El poeta mexargen, Eduardo Mosches –y su compañera Lydia– realizó este viaje por los entresijos de lo que fuera la China Popular, hoy una China moderna y una potencia económica. No es el viaje en sí, sino la visión cultural y sociológica de Mosches, quien narra con la complicidad de su hijo Gabriel, quien vive desde hace pocos años en esa gran nación.
Un viaje de miradas
20 días alrededor del sur de China
Eduardo Mosches
Dedicado a Lydia y Gabriel, activos
acompañantes del viaje
El viajero cabalga el viento,
Que lo lleva a lejanas tierras,
como un ave que emprende el vuelo
sin dejar en el cielo ni huellas
Li Po
El viaje inició el día 24 y llegamos a la ciudad de Cantón el 26. Esta duración fue producto no únicamente de las veinte horas de vuelo, más el tiempo de espera en los aeropuertos, fue aumentada por la diferencia horaria de catorce horas. Llegamos cansados pero con una adecuada carga de ansiedad existencial. Logramos ver el primer amanecer cantonés. Nubes gordas y bonachonas. Como un hecho histórico cultural importante, Cantón o como se le conoce hoy Guangzhou, fue creada desde el año 206 antes de de nuestra era, puerto importante de intercambio económico, en un momento fue una antigua colonia portuguesa, asimismo, de acuerdo a evaluaciones económicas, es la ciudad con mayor crecimiento mundial y la tercera en importancia en China. Llegamos al hotel del aeropuerto en metro. En este medio de transporte nos topamos con la primera sorpresa positiva, el andén tiene una puerta que se abre automáticamente cuando entra el vagón y de éste se abre la segunda puerta. Este hecho, obviamente, se realiza en defensa de la integridad física del ciudadano, impide la posibilidad de caídas o factibles suicidios. La limpieza del interior es magnífica, sus escaleras, interior de vagones, son absolutamente pulcros. No hay para nada presencia de vendedores ambulantes en los vagones ni en los andenes. Nadie pide limosna. Paseamos dos días por las calles cantonesas, contraste claro entre edificios habitacionales de los años cincuenta o sesenta, con sus adecuadas manchas de óxido en las paredes, ropa colgando de los balcones, junto a edificios de construcción reciente, modernos y de veinte pisos como mínimo. Las calles llenas de mucha gente, plenas de lugares para comer, fondas pequeñas ofreciendo sus especialidades y, de vez en cuando, aflora un restaurante grande, con mesas y manteles blancos. Diría que el aspecto comida es de suma importancia en la vida regular de los ciudadanos, hay multiplicidad de espacios ofreciendo comidas.
Es una ciudad moderna, con su histórica existencia. Nos tocaron días invernales, lo que dio como resultado que solamente nos quedáramos en Cantón dos días, con la indispensable visita a un museo cultural, a un parque y a un templo budista. Todo esto a pesar de la gélida sensación térmica. Ante esta fría realidad, solamente llegamos a conocer un museo de las artes y un parque. A la entrada al museo, sobre las cornisas y el techo, hay figuras talladas en madera y pintadas a colores muy vivos, donde uno vislumbra que se van contando historias desde el siglo XIX. Es un espacio muy amplio, pleno de salas y presencias de obras de arte y algunos espacios de venta de trabajos artesanales y hasta el hacer de pintores que en el lugar y al momento pintan con sus dedos paisajes clásicos. El parque amplio y concurrido, es el Zhujiang Park, y está situado en medio de un barrio céntrico, con una vegetación frondosa y unos jardines de colorida belleza. Realizados como si fueran cuadros de corte y mirada abstracta. Al fondo del mismo es posible observar altos edificios de 50 pisos, producto de esta modernidad avasallante. Caminamos por algunas calles, caminamos mucho en medio de numerosa gente, muy bien trajeada, tanto hombres y mujeres. Llegamos a un templo, pasando por un gran patio donde había areneros en los cuáles se depositaban los inciensos humeantes, había cientos de ellos, subimos unas escalinatas y llegamos a una especie de mirador donde vimos enormes estatuas doradas de Buda, muchos creyentes orando, de diferentes edades, y una decena de monjes circulando vestidos con túnicas de diferentes colores. Este templo es el de Danang, el cual fue reconstruido en los últimos años. Seguía haciendo un frío cortante, de vez en cuando nos refugiábamos a tomar té o un café. Anocheció.
