Una lectura del Libro de horas, de Tatiana Oroño (Estuario Editora, 2017).
Mariella Nigro nos aproxima a la lectura de su compatriota uruguaya Tatiana Oroño a partir de la lectura de su libro Estuario y de otros que lo anteceden para hallar que en la interacción entre lo matemático y lo racional, entre la alterada verdad poética, logra la completitud de su sistema poético.
El tiempo circular de Tatiana Oroño
Una lectura del Libro de horas, de Tatiana Oroño (Estuario Editora, 2017)
“Y son dos movimientos:
mientras el bote avanza
sin ruido, hacia adelante,
la imagen, al contrario,
va hacia atrás, silenciosa,
abriendo el pensamiento
y ancla profundamente.”
Circe Maia
(Dos voces)
Mariella Nigro
Fragmentos de sí (deconstrucción y autobiografía)
En un texto que escribí sobre la poesía de Tatiana Oroño a partir de la lectura de su libro Estuario (de 2014), en correspondencia con libros anteriores, como Tajos (1990), Morada móvil (2004) y La piedra nada sabe (2008), observé que la poeta sabe discurrir sobre realidades palpables y también sobre sus abstracciones, sobre cosas y seres, y sobre la forma de nombrarlos, poniendo en juego, con igual intensidad, el logos y el pathos. Y en esa interacción entre lo patemático y lo racional, en ese umbral, en esa oscilación entre una verdad lógica y una hermosamente alterada verdad poética, logra la completitud de su sistema poético.
En este nuevo libro, Tatiana no escribe en verso, sino que desarrolla una prosa condensada y en espiral, a través de un complejo de construcciones y proyecciones en la reflexión y en la evocación, de la que en todo caso mana poesía. Y como en toda su obra anterior, pone en juego todas las percepciones y sensaciones mediante una labor reflexiva a la vez que emotiva, sobre varios ejes temáticos, asuntos de su experiencia vital, en particular, de su infancia, sus vivencias en la dictadura, su ascendencia y descendencia, el legado artístico paterno y la docencia.
Se denomina “libro de horas” a un tipo de manuscrito antiguo, ejemplar de carácter único, ilustrado con miniaturas o iluminaciones, con temas sacros en la Edad Media, y en época posterior, con temas profanos y galantes, para meditar y leer por su poseedor a diversas horas del día.
Este Libro de horas posmoderno de Tatiana Oroño comienza con una poética “Advertencia”: “Este Libro de las horas se hace portavoz de su carga de pasado porque acarrea el pasado de toda autobiografía. (…) busco escribir lo que está pasando, para que pase algo que modifique lo que pasó.” Y, a modo de explícita poética, manifiesta: “(…) escribir es intentar volver a tomar la primera imagen o las primeras imágenes, la primera luz o la luz que quedó de la luz, como si las primeras y las últimas luces pudieran ser cíclicas, como los crepúsculos (…)”.
En mis notas anteriores sobre la poesía de Tatiana, ya había considerado que, frente a cierta objetivación en su escritura, cierta mirada hacia el afuera, lo autobiográfico y confesional remitía, en todo caso, a un “ejercicio de sobrevivencia” (como dice en Tajos), “para ser una, para echar cuerpo” (confiesa en Morada móvil); o para ofrecer su historia mediante una “exploración autobiográfica”, como declara en su conferencia “Ganar el pan de las lenguas” (de 2013), sobre la que volveré más adelante.
Entonces, el lector asume la advertencia de la propia autora y también el anuncio de la edición que consigna en la tapa del libro: “autobiografía poética”.
En ese sentido, el Libro de horas desarrolla un relato con varios niveles de discurso y sujetos de enunciación, en el que un yo lírico solapado con un yo ficcional, o la alternancia de la primera y tercera persona en el correr de los textos, hace que la poeta se acerque o bien se aleje de la peripecia vital que enuncia; y esa superposición de planos del relato los vuelve palimpsestos a los que la luz de la poesía atraviesa, revelando las huellas de los pasados sucesos.
