Signos del lenguaje

 

Para que los signos del lenguaje sean compartidos, reconocidos y decodificados por un grupo social, se hace obligatoria su repetición. Esta repetición, a la vez que crea una liturgia, engendra un gregarismo. Gregarismo que nos arrastra a convalidar lo instituido, preservar la norma, continuar lo establecido. Gregarismo que nos hace siervos de la lengua, y del que sólo la poesía, subversión permanente del lenguaje, nos libera, ungiéndonos soberanos de la palabra. Si la lengua está hecha para afirmar, lo que afirma es un poder. Y si la lengua convoca a la repetición rebañada del lenguaje, es la poesía la que incita al amotinamiento de la palabra, instiga al lenguaje a dudar del poder autoritario de la lengua. La poesía restituye el filo a la palabra, resana el mellamiento que la cotidiana conversación le infiere.
Mientras la lengua trata de ejercer su tiranía, la poesía es el viento sin país que mece todas las banderas. Es la atopía, el sin-lugar donde realizamos lo deseado, lo prohibido, lo imaginado. Así la escritura ya no es sólo partitura posterior de la voz que ya calló. Ahora podrá generar voces y, mejor aún, silencio. Y el silencio todo oye. La poesía devuelve la palabra a un silencio que no calla.

El lenguaje se ha instituido como intermediario de todo conocimiento. El lenguaje acorta la distancia entre la ciencia y yo, entre la ideología y yo, entre el arte y yo. La escritura es el único oficio que se puede comentar, analizar, estudiar, criticar o filosofar por medio de la misma materia que lo compone: la palabra. Esto establece una inigualable cercanía entre el sujeto que estudia, el medio con que se estudia y el objeto de estudio, y constituye un acontecimiento único: un oficio puede reflexionarse a sí mismo.
La poesía sabe. Y sabe en sus dos acepciones etimológicas pues saber y sabor provienen de una misma raíz latina. Saber sin sabor no vale la pena.
A algunos actos están fuera del alcance del lenguaje y los llamamos inauditos: sin audición. A otros los llamamos milagro: el milagro ilumina, pero permanece oscuro: es la luz umbría del sol negro.
La poesía habita sin hábito el lenguaje.

La narración se ha visto necesitada de construir un espacio representativo en donde la palabra pudiera discurrir “naturalmente”. La representación especula con la realidad y presupone apropiación imaginaria. No hay representación inocente. Siempre está latente allí el ánimo de la ilusión, y si hay ilusión hay engaño. (Ilusión proviene de ilussio: engaño, burla) El doble, el calco, es la más ajena semejanza, es un fantasma de sí mismo que nos espanta. Al calcar reproducimos la realidad prolongando lo instituido, lo que nos ha sido dado. Al crear, en cambio, añadimos algo nuevo a lo dado social: el “Ahí dejo estas piedras que no estaban antes en el mundo” de Oteiza, revela su actitud creadora. Al desear rompemos con lo dado social estableciendo una grieta entre lo dado (pasado) y su continuidad (futuro), infiltrando un presente performado. La poesía agrega deseo a la palabra. Así como rechaza la escenografía rechaza la palabra encubierta, rechaza su ropaje, su disfraz, sus efectos (la palabra no representa ningún otro papel, se presenta a sí misma). Aquí la palabra anda desnuda para el escándalo de unos y el amor de otros. Aquí la poesía no representa, es. La poesía está aquí, presente, es la fuerza maravillosa de su existencia la que se desenvuelve ante nuestros ojos que oyen.

Aquí no es suficiente transformar el mundo –como proponía Marx- aquí es necesario transmutarlo. Aquí no es suficiente cambiar la vida –como exigía Rimbaud- aquí hay que vivir en la pulsión misma de la palabra.
Hay una unión no buscada ni anhelada entre las ideas y las formas que critican y las ideas y formas criticadas que las lleva a una complicidad involuntaria e inconfesable, pero que es aceptada ingenua, secreta o vergonzosamente. Es así como el pasado penetra al presente y engendra en él una dependencia, un hijo del ayer. No se pueden usar las mismas palabras del poder para subvertir ese poder. Hay que encontrar una tercera orilla que no es la síntesis como resultado de un enfrentamiento de contrarios, sino una tercera orilla que se halla por fuera de la tesis y su antítesis, una orilla más allá de la dialéctica, asumiendo una nueva trialéctica inesperada, arracional, móvil, intuitiva.
La escritura viene del mundo y va hacia él. Sabe que la única puerta para ingresar en el mundo es la palabra. El escritor sale para poder entrar. La palabra cosecha realidad en el cesto de la escritura… aun si el sol no sale.
La poesía tutela la realidad.