Rumbo a Kunming
Tomamos el tren rápido, ese que en nuestros sueños mexicanos debería existir y que se desplaza a 200 km. por hora. Asientos cómodos, en ellos estuvimos unas siete horas de duración del viaje, con las indispensables salidas y caminadas a lo largo de los vagones. Llegamos a la denominada ciudad de la primavera, que nos recibió por la noche con la temperatura ambiente de 4 grados. Deseos de viajar a Cuernavaca. Una ciudad moderna, capital de la provincia de Yunnan, la caminamos con los riesgos factibles de resfriarnos, pero el deseo de conocer y caminar fue mayor a las sensaciones térmicas y al temor a una gripe. Pleno de grandes tiendas en las avenidas principales, presencia de transnacionales como Mac Donalds, Starbucks, KFC, cadenas de hoteles como Hilton y Marriot, en fin, presentes en áreas de servicios. Anuncios virtuales a lo largo y ancho de la pared de los edificios, torres de decenas de pisos que realizan juegos de luces, un río que cruza la ciudad y forma parte de la cultura urbana. Decenas de museos y parques con sus lagos y quioscos, caminamos, nos transportamos en metro y autobuses, cómodos, rápidos y limpios. Un hecho indispensable a destacar, ya en una segunda ciudad visitada, no hay mendigos por las calles. Eso manifiesta, creo, un hecho muy concreto de la realidad social en esa zona del país. Presencia fuerte de una clase media consumidora, joven y elegante, y los sectores y una gran parte de la población, que viven en una pobreza digna. No hay miseria.
Hay varios hechos a destacar. Las miles de motocicletas pequeñas que se mueven en la ciudad son eléctricas, por lo tanto, silenciosas, las que se desplazan en zonas especiales en las calles como en las aceras, lo que puede ser, a veces, un peligro para la integridad física del transeúnte. A este medio se agrega el uso masivo de bicicletas, que forman parte de un programa público de rentas, con un costo anual muy económico, al cambio, como de 200 pesos. Las bicicletas se estacionan en cualquier lugar en las calles y pueden tomarse de cualquier otro lugar. Hay un buen desplazamiento de autos, de marcas nacionales y europeas, se usa muy poco el claxon, es un tráfico de poco ruido. Un hecho que hemos comprobado a lo largo de los 20 días en diferentes ciudades, es la existencia de baños públicos gratuitos que se encuentran por toda la ciudad y en cada estación del metro. Son lugares limpios, con una evidente especificidad oriental, los lugares para defecar no son de asiento, son de una base y su adecuado agujero, por lo cual la persona debe acuclillarse para realizar adecuadamente la tarea de purificación corporal. Continuamos reconociendo la ciudad y gastando adecuadamente la suela de nuestros zapatos. Nos adentramos en callejuelas populares, más allá de las reconocidas e iluminadas avenidas. Los espacios siguen siendo adecuadamente limpios. Hay pequeños mercados de frutas y verduras, multiplicidad de fondas con sus carteles coloridos presentando los platillos a elegir. En una de esas vueltas nos encontramos con un local en el que se veía el cartel que decía que ahí se vendía yerba mate. Lo casi increíble estaba ahí, frente a los ojos. En el país de las infusiones y los tés de alta calidad y su uso milenario, irrumpe esta infusión conosureña. La globalización sonriente. Frente a lo inhóspito del clima, decidimos adelantar nuestro viaje a la ciudad de Dali, situada, muy al sur y con un clima reconocidamente más cálido. Compramos boletos de tren, el más lento, el de 80 km por hora, para un viaje de siete horas. Fuimos al hotel, había que salir a hora muy tempranera.