¿Narrativa, autobiografía, poesía?: como ha afirmado el pensador italiano Massimo Fusillo desde la estética de la literatura, es finalmente el propio autor el que determina el estatuto de una obra. Ahora bien, es el lector el que de esa forma la recibe, o bien le adjudica trozos de su propia peripecia; y entonces interpreta y reinterpreta la realidad del autor y la suya propia. (De esa forma la poeta lo daba a entender en Estuario: “doy a leer abdico en quien / recibe el bien la página. quizá un mal.”)
El relato que se invita a compartir, lejos de ser lineal, plantea infinitas intertextualidades: se invagina en sí mismo, para luego desplegarse en varias y diferentes direcciones, líneas discursivas donde surgen pensamientos en diálogo consigo misma; donde se intercambian la memoria de pasados años con apuntes sobre la literatura y la revolución; reflexiones sobre el arte visual con la interpretación de trazas infantiles, propias y de otros niños propios. Todo ello, atravesado por la luz de la poesía.
En esas líneas de pensamiento, también se consignan aforismos que marcaron el itinerario de la poeta: “Los dones que te han sido dados, si no los usas, te serán quitados”, le advertía en su infancia el maestro Gurvich; o el orador en una ceremonia en homenaje a la memoria: “Que no nos arrebaten lo que vivimos”; y el padre: “No dejes que te roben el alma”. (“El alma” es locución que se reitera en varios tramos del libro, tal una especie de mantra…) Es, así, más que un tejido de recuerdos, vivencias y aprendizajes, la actualización de la memoria, entre lo privado y lo colectivo, mediante la instrumentación poética.
Como acertadamente señala la profesora Norah Giraldi Dei Cas en la contratapa del libro, se trata de un relato “compuesto de intimidades desarmadas”. Desarmadas, pero con un orden íntimo, con las irregularidades de un caleidoscopio que va encontrando simetrías en sus movimientos circulares.
Por esa misma razón, no haré un recorrido lineal por las ocho partes que conforman el libro, sino que iré reparando en él en forma “desarmada”, guiada por la deconstrucción que los propios textos proponen…
La poeta narra, cuenta, “por necesidad de contar”, según confiesa, con similar impulso al de aquellos años en que se escribían versos “-obedeciendo al «impulso notacional de la especie» con palabras de Fló-, en papeles sueltos”. Papeles sueltos y memoria de las vivencias que rescata, reactualiza, reescribe y reúne en este Libro de horas.
Como en un segundo nivel del discurso, la digresión (“No sé qué contar ahora”, “no puedo explicar”, “sigo sin saber qué camino tomar, qué orden seguir”, dice) se presenta como una cesura natural del discurso, que la autora aprovecha para dar ciertas explicaciones (mostrando las costuras del relato), compartir un recuerdo que la asalta, o fundamentar el título de una sección (“Causas perdidas”) en una frase de Albert Camus (“Como no creo en el valor del triunfo, creo en las causas perdidas”).
Entonces, se escribe sobre los caminos andados y los desandados, los claros y los oscuros, sobre el modo de caminarlos –“basculando”, “a contracorriente”, con “los libros apretados contra el pecho” y con todo el pensamiento arropado como libros.
La consigna de este libro es “Atravesar (…) tierra de padre y madre”, “la tierra del afecto”. Y explica: “Hablar del padre es hablar de la madre. La madre comparte con él la materia de los sueños en los que sustenta su raíz.”
Como dejara constancia en Estuario: “al entrar en mi historia comprobé que no era mía. entré como un tallo en un vaso. como el filo en el tallo. mi historia empezó en un muñon sumergido. su principio era un final: el cabo cortado.”
La voz de la mirada (visualidad y literariedad)
Es sumamente relevante y reconocido el trabajo crítico y curatorial de Tatiana Oroño en relación a las artes visuales, en el que ha demostrado las dimensiones o coordenadas estética y ética del arte (apelando al pensador alemán Baumgarten, en particular a la correspondencia que el mismo establece entre el entendimiento y la moral), como en su ensayo dedicado a la obra de Gurvich, incluido en el catálogo de la muestra del año 2012 dedicada al maestro, exhibida en el museo montevideano que atesora su obra.