No existe unanimidad sobre lo que transcurre, sobre lo que está sucediendo. Toda certeza es apenas una presunción, una conjetura, una sospecha. Además, no hay un entorno único y estático. La certeza nace apenas en la representación, es hija de ella, y es a través de la representación, de la recreación, de la imaginación, como otorgamos verosimilitud a lo que sucede. Y la representación nos muestra una apariencia. Renunciar a las apariencias es renunciar a la visibilidad y quedarnos con la epifanía de la luz. Luz que es “el primer animal visible de lo invisible”, como dice Lezama Lima.
Si bien la escritura es riesgosa, no juega a la ruleta; si bien inserta una porción de desconocido, no es aleatoria; si bien es azarosa, no firma un contrato con el azar; si bien se juega la vida, no es un cadáver, por exquisito que les parezca a algunos buitres del inconsciente. El inconsciente interviene –qué duda cabe- pero no lo es todo. El “objeto encontrado” (la frase encontrada) introduce en lo visual y en lo poético un pedazo de desconocido no previsto por la consciencia, y, ciertamente, puede abrir la obra y liberar al autor de escrúpulos afectivos paralizantes, pero no lo es todo.

Es esa sombra la porción de desconocido que introduce la tensión necesaria, la atención imprescindible. “Dice verdad quien dice sombra”, nos recuerda Paul Celan. Y lo desconocido arriba tan rápido que llega sin forma: es en el crisol del poema donde la adquiere.
La poesía no es una disciplina. La poesía no es un sistema. No es el resultado de la pericia de un experto. La poesía no es acumulable. Desdeña la cantidad, pero tampoco es una unidad. El poeta profesional es un adefesio. O una genialidad.
La poesía suspende el conocimiento de la mirada que sólo ve lo que es capaz de reconocer, que sólo mira para reafirmar lo que ya sabe, e instaura el amor en la mirada que hace ver mejor, más atentamente, que es capaz de descubrir lo esencial por encima de lo importante, que hace ver de manera nueva, con mirada primera, es decir, original. Porque no es el significado de la palabra lo único que está en juego, es también la palabra como ella misma, como piedra. La palabra como realidad, no sólo como mediadora de realidad. La palabra como memoria de lo que puede pasar, como memoria de revelación, como posteridad niña. La palabra que canta antes de ponerse a pensar.

El significado es camino, y como camino nos lleva a donde impone conducirnos. Hay que atravesar linderos. Hay que caminar sobre la hierba que todavía canta. La poesía hace inciertos los linderos del significado, corre los cercos de la representación, pone ventanas al muro de la realidad. “La Historia es el revés del traje de los amos”, dice René Char. La poesía lucha contra la Historia y su sangre. El arte llega a ser una “forma radical de la materia”. Por ello el escritor no reina sobre su escritura. El escritor es su residente asombrado, su huésped aterrado, es decir, sin tierra, sin feudo. La poesía no es la prueba reina, es el indicio. Pues no trabaja con nociones establecidas que la conducirían hacia el conocimiento objetivo, sino que escucha las huellas que le permiten soñar. Y sólo a un sueño se debe fidelidad. Aun si ese sueño es utópico, pues “la utopía es la belleza irrenunciable”, como nos enseña María Zambrano.
La poesía es la palabra en su estado más libre y actuante que desestima el estatismo de la noción, la prohibición de la moral, la vigilancia de la norma.
Hay una impaciencia de la intuición ante la exactitud del conocimiento. La intuición, cuyo padecimiento congénito es un exceso de velocidad de la sensibilidad, de la inteligencia.

Algunos nos advierten, nos conminan a lo que la poesía debe ser. Pero la poesía no atiende a un deber ser, la poesía es. Y este ser de la poesía no es estático: la poesía, más que ser, está siendo. La poesía es una aventura que no cesa.
La poesía no sólo es una profundización de la lengua sino una expansión de ella. Con sus distintas e inesperadas sintaxis logra que algo que no está explícito en el significado estricto de las palabras nos sea comunicado de manera no racional: algo que no podría ser dicho en una sintaxis tradicional. Ese extrañamiento ante algo que no sabemos decir pero que sentimos, como si fuese una lengua que no sabemos pero que entendemos, es un espacio que la poesía gana para la lengua. La poesía es, por excelencia, lengua expandida.
La poesía es el viento del lenguaje que no paga peajes, ni se detiene ante ninguna línea fronteriza trazada por la razón o la academia. Ante el uso doméstico de la lengua asentado por las costumbres, y el desarrollo racional instituido por la vigilancia académica, la poesía, que es aérea, transgrede esos mapas eminentemente terrenales, reptiles. Es que no se incluyen los vientos en los mapas. Es que no se puede establecer una cartografía, una norma, un orden de los vientos.