Desde el tren a Dali
Ya tomamos el llamado tren lento rumbo a la ciudad de Dali. Este tiene características especiales para los viajeros no chinos. No hay asientos individuales, hay una especie de camarotes abiertos, de dos líneas con tres camastros hacia arriba, de noche es factible que se use para dormir, pero de día se usa el de abajo para sentarse cuatro personas de cada lado. Las de arriba se usan para dejar abrigos y maletas. La ciudad en chino realmente se pronuncia Taali y no como el pintor surrealista. Parece que la antigua ciudad es uno de los destinos turísticos más populares de la provincia de Yunnan. Estar en ese tren hizo posible tener una buena impresión, visualmente hablando, de los lugares que íbamos recorriendo. Podía observar que había una gran existencia de tierra sembrada, huertos familiares alrededor de las casas o de conjuntos habitacionales, largas extensiones de huertos protegidos por plástico y por regadíos instalados. Innegable la gran presencia de ríos, lagos, almacenamientos de agua creados. El agua es una constante presencia a lo largo del camino en esta parte sur del país. Como es una región de pequeños montes, los sembradíos se realizan en terrazas. La universalidad de la agricultura. El tren tiene su vida interna activa. De vez en cuando pasa un vendedor oficial con su carrito de comida empaquetada, desde frutas, pastelitos y los recipientes de la clásica sopa tipo ramen, que viene en un envoltorio más grande y colorido que en México. Al inicio de cada vagón, hay un depósito de agua caliente para que los viajeros llenen sus termos para las infusiones y asimismo, poner el agua en esa sopa. La gente bebía mucho te a lo largo del viaje de ocho horas. Llegamos por la tarde noche.
Dali y sus dos ciudades
La ciudad se encuentra emplazada entre altas montañas, cuajadas de nubes blancas y gordas. Nuestro pequeño hotel estaba ubicado en la parte de la ciudad vieja. Esta parte de la ciudad concentra una población de solo 40 mil habitantes. Iniciamos el paseo para conocer esta parte de la ciudad. Podemos decir que gran parte de las casas antiguas remodeladas y algunos templos, han sido transformados en negocios o restaurantes. Lo visual impacta realmente. Paseamos mucho por los diferentes espacios de esa parte. Entre otros lugares por la llamada “Calle de los extranjeros” plena de bares, restaurantes y negocios. Estrenando nuestra impaciencia y fervor de paseante llegamos, entre paseo y paseo, a las 11 de la noche, momento en que me senté en una banca y observé el cielo, en el cual se veía una enorme luna muy blanca, con el fondo de un cielo azul oscuro y una nubes color carbón intenso que jugaban una especie de danza de cortejo con la luna, envolviéndola, tapándola, como si fuera engullida por la negritud y nuevamente era descubierta y reaparecía en toda su blancura esta luna dalineana. Me queda en la memoria el impacto intenso de ese momento y su luna.
Al otro día seguimos caminando para recorrer lo más posible y descubrir aquellos espacios secretos para nosotros, aunque conocidos para otros. Sus calles eran de un empedrado muy liso, con canales de agua que recorrían las calles de esa parte de la ciudad. Algo a resaltar, con todo y la gran cantidad de personas paseando, el ambiente era bastante silencioso, la gente conversa en voz baja, este silencio se dispersa por el sonido de alguna canción que se puede escuchar proveniente de locales o circunstancialmente, no es muy usual, por algún músico callejero.
El clima era muy agradable, los 18 grados como máximo y un mínimo nocturno de seis. En el día siempre estaba muy soleado, lo que se agradece, aunque de de vez en cuando irrumpe una fuerte brisa fría, recordándonos la cercanía fronteriza con el Tibet y sus montañas. Fuimos a pasear al conocido lago Erhai que tiene una longitud de 20 kilómetros de largo y dos de ancho. Es una especie de guardián de la ciudad vieja. Donde se camine, ahí está su presencia. Se impone a la vista. Sobre el lago revolotean los patos de variadas tonalidades de color marrón y las gaviotas blancas. Es un paseo popular, donde las familias, numerosas se encuentran y se sientan en pequeñas mesas a comer fritangas de pescado y mariscos. Los pescados están vivos, producto del mismo lago, los matan o atontan a golpes en el lugar, para luego abrirlos y freírlos. Hay seguridad de su frescura. Después de este paseo refrescante, nos encaminamos al llamado casco histórico, lugar donde sus calles rebozan de turistas, sustancialmente nacionales, la presencia de occidentales es muy poca, pasamos los güeritos y solamente nos miramos de reojo. Múltiples negocios, restaurantes, cafeterías, bares, venta de piedras semipreciosas, de amatistas, ópalos, turquesas y perlas criadas artificialmente; souvenirs de todo tipo, estatuillas de variados dioses, textiles múltiples, prendas originales en base a modelos étnicos, venta de comida que va desde pinchos de carne, salchichas, camarones, panes redondos de arroz rellenos cocidos al vapor, hasta el atrevimiento poco original de pizzas y hamburguesas, muchas sopas y frutas, cestos pequeños con frutas variadas, un paseo de colores, aromas y formas, no hay demasiadas frituras.
Entramos a conocer un monumental templo que hace cinco siglos fue dedicado a la memoria de un general, pero ligado al rito de creencia a Confucio. El politeísmo es impactante. Estatuas enormes, de unos seis metros de altura, cinco de ellas, realizadas en cerámica, a colores, alrededor de las cuáles hay ofrendas, alimentos, agua, frutas, inciensos prendidos. Al pie de las figuras hay unas pequeñas colchonetas amarillas, sobre las cuáles la gente se arrodilla y realiza, previamente tres genuflexiones, pasando por cada uno de los dioses. Dalí es una ciudad que hemos ido descubriendo de a pedacitos, caminándola. Entramos al barrio cercano al lago, caminamos por calles estrechas, bastante limpias, compramos en un mercadito una especie de manzanita verde claro, dulces, crujientes y jugosas al morderlas. La gente simpáticamente comprensiva ante nuestra falta de idioma. La mímica de los dedos es un buen medio de comprensión del costo, aunque también usamos la sumadora del celular. En esta caminata de descubrir nos topamos con un pequeño templo de barrio, cuyas figuras y altares eran de hechura más tosca. Eran cuidadas por ancianas, cuyas caras, eran de tez más oscura y plena de sonrientes arrugas, nos invitaban a entrar. La gente que estaba en el lugar vestía ropas sencillas, de color gris o verde oscuro. Eran hombres y mujeres los que participaban del ritual, había también jóvenes.
Debo decir que la ciudad de Dali, son dos ciudades. Esta que he estado descubriendo, la antigua, es un compendio de templos, casas reconstruidas de diversas épocas, un espacio aglutinador de turistas, básicamente nacionales, negocios a lo largo y ancho de las calles, espacios para bailes populares, escuelas de diferentes niveles escolares, con clara presencia de casas habitadas por familias, que viven ahí desde hacer muchos años. Por otro lado, es una zona semi rural, con la presencia de huertos medianos y grandes, en fin, una ciudad que no es parte activa de la gran modernidad. La otra Dali es la muestra del desarrollo vertiginoso de una ciudad de grandes y altos edificios, centros comerciales, amplios parques, teatros y cines, un gran movimiento de coches y transporte público, las infaltables motos y bicicletas y miles de personas en las calles. Una ciudad que se desarrolló en los últimos cuarenta años, la cual es una representación viva y real de esta sociedad en intenso avance socio económico.
Musulmanes en Dali
Esta ciudad tiene una importante comunidad musulmana. Es posible observar este hecho a partir de la gran cantidad de restaurantes musulmanes establecidos en toda la ciudad, los cuales tienen la muy clara especificidad de realizar en el momento los fideos, a partir de una especie de tomar un pedazo de pasta, comenzar a aplanar con un rodillo, sobre una plancha de mármol y ya extendida, el cocinero comienza una especie de destejer, con movimientos muy rápidos de manos para ir creando los diferentes tipos de grosor de los fideos que forman parte de un guisado especial, el cual es puesto a hervir en el momento e integrado al guiso con verduras y carnes. La pasta no puede ser más fresca. Las mujeres trabajan a la par de los hombres, con la cabeza resguardada por el hiyab, un amplio pañuelo de variados colores. Fue un deleite comer en esos pequeños restaurantes. Supimos de la existencia de un barrio grande de la comunidad musulmana y la presencia de una gran mezquita, al cual quisimos conocer. Después de una larga caminata, donde atravesamos por un mercado popular, dos anchas y largas avenidas, un templo budista, una zona artesanal con la presencia de grandes y altas piedras, seguramente para crear túmulos y formas variadas para integrarse a formar parte de jardines. Llegamos al barrio, ingresando a través de unos altos portales con arcos, identificables por los caracteres árabes y chinos, tampoco falta un cartel en inglés. Caminamos por el interior del barrio, por estrechas calles y en las entradas de las casas, en vez de las imágenes de diferentes dioses protectores, solamente había algunas líneas en árabe. No sé si eran una surá del Corán. Nos acercamos a la mezquita, guiándonos gracias a su redonda cúpula verde, la cual está acompañada por dos altas y delgadas torres. Para entrar a la mezquita pasamos por los patios de una escuela islámica. La mezquita fue construida en 1238 y remozada a lo largo del siglo XX. Hay un componente sumamente interesante, que es la expresión de un sincretismo arquitectónico, al lugar se puede llegar atravesando un portón con techado doble de formas chinas y sobre este una columna dorada de metal con el símbolo de la media luna. Antes de entrar, obviamente nos descalzamos. La mezquita era muy sencilla. Estaba alfombrada casi totalmente, solo en una pared había pintado, seguramente, un fragmento del Corán. Asimismo, en una esquina se encontraba un librero con varios coranes, bilingües, árabe y mandarín, y en otra esquina, un asiento con un micrófono al lado. Creo que en un país de religiones politeístas, la relación hacia otras religiones es menos excluyente. El respeto a las creencias.
Lijian: un paso más al sur
Con esto de que había que conocer más lugares, decidimos viajar a la ciudad de Lijian. Amaneciendo salimos rumbo a la estación de trenes, un azul desvaído con leves líneas rosadas nos iniciaron en conocer el primer amanecer en China. En la estación hicimos la consabida cola de entrada, éramos varios centenares que pasamos los dos controles para encaminarnos al tren Este tenía veinte vagones, cada uno posibilita que viajen cien personas. Hagamos cuenta. El viaje fue de dos horas y media. Llegando tomamos un autobús que nos llevaría cerca de lo que es el centro histórico. La primera gran sorpresa fue admirar el pico nevado de una montaña. (Estábamos muy cerca de la frontera con el Tibet). Comenzamos a caminar y nos encontramos en medio de un gran mercado al aire libre, un tianguis chino. Los puestos con verduras y frutas de todo tipo y tamaño, conocidas y desconocidas, peces nadando en pequeñas albercas cuyo futuro era fresco y previsible; ropa y zapatos para hombres y mujeres, especias de todo tipo y comida, mucha comida. Teníamos hambre, ya era la una de la tarde y nos topamos con una fonda al aire libre donde en mesas bajas y cuadradas, con bancos pequeños la gente comía en grupo, donde en el centro de la mesa había una gran olla con carne y verduras, redondos cazones individuales de arroz blanco y los indispensables palillos. Nos sentamos en una mesa y pedimos lo mismo, señalando la olla de la mesa vecina. El sol estaba en su apogeo cálido y así cominos nuestra primera y muy sabrosa comida popular. Asimismo, dejaban sobre la mesa un termo grande con agua caliente, y junto a él un platillo con hojas de te verde, para hacer adecuadamente la infusión. Fue y es una comida inolvidable. Pasado el disfrute de la comida, llegamos a un gran parque, en el cual encontramos un museo de historia del pueblo naxi (se pronuncia igualito al otro, y tiene una imagen parecida a la cruz gamada, aunque invertidas sus puntas), cuyos orígenes son milenarios y ligados a los tibetanos. Está plenamente unido en la historia con la religión Dogba, la cual continúa vigente en la región. En el museo encontramos la información sobre los primeros inventos de creación de la almohada: cubos de madera, latón, otros con honduras marcadas en la madera o cuero, para depositar, obviamente la cabeza. Por otro lado, fue posible encontrar cuadernillos realizados sobre papel de hierbas (amate), con historias ilustradas, separados por líneas rectas, una presencia histórica de los actuales comics. De ahí, otra vez, caminamos rumbo a la ciudad vieja, que fue establecida en el 1300 de nuestra Era. Los pisos de la calle eran de fragmentos de piedras planas, alineadas a diversas alturas, no era un piso liso. El pasado estaba representado perfectamente en esas piedras. A diferencia de la ciudad vieja de Dali, Lijian está cruzada por riachuelos, pequeños lagos, infinidad de puentes la entrelazan, el agua es un elemento central en la composición de la ciudad vieja. Es de encontrar lugarcitos para comer o beber, con terrazas plenas de flores. Gran parte de las construcciones son en madera. Nos sentamos en un cafecito pegado a un riachuelo limpísimo, disfrutamos del café. Es importante decir que la provincia de Yunnan es la principal productora de café en China. Hicimos un descanso agradable, bebimos un vino de frutas, hicimos tiempo, logramos comprar un pato rostizado en un mercado al aire libre, y lo comimos tranquilamente en un parquecito, en una mesa de mármol con bancas redondas individuales. silencioso, que estaba a corta distancia de una avenida con todo y tráfico. Era hora del regreso, y nos dirigimos a la estación de trenes. En el viaje se hizo clara conciencia que China es un país muy poblado. Nos tocó el vagón numero 14, entrar al mismo ya se hizo difícil. Todo el pasillo estaba infestado de maletas, baldes de plástico, paquetes de todo tipo y tamaño, y gente, mucha gente. Entramos al pequeño camarote de filas de 6 camas, tres de cada lado, en los cuatro de arriba gente durmiendo, en las dos de abajo íbamos sentados seis personas de cada lado, rodillas contra rodillas, no era demasiado sensual, todos apretados por los maletas, los baldes, los paquetes: no pudimos movernos a lo largo del viaje. Después, por suerte, de dos horas y medias de viaje, llegamos a destino con absoluta puntualidad. Hicimos conciencia de los mil 400 millones de personas.
Algunas Breverías
Los hombres y mujeres chinos son fumadores empedernidos, fuman en los cafés y teterías, restaurantes, fondas, mercados y hasta en los baños públicos. En los mingitorios es posible observar pegado sobre los mismos un redondo y colorido cenicero de cerámica. Los cigarros, básicamente de industria nacional, con un aproximado de 20 marcas, sus precios varían de 10 a 100 yuanes, de los populares a los exquisitos. Es obvio que no hay campaña alguna contra el tabaquismo. No sé si por resultado de dicha adicción, pero es posible decir que los hombres y mujeres, no importa su edad, con alguna que otra peregrina excepción, son delgados. Y tampoco es producto de una mala alimentación. Pueden ser los resultados del metabolismo, estructura ósea, ejercicios, yoga y variables, bailes en los parques y calles, en fin, no sé, pero son delgados. Para mi propia humillación, intenté medirme alguna chamarra o saco, pero mi barriga existente hacía imposible abotonar la prenda. Decliné comprar ropa en China.
L a representación política del partido comunista se hace clara con la presencia en cada barrio de un local partidario, con su reconocible bandera roja con la hoz y el martillo. En lemas políticos, es posible observar en las cercas que bordean obras en construcción, edificios o complejos habitacionales, en las estaciones del metro, pintura de paisajes rurales: árboles, lagos, parvada de pájaros, en fin, imágenes más o menos bucólicas, con los lemas que forman parte del ideario del socialismo (así dice), escritos en chino e inglés, y son los siguientes: fraternidad, progreso, justicia, rol del orden, patriotismo, dignidad, civilidad, armonía, libertad, igualdad, dedicación e integridad. Todo un programa para la ciudadanía.
Por otro lado, un hecho que llamó muchísimo mi atención es que en todas las ciudades que visitamos, Cantón, Kuming, Dali y Lijiang, las atraviesa un gran río y en sus orillas hay un paseo con árboles, bancas, jardines floridos, que es disfrutado por los ciudadanos. Sería excelente transformar y recuperar Churubusco. Cambiaría mucho nuestra ciudad. Una ciudad con río.
La pintura florida
En las ciudades que visitamos, encontramos varios parques y tuvimos el buen tino de visitar por lo menos dos por ciudad. Estos eran de una belleza y extensión impresionantes, resultado del trabajo de arquitectos jardineros. Es una fusión de conjuntos de flores en los que es de observar espacios variados de colores, en una gama ascendente o descendente de ellos, creando cuadros abstractos. Siempre se da la presencia de un lago, artificial seguramente, alrededor del cual habitan árboles variados, desde altas y delgadas palmeras, ficus con sus largos cabellos enredados, las rosadas flores de los cerezos, todo en una mezcla de cuidado extremo por un lado y por otro, dejando espacios como de naturaleza salvaje y aparentemente descuidada. Los paseos son largos, con bancas a lo largo del camino, conjuntos de grandes y altas piedras, espacios techados en los que se presentan grupos musicales (escuchamos uno de jazz), exposiciones de pintura o fotografía. Había lugares para jugar tenis de mesa, damas chinas y mesas de mármol para comer. Todo está adecuadamente limpio. Los cestos de basura se encuentran por todos lados. Para mí es un espacio único y diferente, en lo que visto de parques y no hablo solamente de México, sino de América y Europa. Son incuestionablemente diferentes y muy bellos. El desarrollo del budismo y del taoísmo propiciaron que los jardines formaran parte del mundo religioso, incorporándose a los templos que los monjes construyeron alrededor de las ciudades. Es de destacar que las personas socializan de forma más silenciosa. Hay cierta armonía vivencial.
Los nómadas argentinos
Ya agotando el tiempo de estancia en Dali, paseando casi por vigésima vez por la calle de los Extranjeros, en esa calle la más cargada de turistas, negocios y puestos de artesanías, me acerqué a una mesa pequeña, rectangular, en la que se veían dibujos, unos en coloridas tintas y otros en un único tono azul o gris. Vi un libro que en su portada se leía, en inglés, Acercamiento a un viaje en bicicleta, con texto de Anna Caranta y dibujos de Diego Martínez. Me llamaron la atención ambos nombres y abrí el libro, leyendo los datos de la autora como del pintor, encontrando que ambos provenían de Buenos Aires. Vi los dibujos y en la firma decía Diego, por lo tanto esperé que terminara su charla en chino con una posible clienta y lo saludé con el clásico Hola. Su sorpresa fue grande, no menor a la mía, y nos dio gusto a ambos este encuentro inesperado. Me encontraba frente a la cara sonriente y delgada de un cuarentón, prematuramente canoso, con bronceada piel. Conversamos un rato, de su mujer Anna, escritora y poeta, nieta de un desaparecido y que llevaban ya once años fuera de Argentina. En esos años iniciaron un largo trayecto en bicicleta para dos personas, desde España, paseando por toda Europa hasta llegar a China. En ese largo recorrido en kilómetros y tiempo, tuvieron que integrar un cestito para el hijo recién nacido, que hoy tiene 7 años, nacido en Francia, en la casa de la madre de Anna, que vive ahí desde 1976. Mientras las ruedas giraban, giraban a lo largo de los caminos, nació una niña, en el mismo Dali, donde están desde hace cuatro años. Diego nos invitó a su casa, una especie de comuna de pintores polacos, argentinos y chinos. Tomando en cuenta que su mujer, Anna y sus dos hijos se encuentran viviendo en la India, hecho que motivará su ida y fin definitivo del ciclo en la ciudad de Dali. Los niños hablan español, francés, inglés y chino. El encuentro con este proyecto conceptual del nomadismo, removió un poco a mi propia idea del sedentarismo. Fue el encuentro ligado con el asombro de lo inesperado. Un brindis afectuoso a las bicicletas.
Fin del viaje
Por la mañana tomamos el tren para Kunming, después de siete horas de viaje, llegamos a dormir, para tomar bien temprano el tren rápido a Cantón, el cual se movía a 200 kilómetros por hora y tardamos nueve horas en llegar. Hagan cuentas de la distancia. En el transcurso del viaje me ocurrió el siguiente incidente: pasadas algunas horas de viaje, fui al baño. Obviamente regresé a mi asiento y como a la media hora, se apersonó una de las sobrecargos y otro joven personaje y me muestran ¡oh asombro! mi billetera. Parece que se cayó en el baño, alguien la recogió y la entregó al personal del tren. Después de ciertas preguntas, medio en inglés, me hicieron contar el dinero para corroborar que nada faltaba, y realmente nada faltaba, además me pidieron permiso para que nos tomáramos una foto con la azafata, con todo y billetera, todos muy sonrientes. La anécdota de la honradez. Con este broche cerramos el viaje en China. Hasta el próximo viaje.
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