En el Libro de horas, Tatiana confiesa que “Saber y ver han sido dos actividades duraderas. La mayor parte del tiempo ha transcurrido entre esas dos ocupaciones.”
Como en su libro Estuario, en este libro la poeta se entrega a la visualidad (dimensión estética de la visión), y ofrenda a la poesía su ojo diestro en el arte plástico. Y es posible, una vez más, ubicar el origen de esa destreza en la “lengua paterna”, en el legado de su padre artista, cuya luz refracta en el correr de todo el libro, y cuya voz aquí se evoca.
Así, la poeta escribe sobre las primeras luces de la infancia que iluminaban los preciosos objetos de los artistas plásticos cuyos talleres frecuentaba los domingos junto a su padre. Detrás de sus umbrales se abrían mundos paralelos, que finalmente llevaban al claro de un bosque o a una playa de mar abierto… Porque “El mundo del Taller era otro mundo. O el espejismo de otro mundo”, advierte. Allí estaba “el pan duro” “que se compraba sólo para mirar”, como “el de cuatro picos y barriga redonda” cuyo dibujo cierra el capítulo homónimo.
Por momentos, los hilos de la narración se entretejen, y es la narrataria (que reflexiona sobre sí misma, que sale de la historia y vuelve a sumergirse en ella), la que da voz a un niño o a otro, para contar la peripecia de la poeta en su infancia, o la de los hijos, con dibujos infantiles que plantean la intertextualidad de grafía y letra, y la correspondencia con “la máquina materna”. Ésta, como concepto deleuziano, es la que ayudaba a neutralizar “la violencia sobre los cuerpos -y las almas-”, en una Montevideo a la que recuerda entonces “Despoblada de almas. Superpoblada de palabras entre las cuales no había una que sonara como palabra amada, inconfundible”.
Los dibujos infantiles que acompañan al texto son como aquellas “iluminaciones” del antiguo libro de horas, que aquí van desplegándose en el correr de las páginas, desde lo monocromático hacia el colorido total, y que son objeto de interpretación y reflexión de la poeta, a través de una ékfrasis aplicada amorosamente, con la que va descubriendo, uno a uno, los emblemas y símbolos de las representaciones de la familia y el hogar y, en algunos, hasta su sección áurea… Construyen lo que Tatiana llama “las configuraciones imaginarias del territorio”; dice en la VII sección, “Casas”: “Cuando las casas, las cosas, las causas, ya no están, las casas dibujadas resisten. (…) Los dibujos infantiles resisten porque en ellos se realiza la construcción de imaginarios.”
Los dibujos muestran el concepto de “casa”, la representación de la que ya no está, con “su calidad de presencia in absentia” dice la poeta, “algo así como el castillo interior de nuestra alma (como dijo Santa Teresa)”, recuerda; y entonces anticipa el devenir incierto de sus mudanzas y transformaciones, las que hacen que su morada sea móvil, como en su libro de 2004 (Morada móvil).
Ante la bella crónica ilustrada por trazos infantiles, el lector debe esforzarse, gozosamente en la diacronía, en dilucidar si el dibujo es de un hijo o un nieto de la autora, o de su propia mano cuando niña. (Donde la duda se despeja, y se troca lo apócrifo en auténtica autoría es en la mitad del libro, en la página 67, que se replica en la carátula, donde se consigna, con dibujada letra cursiva, la conmovedora reflexión del hijo pequeño: “Yo, Andrés Landinelli Oroño le tiene miedo a la muerte”.
La casa es también el propio taller de los pintores, uno de los cuales es recordado como “un edificio húmedo de fauces rajadas”. El del maestro Gurvich en el Cerro era, para la niña Tatiana, como un enorme libro sobre cuyas paredes, como páginas blancas, solía dejar aquel artista sus inscripciones.
Por eso mismo, los dibujos no ilustran, meramente, la crónica poética; en realidad “organizan el territorio” del discurso, señalaría el pensador Deleuze desde su análisis del agenciamiento del deseo, territorializan la imaginación y la escritura. Puede decirse que se trata de otra dimensión de la representación del pensamiento y del lenguaje de la poeta y sus avatares, otra forma de sobrevivir y perdurar a través de las entrañables imágenes en las que “afinca” su palabra; dice: “Afincar en los dibujos cuyo gesto construye la casa, el lugar. La casa y su enclave en la naturaleza, en la emoción. La casa enraizada en el mirar redondo.”
Por eso, los dibujos son pliegues en el espacio y en el tiempo en esta cartografía poética de la vida de Tatiana Oroño que organiza los “asuntos” de la estirpe y con la que la poeta diseña una genealogía de los afectos.
Como en Estuario y en Morada móvil, la poeta vuelve a indagar en sus “distritos de familia” a través de la correspondencia entre los lazos familiares que evoca y las vastas posibilidades del lenguaje. Así, en Estuario explica: “según corominas, abuela se decía ‘avia’”, “palabra que se llena y vacía”; “la palabra mamá”: “masa de habla”, “decir cifrado”.
Es que la escritura de Tatiana Oroño, en última instancia, siempre discurre sobre la literariedad, esto es, sobre el valor de la palabra, la especial función del lenguaje que Jakobson señala como función poética, pero todo ello en directa relación con la vida. Esa investigación natural del lenguaje que ensaya en sus libros no es dogmática ni definitiva; por el contrario, exhibe una inquietud epistemológica seguramente sostenida por su vocación docente, consciente de las variaciones infinitas de las estructuras del lenguaje, especialmente las de la poesía. Como ha sostenido el filósofo y lingüista George Steiner, estudiando aspectos del lenguaje y de la traducción, “el razonamiento sobre el lenguaje es vacilante y dialéctico (…) El sujeto hablante se asemeja al viajero lunar de Cyrano, quien continuamente arroja hacia adelante el imán que lo mueve”. Por eso afirma que “la relación lenguaje-tiempo es gramatical” y es la “que sostiene nuestro sentido del yo y del ser”. De alguna forma, ya la “Advertencia” de este Libro de horas pone el acento en el tiempo y sus velocidades, que sostienen el sentido del ser; y en “Territorios” repara: “Pero el tiempo siempre va más rápido y no hay tiempo de alisar el orden y dejarlo sin una arruga antes de empezar. (…) Economía de las manos. Cómo meter las manos en el tiempo. (…) cómo meterse en el tiempo, bien agarrada. Antes de que arranque.”
El trabajo de Oroño sobre la fuerza material y espiritual de la palabra tiene el propósito final, como revela en Estuario, de “resolver el meollo”, transitar “el caos cotidiano” y los “acaeceres”, domeñar “llaves” y “cerrojos” para poder definitivamente entrar en la casa, la material y la fenoménica, en su sentido literal y en su sentido arquetípico, la de antes y la de ahora, la del sueño y la de la vigilia.
“Aula y vida” (la docencia)
La docencia es una circunstancia vital en la escritura de Tatiana Oroño: la docencia en los primeros años libres, la proscrita en dictadura, y la que retoma en democracia. La evocación entrañable de la relación profesor-alumno, desde su ejercicio de mayéutica, muestra el aspecto emocional que ésta involucra, sea en una clase de la enseñanza pública o de la privada, en las que hay que buscar el ángel de diferente manera, donde se calcula velozmente, o donde un perro asiste a una clase sobre García Lorca, algo impensable en la otra; pero en ambas, dice, “(…) hay algo semejante a la poesía (…)”… “Algo inexplicable, pero cierto. Es decir, poético”.
El registro de su experiencia docente, ya adelantado en su libro Estuario, da cuenta de sus habilidades para instrumentar el “espesor burocrático” de la función, a la vez que le permite hacer su declaración de principios: “Aula y vida son currículos paralelos”, asegura; por eso movilizaba las emociones de sus alumnos con las de los personajes de los textos abordados, en ejercicio de su propedéutica; o mostraba una xilografía de Lautréamont para enseñar, de la imagen, “su imago inasible”, y teorizar sobre “la “otredad” identitaria” del poeta franco-uruguayo en correspondencia con “Montevideo, la coqueta”: “El otro en Montevideo”.
Así, la parábola de la palabra proferida en el aula ayuda al alumno a lidiar con ella, con la palabra, del mismo modo que con la vida. Refiere, poéticamente, tanto a la enseñanza moral de la parábola, como a su despliegue curvo en el espacio del salón, donde se discurre sobre la modernidad y la posmodernidad, sobre “melancolías románticas y dicotomías modernas”, y en el que la palabra se salva de la suciedad del mundo; porque, al contrario de todo lo demás, “la palabra se limpia con el uso”, observa, y acota: “Leer limpiaba la mirada”.
En un primer manuscrito de este libro, al que tuve acceso antes que a su versión definitiva, el capítulo “Palabra parábola” comenzaba con un poema fechado el 1º de abril 1985 como acápite:
“Ni qué ni cómo pero aquí
con ustedes
aquí estoy / al principio (estamos, es distinto)
la lengua aviene acorre alija en el pulmón del aula
y el latido de cuarenta minutos recorre los diez años
los retorna
da la clase / unamuniza
(diez años de intervalo: una sola jornada une/separa: fue ayer la última clase)
da cuenta del espacio
con una tiza y basta
que deja un signo blanco / entra a ponerle límites al caos.”
“Aquí estoy”, contextualiza Tatiana, en “el latido de cuarenta minutos” que dura la clase, la que retoma luego del intervalo de la proscripción de la dictadura, clase que ahora “unamuniza”, y apela al neologismo en su mejor sentido humanista y republicano, justo en la fecha en que retoma la docencia, en democracia. Con una tiza basta, dice, para ordenar el caos. Su trabajo -la docencia y la escritura- es “un trabajo espiritual”, es “dar sentido”.
“El pan de las lenguas” (leer y escribir desde “el sitio de partida”)
En su conferencia “Ganar el pan de las lenguas” (impartida en la Feria del Libro de San José, en 2013), en la que la autora explicara el proceso de la publicación de sus libros bilingües Todo tuvo la forma que no tuvo y Lo que hay que decir tiene grietas, ya anticipaba una especie de “exploración autobiográfica”, con la que daba testimonio de su itinerario como lectora, escritora y profesora, un derrotero iniciado en su primera infancia, y al amparo de la familia, y que replica en este Libro de horas, al consignar: “la literatura era ese espacio replegado que podía desplegarse en sucesivos enlaces como una prodigiosa matriz que me hubiera gestado sin necesidad de expulsarme.”
Fue en ese “sitio de partida”, cuando niña, en virtud de aquella temprana indagación en los mundos escondidos entre las tapas de los libros, que estableció una relación entrañable con las letras, como en aquellos volúmenes del Tesoro de la Juventud, donde descubrió la “tensión dinámica que curvaba las cursivas y enderezaba las imprentas”.
En el correr de las ocho partes de libro, varias referencias literarias (Goethe, Baudelaire, Dante, Pavese, Kafka, entre otras), relacionadas con diversos momentos de la vida de la poeta, van tejiendo un entramado que sostiene la memoria: “nada saciaba el hambre copiosa de literatura y revolución”, dice, evocando aquellos años de estudiante del IPA; luego de la represión, con igual correspondencia entre literatura y revolución, la referencia de la poeta será a las hojas quemadas de los libros y a los papeles que se reescribían (finalmente, “el tema de la libertad”). Porque “El papel tenía cuerpo –dice-, un cuerpo usurpado”.
Avanzada la lectura, hay breves relatos poéticos en los que una precedente prosa confesional y discursiva escancia luego en una prosa poética, con epigramas, viñetas, postales o instantáneas que fijan unos momentos mínimos y preciosos. Textos -algunos de ellos con visos de un erotismo nada habitual en la escritura de Oroño-, que posibilitan arbitrar despedidas, instrumentar amor y dolor o diseñar una arqueología de los afectos.
Cuadro final
El libro termina con el registro poético de una breve y cuidada caminata por los pasillos de un sanatorio; la pausa frente a una lámina desteñida de Los nenúfares de Monet es momento propicio para que padre e hija reflexionen sobre el arte.
Luego, frente a sus “caballetes y estanterías”, el padre seguirá conmoviéndose hasta el último día de su vida, afirmando –como dejó inscrito en el Museo y Taller de Artes Plásticas de San José, que fundó a los 27 años- que “solo se lleva lo que se deja, solo se guarda lo que se da”.
En cierta forma, ilustrando tal aseveración, el libro se cierra con un cuadro de 1985 dedicado por el pintor Dumas Oroño a su nieta Lucía, “destinataria en tercera generación”, dice la poeta. La composición representa el mito de Midas – a quien Dioniso le otorgó el poder de convertir en oro todo lo que tocara- y su hija Zoe, y toda la épica de sus transformaciones, mito que el propio pintor habría elegido “como emblema pedagógico, como advertencia, acaso como talismán”, anota Tatiana.
La poeta alude a “la imagen del naufragio existencial”, ante los personajes que lucen encapsulados, paralizados en el tiempo y en el espacio, rígidos y pobremente áureos, en medio de la “fluencia armoniosa” de los colores aplicados sobre cartón y madera.
En esta obra, el pintor va más allá de la Gestalt constructivista y de su personal manejo matérico y, por varias razones, estaría en la antípodas de su Serie de los Recolectores de los años setentas. Su reproducción en el final íntimo y elegíaco del libro implica, de alguna forma, la asunción del emblema de una ideología, de una postura ética y estética, a la vez del padre pintor y de la hija poeta…
Frente a los cuadros de su abuelo, Lucía, con doce años, observará: “A mí esos cuadros me gustan (…). Parece que no fueran necesarios los colores para mostrar las cosas. (…) Parece el pensamiento porque no tiene rasgos. Parece que se viera una idea, donde está todo.”
También en este Libro de horas hay “una idea donde está todo”, como fuera sugerido por la autora al comienzo del libro: la “carga de pasado” y la “nostalgia de futuro”, con todos sus mundos paralelos, los vividos y los posibles (los contrafactuales –los que podrían haber acontecido-), los personales junto a los colectivos, y el perfecto presente; todos ellos girando como en un caleidoscopio, circulando en la ruta del tiempo, y que aquí bellamente se registran y se reescriben, para ordenar su caos.
Mariella Nigro
Noviembre de 2017
Referencias
Tatiana Oroño: Estuario, Estuario Editora, Montevideo, 2014.
Tatiana Oroño: Tajos, Arca, Montevideo, 1990.
Tatiana Oroño: Morada móvil, Artefato, Montevideo, 2004.
Tatiana Oroño: Ce qu’il faut dire a des fissures / Lo que hay que decir tiene grietas, L’Oreille du Loup, Paris, 2012.
Tatiana Oroño: Tout fut ce qui ne fut pas / Todo tuvo la forma que no tuvo, Ed. Autres Temps / Les Écrits des Forges (edición bilingüe francés-español), Marsella, Francia, 2002.
Tatiana Oroño: Ganar el pan de las lenguas. Texto de la conferencia dictada en la Feria del Libro de San José el 23 de octubre de 2013 en representación de la Academia Nacional de Letras.
Tatiana Oroño: Mañana, ¡levántese azul! José Gurvich: una paideia desvelada, Fundación José Gurvich-Museo Gurvich-MEC, muestra y catálogo, Montevideo, 2012.
Fusillo, Massimo: Estética de la literatura, Machado Libros, La balsa de Medusa, Madrid, 2012 (traducción de Francisco Campillo), ps. 143, 144.
Steiner, George: Después de Babel. Aspectos del lenguaje y la traducción, Fondo de Cultura Económica, México, 2013 (traducción de Adolfo Castañón y Aurelio Major), ps. 138,139,146.