Otra de las funciones del arte y la poesía es la de ampliar la visión de mundo y ampliar la sensibilidad y la conciencia de ese mundo. De la visión objetiva se han apropiado la fotografía, el microscopio, la investigación judicial. Y de la descripción se han apropiado la geografía, la crónica y el periodismo. No es la copia de lo visible lo que llama a la poesía, sino lo que ella proyecta sobre lo visible: su visión.
La poesía no busca su afirmación en las pruebas, que pertenecen más a las ciencias forenses y a la cartografía, que al arte. La poesía atiende a las huellas, a los indicios, a los vestigios, que nos invitan a soñar.
Figurar es darle visibilidad a lo desconocido cierto, de una certeza que autentican la intuición y el corazón. Figurar es subvertir lo aprendido con la acción caótica del deseo por lo desconocido.
La poesía salva un recuerdo esencial en peligro.
La poesía no transforma la realidad objetiva del ser humano, pero sí incide en su realidad subjetiva. La realidad subjetiva es más universal y duradera de lo que se cree.
Sin embargo, la poesía no es el templo de las creencias ni el palacio de las convicciones, sino el lugar de las dudas. No es el sitio de la exacerbación jubilosa del deseo de lo bello, sino la temblorosa consumación de un acto de belleza.

La voz del poeta no se da como un coro.
La voz del poeta es un pueblo de voces.
San Lázaro decía a su madre que podía saber cuántos habitantes vivían en el pueblo porque podía oír el latido de sus corazones y distinguirlos.
Así el poeta.

La poesía no es una profesión.
La poesía es una iniciación en los misterios del ser, de la existencia.
Es una iniciación en los abismos de la vida, de la locura, de la belleza.

Y toda belleza es una amenaza.
Toda belleza conspira contra la normalidad. (Lo normal es espantoso)
Todo acto de imaginación o de belleza es una subversión de la realidad.

Cuando un pájaro se posa en una rama se aquieta el cielo.
Pero persiste en sus alas cerradas el sosiego de una inmensidad azul.
Hay en su quietud una íntima excitación,
inquietud de la espera,
latencia del comienzo del cielo.
Así la poesía.

 

 

 

LA HISTORIA SE REPITE

“Es más difícil sacar a un pueblo de la servidumbre,
que subyugar uno libre”
S. Bolívar

En la Isla de Barbados, dos meses después de abolida la esclavitud, unos libertos vinieron arrastrándose de rodillas hacia su antiguo amo, para suplicarle les permitiera regresar a la seguridad, al abrigo, a la familiaridad de la esclavitud. Al pobre terrateniente de la Isla de Barbados lo mataron sus ex-esclavos, como a una rata, porque no quiso darles la tranquilidad de las cadenas ni albergue bajo el látigo amado, para protegerlos de la difícil y exigente libertad.

En nuestra pesadilla la historia se repite.

 

GUERRA ASIMÉTRICA

Se declaró un incendio detrás del escenario en un teatro.
El comico saltó a avisar al público: pensaron que era una broma y aplaudieron. Repitió la alarma, y el aplauso fue aún mayor.
Creo que así terminará el mundo:
entre el aplauso general de los tontos que creen que es un chiste.
Soren Kierkegaard

Sin descanso, cada día, se libra una batalla a muerte
en el jardín de esta casa

Hormigas contra orquídeas
Desigual lucha que desdice la justicia universal
Ante tan discordante batalla
yo, que no soy tibio
me alisto en el ejército sereno de las orquídeas
Nos batimos con intensidad hora tras hora
El enemigo lucha por su alimento
y no ve la belleza que destruye
Al final perdemos la batalla
La belleza también

Si unas criaturas de un milímetro me derrotan
¿Qué esperanza me queda con mis adversarios humanos?

 

***

– Las letras cargan sobre sus hombros a las palabras.

– Generosidad de las letras que sólo quieren servir y no pretenden significar.

