

que por tu nombre se nombrara al mundo entero,

y fuera un beso, y una palabra húmeda, y un mudo agradecer,

y nadie preguntase por mi ausencia,

por la ceniza de un abril amargo,

por el jardín de invierno en que repose,

y sólo quede por decir,

como si al fin pudiese todo de nuevo comenzar

con una petición de amor:

Querida y admirada Lillian…

febrero de 2018