– Las palabras hablan, pero no son. Yo soy en las palabras.

– Generosidad de las palabras que buscan pertenecer.

– Una palabra nos acecha en cada rincón, en cada zaguán, en cada pausa.

– El olvido deja la cama tendida.

– No me interesan las palabras que lamen mis manos.

 

****

• Cae la tarde. Cae la luz. Cae octubre.
• La calle va sola y segura, sin perderse, hasta la casa. Somos nosotros los que nos perdemos. Perdemos el tiempo. Perdemos el juicio. Perdemos la partida. ¿Qué pretenden los significados haciéndonos decir lo que no queremos? Queríamos los sonidos. Buscábamos una melodía. Pero no el significado que tarasca la palabra.
• ¡Qué sabiduría de los años ni qué ocho cuartos! Las lentas voces de los viejos exigiendo un respeto que no han ganado. Su legado sólo son genuflexiones y obediencias. Herencia miserable que empobrece.
• Su sensatez es aprensión, su prudencia miedo. Miedo cómplice del poder.
• Hay que agradecer la ignorancia que es madre del asombro. Lo que no sabemos es lo que nos da ilusión de futuro.
• Te busco porque no sé dónde estás. Te encuentro porque te busqué. El encuentro está en contra de la ausencia deseada.
• Escribir es la forma más digna de fracasar. Escribir no es encontrar, en tantear. El encuentro detiene, paraliza.
• Después de cada encuentro hay que encontrar las palabras que nombren el encuentro… y lo que sigue…
• Es volver a empezar buscando tropezar con otra piedra, no con la misma. Es buscar un fracaso distinto, mejor. Es lo distinto lo que nos da distinción.
• Que las mismas palabras digan otra cosa.
• Si no te puedes mover tienes que cavar bajo tus pies, ir a lo profundo.

 

El Escribiente

No porque mis palabras sean sencillas
esto es sencillo. No lo es
No por simples duelen menos
Como es poco lo que sé
escribo con esfuerzo
Como no sé escribir
escribo con ignorancia
escribo desde el olvido
porque es abundante
y hay mucho para olvidar

Escribo en el misterio de lo que no sé
Escribo para ver algo:
los ojos saben de distinta manera
que las palabras
No escribo sobre el mundo y su boato
No escribo sobre príncipes ni revoluciones
la realidad es inatrapable:
solo relatamos sus agónicas sombras
Prefiero escribir sobre mí
que soy mi desconocido más cercano
Escribo sobre mí
sin preguntarme ¿quién soy?
ni ¿por qué? ni ¿para qué?
eso sería filosofar y atar el lápiz
Cada vez que me pregunto
¿quién soy?
siento dentro de mí
un estadio vacío
una catedral a las cinco de la mañana

Sobra advertirlo
esto se escribe para mí
que soy quien puede extraer preguntas
de estas palabras
Los demás son como aquel
que encuentra unas piedras
en medio del campo
y no ve más que piedras
ignorando que debajo yace
una madre amantísima,
muchos recuerdos
y muchas lágrimas
Aquí, cada palabra es una piedra

Esta escritura no tiene un orden
porque sabiendo todo desde antes
se anticipa el final
sin haber aclarado los comienzos
Al saber toda la historia
puedo eliminar el tiempo
que es lo que se opone
que es lo que estorba
Como en este escrito
no hay que salvar a nadie
ni hay final feliz con perdices
el tiempo se puede eliminar
Estas palabras, pues,
no tienen afán de rescatar a la muchacha
ni de vencer al malvado
ni de hacer llover
ni tratan de robar un segundo a la muerte

¿Cómo escribir si no hay aventuras,
proezas ni amoríos?
¿cómo escribir si no hay dioses,
princesas ni guerreros?
¿cómo escribir si nada pasa?
Hay que dejar que pasen las palabras
y, desordenadas, dejen
sus huellas en el papel
Abrir un sendero con palabras
construir castillos de palabras
encender amores entre las palabras
y si la historia no llega, mejor
sin historia no habrá relato, no habrá acción
no habrá presunción, no habrá empalago
no habrá maneras, no habrá estilo
no habrá traiciones, no habrá sangre
pero habrá palabras
habrá escritura
Y no daré luz a las palabras
las dejaré en su propia oscuridad
sin maquillaje ni vestuario
sin decorado ni fanfarria
Las dejaré desnudas
sin deseos ni indolencia

No porque mis palabras sean sencillas
deja de ser una fuerte vocación la mía: